"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

viernes, 31 de diciembre de 2010

"Stay."


El coche de mi padre olía como siempre. Me acomodé entre las cajas de dulces navideños y los abrigos, y me cubrí con una manta de viaje.
“Allá vamos”.
Diciembre se había apoderado de nuestra ciudad, que nos despidió totalmente envuelta en una niebla densa y amarilla. Era muy temprano y había muy poca gente en la calle, tan sólo pequeños grupos de inmigrantes que comienzan a trabajar antes y terminan más tarde que el resto de ciudadanos.
Yo no sabía estar sentada en el asiento de un coche sin escuchar música, así que encendí mi pequeño Ipod. Giré la ruletita y fui saltando de canción en canción: nada, ninguna canción era la suficientemente buena.
Cerré los ojos, en un intento fallido de no recordar. Y casi a la vez que yo dejaba la mente en blanco, el cielo se abrió y dejó resbalar agua fría por su trampilla gris, haciendo mucho más difícil el viaje.
Mis padres escuchaban la radio, y la voz del locutor y el ronroneo del motor me adormecían, así que miré por la ventanilla nublada.
Me gustaba observar las efímeras carreras que las gotas de lluvia hacían en la ventanilla del coche. Una gota más grande se dividía en muchas más pequeñas, que luchaban por ser las primeras en llegar al otro extremo; sólo una era la ganadora.
Me recordaba a la vida misma, e imaginaba que algo parecido ocurría en el interior de una mujer.
A un ritmo constante, las farolas que vigilaban la carretera a ambos lados dibujaban mi cara somnolienta en el cristal, que rápidamente volvía a desaparecer.
La niebla opaca se condensó en mi vista y formó una imagen: tres paredes y una puerta, las cuatro fronteras de mi pequeño país de las maravillas, donde no hay botecitos con un letrero de “Bébeme” ni pastelitos con palabras escritas en azúcar glas, “Cómeme”.
Hay juguetes, muchas cajas que ignoran los recuerdos que contienen, un ventilador roto y un par de esterillas de playa. Allí nunca sale el sol: sus habitantes encienden velas cuando la oscuridad se despierta, velas pequeñas y grandes, blancas y también de colorines; velas de muchos olores.
No existe el tiempo y las preocupaciones están prohibidas. Si te atreves a dudar, eres hombre muerto. Y sin embargo, cuánto ansiaba volver, echaba en falta las lágrimas de sabor a mango y las risas que me dejaban sin aire, haciéndome caer en tus brazos para recuperarme, así como el olor a cereza de la felicidad. Quería volver y escalar hasta tu hombro derecho, para saltar al vacío y volar por un instante, despertándome en tus pestañas. Tú cerrarías los ojos, y resbalaría hasta tu barbilla, donde tu barba de color claro me haría cosquillas y me robaría la fuerza. Finalmente te aburrirías de mis juegos infantiles y me recogerías con tus manos, aunque yo seguiría riendo entre dientes, porque sé que te gusta.
Imaginé todo aquello para no pensar en el exterior, en el mundo real, y, sobre todo, para olvidarme de que el año estaba a punto de morir, y el 2011 me daba mucho muchísimo miedo. Ese año todo cambiaría, y yo quería estar segura de que mi cuerpo soportaría los cambios. De repente te sentaste a mi lado y me abrazaste con fuerza, como un segundo cinturón de seguridad, recordándome que me iba y pasaría dos semanas fuera, sin verte… Sin poder abrazarte como en ese momento.
Súbitamente volví a la realidad, y al prestar atención a la canción que golpeaba mis oídos supe por qué. Era el típico momento en el que, casualmente, sonaba la canción indicada.

Oh please, please stay just a little bit longer
.


Pero nadie podía obligar a nuestro cansado año a quedarse, y no quedaba más remedio que seguir hacia delante.

martes, 21 de diciembre de 2010

La biblioteca.


Deva encontró la biblioteca en la planta baja del palacio, justo debajo de su nuevo dormitorio. En la puerta de madera oscura habían tallado unas palabras extrañas que no pudo comprender, y el picaporte era de bronce.
Antes de abrir la enorme puerta, Deva intentó imaginarse el interior. Sería una sala gigantesca, con las paredes cubiertas por estanterías de madera donde descansarían libros antiguos con secretos terribles, y el suelo estaría protegido con una moqueta. ¿Habría mesas, asientos? Sólo tenía que girar el picaporte para disipar sus dudas.
La puerta se abrió con un quejido, y Deva ahogó un grito de admiración. Tal y como ella había imaginado, la biblioteca era enorme, y estaba rodeada por estanterías llenas de color debido a las diferentes y extravagantes cubiertas. Había una gran chimenea de piedra al fondo, donde el fuego crepitaba, y unas butacas oscuras. Pero se había equivocado en una cosa: no había moqueta; el suelo estaba decorado con alfombras de diferentes diseños y tamaños, dejando algunas zonas del suelo de madera al descubierto.
Estaba sola, así que arrastró con temor las zapatillas prestadas y se acercó a la estantería que había a su izquierda, donde encontró libros escritos en griego y latín. En la siguiente reposaban libros de historia, y reconoció algunos. También había una estantería con clásicos, novelas que todo el mundo conocía, y que ella había leído.
Fue entonces cuando encontró la estantería de los libros escritos en alemán. Deva escogió uno al azar y contempló el título: “Mein Kampf”.
-Has escogido el que menos me gusta.
La niña se giró y se encontró con Helle, que vestía una túnica blanca que contrastaba con su pelo. La dueña de la preciada biblioteca la observaba desde una de las butacas, con una sonrisa torcida. Al ver que Deva no respondía, continuó:
-Sin embargo, me gusta tener una copia; de todo se puede aprender algo. No te preocupes, pronto serás capaz de leerlos todos.- dijo mientras abría los brazos, abarcando toda la sala.
Deva dejó el libro en su sitio y miró con cautela a la mujer, que a la luz de las llamas parecía más siniestra que por el día. En el exterior, volvió a aullar un lobo, y Deva sintió como un escalofrío recorría su espalda.
-¿Por qué quería que viniera?
-Quiero enseñarte el Palacio, y esta es mi habitación favorita, aunque me trae demasiados recuerdos, que intento esquivar. Tienes permiso para venir cuando quieras y leer todo lo que te apetezca; puedes preguntarme cualquier duda.
Ésa era la señal que estaba esperando.
-¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?
Helle suspiró y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había lágrimas violetas en sus pestañas.
-El que haga falta. Estarás aquí hasta que dejes de estar en peligro, aún hay muchas cosas que no encajan.
-En… ¿en peligro? ¿Qué…?
Deva no terminó de hablar. Había descubierto un cuadro colgado en la pared que había a espaldas de Helle. Era una de las pocas zonas donde no había estanterías.
Deva olvidó sus modales, olvidó que sólo era una invitada, y corrió hacia la pintura, que reflejaba dolorosamente bien la realidad.
El marco era negro, con formas sinuosas, ondulantes, que sin duda imitaban el caprichoso fuego que había pintado en el cuadro.
El fondo era oscuro, como el marco, pero había una enorme llama que contenía símbolos extraños… pero lo más extraño era el portador de la llama: se había cubierto el pelo con una tela negra y llevaba el torso al descubierto. Era delgado y sus ojos marrones brillaban, enamorados del fuego, que se volvía manso en sus manos grandes. El malabarista la miraba fijamente, con las cejas levantadas y una sonrisa coloreada de rojo.
-¡Es él! ¡El malabarista!
Helle estaba a su lado, pero su mirada estaba apagada.
Deva seguía con la boca abierta, y gesticulaba como una loca.
La princesa del trono de cristal se había serenado, y miraba al vacío, con la mirada muerta.
Dentro de Palacio, en el pasillo donde se encontraba la puerta de la biblioteca, aulló un lobo, y esa vez Deva no sintió miedo, sino que se dejó envolver por la tristeza y agonía del aullido que rompió el silencio, un aullido que había escondido Helle en el fondo de su corazón violeta.
Siento mucho mi ausencia, he estado de viaje y la navidad no me deja demasiado tiempo. Espero que esta entrada esté a la altura :) Pasaré por vuestros blogs en cuanto pueda. Gracias a todos, y Feliz Navidad :)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Learning to fly around the clouds.


Hoy me he dado cuenta de lo viejo que es el año, y de lo poco que le queda de vida.
Si miro atrás, aún respiro el olor salado del mar, y puedo sentir las caricias furtivas de tus manos dedicadas a la música.
Este año ha tenido absolutamente de todo, y por eso me ha gustado tanto. Reconozco que han pasado cosas increíbles, en el buen y en el mal sentido, y creo que precisamente eso es lo que le da un toque mágico y especial.
Últimamente me siento algo débil, como si el tiempo transcurriera demasiado deprisa para mí, como si las piernas no me respondieran, no a tiempo. La cabeza me da vueltas por la cercanía del nuevo año. ¿Qué traerá consigo? Será difícil superar estos trescientos sesenta y cinco días, pero tengo la esperanza de que así será, pues aunque no haya empezado, tengo muchísimos planes para el 2011. Pensar en eso me obliga a reflexionar sobre el futuro en general, y me sorprendo al descubrir lo ansiosa que estoy por vivir. Quiero viajar por países nuevos, volver a visitar los que ya conozco, para descubrirlos del todo, quiero mejorar como persona, aprendiendo a pulir mis errores, a dejarlos brillantes como la plata volátil, y quiero descubrir que, aunque esté prohibido, puedo quererte más de lo que ya te quiero. Sí, me encanta ir contra el mundo, porque ir a favor es demasiado fácil, no supone ningún reto.
Estoy impaciente por ver a mi pequeña sobrina con la boquita llena de dientes blancos y perecederos, así como por oír sus palabras, que cada vez son mejores y más complejas. Nadie sabe lo mucho que la quiero. Me encanta su cara gordita, que siempre, siempre, sonríe; excepto cuando el llanto rompe sus facciones, y mis lágrimas luchan por unirse a las suyas, más puras e inocentes. Me gusta ver cómo se mantiene ella solita de pie, y cómo se tambalea al intentar andar. Aun así, lo intenta y lo vuelve a intentar, y sólo espero no perderme sus primeros pasitos de pequeña aprendiz.
Hay tanto que vivir, tanto que aprender… Leer, escribir, soñar, reír, llorar de alegría, suspirar de amor, descubrir nueva música, nuevos lugares donde el espíritu, simplemente, vuela.
Este año he aprendido muchísimas cosas, algunas me han dejado sin aire, quitándome la ilusión y la esperanza, pues la enorme cara de la hipocresía a veces lo oculta todo. No obstante, he aprendido que a veces hay que ser fuerte, mirar al frente, y retener las lágrimas, porque hay gente que no merece vislumbrarlas. Hay veces que tenemos que decir que no, y seguir adelante sin la compañía de personas que te acompañaron mucho tiempo, y que ahora rehúyen tu mirada. Todo eso vale la pena, porque, más tarde, cuando te acostumbres a tu nueva situación, valorarás muchísimo haberte deshecho de lo innecesario y dañino, porque será un impedimento menos para disfrutar al máximo de los momentos que surgen cada día, momentos que pueden convertirse en inolvidables si conoces la receta secreta, momentos que nunca volverán y que sólo acuden a ti una vez.
Hablo de esa sensación embriagadora que siento cuando vuelvo la vista hacia atrás, cuando tomo de la mano recuerdos saltarines, testigos de que el tiempo pasa sin que nos demos cuenta, de que no hay marcha atrás. No me queda más remedio que aprovecharlo al máximo, y seguir hacia delante: norte, sur, este u oeste, el tiempo lo dirá.
Seguiré mi propio camino, y giraré aquel recodo.
Sí, tengo ganas de que comience el nuevo año, porque es una oportunidad genial para hacer realidad algunos sueños que me quedan, y otros muchos que nacen en mi almohada cada noche, sueños de algodón y plumas blancas, de purpurina y color naranja, sueños de luz. Y son los sueños los que me ayudan a volar, a ascender poco a poco. Todo el mundo puede volar.

