"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

domingo, 26 de agosto de 2012

Dangerous animals

Llena de rabia, gritó y tiró de un manotazo todos los papeles al suelo, haciéndose daño al golpear la mesa de madera. Las palabras se desordenaban en sus dedos y se escurrían entre las vetas del tablero, negándose a obedecer.

"Allí, en la playa de piedrecitas del décimo piso, ambos se miraban a los ojos con cierto desafío. Ella apenas podía sostener su iris azul; la vergüenza se lo impedía. 
Uno a uno, el viento nocturno le susurraba al oído todos los errores que había cometido. Una y otra vez. 
De pie, frente a frente, parecían dos luchadores que se toman unos segundos para recuperar el aliento antes del siguiente asalto. Eran dos fieras heridas. Cariño y decepción. Pasión y rechazo. 
Los pequeños arañazos eran ya cicatrices casi invisibles, pero las peores heridas no podían apreciarse desde fuera. Ella conocía los mordiscos del corazón de él porque aún quedaba algo de sangre en sus labios. 
Era imposible fingir que esos golpes no existían, inútil pensar que iban a curar de la noche a la mañana. 
Todo había cambiado, empezando por ellos. Ya no eran los mismos."

Ellen lloró de impotencia sobre sus manos manchadas de tinta. Quería escribir todo aquello que sentía, pero no podía.
Todos se habían equivocado, sobre todo ella, que no tenía más remedio que secarse aquellas lágrimas inútiles y asumir las consecuencias.
Pronto dejaría de ser una niña, pronto se marcharía de casa y tendría que aprender a valerse por sí misma, a no depender de nadie.
Sólo el tiempo diría si los errores cometidos habían servido para algo y si por fin había aprendido la lección.
Estaba decidida a empezar de cero.

miércoles, 11 de julio de 2012

The Jeweller

Los dedos de Mónica repiqueteaban contra la ventana del carruaje. A su izquierda aún era de día, pero en el lado oriental las oscuras montañas se recortaban contra el atardecer cobrizo, anunciando el nacimiento de una nueva noche. Llegaron a la pequeña ciudad, en cuyo puerto se situaba, en lo alto, “The Jeweller”. La posada era conocida en todo el país y en ella se reunían personajes de todas las clases sociales; ladrones, prostitutas, artistas, viajeros, marqueses, artesanos y damas.

Tras reservar una modesta habitación, Mónica cambió su cómodo vestido de viaje por otro más adecuado para la ocasión. Se cepilló el cabello repetidas veces hasta que quedó totalmente liso y brillante y pellizcó con delicadeza sus mejillas. No tenía hambre, así que se dirigió directamente hacia las mesas situadas frente al pequeño escenario. Pidió una bebida suave y esperó a que fueran llegando más personas, que comentaban las últimas novedades. Todos hablaban de él. Mónica no lo había visto nunca, pero había oído todo tipo de historias acerca de Mark. Durante los últimos meses había sido el protagonista de sus sueños, en los que siempre aparecía enmascarado, y por fin, aquella noche, dejaría de ser un extraño para ella. Los minutos se deslizaban con lentitud y tuvo que contenerse para no quitarse los guantes de seda y morderse las uñas. ¿Habría hecho bien en ir hasta allí? Cuando todas las mesas quedaron ocupadas, el camarero apagó algunas lámparas, quedando el escenario mucho más iluminado que la parte que ocupaba el impaciente público. El dueño de la posada dirigió unas palabras a los espectadores, explicando que el primer y único artista de aquella noche sería el joven Mark. Éste apareció segundos después, con una funda negra colgada de la espalda. No era como ella lo había imaginado. Era más alto, más joven. Vestía una camisa clara de lino y unos pantalones ajustados tan negros como su pelo. Su semblante era serio, intimidante. Mónica sintió un escalofrío, pero no fue la única. Muchas mujeres lo miraban, hechizadas, desde diferentes puntos de la semioscuridad que las protegía. Sabedor de ello, Mark se recostó contra la butaca de madera y, tras sacar a su único compañero permanente, su laúd, de su funda, paseó su mirada triste por el público. Sus ojos se detuvieron en los de Mónica y no dejaron de quemarle mientras duró la música. Aquella noche, en “The Jeweller”, Mark interpretó diez canciones. Algunas eran de carácter popular, otras, menos conocidas y las cuatro últimas las había compuesto él.

¿Qué tienen los músicos que vuelve loca a la doncella más inocente? Ese algo que nos lleva a envidiar a sus instrumentos, haciendo que deseemos ser nosotras el objeto de su dedicación. Querríamos que sus dedos corretearan por nuestro cuerpo en lugar de acariciar las cuerdas, mostrarles los dulces sonidos que nuestra garganta es capaz de emitir. Querríamos ser música en sus manos y, una noche de verano, convertirnos en notas musicales que tiemblan en el aire antes de desaparecer para siempre.

Mónica tampoco apartó los ojos de Mark, el músico que la había hechizado en la distancia y que ahora la atraía con tanta fuerza que apenas podía respirar con normalidad. ¿Por qué, de entre todas, la miraba sólo a ella? La gente comenzó a cuchichear, pero ni siquiera le importó. Su pulgar dejó de buscar el anillo que solía abrazar su dedo anular y cuya ausencia todavía sentía. Allí sentada, con los pensamientos y la vista clavados en el autor de la sensación que la envolvía, Mónica sintió cómo todas su heridas se cerraban lentamente. El pasado desaparecía, así como el futuro. Las dudas, el miedo, la hipocresía. Se sentía libre, ligera y, sobre todo, viva. Era imposible no sentirse así cuando su corazón retumbaba cada vez con más fuerza, ahogando a la razón, recordándole que estaba allí. La música de Mark se clavaba en ella y le abría los ojos a un nuevo mundo de promesas indecentes que habían acabado con la honra de muchas jóvenes. Las brasas que bostezaban en su interior se convirtieron en llamas cuando comenzó a imaginárselo. Mark arrancó al laúd las últimas estrofas y una cálida sensación recorrió su nuca, propagándose por toda su cara, del color de las fresas maduras. Un escalofrío siguió a otro. Había llegado el momento.

Mark bebía en la barra, apartado de todos. A una distancia razonable, grupitos de chicas lo miraban y reían juntas. Mónica dudó pero inmediatamente volvió a sentir su mirada penetrante. La sentía incluso entonces, de espaldas a él y con los ojos cerrados. “La curiosidad mató al gato”, pero todo el mundo sabe que los felinos tienen siete vidas y ella estaba dispuesta a perder unas cuantas por aquella sensación que la oprimía con urgencia. Se acercó a él y pagó al camarero. Al marcharse dejó uno de sus guantes junto a Mark, señal de que aceptaba. Como si lo hubiera estado esperando, él tomó el guante y se dirigió hacia sus habitaciones, en el segundo piso. La suya era la puerta más alejada, de resistente roble. El otro guante, que cubría su mano, era la llave de aquella puerta. La llave de la locura y de la libertad. Simbolizaba el inicio de una nueva vida, suya, sólo suya.

lunes, 2 de julio de 2012

Soledad

Los comienzos ya marcan un final. repentino, tardío, quizá inesperado.
Yo no sabía nada de arte. Nada. Pero sabía que la chica del cuadro se sentía sola.
Tenía la espalda curvada y los hombros caídos. Miraba un pedazo de papel amarillento que, al principio, creí que era un libro.
El desorden, aunque moderado, de la habitación revelaba que acababa de deshacer la maleta. Quizá acababa de llegar a la habitación.
Como leyendo mis pensamientos, Sarah intervino:
-Quizá se dispone a marcharse.
Hopper nos permitía imaginar las razones de aquella chica para permanecer sentada en la cama con la mirada fija en la nota. Por mucho que me acerqué al cuadro, no parecía haber nada escrito en el pedazo de papel.
-Estaba esperando a alguien, pero no se ha presentado.
Yo, en cambio, me decantaba por otra opción; la chica se disponía a escribir una carta. Casi podía ver cómo las palabras la atormentaban desde lo más profundo de su mente joven. Si unos cirujanos abrieran su pecho, no encontrarían más que interrogaciones arrugadas.
Me identificaba con ella hasta el punto de que me entraron ganas de descolgar el enorme marco y salir corriendo. Sinceramente, me moría de ganas de hacer alguna estupidez, pero aquélla habría sido demasiado.
Me gustaría poder decir que había sentido un golpe súbito y fuerte que me había hecho comprenderlo todo como si fuera un sencillo acertijo. Pero seguía preguntándome cómo había llegado hasta allí, hasta aquella sala de un famoso museo en el corazón de la gran ciudad.
Habría dado cualquier cosa por convertirme en óleo y traspasar el lienzo para abrazar a la chica triste. La habría besado en la mejilla y le habría sonreído con la misma tristeza que reflejaban sus ojos distantes. Habríamos dejado de estar solas.