I'm learning to fly but I ain't got wings

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sólo hay una manera de saberlo


Miró fijamente mis rodillas de hueso, intentando evitar que flaquearan y me hicieran perder el equilibrio, pero no lo consiguió. Me dejé caer en el suelo que poco a poco había enfriado diciembre, y creé un plan, arriesgado, intenso, magnífico.
Me levanté con lentitud, sin dejar de mirar sus ojos claros, y comenzó la terapia.
-Sólo hay una forma de acabar con tus dudas; una prueba.
Él estaba tan asustado como yo, pero leí en sus labios las palabras antes de que las pronunciara: estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Si no superábamos la prueba, sería evidente que tendríamos dificultades para seguir adelante, pero si lo conseguíamos… dejaríamos atrás las dudas, los temores y las estupideces para siempre. Era uno de esos momentos en los que había que inspirar con fuerza, profundamente, había que seguir adelante, pues todo nuestro mundo dependía de aquello. Pero era la única solución.
Cerré sus ojos y acaricié con suavidad su cara, recorriendo una y otra vez recodos tranquilos donde se refugiaron mis besos. Mis párpados cargaron con todo el peso del momento, y cayeron. Así, ambos ciegos, me acerqué con cuidado y rocé mis labios pequeños con los suyos, sin lujuria, pero con pasión contenida. Noté cómo él se estremecía, y escuché el palpitar de su corazón, al que iba destinada la prueba.
Su boca respondió a la mía, y me besó, despacio. Me separé y palpé su frustración, pero permaneció inmóvil. Tomé su mano y la deslicé por mi muñeca, por mi brazo desnudo. Las yemas de sus dedos contenían dulces cosquillas que me hacían enloquecer, pero me contuve, y uní las palmas de nuestras manos. Las hice girar en el aire y me coloqué detrás de él, que seguía sin moverse, lo que me hizo pensar si todo aquello serviría de algo. ¿Estaba perdiendo el tiempo? ¿Me respondería con un doloroso “no”?
Respiré hondo y acaricié su espalda, poco a poco, y besé su nuca. Bailamos abrazados por la habitación, sin abrir nunca los ojos, y me refugié en su pecho. Su aroma…hacía aflorar todos mis sentimientos, exponiéndolos. Me abrazó y olió mi pelo, dejando caer besos sobre el resplandor cobrizo. Reuní fuerzas, y hablé desde allí:
-¿Lo sientes?
Rodeé su cuello y seguí la forma de sus rizos con mis dedos.
-¿Qué susurra tu corazón?
-Me está recordando momentos que hemos pasado juntos.
Y comenzó a contarme momentos, a desenterrar algunos otros, diminutos, que yo había olvidado. Aquel día que fuimos a la playa, cuando conocí a sus padres, la primera vez que nos dijimos “te quiero”, cuando se dio cuenta de que me querría siempre…
Le temblaba la voz, y supe que iba por buen camino. Lo abracé con fuerza y sus manos navegaron en mi pelo.
-No puedo vivir sin tu pelo, sin tus ojos de color cambiante.
Me abstuve a abrir los ojos y decirle que eso nunca pasaría, lo que hizo que el nudo en mi garganta se apretara un poco más.
Volví a caminar por su rostro, acariciando un paisaje que me sabía de memoria, y supe que él tampoco había abierto los ojos. Y al volver sobre mis pisadas, me di cuenta de que nunca podría saber cuánto lo quería, porque era demasiado, no podía asimilarlo, pero en ese momento mis manos me lo transmitían, y la cifra era abrumadora, infinita.
Cuando mis lágrimas resbalaron por mi cara, él abrió los ojos, y me abrazó con fuerza.
-Has conseguido romper el círculo vicioso de las dudas, ya no tengo ninguna. Sé que me quieres, tanto como yo a ti, y que superaremos cualquier obstáculo.
Seguí llorando, pero con una sonrisa de alivio, sin miedo, pues habíamos superado la prueba.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo también te echo de menos, Liss

Ahora entiendo a Liss cuando intenta explicar lo difícil que es hablar la una de la otra. ¿Cómo describirla? Me he sentado frente a una hoja de papel en blanco con la mente a rebosar de ideas, y nada más empuñar el bolígrafo, han echado a volar. Empezaré por lo mucho que la echo de menos. Echo de menos sus ricitos castaños, su sonrisa, y su forma de caminar. La echo de menos porque me encanta estar con ella, es así de simple.
¿Que por qué me encanta estar ella? Porque nos parecemos demasiado. Es increíble lo mucho que tenemos en común. Y sin embargo, son nuestras diferencias las que más nos unen. Ella nunca deja de apoyarme y me ayuda en mi camino, haciéndome razonar cuando me dejo llevar por mi cabecita loca; y es esa locura mía la que le hace cosquillas, la que hace que se ría a carcajadas hasta olvidarse de todo lo malo. Yo he crecido entre gente sencilla, cercana y supersticiosa, y en ella quedan huellas de la gran ciudad. Pero eso no importa cuando estamos juntas. Soy muy afortunada de que una misma tierra nos una, una tierra de color verde, un verde que roza el surrealismo. Qué suerte que nos conociéramos. ¿Se habrá parado a pensar en eso? Nos unieron las malas compañías, la mala vida. Y aquí estamos, viendo cómo aquellas que jugaron un papel tan importante en nuestras vidas se corrompen a sí mismas. Pero nosotras somos más inteligentes que eso. Preferimos inventar historias, fotografiar el bosque o hablar durante horas. Su imaginación y la mía encajan, pues tienen un origen común. Son dos mitades de una misma cosa, las dos caras de una moneda.
Ella es esa persona que se fija en las cosas pequeñas y que parecen insignificantes a la vista de cualquiera. Es capaz de crear un arcoíris de palabras dulces, con pequeñas nubes de algodón como resultado de sus sentimientos, blancos y puros.
Puede hacer que el mundo parezca un lugar ideal, aunque ambas sabemos que no siempre es así. Ojalá no tenga que volver a verla llorar lágrimas amargas nunca más. No, prohibido, Liss. Sólo lágrimas dulces, como su pelo y sus mejillas morenas.
Ella es diferente a los demás, y lo sabe. A veces piensa que ser diferente es malo, pero es todo lo contrario. Liss es inteligente, original. Me gusta quedarme sin palabras cuando ella explica algo, porque siempre aprendo algo a su lado.
Quiero recorrer los kilómetros que nos separan, y mirarla a los ojos, asomarme a su alma. Quiero convencerme a mí misma de algo que yo sé, cogerla de la mano y mirar juntas al cielo, a las estrellas, buscando con paciencia el lugar al que pertenecimos hace tiempo. Porque sé que, al alzar la vista, las dos vemos lo mismo, y nos sentimos igual.
Recuerdo que alguien me dijo una vez: “te imagino en un acantilado del norte, rodeada de naturaleza, escribiendo en un cuaderno, mientras el viento intenta arrancarte las páginas de la mano y sacarte a bailar.” Yo también la veo así, como una musa del arte de escribir, y nos veo juntas dentro de mucho tiempo, mayores, más maduras, pero unidas por la misma amistad.
Tengo muchas ganas de volver a verla, de narrarle el poema épico en el que se ha convertido mi vida durante estos últimos meses. Tengo ganas de compartir tardes y tardes con ella, viajando a otros lugares y conociendo culturas diferentes a la nuestra, fascinantes.
Gracias por entenderme siempre, por apoyarme aunque a veces no tenga razón, por sonreír con cariño cuando hablo sin pensar, mostrándome en tus ojos castaños que siempre estarás ahí. Gracias por crear bellas palabras, por hacer que yo misma forme parte de ellas.
Lo he intentado, Liss, pero te prometo que algún día lo mejoraré.

martes, 23 de noviembre de 2010

Copenhague


Necesito un pequeño respiro. No puedo más… Sí, hemos vuelto a discutir, otra vez. Me he dado cuenta de que hablamos idiomas totalmente diferentes. Mikel no consigue entenderme, y aunque él diga que lo intenta, no termino de creérmelo. Pero eso no es todo: mi jefe está más insoportable que nunca, mis compañeros flaquean y el trabajo se acumula. Vuelvo de la oficina con la esperanza de descansar un poco y me encuentro con esto.
¿Será capaz algún día de abrir la mente, de no ser tan cuadriculado? Ahora está en el balcón, fumándose un cigarrillo, y eso que él no fuma. Dice que no lo estoy apoyando, que no lo ayudo a buscar trabajo, y eso que estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Qué espera, siendo guionista? Últimamente ni siquiera se sienta a escribir. Es un vago y un egoísta. Ahora empiezo a preguntarme si hice bien al precipitarme tanto, al empezar a vivir juntos. La convivencia es difícil, muy difícil.

Releo aquella página del diario de Sarah que me llevó a tomar la decisión… decisión de la que no he tardado en arrepentirme. Si lo he hecho ha sido porque realmente la quiero, porque no quiero agobiarla y nuestra relación empeoraba por momentos. No ha sido sólo eso lo que me ha llevado a hacerlo. Esta mañana me levanté temprano y fui a correr al Retiro, como cada viernes. Antes de salir, miré a Sarah, que dormía a pierna suelta sobre la colcha de su color favorito. Apretaba el entrecejo, poniendo la misma cara que se dibujaba en ella cuando discutíamos y me miraba con los ojos cerrados, escéptica. Llevamos siete años de relación y la conozco a la perfección: sé que no le gustan mucho las tonterías, y que se toma las cosas importantes en serio. Es inteligente y alegre, pero tenaz cuando algo se introduce en su mente. Es casi imposible hacer que cambie de opinión. Pero no quiero ser la causa de que su sonrisa desaparezca. La llamé desde el parque, para ver si estaba despierta.
Cuando volví al piso que compartíamos había tomado una decisión. Abrí la puerta y la encontré escribiendo, mientras desayunaba una tostada. Ella no sabía que yo había encontrado su diario, y cerró el cuaderno con disimulo.
Me costó tanto decírselo… esta mañana su melena rubia resplandecía, y aunque su cara denotaba cansancio, estaba preciosa. Sonreía con impaciencia. Se lo dije. ¿Debí hacerlo? Sus ojos marrones se cerraron de golpe, protegiendo el interior del dolor que mi voz producía en su corazón de treinta años.
Me parece increíble que todo eso haya pasado sólo hace unas horas. Sus gritos resuenan en mis oídos. Cuando Sarah se enfada… da mucho miedo, al menos, para la mayoría de la gente. A mí me encanta su carácter fuerte, tan diferente del mío. He venido con intención de hablar con ella, pedirle perdón y hacerle ver que quizá me precipité. Son las siete de la tarde, así que no tardará en volver. Me siento en el sofá y repaso nuestra colección de películas. Tenemos tanto en común…
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el teléfono.