Cuando volvíamos a casa, yo pensaba en las palabras que podría haber escrito y que se habían resbalado hasta el infinito. Recordé la ilusión con la que esperaba la llegada del verano y los cristales rotos que había bajo mis pies, eso que debía evitar constantemente y que a veces me cortaban con suavidad.Pensé en el chico que conocía el lenguaje de los números y en la chica de la bola de cristal.

Desde su sala, ya vacía, la joven había dejado de ver la nota en blanco. En su quietud suspiraba y pensaba cuánto podían cambiar las cosas. No podía planear nada, por mucho que la incertidumbre la oprimiera con fuerza hasta humedecer sus ojos. No podía. Sólo le quedaba esperar, adaptarse y aferrarse con fuerza a los cambios positivos que pudieran desencadenarse en una fresca noche de verano, bajo las estrellas.

domingo, 17 de junio de 2012

Euforia.

Aparecí en una enorme pradera de color verde oscuro. A mi espalda se dibujaba un bosque de árboles estrechos, muy juntos entre sí; en el horizonte, el sol comenzaba a descender y el cielo se había teñido de un apacible color naranja. Su color.
Las olas chocaban con fuerza contra la costa rocosa y, con cada sacudida, la pradera que coronaba el acantilado temblaba suavemente. Alejada de los árboles, muy cerca del borde, ella escribía sus sueños con la esperanza de que se cumplieran si los relataba con suficiente detalle. A veces, las olas rompían con tanto ímpetu que algunas gotas saladas salpicaban las hojas de su cuaderno. La brisa infinita revolvía su cabello oscuro y le hacía cosquillas en el cuello, de donde colgaban una estela celta y un corazón de plata.
Su vestido blanco se revolvía; sus pies descalzos sin duda estarían fríos, como siempre, sobre la hierba húmeda. Permanecí oculto frente al ejército de árboles y no dejé de contemplarla, anotando cada detalle en mi memoria, porque sabía que aquella podría ser la última vez que la viera. Algo me lo decía; de alguna forma sentía que su pequeña figura podría lanzarse al mar en cualquier momento y sumergirse para siempre en el olvido.

Cuando la luz dejó de ser suficiente para seguir escribiendo, Ellen cerró el cuaderno y se puso en pie. Temiendo ser visto, me escondí tras uno de los primeros troncos y observé cómo se acercaba hasta el mismo borde del acantilado. Ellen relajó las rodillas y los hombros. Tomó aire y levantó con rapidez el brazo derecho, provocando que una enorme ola ascendiera de repente, dibujando un bonito círculo cuyo centro era ella. Sucedió lo mismo con su brazo izquierdo. Ellen comenzó a mover también los pies mientras el mar dibujaba sus deseos en el aire. Como una bailarina, recorrió el saliente dando pequeños saltitos y moviéndose al compás de una melodía que tan sólo ella podía escuchar. Desde mi escondite pude oír su risa, estridente y peculiar. Ellen bailaba sobre la hierba, giraba, saltaba, y manejaba el mar a su antojo. La espuma mojó su vestido y trajo un salvaje olor salado.
Cuando las últimas figuras azules descendieron a su orden, el cielo se había llenado de pequeños diamantes. Pero no había luna. Encendió unas antorchas, que quedaron suspendidas en el aire. Las pequeñas llamas lamieron su vestido blanco, que se tornó en uno de color rojo intenso. Tenía el pelo mojado y la respiración entrecortada, pero el fuego no secó su sonrisa.