-¡Bea! ¡Bea, abre la puerta!
Miro impaciente el reloj, al mismo tiempo que Bea, la íntima amiga de Sarah, abre la puerta blanca de su pequeño piso.
-Mikel.
Parece cansada.
-¿Dónde está Sarah? Su jefe ha llamado enfadado, esta tarde no ha ido a trabajar. He pensado que estaría aquí, contigo.
Hay súplica en mis ojos y miedo en mis manos delgadas, que se retuercen.
-No está aquí. Se ha ido, Mikel. Su avión sale esta noche, creo que a las diez en punto. Estaba hecha polvo…
-¿Avión? ¿Adónde va?
-A Copenhague.
Salgo corriendo, sin dejar que termine de hablar, aunque alcanzo a oír algo más.
-No debiste precipitarte.

Vuelvo de nuevo a nuestro piso, y cojo mi cartera, con la esperanza de que haya suficiente dinero. Ni siquiera me he llevado mis cosas al piso de mi hermano Javi, donde viviré mientras dure esta pesadilla.
Cuando me detengo en la sala de estar para tomar aliento, descubro algo que había pasado por alto: el diario de Sarah, abierto por la última página escrita. La fecha garabateada indica que es de hoy.

Esta mañana me he despertado temprano. Mikel se ha ido a correr al parque, así que he llevado a cabo mi plan antes de que vuelva. He releído las páginas anteriores, y me he decepcionado al comprobar hasta qué punto puedo llegar a decir tonterías cuando me enfado. Quiero arreglar esto, y estoy segura de que podré hacerlo. He comprado por internet dos billetes de avión para este fin de semana: voy a llevar a Mikel al festival de cine de Copenhague. He conseguido un hotel que está bastante bien de precio. En cuanto vuelva, le daré la sorpresa… Un momento, me llaman al móvil.
Era Mikel, quería asegurarse de que estaba despierta: quiere hablar conmigo. Seguro que ha reflexionado sobre todo esto, como yo, y se ha dado cuenta de que es una tontería discutir tanto. Últimamente ha sacado mucho el tema de tomarnos “un tiempo”, pero me he negado rotundamente, ésa no es una opción. No necesito tiempo para nada, lo tengo todo claro. Quiero a Mikel, más que a nadie, así que vamos a arreglarlo. Oigo el tintineo de sus llaves. Acaba de llegar.

Miro el reloj: son las nueve y cuarto. Necesito llegar a tiempo al aeropuerto.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vientos del norte


Como cada noche, se despidió de su familia con un beso y subió a su habitación. Se puso el pijama, cerró la puerta y encendió la pequeña lámpara. Caminando con cuidado, pues el suelo de madera se quejaba por los años, cogió una vieja manta de cuadros y abrió la puerta que daba al pequeño balcón.
Sus abuelos ya estaban acostados, y su tía estaría leyendo. Pero si sus padres se enteraban de que estaba allí fuera, con el frío que hacía, se enfadarían y se lo prohibirían. Quizá era eso, el secretismo con el que llevaba a cabo aquel acto cada noche, lo que le gustaba tanto.
Se sentó en el suelo de baldosas pequeñas y desgastadas, y se envolvió en la manta. Le encantaba permanecer un rato allí antes de volver a la calidez de su cuarto para dormir.
Era invierno, y hacía mucho frío. Las ramas de los árboles desnudos se balanceaban y susurraban una nana a la niña, que cerraba los ojos y dejaba que el aire frío besara su cara, sonrojando sus mejillas. En el pueblo había muy pocas luces encendidas, y todo estaba en silencio, un silencio tranquilizador que sólo se veía interrumpido muy de vez en cuando, por el rugir del motor de un coche solitario o por el ladrido de un perro inquieto.
Si miraba tras ella, veía la luz anaranjada de su habitación, y el sueño la invitaba a tumbarse sobre el mullido colchón de su cama, pero la niña se quedaba fuera un rato más, para que el frío del norte curara e insensibilizara su pequeño corazón de aprendiz.
Cuando se sentía más optimista, se apoyaba en la barandilla y se imaginaba que un príncipe la esperaba abajo, entre los árboles que plantó su abuelo, montado en su caballo, negro como la noche. Cantaba melodías inventadas por ella, muchas veces sin sentido, pero aquellas canciones hacían más acogedora la oscuridad y mitigaban el dolor. Si se sentía inspirada por las musas del bosque, bailaba por el pequeño balcón, olvidándose por completo de sus pies descalzos.
Pero cuando las musas dormían, simplemente permanecía sentada, mirando fijamente la luna, suplicándole que bajara a por ella, que la llevara lejos, muy lejos, al frondoso y conflictivo mundo de los sueños. Pero la luna permanecía colgada del cielo, observándola en silencio, sin hacer realidad su deseo.
Aquella noche, la niña no sonreía, aunque había luna llena y se podían apreciar los enormes ojos y la sonrisa del astro de plata, la reina de la noche; cosa que le fascinaba.
Olía a viento, a viento frío, y a la música de su grupo favorito: gaita triste y voz ronca; pero aun así, seguía sin sonreír. Me acerqué un poco más y me fijé en sus iris grandes del color del chocolate.
Por primera vez no había lágrimas en los ojos, lágrimas de soñadora, sólo un vacío inquietante, preñado de oscuridad.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lo mejor para mí.


Mi hermana se asomaba con cautela a la taza de café que tenía entre las manos, pero su voz queda no era dulce, no sabía a capuccino, sino a incomprensión.
Yo notaba cómo las lágrimas que durante tanto tiempo se habían ido acumulando tras mis ojos, produciéndome dolor de cabeza, corrían hacia delante, buscando la salida de emergencia.
Miré fijamente mi plato de comida, aún intacto, y me esforcé en retenerlas. Ella seguramente ya se habría dado cuenta de mis ojos vidriosos, pero afortunadamente no me miraba, y yo no sabía si por miedo a leer la vergüenza en mis ojos o porque era ella la que se sentía avergonzada.
Tomé mi vaso de agua y bebí, con labios temblorosos. Pero no funcionó: el nudo en mi garganta no se deshizo, pues yo sabía que no lo haría hasta que mis lágrimas saltaran al vacío y murieran en mi barbilla. Era imposible dar marcha atrás: tenía que aflojar la presión y dejar que fluyeran.

-¿Me entiendes, Amelie?

Cuando por fin se giró hacia mí y me vio (yo no podía verla porque tenía los ojos anegados de lágrimas) se asustó muchísimo.

-¿Qué te pasa? ¡No llores!

Esas palabras fueron totalmente contraproducentes, pues hicieron que llorara aún más.
Me tapé la cara con las dos manos mientras mi cara se inundaba por momentos, y fue entonces cuando hizo la pregunta que me dejaba sin palabras:

-¿Por qué lloras?

Como yo no respondía, siguió hablando, agobiada:

-Tranquila, tonta. ¿Crees que con la confianza que hay entre nosotras puedes ponerte a llorar así? - me acarició el brazo con su mano libre.- ¿Seguro que no pasa nada más?

Yo negué con la cabeza, y decía la verdad. Pero no podía hablar. Parecía que mi cabeza iba a explotar del todo y me temblaba todo el cuerpo.
Me daban ganas de huir de todo, de huir de la realidad, huir hasta mi infancia, mi niñez perdida, cuando todo era más fácil y las lágrimas no escocían. Quería conocerme a mí misma lo suficiente como para saber… Un momento. ¿Para saber qué? ¿Acaso ella y yo no éramos personas diferentes, completamente diferentes? Mi hermana mayor, más madura, buscaba lo mejor para mí, pero ella no pasó por lo que yo estaba pasando. Ella siempre tuvo un gran grupo de amigos, personas que compartían sus intereses y que tenían un punto de vista similar.
Definitivamente no podía ser igual. Las circunstancias a veces hacen que vivas la vida más deprisa, que te olvides del momento adecuado.
Cuando conseguí calmarme, restos de sal brillaban cerca de mis ojos enrojecidos.
Nos sentamos juntas en el sofá y volví a llorar como una niña pequeña. Al fin y al cabo yo no era más que una chiquilla perdida, que buscaba hacer lo correcto y no se daba cuenta de que lo que lo es para unos, deja de serlo para otros. Mi hermana y yo, dos mundos totalmente diferentes que se miraban a la cara por primera vez en mucho tiempo.
En la televisión apareció el que fue mi cantante favorito cuando era pequeña. A mi hermana seguía encantándole, pero me sorprendí a mí misma cuando me pareció entrever un rastro de chulería en su sonrisa de chico guapo. Ya no escuchaba su música, ni miraba sus pósters. Incluso me caía regular. Para mí no era más que un popero, pero aun así yo guardaba alguna de sus canciones, porque despertaban en mi memoria recuerdos que protagonizábamos mi hermana y yo, cantando en la cocina. Otra diferencia más que nos situaba a miles de años luz.
Y sin embargo, me sentía protegida, cerca, no podía dejar de pensar que mi hermana tenía gran parte de razón, pues ella sólo buscaba lo mejor para mí. Pero, ¿cómo aprender a elegir?
Ella mismo me había dicho “Yo no puedo decidir por ti, cariño. Tendrás que equivocarte como hemos hecho todos. Sólo te aconsejo. Hazme un poquito de caso.”
Pero yo sabía que no era tan fácil, que los obstáculos no cambiarían de lugar y que me quedaba enfrentarme a alguien más importante.
El tiempo corría demasiado rápido para mí, me estrangulaba.

sábado, 30 de octubre de 2010

Palacio.

Tumbada de lado sobre el enorme colchón, recordé mi llegada a Palacio.