Me sentía en la cima del mundo. Acaricié las llamas puntiagudas con los dedos y sentí un abrazo cálido en las manos. El aire olía a mar, la hierba se había secado a mis pies y mi corazón volvía a rebosar energía. La sentía, vibrante, en cada uno de mis músculos. Notaba la tensión en el ombligo y el júbilo en mi garganta. Llené mis pulmones de aire fresco y me estremecí de placer. Cerré los ojos y la música volvió a sonar en mi cabeza, distinta; más rápida y decidida. 

Ellen volvió a bailar. Comenzó despacio y giró alrededor de las antorchas. Parecía hechizada. Con los ojos cerrados, besó con delicadeza una de ellas y las llamas le devolvieron el beso. Contemplé anonadado cómo se separaba de la antorcha, completamente ilesa, y se abandonaba a una danza salvaje en el círculo de luz, que se desplazaba a la vez que ella, protegiéndola de la oscuridad en la que yo me encontraba. Elevó los brazos, giró las muñecas, meció sus caderas, una y otra vez. Se movía como una sacerdotisa en un ritual extraño. Aunque en ningún momento abrió los ojos, no perdía el equilibrio y sabía dónde pisaba. Estaba en su elemento. Se sentía bien.

Allí, rodeada de luz, dejé que el fuego surgiera de mi interior. No podía dejar de bailar, la música aumentaba su volumen con cada nuevo giro. Las olas seguían rompiendo contra el acantilado, pero yo no prestaba atención al ruido ni a los temblores. En aquel momento era el centro del mundo. Todo giraba a mi alrededor y yo era consciente de ello. Me sentía ligera, sabía que podría volar. Mis pies se movían, rápidos y seguros, como nunca lo habían hecho. No había aprendido aquellos pasos, todo estaba dentro de mí. 

Sin darme cuenta, salí de detrás del árbol y me acerqué poco a poco a ella. Seguía presa del frenesí y sacudía la cabeza como una loca, sin parar de reír. Sólo la veía a ella, fuego y pasión, color en la oscuridad. Cuando entré en el círculo de luz de las antorchas, Ellen se detuvo.

Había alguien. 

Tenía el pelo revuelto y la frente le brillaba por el sudor. Su enorme sonrisa se abría y cerraba guiada por el vaivén de su pecho.

Mi corazón latía desbocado y apenas podía respirar, pero aquel cosquilleo seguía recorriéndome. Abrí los ojos. 

Abrió los ojos. Una vez más, sus grandes ojos fijos me inmovilizaron. Me perdí en ellos, en su color cambiante, en la energía que desprendían. Necesitaba sentirla. Levanté una mano y la acerqué a la suya. Cuando la alcancé, una corriente me recorrió el brazo, saltó a mi pecho y me envolvió el corazón. Quemaba, pero era la sensación más maravillosa que había sentido nunca. Me sentía capaz de cualquier cosa. Ella irradiaba una mezcla de sensaciones de todos los colores que desprendía electricidad. Aquella energía que nunca la abandonaba latía con fuerza y la cubría por completo. Tenía un nombre, un nombre que la caracterizaba y resumía su esencia en unas pocas letras. Aquello era lo que yo sentía a su lado, lo que Ellen desprendía y le hacía perder la cabeza y sentirse en lo más alto.

La mirada de Ian era indescifrable, pero nada podía preocuparme entonces. Todo mi cuerpo palpitaba, mi boca saboreaba aquella sensación que tanto había añorado... Euforia

“Euforia”. Pronuncié aquella palabra mágica sin dejar de mirarla a los ojos. Entonces supe que volvía ser la de antes, que nunca había dejado de serlo. También supe que lo que más deseaba en el mundo era ser feliz, y que ella buscaría esa felicidad más allá de cualquier límite. Buscaría aquello que le hiciese sentir la euforia. Quizá fuera yo, quizá no. Pero ella lo encontraría.

sábado, 2 de junio de 2012

Frozen.