El búho me miraba con sus enormes ojos naranjas, impaciente. Sus plumas negras y marrones cambiaban de tono a la vez que su mullido pecho subía y bajaba.
Parecía señalar la gran puerta de dos hojas de madera con el pico, así que supuse que debía entrar. Apreté con fuerza la llave que llevaba colgada del cuello y empujé la puerta con cuidado.
Acto seguido aparecí en una enorme sala cristalina. En el suelo estaba mi hermana gemela, recién descubierta.
“Qué raro, ¿por qué está boca abajo?” pensé.
Mi gemela arqueó las cejas y se encogió de hombros, imitándome. Una voz clara me habló e hizo que mirara hacia delante, al fondo de la sala.
-Bienvenida.
Al final de una alfombra plateada de forma alargada había un pequeño trono transparente sobre el que descansa una mujer. Se dejaba caer sobre el cristal con gracia, y junto al trono había una pila de libros viejos de diversos colores y tamaños.
-Gracias.- acerté a decir.
La mujer tenía los ojos de un color extraño, violeta apagado, casi rosa. Yo nunca había visto unos ojos parecidos, y al principio creí que llevaba lentillas. Sus iris parecían sonreírme con hospitalidad. Tenía el pelo largo, que caía por su nuca y descendía hasta sus omoplatos, de color castaño oscuro, y contrastaba demasiado con su piel clara y sus ojos extraños. Iba vestida como yo solía imaginarme a la Julieta de Shakespeare, con un vestido largo, pasado de moda, de color morado. Aun así, me pareció bonita, muy bonita. Sin duda, ella resolvería mis preguntas.
-Perdone…
La mujer del trono sonrió, mostrándome una hilera de dientes perfectos, blancos, relucientes.
-Puedes llamarme Helle.
-Helle, ¿dónde estoy?
Helle me miró fijamente, desconcertada. Mi pregunta parecía haberla tomado por sorpresa, como si yo debiera saber la respuesta. A pesar de que se encontraba sentada en un trono, algo que significaba realeza, me miraba como a una igual, casi con cariño.
-En mi palacio de cristal. ¿No sabes cómo has llegado hasta aquí? ¿No me buscabas?
Intenté recordar. El malabarista, el miedo, mi huida, el callejón, el fuego, la bola reluciente, la mano de tinieblas que llegó demasiado tarde y no pudo aferrarse a mi tobillo. Las imágenes se sucedieron en mi mente a la velocidad de la luz.
-Estaba huyendo de… algo. Había una bola de cristal dentro de una hoguera, yo la toqué y… apareció un búho.
-Entonces… ¿Realmente no lo sabes?
-¿Qué debería saber?
Comenzaba a impacientarme. Tenía miedo. Miré hacia abajo, pero la alfombra me impedía ver a mi gemela; me deslicé hacia la derecha y suspiré con alivio: ahí estaba. Me miraba con asombro, como yo a ella. Me agaché y su figura se redujo, alargué una mano y ella acercó la suya a la mía.
-¿Quién es?.- preguntó Helle.
Nunca le había contado a nadie lo de mi gemela. Mis padres creían que yo no lo sabía, y además yo lo había descubierto hacía poco. La primera vez que la vi fue mientras el malabarista hacía sus juegos. En el centro de una llama vi mi rostro, es decir, el suyo. Y desde entonces, la idea me obsesionaba. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Sólo sabía que estaba cansada y perdida. Lo más sorprendente de todo era que no añoraba Madrid, ni a mis padres. Me sentía genial allí, y entonces yo aún no sabía que no me había ido de la gran ciudad. Helle seguía mirándome, así que decidí mentir, pero las palabras se escaparon de mi boca, haciéndome daño en los labios, cortándomelos.
-Mi gemela.
Me llevé la mano a la boca con disgusto, y traté de tranquilizarme. De repente, en el suelo de cristal comenzaron a escribirse palabras en un idioma extraño que no comprendí.
Pero la mirada clara de Helle estaba fija en las palabras, que aumentaron su tamaño y giraron despacio.
Se levantó del trono y me miró fijamente.
-¿Sabes alemán, Deva?
Ah, era alemán. ¿Cómo iba a saber yo eso? A mis padres no les gustaba mucho viajar y yo nunca había visto nada escrito en alemán.
-No. ¿Qué pone?
Helle asintió con la cabeza pero no respondió a mi pregunta, sino que me indicó el camino que debía seguir para encontrar un baño y un dormitorio y me dejó allí, en la enorme sala, con miles de interrogaciones flotando sobre mi cabeza.

Me levanté de la cama y me puse unas zapatillas un poco incómodas que encontré junto a la cama. Sobre la colcha había una nota que yo había pasado por alto.
“El silencio no es el entorno natural para las historias. Las historias necesitan palabras. Sin ellas palidecen, enferman y mueren. Y luego te persiguen.”
Más abajo ponía el título de la obra de la que había sacado aquella amenaza “El cuento número 13”, y al final había una pregunta: ¿Te gusta leer, Deva?
Me envolví en una manta, pues hacía demasiado frío para ser verano, y decidí buscar la biblioteca. ¿Que cómo sabía que había biblioteca? Porque en un sitio así debía haber una biblioteca, sin más. Eso sin añadir que Helle parecía una lectora bastante apasionada. Me gustaba adelantarme a los acontecimientos, así que hice mis conjeturas.
“Quiere contarme una historia” pensé. Lo que no sabía era que no se trataba de una historia cualquiera, sino de la mía propia.
Un lobo aulló en la noche, afuera, pero demasiado cerca.





lunes, 25 de octubre de 2010

Wicked Game (II)

El recuerdo rojo me abandonó de repente. Se marchó, como cuando alguien sube con fuerza la persiana, alumbrando tu sueño con demasiada claridad, interrumpiéndolo. Me encontré de rodillas en el suelo, cegada por la realidad.
Había sido el peor error de mi vida. ¿De verdad creía que separándome de él viviría una vida completa? Sí, lo creía. Pero no fue así.
Su ausencia me había dolido desde el principio, y poco a poco dejé de hablar con mis amigos, dejé de salir a la calle.
Me concentraba en los idiomas y estudiaba muchas más horas de las necesarias. Los profesores de la universidad se habían preocupado un poco por mí, pero no podían dejar de felicitarme por mis buenas notas.
¿Y todo para qué? Me sentía completamente vacía. Podía describir perfectamente cómo me sentía en cuatro idiomas diferentes, pero eso no lo hacía más llevadero.
Me levanté lenta, pesadamente, y recogí mis dudas. Ahora ya no quedaba ninguna: me había equivocado. Dejarle había sido lo peor que podría haberlo hecho. Buscaba evadirme del amor y tener una vida social más amplia y había conseguido lo contrario. Nadie quería acercarse a esa chica paliducha y sabelotodo.
Decidí volver a casa por el camino más largo. De camino al paso de cebra, saqué el móvil y marqué su número. No lo había olvidado. No… mejor no: él ya me habría rehecho su vida. No se lo reprochaba. Él podría encontrar a quien quisiera, y seguramente a estas alturas volvía a estar enamorado.
Esperé a que el semáforo se pusiera en verde y el muñequito comenzara su caminar frenético hacia ningún lugar.
Por esa acera solíamos volver a casa después de cenar en el otro extremo de la ciudad… Allí nos sentamos aquella vez, riendo como locos. La risa que solía caracterizarme se había roto, y solo quedaba el reflejo de lo que algún día fue; solo quedaba una triste sonrisa torcida. No había vuelto a tener aquellos ataques de risa que me dejaban sin aliento y con las costillas doloridas.
El rojo pasó a ser verde y la sangre se congeló en mis venas. Ian estaba frente a mí, sólo nos separaba una carretera gris, tan gris como los seiscientos cincuenta y tres días en los que le había echado tanto de menos.
Me quedé paralizada, la cabeza me daba vueltas, las letras de una canción resonaban con fuerza… Simplemente esperé a que él cruzara y me viera.
Sus ojos azules se oscurecieron al verme, como cuando escondían algo. ¿Rencor, quizá?
Susurró un "Hola". Intenté responder, pero no pude. Estaba tan guapo como siempre. Sobre el viento fresco resbalaba su olor, el que quedaba impregnado en mi ropa cada fin de semana. Inhalé, como se inhala la sustancia a la que estás irrevocablemente enganchado, entregando cada fibra de mi ser.
Murmuró una palabra, sólo una.
-Ellen.
-…Ian.
Ian no pudo evitar sonreír, aunque con tristeza, y yo lo imité sin darme cuenta.
Abrió los brazos y me preguntó, avergonzado:
-¿Puedo?
¿Qué si podía qué? Me daba igual. Tenía toda la razón del mundo cuando me dijo que volveríamos a encontrarnos, que no sería tan fácil olvidarle. ¿Él lo habría hecho? Ajeno a mis pensamientos, tradujo mi silencio como un “sí” y me abrazó con timidez. Dios mío… Había olvidado lo bien que me sentía cuando me refugiaba en mi lugar favorito. ¿Cómo había podido olvidarlo? Cuando pasó el primer año, intentaba recordarlo cada noche, pero la sensación se alejaba cada vez más, como cuando caminas hacia un arcoíris.
Él respiraba entrecortadamente. Cuando se separó de mí, vislumbré un destello plateado en su cuello. ¿Una alianza de su nuevo amor? Mi corazón ahogó un grito. Ian se dio cuenta de que lo miraba fijamente; siempre se daba cuenta de esas cosas.
Sostuvo el colgante en alto y mis rodillas flaquearon, débiles antes el peso que debían soportar. Era el símbolo celta que yo le había regalado en nuestro primer aniversario. Uno igual que el mío, que reflejaba mi afición por el mundo celta.
No pude más. Todas las preguntas que me recorrían de arriba abajo se transformaron en una, la más importante:

-¿Por qué lo llevas puesto?

No tenía sentido.
Ian soltó el colgante de plata, me miró directamente a los ojos, y confesó aquello que llevaba guardado desde hacía casi dos años. Pronunció las palabras que resquebrajaron el muro que yo había construido alrededor de mi corazón, sin miedo, seguro de sí mismo.

-Porque nunca he dejado de quererte.

Gracias a todos los que habéis estado ahí. Con esta segunda parte intento volver casi del todo a Palacio, dejando atrás todo lo malo. Gracias a Ian me dejaré llevar por la euforia, y olvidaré aquello que me quitaba energía y tiempo. A veces la amistad, como el amor, se acaba.

martes, 19 de octubre de 2010

La diosa de la discordia.

¿Qué hacía allí? Había sido una tontería. Suspiré, y avancé entre la multitud hasta llegar a la puerta, donde Melissa y su novio comprobaban si todos estaban apuntados en la lista.
Ambos se sorprendieron mucho al verme, y enseguida Melissa sacó a la luz aquella enorme sonrisa, algo falsa en mi opinión.
-¡Sofía! ¡No me puedo creer que hayas venido!.- Miró a mi alrededor.- ¿Dónde está Mónica?
Mierda. No le había contado a nadie excepto a la familia de M lo que había pasado. No tenía ganas ni fuerzas para pasar por aquello otra vez, así que decidí mentir. Esa noche olvidaría todo lo malo.
-Eh…No ha podido venir… Ha ido a pasar el fin de semana a casa de sus padres, en Valladolid.
-¡No pasa nada! Mira el lado bueno: más chicos guapos para ti.- y me guiñó un ojo.
¿Es que no sabía pensar en otra cosa? M e e x a s p e r a b a. En fin, no tenía ninguna intención de ligar esa noche, al menos, no de entrada. Melissa tachó nuestros nombres, el de Mónica y el mío y entré al local. La música se oía desde fuera, pero una vez dentro era imposible hablar sin alzar la voz. Mis oídos no estaban acostumbrados, y me costó sentirme bien al principio. Observé la pista de baile, que era la zona mejor iluminada.
Yo llevaba un vestido azul marino de tirantes anchos, y había encontrado unos zapatos con un poco de tacón que no usaba desde hacía tiempo. Me había maquillado un poco. Nada de carmín rojo en los labios, era demasiado típico y no me favorecía en absoluto. Un poco de brillo discreto y una fina raya negra sobre mis ojos marrones.
Al salir de nuestro piso me había sentido incluso guapa, pero allí, rodeada de chicas con cuñas enormes y vestidos demasiado cortos, me sentía un cero a la izquierda.
Me quité la chaquetita y la dejé en el guardarropa. Tras guardar en mi bolso diminuto el ticket para poder recuperar mi chaqueta más tarde, me dirigí a la barra.
No solía beber muy a menudo, y cuando lo hacía, pedía siempre lo mismo. Pero decidí innovar. Junto a mí había una chica guapísima, de cabello dorado y ojos grandes. Su vestido apretado y su sonrisa pícara recogían todas las miradas de alrededor. Pidió algo al camarero, aunque no pude oírlo porque la música estaba demasiado alta. El chico le sirvió un vaso con un líquido transparente, y, acto seguido, me miró, esperando a que me decidiera.
Me acerqué y, sin saber muy bien lo que hacía, señalé con la cabeza a la rubia y le dije:
-Sírveme lo mismo que a esa chica.
Le enseñé mi entrada y asintió con la cabeza. Algo bueno tenía que tener todo aquello: la copa me salía gratis.
Miré el vaso alargado, indecisa. Una, dos, y tres. Le di un sorbito.
“No está mal” pensé. No era demasiado dulce, pero estaba un poco fuerte.
El local se había ido llenando poco a poco, y las luces de colores barrían la habitación, en busca de alguien. Saboreé la copa lentamente, y, sin darme cuenta, empecé a marcar el compás de aquella canción con mi pie derecho.
En el centro de la pista de baile bailaba una mujer rubia, algo mayor que yo. Al principio pensé que era la misma de la barra, pero me equivoqué. Llevaba un vestido negro, largo, de esos con cortes a ambos lados para dejar asomar las piernas. Su pelo era más largo y estaba más cuidado. Bailaba con un chico, y con otro. Bailaba frenéticamente, como si supiera que era la diosa de todo el caos que reinaba en el bar.
Yo no pude evitarlo. El simple hecho de mirar a aquella mujer te daba ganas de cometer una imprudencia. Acabé la bebida de un trago y dejé el vaso en la barra. Me introduje entre los bailarines y comencé a moverme al ritmo de la música. El alcohol estaba haciendo su efecto.

Gracias a todos por vuestra paciencia No dispongo de tiempo y fuerzas suficientes para publicar algo mejor. Contestaré vuestros comentarios cuanto antes... Ni el sentimiento de euforia consigue apagar este dolor en el pecho.

domingo, 10 de octubre de 2010

Wicked Game


Colgué el teléfono y hundí la cabeza entre mis manos, que temblaban más de la cuenta. Liss tenía razón: necesitaba despejarme un poco. Cogí la chaqueta y el bolso y salí a la calle sin mirarme al espejo, sin maquillarme. Hacía tiempo que mi físico había quedado relegado a un segundo o tercer plano. De camino al piso de mi hermana sentí un poco de frío en la cara, y me abotoné la chaqueta, demasiado fina. El tiempo comenzaba a enfriar y el invierno se agazapaba en la esquina próxima. Aquella temperatura y las calles desiertas de mi pequeña ciudad me recordaban a tantas noches que la recorrimos juntos, abrazados.
Rechacé ese pensamiento. Había hecho bien. Las cosas no habían salido como pensábamos y… yo me estaba dedicando plenamente a la carrera, como mi madre quería.
Seguí caminando, sin saber por dónde iba, y no me di cuenta de que había pasado por delante del portal de mi hermana. Seguí caminando como un autómata. ¿Me había equivocado? Liss tenía razón en otra cosa: nunca encontraría a alguien como él. Un recuerdo rojo se preparaba para entrar en acción en lo más profundo de mi mente. Giré un momento la cabeza hacia la pizzería donde solíamos cenar los sábados, y, al verme indefensa y con la guardia baja, el recuerdo me paralizó.
De repente era como volver a estar allí. Wicked Game sonaba, pero parecía que la canción venía de muy muy lejos. Yo sólo tenía ojos para él.

The world was on fire and no one could save me but you.

Creía que era imposible, pero la luz de las velas le daba un aire aun más atractivo que de costumbre. Le necesitaba. Necesitaba su aliento en la nuca, necesitaba su calor en mi vientre, necesitaba sus manos alrededor de mi cuerpo, o me hundiría sin remedio.
Sus ojos me llamaban, y me susurraban “Ahora”. Yo intentaba usar la razón, poner los pies en la tierra, pero mi cuerpo se estremecía de arriba abajo y no podía detener el cosquilleo en mi estómago, en mi boca.

No, I don't want to fall in love.

Todo el mundo me había dicho: “No lo hagas. No te enamores. Te romperá el corazón. Él no, él no… te hará daño.”
¿Qué sabían ellos? La mayoría no había conocido el amor verdadero ni lo conocería nunca. Yo lo quería. Como nunca antes había querido a otra persona.
Mientras, él seguía acariciándome con esa dulzura que me hacía cerrar los ojos y dejarme llevar. Me sentía más hermosa que nunca, como una diosa a la que todos deberían adorar. Había pétalos rojos debajo de nosotros, velas a nuestro alrededor y un “Siempre” en el aire, flotando sobre nosotros.
Me miró, y su mirada me mordió el corazón. Me abrazó con fuerza y ya no pude distinguir lo real de lo imaginario. Estaba volando. Volaba. Mis manos rozaban las nubes y mis pies dejaban atrás el suelo firme.
Sus besos, su pelo rubio… Gemí. Y me gustó el sonido. Con solo un ruidito me estaba rebelando contra todos los que se oponían a algo tan maravilloso. Les dejaba claro que no iba a hacerles caso. Él me ofrecía muchísimo más. Me ofrecía seguridad, cariño, apoyo, confianza, secretos… me ofrecía la otra mitad que me completaba, aquella que yo siempre había buscado sin éxito. Me entregaba su vida entera.

I never dreamed that I'd meet somebody like you.

Mi cuerpo latía, latía al compás de su respiración. Le susurré que me besara, quería saborearlo otra vez. Sus labios suaves, carnosos, calientes, apretaban los míos como si no existiera nada más. Y así era. me entregaba su cuerpo y su alma.
Dejé de pensar. Rodeé su cuello, apreté nuestros cuerpos, y volví a beber de él. Una, y otra vez. Cada vez latía con más fuerza, lenta, pero fuertemente.
Noté la lujuria que lubricaba nuestros cuerpos, fundiendo nuestras almas, y volví a cerrar los ojos.

I want to fall in love.

Nunca creí en la perfección y sin embargo aquello era perfecto. Dejé la mente en blanco por primera vez y deseé cubrir cada milímetro de su piel con besos lentos. Lo hice.
What a wicked game to play, to make me feel this way.
Deseé mirarte a los ojos mientras me recostaba a tu lado, y lo hice. Te dije con la mirada lo que quería que ocurriera, y lo hiciste.
No hicieron falta palabras. Tu saliva en mi muslo, tu aroma en cada fibra de mi ser. Desabroché mi colgante y lo coloqué en tu cuello. Aquella era la señal. En tus ojos azules brillaban las velas, suspiraban los pétalos y gemía mi cuerpo pálido.
Cerré los ojos.

...With you.

lunes, 4 de octubre de 2010

"¿Por qué?"


Nina, a sus siete años de edad, no era una chica corriente. Vivía con sus padres en una casa estrecha y alta, con grandes ventanales que carecían de persianas y cortinas. Le gustaba salir a la acera que separaba su casa de la calzada, donde había un banco de madera, para pensar en el origen de las cosas. Veía pasar a la gente en bicicleta, y observaba los barcos que navegaban por el canal… pero lo que más le gustaba era ver a otros niños como ella. Entonces caminaba junto a ellos y buscaba esa chispa en sus ojos, ese indicio de que no estaba sola. Pero pronto se cansaba y daba media vuelta: no encontraba en ellos lo que buscaba.
A menudo se hacía preguntas, preguntas difíciles que no tenían respuesta y que la hacían llorar. ¿Por qué existía? ¿Por qué el mundo le había dado la oportunidad de vivir, y, sin preguntárselo siquiera, la había enviado al mundo? Solía preguntar todas sus dudas a su padre, pues él lo sabía todo. Pero cuando Nina le preguntaba el por qué de su existencia, él no sabía responder.

-Papá, ¿por qué vivimos?

-Porque también morimos.

-Pero… ¿y por qué morimos?

-Porque vivimos.

-Ya, pero… ¿para qué sirve vivir y morir?

-Una cosa va de la mano de la otra, Nina; no se puede vivir sin morir, ni tampoco morir sin vivir.

-¿Por qué?

-Porque es así.

Nina no entendía nada. Se sentía pequeña, diminuta, una hoja marrón de las tantas que cubrían el canal en otoño. Años más tarde descubriría que a eso que ella sentía se le daba el nombre de angustia existencial.
Y tan pronto como se sentía pequeñita, se sentía enorme, única. Era Nina Cohen y no había nadie más como ella. Y, sin embargo, ¿por qué no podía dejar de pensar en la razón de su ser? Simplemente quería entenderlo todo, o, al menos, algo tan importante como la razón que le permitía respirar. A la niña se le ocurrió una idea: escribió en una hoja de papel cada pregunta que se le ocurría, e iba pegando las hojas sobre la pared de su habitación. Una noche su madre, al darle el beso acostumbrado y desearle dulces sueños, le preguntó a Nina si había ido al centro de la ciudad últimamente.
Sí, era lo que la niña sospechaba: su madre creía que su pequeña había inhalado un poco de aquel humo que hacía a la gente alucinar. Pues no. Ella no necesitaba ningún tipo de sustancia para flotar, para imaginar… para llorar.

¿Acaso era tan poco corriente? ¿Nadie más se hacía aquellas preguntas? Alguien sabría por qué existían, ¿no? Nina no podía creer que de los miles de millones de personas que había sobre el planeta, ninguna supiera qué hacía allí.
Poco a poco la pared violeta tomó el color blanco del papel y gris oscuro del lápiz con el que escribía Nina.
Eran más y más las preguntas que se colaban por las grandes ventanas de su habitación.
Tras mucho reflexionar, decidió arriesgarse, y volvió a preguntar a su padre:

-Papá, ¿nadie sabe por qué existimos?

-¿Crees en Dios?

-No lo sé.

-Quizá él lo sepa.

-Eso es injusto. ¿Nadie más que yo se hace estas preguntas?

-Te puedo asegurar que ninguna niña de siete años pierde el tiempo con eso.

-Yo soy mucho más que una niña de siete años.

Su padre asintió con la cabeza y respondió sin levantar la vista del periódico.

-Cierto. Eres Nina Cohen.

-¿Y quién es Nina Cohen?

Otra pregunta sin respuesta. ¿Qué o quién era ella? Nina corrió hasta el espejo del pasillo y observó su reflejo con detenimiento. Medía aproximadamente un metro de alto y no estaba ni muy gordita ni muy delgada. “Perfecta”, solía decir su madre. Era rubia y tenía unos bonitos ojos castaños. Al menos a ella le gustaban, le parecían expresivos, y, como los ojos son el espejo del alma, creía que su alma tampoco tendría miedo a expresarse.
Ella era Nina Cohen, y por muchas otras niñas que se llamaran igual que ella, ella era única. Otro humano más, un diminuto grano de arena rubio. Pero incluso un grano de arena podía cambiar el mundo.

¿Por qué no podía dejarse de preguntarse cosas? Pensándolo bien, ¿para qué servía reflexionar hasta tener dolor de cabeza? Por más que meditara, el mundo seguiría caminando a pasos lentos de gigante.
Nina no sabía por qué existía, ni por qué el sol salía por el este cada mañana, aunque lloviera mucho o la niebla lo cubriera todo. No alcanzaba a entender cómo podían moverse sus manos y cómo su boca sonreía de esa manera especial, pero tenía clara una cosa: ella no seguiría al pastor como el resto del rebaño. Seguiría preguntándose “¿Por qué?” y algún día reuniría todas las respuestas a las preguntas que decoraban su habitación.
Y si no había nadie más como ella, sería única. ¿Por qué? Porque ella no quería hacer todo lo que los demás hiciesen. Quizá no tenía que dejarse llevar por la corriente como las casas-barco del canal. Quizá su destino fuera otro.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Desesperación.

Yacía de costado, con el pelo rizado hacia atrás y las manos entrelazadas sobre la hierba. Sus ojos parecían sellados y su respiración se confundía con el susurro cansado del viento.
La hierba brillaba con más plata que nunca, pero ella no quiso darse cuenta. Ropas de niebla cubrían su cuerpo de luz, creando allá en el cielo una peligrosa tormenta eléctrica. Reflexionaba en silencio, y una pregunta yacía a su lado. “¿Por qué?”
¿Por qué tanta mentira y tanta hipocresía? ¿Para eso había sido enviada allí? Qué difícil era sentirse sola cuando estaba rodeada de los suyos, o de los que algún día lo fueron.
¿Les diría alguna vez lo que sentía? No, ni siquiera podía mirarlos a los ojos.
Un sentimiento demasiado humano se filtraba a través del aire en sus pulmones, pasando a la sangre y trasladándose así a todo su cuerpo.