Era imposible apartar la mirada de aquel pequeño corazón, que latía, bombeando silencio, en una caja de hielo. Ella cerró el puño y comparó su tamaño con el del corazón. Encajaban. Sin embargo, las cosas no estaban saliendo como esperaba; aunque el corazón conseguía latir fuera de su cuerpo, congelado y aislado del mundo, en el hueco que había dejado, junto a su pulmón izquierdo, se arremolinaban palabras y sensaciones que no deberían tener cabida allí. Sístole y diástole, sístole y diástole, ... El corazón latía con normalidad encerrado en la caja, de donde pronto saldría para volver al cálido cuerpo humano. Ella seguía dudando. Al recuperar su corazón, ¿volvería a ser todo como antes? Parecía improbable. ¿Qué era exactamente “antes”?

Mientras lo observaba ensimismada, vio cómo unas pequeñas gotas de sangre manchaban el hielo que lo protegía. A veces, aquel verano que se había empeñado en adelantarse subía la temperatura de la caja con sus sofocos y el corazón sangraba levemente. Ella tenía que darse mucha prisa en cogerlo con sus manos mientras que sus pequeños ayudantes reponían el hielo, más frío, más azul. Cuando esto sucedía, los sentimientos repudiados entraban en contacto con sus manos frías y se fundían con su piel, invalidando el complicado proyecto. Al devolver el corazón a su lecho, no se sintió aliviada, sino al contrario. Añoraba los sentimientos que la hacían ser humana y que una vez la habían definido por su vivacidad. Tenía miedo de no reconocerse en su propio corazón cuando éste volviera a alojarse en su pecho, de donde había sido sacado por razones de urgencia. En la galería, desde donde se obtenía una vista perfecta de todo el quirófano, unos ojos verdes la observaban. Eran verdes porque Shakespeare así lo dijo.

Ella no se había lavado bien las manos ni llevaba guantes, porque creía que todo protocolo era innecesario. Caminaba de aquí para allá, sintiéndose observada en todo momento. Esperaba con ansiedad el día, cada vez más cercano, en el que todo su cuerpo volvería a vibrar, recorrido por sangre nueva. Muchas veces había estado a punto de transplantárselo de nuevo, pero se había contenido de alguna manera. Vacía, así debería estar. Y, sin embargo, no lo estaba, porque simplemente no podía. Sentía tantas cosas que ni el eco de los latidos helados conseguía acallar las voces de su cabeza. Los ojos verdes siempre acechaban desde la galería. ¿Qué pasaría después? Comenzaba a hacer tanto calor que ella misma se desnudó y se hundió en una bañera llena de agua fría. El verano se presentaba incierto y, a pesar de todo, maravilloso. No tenía ni pies ni cabeza. Lo único seguro era la fecha del transplante. Lo demás estaba por ver. Para dejar de pensar en todas las salidas que podría tener aquella situación sumergió también la cabeza, inmovilizando sus ideas.

 Ni el agua fría ni el monstruo de ojos verdes conseguían engañarla. No podía dejar de pensar en Ian.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Amelie se concentró en el horizonte. Le molestaban las canciones que se sucedían una tras otra en su cabeza. Una niña pequeña chapurreaba palabras sin sentido a su lado, sin dejar de sonreír. Suspiró, cerró los ojos.
Marlene la contemplaba con sus perfilados ojos marrones, miraba su cuello, el pequeño lunar que separaba su pelo corto de la piel que sus uñas rojas habían arañado noches atrás. Se mordía los labios, nerviosa, sin entrar en la acción, porque a los fantasmas no les estaba permitido tocar a la chica del precipicio. La luna sonriente mantenía alejadas las enormes nubes azules para iluminar a Amelie, que palidecía poco a poco al borde del acantilado, y a su alrededor todos eran fantasmas, reflejos de sueños inconclusos que la empujaban cada vez más cerca del abismo.
La niña pequeña lloraba.

Unas agujas se dibujaron en la luna. Tiempo. Con cada minuto transcurrido aparecía una nueva sombra junto a Marlene, que comenzaba a impacientarse. Sombras blancas que ni la oscuridad podía apagar, sombras que no hacían otra cosa que mirar a Amelie, esperando el momento adecuado para empujarla sin un solo movimiento.