Desesperación.

Hubiera dado cualquier cosa por que el mundo volviera a ser como antes, o por sentirse bien con el presente. Pero no podía. El presente se negaba a aceptarla tal y como era, y había sido ella misma demasiado tiempo; era tarde para cambiar.
Cada vez que recordaba sus voces calladas y sus ojos ciegos por la prepotencia, la brecha en su espalda se abría un poco más.
¿Qué más daba? Nadie lloraría por ella si muriese, nadie le agradecería toda su consideración y todo su dolor. Nadie se daría cuenta de que el mundo estaba equivocado, porque ellos lo estaban.
Nadie pediría perdón, porque el orgullo se lo impediría.
Se encogió aún más, abrazando sus rodillas con los brazos delgados, hasta sentir el eco de su corazón en las piernas.
Comenzó a oscurecer, pero no se veían las estrellas: el cielo era de color marrón. La tormenta esperaba, impaciente.
La luz nocturna, demasiado intensa para llamarse así, cambió la plata de lugar y la hierba se tiñó de cobre.
La plata voló a sus ojos, y empezaron a picarle.
¿Por qué seguía abrazando aquella rosa sucia, fea, llena de espinas? Le hacía daño, mucho daño. Las pequeñas espinas se clavaban en su piel morena y era imposible olvidar su mordisco. ¿Por qué no podía alejarse de allí y abandonarlos a su suerte? ¿Formaba parte de su naturaleza ser tan estúpida?
Comenzó a llorar en silencio, y al caer la primera lágrima, la tormenta soltó un aullido triunfal.
Llovió fuertemente sobre el ángel que yacía en la hierba.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un abrir y cerrar de ojos.


Miré al suelo, como había hecho un año antes, y mi mirada se llenó de pequeñas piedrecitas grises. Si cerraba los ojos, podía volver atrás en el tiempo. Sí, podía volver a sentir el sombrero de paja en la cabeza, el sudor que comenzaba a enfriarse sobre mi piel. Pero todo aquello era secundario. Me centré en los brazos que me sujetaban con fuerza, que me elevaban hasta casi rozar el cielo pero que a la vez me mantenían firme y sujeta al suelo, a la tierra, al mundo.
Era imposible oler a nada, miles de aromas iban y venían, subiendo y bajando con el frenesí de las atracciones. Algodón de azúcar, mazorca de maíz, palomitas y mucho alcohol.
¿Qué canción sonaba? No sabría decirlo. Todas se parecían, y en aquel momento formaban parte de un segundo plano: sólo nos enfocaban a nosotros.
Si permanecía con los ojos cerrados y me acercaba hasta besarle, podía sentirme como un año atrás. Olvidaba por un momento la confianza y seguridad que me hacía sentir aquel cuerpo y me dejaba envolver por la extrañeza, la emoción ante lo desconocido y la curiosidad. El mismo cosquilleo. Promesas que sólo un desconocido puede hacer.
No tenía que ser, pero era. Me entregaba a ti y bebía de tu boca, recién descubierta. Era raro en mí despojarme de la timidez tan rápido, dejarme llevar de esa manera.
Abrí los ojos. No había sombrero, ni alcohol en mi boca. Pero sí era el mismo sitio, y los mismos ojos azules que me miraban desde arriba. Llevabas el pelo diferente y otra ropa, pero no importaba. Era como estar en dos sitios a la vez. Con los ojos cerrados volvía a 2009, y cuando los volvía a abrir avanzaba un año en el tiempo.
Todo un año me había servido para desenmascararte, para romper los rumores, para conocerte más que a mí misma.
Me concentré y no tardé en encontrarlo: tu olor; sobresalía por encima del resto.
Volví a cerrar los ojos, y me besaste otra vez. Era como sentir tu beso dos veces a la vez y de manera distinta.
Me convertí en una niña sin miedo a nada, una niña que se sentía segura en los brazos de un desconocido, y aunque pareciera raro, nunca se había sentido mejor. Ella abrazó su cuerpo con fuerza, y sintió el pelo de él en la cara. Un beso, otro. Hablaron sin palabras y se comenzaron a conocerse. No hacían falta palabras. ¿Para qué? Las palabras pueden estropearlo todo. Alguien como yo no sabe manejarlas adecuadamente, ya que me callo lo importante y sólo digo tonterías. No necesitaban palabras para decir lo importante.
¿Quién me iba a decir que aquella noche sería trascendental? Yo no planeaba el futuro, sólo pensaba en aquella noche, como si fuera la última.
Sin darme cuenta empecé a agarrarme a él con más y más fuerza, y me percaté de que ya no había tanta diferencia de altura entre ambos. Sonreí, y mis mejillas subieron hasta mis ojos cerrados, recogiendo un par de lágrimas.
-Espero que esas lágrimas sean de felicidad.

Su voz me devolvió a la realidad. Claro que lo eran. Era más feliz que nunca. Levanté la cara y me sonrió, con la misma sonrisa socarrona del primer día.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Oro viejo


Nora observó con mucha atención la estatua que coronaba aquella columna blanca de piedra. En la base de la columna había rostros de lo que parecían dragones, que dejaban escapar el agua entre sus fauces abiertas. “Parece que están sonriendo” pensó Nora.
Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y abrió su bloc de dibujo. El día estaba nublado, por lo que pudo observar la figura enredada en serpientes que parecía gritar sobre la columna blanca sin tener que entrecerrar los ojos.
El Á n g e l C a í d o se encontraba en posición horizontal, con una mano aprisionada por una serpiente y con la otra en la cabeza, en un gesto de derrota. A Nora le parecía más bien un gesto que prometía venganza. Al contrario de la forma que tomaba en las leyendas, era un hombre joven, musculoso, con el cabello largo. Una de sus alas se alzaba hacia el cielo gris, como si acabara de caer de las nubes.
Con un lápiz, Nora fue dibujando poco a poco el boceto de su obra. Siempre le había fascinado aquella estatua.
-Dicen que es la única en todo el mundo dedicada a Lucifer.
Junto a ella había un chico joven de piel morena, que se había puesto en cuclillas para estar a su altura.
Nora se levantó, sobresaltada, y cerró su bloc. El chico la miraba a través de unos ojos que ya había visto antes. Unos ojos grises como el acero.
-No lo sabía…- dijo ella.
-Así es. La única en todo el mundo. Fue obra de Ricardo Bellver.
-Veo que te a ti también te interesa.
-Me llama la atención. Ojalá dibujara tan bien como tú.
Le guiñó un ojo y la invitó a sentarse un poco más allá, sobre la hierba.
-Me llamo Nora.
-Lo sé. Yo soy Evan.
Miró a Evan extrañada y se sentó junto a él. Era un desconocido, era extraño y seguramente mayor que ella. Sabía mucho sobre una estatua que representaba al rey del Infierno, y aun así, no podía apartar la mirada de aquellos ojos de niebla.
Evan la miró de arriba abajo, deteniéndose en sus ojos dorados y en su nariz pequeña y llena de pecas. Tenía el pelo color cobre, corto. Sus mejillas comenzaron a teñirse de rojo cuando ella se percató de su examen. Volvió a detenerse en sus ojos y afirmó, como para sí mismo:
-Oro viejo.
-Te… ¿te conozco?- preguntó Nora.
Evan rió entre dientes, y se pasó una mano por el pelo oscuro, revolviéndolo aún más.
-Más de lo que tú te crees. Me alegro de que por fin estés aquí.

Al llegar a casa, Nora seguía viendo su sonrisa de lobo.
Evan no se había llamado así siempre. Había cambiado de nombre varias veces, pero Nora no lo recordaba.
Una parte muy muy pequeña de ella aún guardaba retazos de su vida anterior, e intentaba avisarla de que la sensación de déjà vu era algo mucho más que una sensación.
Evan le había dicho que volviera allí cuando quisiera volver a verlo. Cuando ella le había preguntado si con “allí” se refería al parque, él había sonreído y había negado con la cabeza. “No tienes por qué desplazarte hasta aquí para verme”.

Por más que intentara recordar dónde lo había visto antes, su mente se resistía. Era mucho pedir. Una de las condiciones para volver a nacer era olvidar la vida pasada. Para Evan era fácil; él llevaba una eternidad en el mundo, había visto nacer y morir a millones de personas, e incluso a algunos de su especie.
Nora no podía apreciar el brillo rojizo de sus ojos, ni las cascadas de oscuridad que caían por su espalda. Su mente era demasiado simple para abarcar la vida de él, llena de caos y destrucción. Seguramente se asustaría si supiera la verdadera naturaleza de Evan. Cuando lo conoció, años atrás, lo temía y lo odiaba, pero había llegado a amarlo. Eso fue antes de la muerte de Nora.

Te esperaré” prometió él, bajo otra apariencia, bajo otro nombre. Pero era el mismo ser que esta tarde había comprobado que ella también seguía siendo ella. La humana por la que tanto arriesgó.
Nora se tumbó boca arriba, mirando al techo, pintado de gris. Grises eran aquellos ojos, como la niebla, como una tormenta… como el cielo que envolvía al Ángel Caído.
Fue entonces cuando aquella parte que sobrevivió a la muerte consiguió escapar. De repente recordó. Recordó la estatua, un bar oscuro, la primera vez que Evan la miró a los ojos, el terror irracional…
Recordó la despedida. Y pensar que la única razón que la ataba al mundo en aquel momento era él…
Te esperaré”… Evan había cumplido su promesa.

En el centro de Madrid, Evan meditaba en silencio. ¿Se habría dado cuenta? ¿Terminaría reconociéndolo? Tenía tantas ganas de verla… No, debía darle tiempo. Y si había algo que le sobrara, era tiempo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Me levanté con cuidado de la cama y entré en la cocina: necesitaba una cerveza. Salí al balcón, como cada noche, y acerqué la superficie lisa y fría de mi guitarra nueva a mi cuerpo desnudo. No era difícil componer después de una noche como aquella. Me costaría acostumbrarme a aquellas cuerdas, pero sólo era cuestión de tiempo, y el tiempo estaba a mis pies. Si miraba de reojo hacia mi cama deshecha veía las largas piernas y el pelo revuelto de mis fans dormidas.
Di otro trago a la cerveza y me concentré en la luna. “Podría seducirte a ti también, y te aseguro que serías mía” pensé. Unos golpecitos en la puerta me hicieron entrar de nuevo, y descubrí un pequeño sobre rosa sobre el parquet.
Sonreí al identificarlo como un detalle más de mi admiradora secreta. Cada noche me llamaba por teléfono, y por más que yo hablara, ella no decía nada. Pero sabía que era ella… lo adivinaba en la respiración entrecortada al otro lado de la línea. A veces me dejaba fotos mías y recortes de periódico sobre el felpudo, pero nunca me había escrito una carta…
Una de las chicas me llamaba, así que tiré el pequeño sobre a la basura y volví a mi cuarto.