Palabras. Algunas se las lleva el viento, y otras son tan pesadas que sobreviven a un huracán. Las palabras estaban prohibidas y por eso las sombras permanecían calladas, encorvadas en la noche muda, la última de todas. Ni siquiera los majestuosos búhos de plumaje castaño hicieron ruido al sobrevolar la zona, ni los lobos, que se mordieron la lengua hasta sangrar para no aullar a la luna y romper el hechizo. La sangre de los lobos se mezcló con la hierba y el cielo lloró para impedir que el riachuelo rojo rozara los pies descalzos de Amelie. No había palabras, ni ruido, pero sí dudas. Amelie dudaba porque sólo obtendría respuesta a sus preguntas lanzándose al abismo, y no estaba segura de querer conocerla. No estaba segura de nada, excepto de que la pequeña había enmudecido. Cuando se giró, buscándola, se encontró con pares y pares de ojos que se multiplicaban a su alrededor. Miró a Marlene, que estaba al lado de D. Miró sus ojos oscuros y sus labios rojos, entreabiertos. Atracción, repulsión, atracción, repulsión.

Amelie ya no era ella; era uno de los búhos. Estiró las alas y planeó sobre los fantasmas, en busca de la niña, aunque sabía que a quien realmente buscaba no lo encontraría allí. Se posó en el suelo, entre los recuerdos, y se observó a sí misma. Sus enormes ojos parecían más grandes que nunca sobre la piel, que seguía perdiendo color. Pies de bailarina, manos de pianista y cuerpo de maniquí. El tiempo se acababa. D. tocaba la guitarra un poco más allá, ignorando los labios rojos de Marlene, aunque ningún sonido era capaz de inundar el aire frío del norte. Amelie lo veía acariciar las cuerdas con los dedos y mover los labios mientras cantaba su canción, pero no podía oír nada. La lluvia tampoco hablaba. Silencio. Tica, tac. Tic, tac. Marlene se mordía el labio inferior, D. intentaba, sin conseguirlo, cantar para ella, y la frustración se abrió paso en sus ojos de color indefinido. Frustración. Frustración.

Amelie, que seguía siendo un búho, se abalanzó sobre la chica del precipicio y arañó su pecho, rompiendo su camisa blanca y despertándola del trance. Las gotas de agua se metamorfosearon en rosas negras con espinas doradas, su verdadera esencia. Amelie era una rosa de pétalos suaves y espinas punzantes que se abrazaba a sí misma para sentir algo, aunque fuera dolor. Lo único que necesitaba era un abrazo, pero ¿quién abrazaría una flor tan peligrosa? Los dientes dorados se hundirían en su carne y todo el miedo que contenía contagiaría su corazón.

Amelie cayó al abismo. No fue por Marlene, ni por D., ni por ninguno de los fantasmas que la miraban sin verla. Se dejó caer para evitar que el búho le arañase el corazón, lo único que la hacía humana. No sintió vértigo, ni miedo, sólo celos. Los celos se apoderaron de ella y la hicieron gritar, rompiendo el silencio, la calma, las normas. Gritó porque no podía más y el pecho le sangraba, porque no entendía qué hacían allí algunas sombras ni dónde estaban las que faltaban. Gritó como una loca mientras seguía cayendo, sujetándose los sentimientos con las manos llenas de sangre.

Gritó. Pero calló cuando a lo lejos, en lo que parecía el final de la caída, comenzó a formarse una imagen. Amelie vio una habitación en una pequeña pensión que tenía nombre de ciudad. Se vio tumbada en el suelo de la habitación, haciéndose la dormida. Había una cama enorme junto a ella, pero estaba vacía.

miércoles, 11 de abril de 2012

We carry on.


Las palabras se escabullían por debajo de la puerta. Las luces se apagaron tras una orden silenciosa y la música enmudeció lentamente a medida que los ojos de Mónica se cerraban.
Intentó concentrarse para huir a su lugar favorito, recién descubierto en las sinuosas calles del barrio más mágico de Roma.


En un pequeño jardín, Mónica respiraba el aire nocturno, tumbada en el suelo, mirando hacia el cielo. No había una sola estrella, todas habían caído a la Tierra y en el firmamento reinaba, orgullosa de su victoria, la luna.
Allí las palabras no dichas no se clavaban como cristales entre las costillas, ni el miedo al fracaso reverberaba en sus oídos.
Mónica acarició la hierba, suave, fresca. Los arrullos de un pequeño búho eran los únicos que se atrevían a romper el silencio de aquel mundo mágico oculto en una gran ciudad ruidosa. No se oía el motor de los coches, ni de las motos, ni las risas de los enamorados. Los errores de los demás no destacaban sobre los de una misma, porque allí no había lugar para los errores. Ni para los aciertos.
Pequeñas mariposas fluorescentes se posaban en su cabello, pero Mónica no se inmutaba. No existía el miedo en aquella dimensión permanente, inmóvil.

Pero hay que volver a la realidad, sea lo que sea eso. Aunque sus ojos estaban abiertos, Mónica soñaba, y ningún sueño dura para siempre. Realmente no hay nada eterno, porque la vida es destrucción, cambio, desgracia, guerra. O eso decía Nietzsche. El que no es capaz de enfrentarse a la vida, a la realidad tal y como es, es un cobarde, un degenerado, y eso está bien durante un tiempo, pero tarde o temprano tenemos que enfrentarnos al mundo, a nosotros mismos, por mucho dolor que eso provoque.
Mónica había agotado su optimismo y se negaba a volver a su habitación vacía, donde el miedo la esperaba.
El miedo nace en el vientre, revienta tu estómago y luego te estrangula. Se toma su tiempo.

Mónica no sabía si era su voz la que susurraba en su mente, ni tampoco si era ella la que se miraba, ojerosa, cada mañana en el espejo.

Eres Ellen.

Pero no. Ella no era Ellen, ¿o sí? ¿Cómo saberlo? ¿Era acaso Ian el que hablaba?
Mónica ni siquiera sabía si aquel joven que había aparecido en su jardín secreto, espantando a las mariposas de luz, era realmente Ian. Se movía como él, tenía su voz y su sonrisa, pero no parecía el mismo.

La vida es destrucción, cambio, desgracia, guerra.

Con esas palabras, la paz del santuario se deshizo y Mónica sintió al miedo reptando en su interior. Miedo a él, a sus palabras, miedo al amor.
Su corazón, que dormitaba desde hacía tiempo en una pecera de cristal, se revolvió, sintiendo de nuevo un cosquilleo que lo llenó de nostalgia. Bombeó con fuerza, se estiró... y volvió a encogerse.

Tarde o temprano tendrás que decidirlo, Ellen. ¿Serás capaz de enfrentarte al mundo o serás otra degenerada más, como los santos, como los sabios, como la mayoría de la humanidad?

El miedo crece si lo ocultas, y cuanto más crece, más difícil es ocultarlo y mayor es su empeño por mostrarse. El miedo se acaba en el momento más inesperado cuando, por fin, te atreves a enfrentarte a él. El problema es que Mónica no está preparada aún.

¿Quién soy yo? ¿Qué soy para ti y cuál es mi lugar?
Tengo miedo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Armadura.

El caballero desenfundó su espada, la dejó en el suelo y miró fijamente a los ojos del espejo. Eran grandes y azules, exactamente como los suyos.
Como siempre, el espejo le preguntó, intentando, con esfuerzo, descubrir los secretos que él protegía con su armadura reluciente.
El caballero respondía con monosílabos que reverberaban un momento en el interior del yelmo, multiplicando así la impotencia de la mujer del espejo, que no conseguía ni siquiera entrever las preguntas sin respuestas que el caballero escondía.
Cuando ella se rendía y, cansada, aplazaba la conversación, él recogía su espada y se marchaba con pasos decididos a la torre verde y blanca que había hecho suya.
A pesar de que no pensaba sincerarse con el espejo, siempre volvía porque, aunque se negara a reconocerlo, lo necesitaba. Necesitaba oír las palabras que salían del cristal y sentirse querido, necesitaba asegurarse de que su escudo seguía siendo infalible contra el inútil esfuerzo de ella por abrir su corazón.
Siempre volvía.