Me desperté con los pies sobre la almohada, completamente solo. Mi cama no olía a adolescente desenfrenada, y mis labios no conservaban el sabor de la bebida. Abrí el cubo de la basura: el sobre rosa no estaba. Miré a mi alrededor y el suelo desapareció bajo mis pies…
Lo recordé todo, ordenado cronológicamente como en una autobiografía: mi Gibson negra y yo sobre el escenario por primera vez, las dudas, el miedo, los focos de colores, el descontrol, el éxito, el alcohol, las noches demasiado cortas, las mañanas en las que me levantaba con cinco chicas a mi alrededor, adorándome… Los acordes mi guitarra cada vez más cerca del cielo, las llamadas a medianoche de aquella chica, sus silencios, los conciertos, los aplausos, la soberbia, muslos suaves, caricias salvajes, la luna llena… y luego, el fin de mi vida en el reino de los cielos.
Aún me dolían los golpes de mi mejor amigo, así como las palabras del productor. No tenían nada que hacer… Entonces yo era el rey, podía tenerlo todo con sólo una mirada… “No sabéis nada”.




Mi pobre Gibson sufrió mi estupidez, cuando aquella noche la rompí contra el suelo, borracho y envuelto en el frenesí hipócrita de aquella fiesta. “¿Qué más da? Puedo tener todas las guitarras que quiera” grité. Pero ninguna sonaba como mi vieja amiga.
Puede parecer egoísta, y así fue, pues lo que más añoré de mi gloria hecha añicos era aquella fan que hacía sonar mi teléfono cada noche. No me interesaba, era cierto. ¿Cómo podía interesarme una chica que ni siquiera aparecía? Y más cuando tenía docenas de mujeres saltando a mi alrededor al ritmo de mis canciones.
Dejó de llamar la noche de mi último concierto. Según supe a través de sus notas, no se perdía ninguna de mis actuaciones, y sin duda estuvo presente en aquélla.
Sólo recuerdo el principio, algo tibio debido a las drogas, y el final… una habitación cutre y blanca, con jeringuillas y enfermeras estrechas.





¿Qué hice para perderlo todo? Mi mejor amigo: uno de los mejores bajistas que había en el mundo; mi guitarra, mi dinero, mi fan secreta… mi euforia.
Los últimos meses se habían sucedido demasiado deprisa, como se escabulle el tiempo cuando quieres aferrarlo con tus manos y detenerlo.
De un día a otro pasé a ser un principiante novato a ser una estrella. Mi pelo rizado y mi sonrisa ladeada formaban parte de un sex-appeal que vino de repente y se fue de igual manera. Mentira, todos aquellos meses habían sido una mentira.
Y lo peor de todo era que no podía volver a la normalidad. La gente me miraba de reojo y se apartaba de mí… todo el mundo me conocía.




Yo buscaba en cada chica joven una señal que me indicara que era ella. Incluso ella me abandonó, tras haber asegurado que daría su vida por mí, por tocar los dedos que componían la melodía de su ferviente locura. Sigo despertándome cada noche a las doce, esperando oír el teléfono, que perdió la voz para siempre. Incluso ella me abandonó. Y eso es algo que la luna se encarga de recordarme noche tras noche, mirándome desde arriba y susurrándome que no volverá a llamar.


lunes, 23 de agosto de 2010

Azul cielo


Mirase adonde mirase, allí estaba él.
Los prados infinitos y el dulce olor a hierba recién cortada no conseguían hacerme pensar en otra cosa.
Si alguien me hubiera dicho que Ian sólo fue un sueño, una parte de mí se lo hubiera creído. Era propio de mí imaginarme un mundo perfecto, donde la ley de la gravedad es quebrantable y el amor triunfa al final. Su dedo en alto, señalando las estrellas; sus ojos claros y su sonrisa franca no podían ser reales. Y, sin embargo, no podía ser un sueño, pues yo experimentaba un profundo vacío que me indicaba la falta de algo, algo esencial.
Apenas podía frenar el impulso de recorrer de una vez los kilómetros que nos separaban, para demostrar que todo era cierto.
La niebla blanca lamía los altos de las montañas, y por un momento creí que era a causa de esa neblina, que había calado en mí y emborronaba mis recuerdos.
Real o no, lo añoraba. Contaba los días para que acabasen las vacaciones de verano. Ese verano descubrí que la gente cambia, y mucho. Sobre todo aquellas personas que mejor creías conocer, incluyendo a uno mismo. ¿Habría cambiado Ian? Esperaba que no.
Era muy difícil encontrar a alguien ideal, alguien de quien no cambiarías absolutamente nada.
Lo echaba de menos… Nada conseguiría borrar la impronta de sus manos cálidas en mi cuerpo, ni el peso de sus labios en mi corazón.
Una vez le dije que había sido el único que había recorrido la senda de mi corazón, el único que había llegado al final del camino. En el instante en el que Ian llegó, sentí como la senda se borraba poco a poco, hasta desaparecer. Nadie más podría intentarlo.
Tenía un poco de miedo de no reconocerme en sus ojos, de no perderme en su voz. La distancia había hecho que me volviera más escéptica, pero no dudaba de mis sentimientos. Sólo necesitaba ver a Ian para dejar atrás mis dudas.
Sólo faltaban dos días…
Pero en fondo, lejos de la razón y el deber, no tenía miedo. Lo amaba, y de verdad. Esa parte de mí no tenía dudas de que seguiría siendo así. Mi sueño había sido siempre el de volar, y sus ojos eran los únicos que me prometían el cielo.
*
Ya he vuelto! :) gracias por vuestros comentarios y disculpad mi ausencia.

jueves, 5 de agosto de 2010

"Hoy tengo ganas de llorar"


Había días en los que la alegría, incluso la permanente, se acababa.
Días en los que me sentía sola aunque la habitación estuviera llena de gente, aunque tuviera a mi familia alrededor, sonriéndome.
Fue un día como aquellos cuando me acerqué por primera vez bajo la sombra de aquel nogal, que mi padre había plantado cuando tenía más o menos mi edad.
El árbol me miraba desde arriba, y parecía comprender la razón de mi soledad. A partir de aquel momento, me sentaba bajo el árbol cuando me sentía sola. En realidad, escapaba de una soledad para instalarme en otra, más íntima.
Aprendí a trepar por el tronco gris, con cuidado de no pisar las pequeñas hormigas que circulaban por él, de arriba abajo, de abajo a arriba.
Cuando mis fuerzas flaqueaban y me daban ganas de llorar, me gustaba cantar en voz alta, y aunque sabía que no lo hacía bien, escuchar mi voz aguda y desafinada conseguía tranquilizarme como ninguna otra cosa.

Justo enfrente del jardín se mantenía, a duras penas, la casa que había sido de mis bisabuelos. Cuando era muy pequeñita veía a mi prima Claudia, mayor que yo, trepar por la portilla metálica para llegar hasta el muro de piedra, sobre el que caminaba sin perder el equilibrio. Yo descubrí una manera más fácil: me subía al banco de piedra y trepaba hasta el muro, para luego saltar al interior.
La casa abandonada ejercía sobre mí una extraña m a g i a, y mis visitas al caserón se fueron haciendo más y más frecuentes.
Me gustaba mirar el balcón, con su barandilla de madera, y me imaginaba mil historias, episodios de una novela que nunca llegaría a ser escrita.
“Hoy tengo ganas de llorar” decía yo, y me escapaba a la casa de piedra. En aquellos tiempos creía que la casa podría estar encantada, y nunca permanecía allí cuando anochecía. Pero no tenía miedo. Era una muestra de respeto a mis antepasados, a los que no había conocido.
Las demás niñas de mi edad jugaban en la calle, y aunque a mí también me gustaba hacerlo (solía hacer extraños dibujos con tizas de colores en el suelo) prefería estar sola en mi extraña burbuja.
Creo que todo era más fácil entonces. Podía cantar en voz alta y hacer que mis miedos se desvanecieran, o trepar por el nogal gris hasta arriba del todo. A veces cogía mi pequeña bici azul y llegaba hasta el río, donde me tumbaba en la hierba junto a la corriente y cerraba los ojos. Escuchaba con atención la naturaleza. Sí, se podía decir que era diferente.
El jardín de la casa grande estaba seco, y me puse manos a la obra: regué con esmero todas las rosas y quité las malas hierbas. Enseguida mi jardín secreto se había transformado en un bello Edén.

Hoy, me entristece mirar hacia la enorme casa y leer un letrero naranja de “SE VENDE”.
Ya no trepo por el árbol ni dejo que las hormigas correteen por mis dedos. Hace tiempo que dejé de regar el jardín.
Me gustaría volver a escuchar las voces del bosque y la historia de su pasado, pero por más que lo intento, las voces callan. Aquella niña era la única capaz de hacerlo, pero ya no está.
Huyó una de las tantas noches que se sentaba sola en su balcón, enamorándose de la luna llena, mientras se aferraba a la vieja manta de cuadros de su abuelo. Huyó porque de repente todo cambió, y éste no era sitio para ella. Huyó para no volver.

Hoy, tengo ganas de llorar. Hoy echo de menos ser aquella niña.


Gracias por todos vuestros comentarios :) este fin de semana me marcho a la casa del jardín, y estaré fuera un par de semanas. Intentaré escribir y seguir publicando en ese tiempo. Gracias por vuestra paciencia. Un beso.


lunes, 2 de agosto de 2010

Mikel

Cambié de canción. Busqué alguna que encajara con el ambiente: mucha gente, el calor asfixiante de Madrid y el asiento incómodo del autobús número 9; no la encontré.
El autobús giró y al llegar a mi parada, me bajé sin mirar a nadie. Después de todo el día en la oficia no podía más, y las sandalias nuevas que me había regalado mi hermana por mi cumpleaños me estaban destrozando los talones.
Mi iPod cambió bruscamente de pista y mi pulso se aceleró. ¿No había borrado aquella canción? Del susto se me habían caído las llaves de casa al suelo. Me agaché con cuidado para recogerlas, pero otra mano se adelantó a las mías.
Lo miré a los ojos y ahogué un grito. Mikel. Dejó mis llaves en mi mano y se marchó, despidiéndose de mí con una sonrisa y un movimiento de su mano derecha. Mikel.
Mikel siguió caminando calle arriba, sin volver la vista atrás. Me sorprendí al ver que yo le seguía, en silencio. Recogí un mechón rubio tras mi oreja y me mordí el labio inferior.
¿Acaso él no se acordaba de mí? ¿No me echaba ni un poquito de menos? Yo añoraba cada minuto juntos, su pelo oscuro y rizado, que le daba un aire desaliñado y hippie. Añoraba su perilla y su silueta alta y delgada. Sus manías, sus locuras, su amor por el cine…
Seguía caminando igual, balanceando los brazos y moviendo la cabeza al ritmo de una extraña melodía que sólo él conocía. En los ocho años que estuvimos juntos no pude descifrar su composición.
Recordé su comportamiento conmigo, y algo se removió en mi interior. ¿Habría actuado así a propósito? ¿Se sentiría incómodo? No, de eso nada. No iba a dejarme así. Yo seguía siendo tan cabezota como siempre, así que apagué la música y corrí hasta él.

-Mikel.
-¿Sí?
-¿Podríamos quedar esta noche para cenar?
Sus ojos marrones brillaron un momento: era obvio que me había reconocido. Se llevó la mano a la barbilla y caviló unos instantes.
-Vale. ¿En tu casa? Yo llevo el vino. Prepárate para una buena sesión de cine.

Suspiré, aliviada. Abrí la boca para preguntarle qué quería cenar, pero él ya había echado a andar. Sonreí al ver que llevaba sus míticos pantalones anchos y su camiseta ajustada. No había ningún problema, conocía su plato favorito.
De camino a casa me arrepentí de haber acabado con nuestra relación. Estábamos hechos el uno para el otro. Yo ya había cumplido los treinta y tres, no era ninguna adolescente. ¿Quién me querría ahora? Mikel me entendía, me quería y… estaba deliciosamente loco.

No, definitivamente no, lo nuestro no podía ser. Estaba demasiado loco.

miércoles, 28 de julio de 2010


LLueve en la ciudad. La lluvia arrastra por la calle otra semana de silencio, así como los oscuros pensamientos de una niña, las lágrimas de un niño y las dudas de un corazón.
Las gotitas transparentes van calando poco a poco en mi alma sucia, arrancándole los restos del pasado, aquel que nadie conoce.
Me deshago de la larga semana que termina hoy, y la dejo caer en el agua que corre calle abajo. El gris del cielo me recuerda a mi alma callada, y rememoro aquellas palabras que escribí:

“Silencio. Al contrario que otras veces, no hay gritos de rabia ni lágrimas de frustración. Sólo silencio. El silencio es el único capaz de contar toda una vida en un segundo, de colocarte en tu lugar.
Temo al silencio e intento llenarlo de sonrisas, de caricias, de abrazos largos. Casi siempre lo consigo. Casi. Basta que vaciles un instante, sólo uno.
Se lanza contra ti y no te deja respirar. Poco a poco te acostumbras a esa presión oscura en tu pecho, y tu mirada sombría quita la vida a aquellos que intentan asomarse a tu alma.
Así soy yo: un muro infranqueable y triste, sin vida. Al otro lado hay trampas que devoran a todos aquellos que se deciden a cruzarlo y lo consiguen (pocos lo han hecho).
Sola, sombría, en un rincón. Abandonada por la palabra que la caracteriza.
Pero eso no importa. Nada importa. Seguiré flotando en la sucia superficie viscosa, rodeada de todos aquellos a los que hice daño. Seguiré fingiendo que puedo cambiar.”

A veces mi lado oscuro sale a la superficie, y no me molesto en ocultarlo. Cuando parece que vuelvo a ser la de antes, una pequeña luciérnaga verde se enciende en mis ojos, y me veo tal y como soy realmente.
No vale la pena tumbarte en el camino y cerrar los ojos, hay que seguir, la vida me ha demostrado que sí puedo cambiar, que puedo llegar a ser lo que yo quiera.
Lo supe cuando encontré el amor en unos labios que no me pertenecían, y cuando encontré una amiga detrás de una falsa apariencia…
Me detengo, me agacho sin preocuparme por mis zapatos o mi ropa, y me observo en un pequeño charco. Veo mi imagen, interrumpida por el goteo incesante del cielo enfurecido.
Sí, ésa soy yo. Una mezcla de todos y de nadie. Y mientras el agua fresca va borrando el pasado de mi piel, sonrío de nuevo.
Me gusta el olor a tierra mojada, el olor a dulce y a salado al mismo tiempo. Es una lluvia nueva, diferente a la caída en invierno. Se mezcla con el aire templado y refresca mi piel. El aroma húmedo del cielo me ha hecho recordar una noche de septiembre.
Septiembre… añoro septiembre. Fue el principio de un comienzo que nunca acabará.


26 de septiembre de 2009
Él la miró directamente a los ojos, provocando un escalofrío en su espalda. Ella se dejó llevar por la música que sonaba a lo lejos, olvidó sus miedos, sus principios, olvidó su anterior vida, dispuesta a comenzar una nueva junto a aquellos ojos azules.
Los abrazos, los besos en el cuello, los susurros calientes endulzados por un poco de whisky… Cambiaron su historia para siempre.
El verano se resistía a decir adiós, y la noche era perfecta. La locura quedó confirmada en un beso, y la sonrisa de él quedó para siempre en los ojos castaños de ella.



Gracias por todos vuestros comentarios :) últimamente paso poco tiempo en casa, y he recurrido a un historia que ya escribí, ya que no he tenido mucho tiempo para escribir.


Iré comentando en cuanto pueda :) Gracias por tu reconocimiento, Marina.



sábado, 17 de julio de 2010

Deva


Deva corría entre las sombras de la ciudad, deteniéndose a tomar aliento en cada callejón sin salida, todos vertientes de la gran calle principal. Cuando los pasos en su cabeza retumbaban demasiado fuertes, exhalaba un suspiro y corría de nuevo.
¿Quién la perseguía? No se atrevía a mirar atrás, y esconderse no parecía una opción segura. Lo único que sabía era que debía correr, huir, escapar como fuera de aquella amenaza que se arrastraba tras ella.
Cuando empezó a sentir que las piernas le fallaban, que se acabarían separando de su cuerpo, llegó a un oscuro callejón, más estrecho que el resto, e iluminado por las llamas de una pequeña hoguera.
Por el momento todo a su alrededor era silencio, excepto la suave melodía del fuego. Deva se sentó y dejó caer la cabeza sobre sus rodillas, añorando la tranquilidad de la noche anterior.
Sus padres y ella habían ido a cenar cerca del Parque de Berlín, en una terraza al aire libre. Aquella noche un malabarista había protagonizado un pequeño espectáculo en el parque, y desde entonces todo se había vuelto demasiado surrealista.
El joven malabarista iba vestido de negro, con unos pantalones anchos y un pañuelo en la cabeza, dejando el torso al descubierto. Iba descalzo. Aunque era demasiado delgado, sus brazos eran fuertes, y las facciones de su cara no dejaban de ser exóticas.
Prendió ambos extremos de una barra de madera, y bailó con el fuego durante unos minutos. Las llamas lo envolvían, lamían su cuerpo, absorbían su gran sonrisa… La soltura de sus ropas no supuso un problema, pues las llamas las respetaron, y el malabarista terminó el espectáculo sin una sola quemadura.
Deva había quedado impresionada. Una extraña magia abrazaba al extraño, que jugaba con el fuego sin quemarse. El joven pasó entre las mesas con un sombrero de arlequín para recoger algunas monedas, y cuando Deva dejó caer su dinero en el interior del sombrero, el malabarista le sonrió y pronunció en su oído unas extrañas palabras que la niña no entendió, pero que le hicieron ruborizarse.
Deva suspiró al recordar la sonrisa del malabarista. Hubiera deseado no estar en aquel callejón sola, de noche y huyendo de una sombra invisible.
Sólo dejó de sentirse observada al acercarse un poco más a la hoguera, en cuyo centro brillaba lo que parecía una esfera de cristal. Imaginó al joven malabarista otra vez… Seguro que él podría atravesar el fuego con la mano y entregarle aquella esfera.
Casi sin pensarlo, pronunció en voz alta las palabras que él había susurrado en su oído, y el fuego se apagó súbitamente.
La preciosa bola quedó sobre el suelo, desprotegida y fría como si el fuego nunca hubiera existido.

-Monique.
Una chica rubia acudió a la llamada.
-Sí, señora.
La mujer que la había llamado estaba recostada en un diván morado, y observaba con creciente interés una pequeña bola. Soltó una carcajada y miró a la chica directamente a sus ojos verdes.
-Monique, ya sabes lo que tienes que hacer.
Monique inclinó la cabeza y salió de la gran habitación.
La mujer siguió observando la bola, y en sus ojos grises se reflejaba una chica acurrucada en un callejón oscuro, mirando fijamente un punto titilante en el asfalto. La imagen de la bola se amplió y apreció una niña de grandes ojos oscuros.
-Eres bonita, sí. No tengo ninguna duda de que serías una buena aprendiz… Lástima que tenga que matarte.

Deva observó con cuidado el interior de la esfera, que le desvelaba un palacio de columnas blancas, con las paredes y el techo hechos de cristal, rodeado de árboles.
Se acercó poco a poco, hasta que su pequeña nariz tocó la superficie de la esfera, y sintió como algo tiraba de ella. Desapareció justo en el momento en el que Monique se adentró en el callejón.

martes, 13 de julio de 2010

Slow dancing in a burning room


Se miraron un instante, y ella volvió a desviar la mirada, mordiéndose el pequeño labio inferior.
Se había imaginado aquel momento mil y una vez, había planeado cada detalle, cada movimiento. Ella lo sorprendería, con el alma al descubierto, por primera vez limpia de miedos y dudas. Quizá al principio él no comprendería la razón de aquel brillo especial en sus ojos oscuros, ni el calor de la llamada de su boca, pero ella haría el resto. No, mejor, él guiaría todos sus pasos, dejándole a ella la tentadora opción de, simplemente, dejarse llevar.
Había pensado la música adecuada, el lugar, la indumentaria, incluso la estación del año. Aquel encuentro debía ser inolvidable. Sí, así sería. Él aceptó todas las condiciones, solo para hacerla feliz.
Mientras pensaba todo esto, él la guiaba por la pista de mármol, lenta, muy lentamente, con pasos seguros y firmes… sin dejar de mirar su cuello. Giraban una y otra vez, abrazados, por fin juntos.
Esa pequeña parte de su ser, aquella que se ocultaba tras su sonrisa socarrona, bostezó en silencio y abrió los ojos. Se despertó.
Fue entonces cuando ella comprendió. Se dio cuenta de todo a la vez: no importaba la música, la ropa, el día ni el lugar. No importaba quién diera el primer paso… ni el último. Nada de eso importaba. Apreció su mirada azul y su pelo rebelde, y no necesitó nada más. Bajó la vista y admiró sus manos, que la hacían volar en aquel viejo salón.
Reposó su cabeza, peinada con cuidado y coronada con un tocado de plata, en el hombro que tantas veces había besado. Después bajó un poco, y dejó de mover los pies: escuchó.
El corazón de él, sorprendido por el baile interrumpido, latía con fuerza, queriendo salir de su pecho, atravesando la camisa blanca, hasta llegar al vestido violeta de ella.
Lentamente, muy lentamente, al compás de la canción, se soltó el pelo y desabrochó el incómodo corsé. Aflojó el cuello de la camisa de él y besó su barbilla.
Ésa era ella, sin miedos, sin dudas. Olvidó sus preocupaciones, olvidó el qué dirán, y bailó de nuevo. Él se fijaba en su enorme sonrisa y en aquel mechón que dividía su cara, de forma similar a la que dividía su alma. Por fin ella había elegido la correcta.
La habitación se encendió de repente, y ella se refugió en los ojos de su acompañante, dos lunas grises con reflejos amarillos, que le daban un aire salvaje. Ardían, todo estaba ardiendo.
Las enormes cortinas rojas se desplomaron sobre el mármol, y la temperatura aumentó. El chico de los ojos de luna tomó su mano, pero ella la soltó. Se abrazó a su cuello y siguió meciéndose, a un lado y a otro, mientras la música dejaba de sonar.
Él la escuchó reírse, feliz, demente, eufórica; mientras, la habitación se iba consumiendo, y el color de las llamas se apoderaba de todo. Era el momento.
La música no se había apagado, sino que el retumbar de sus latidos la ocultaba, la hacía retroceder a un segundo plano.
Ya no había lugar para los errores, ni para cualquier clase de miedo. Sólo estaban ellos dos, girando lentamente, abrazados por las llamas, abrazándose el uno al otro.
Es el momento” pensó ella, y vio en sus ojos grises azulados que él pensaba lo mismo.
No pensó, no analizó la situación, ni siquiera tomó aire antes de besarlo. Lo besó con urgencia, bebiendo de él, de las lágrimas derramadas. Lo besó una y otra vez, haciéndole perder la cabeza.
Él la apretó contra sí, ella lo miró a los ojos, y se le escapó una de esas sonrisas que hacía que las lunas se estremecieran.
-El último.- mintió ella, pues a ese beso le siguieron muchos otros.
No podía dejar de besar sus labios carnosos… al fin y al cabo, sus besos eran los únicos que avivaban las llamas de su locura.