Lejos del caballero, Cristina leía, confusa. Cuando iba a terminar la primera página del libro, olvidaba todo lo anterior y tenía que volver a empezar. Cuando se cansó de aquel juego extraño se cansó también de luchar con sus párpados, que pesaban demasiado y se le caían sobre la vista.
Cristina soñó con el caballero, otra vez.
Él limpiaba con cariño su afilada hoja, la única compañera en una soledad permanente. Se quitó el yelmo y colocó la espada a la altura de sus ojos, que se reflejaron en el metal. Sí, eran los mismos ojos que los del espejo.
-¿Puedo entrar?
El caballero giró un poco la espada y descubrió el reflejo de Cristina, que permanecía en la puerta, retorciéndose las manos a causa de los nervios. Asintió, sin una palabra, y siguió limpiando la hoja, tras dirigir una mirada rápida al yelmo que yacía junto a él.
Cristina no podía creer lo que estaba viendo. Hacía semanas que él no se quitaba el pesado casco en presencia de nadie. “Es un gran paso” pensó.

Ella despertó unos segundos después, acurrucada en su cama. “¡Mierda, con lo cerca que estaba!” gimió, y apretó los párpados con fuerza, queriendo volver al sueño.

Cuando Cristina volvió a la torre, el caballero había vuelto a ocultar su rostro, y ahora observaba las montañas desde la enorme ventana, que no tenía cristales.
Sabiendo que él ya la había detectado, se acercó despacito y se colocó a su izquierda.
-El paisaje es precioso, ¿verdad?
Él no respondió, y ella aguantó las lágrimas. Se volvió hacia el caballero y, aunque no podía verle la cara, lo encontró mucho más distante que nunca. Lejos, muy lejos.
Cuando Cristina mordió las reglas y se lanzó contra la armadura para despojar al cuerpo que tanto quería de la pesada carga, el caballero cayó al suelo, y el estruendo bailó escaleras abajo con el eco siniestro que habitaba en el rincón.
La armadura estaba vacía.

Los ojos del espejo se abrieron de golpe. No necesitó preguntar su nombre a la joven que lo miraba con aprensión.
Cristina respiró hondo y esperó a que la preguntara llegara, porque sabía que llegaría.
Y así fue; pero ella no respondió con evasivas como hacía el caballero. Ella empezó por donde se ha de empezar, por el principio, y poco a poco fue abriéndole su corazón a los ojos azules del espejo, que no se apartaban de ella.
Se lo dijo todo, aún cuando creía que no podía más, siguió hablando, hasta que compartió todo lo que tenía que compartir y la sonrisa pudo volver a su rostro.
El espejo respondió, para su sorpresa, con una voz dulce que la consoló y borró de un plumazo sus miedos y pesadillas. Y el espejo siempre dice la verdad.

Cristina supo entonces que en el interior de la armadura seguía el mismo que ella había conocido y que, llegado el momento, cuando él estuviera preparado para desnudar su alma, ella estaría allí para encontrar en sus ojos azules a aquel que nunca se marchó.

sábado, 10 de marzo de 2012

Faust.


"Os aproximáis de nuevo, formas temblorosas que os mostrasteis hace ya mucho tiempo a mi turbada vista. Mas, ¿intento apresaros ahora?, ¿se siente mi corazón aún capaz de semejante locura? Os agolpáis,luego podéis reinar al igual que, saliendo del vaho y la niebla, os vais elevando a mi alrededor. Mi pecho se estremece juvenilmente al hálito mágico de vuestra procesión.

Me traéis imágenes de días felices, y algunas sombras queridas se alzan. Como a una vieja leyenda casi olvidada, os acompañan el primer amor y la amistad; el dolor se renueva; la queja vuelve a emprender el errático y laberíntico camino de la vida y pronuncia el nombre de aquellas nobles personas que, engañadas por la esperanza de días de felicidad, han desaparecido antes que yo.

Las almas a las que canté por primera vez ya no escucharán estos cantos. Se disolvió aquel amigable grupo y se extinguió el eco primero. Mi canción se entona para una multitud de extraños cuyo aplauso me provoca temor, y todo aquello que se regocijaba con mi canto, si aún vive, vaga disperso por elmundo.

Me sumo en una nostalgia, que no sentía hace mucho tiempo, de aquel reino de espíritus, sereno y grave. Mi canto susurrante flota como arpa de Eolo; un escalofrío se apodera de mí. Las lágrimas van cayendo una tras otra. El recio corazón se enternece y ablanda. Lo que poseo lo veo en la lejanía y lo quedesapareció se convierte para mí en realidad."

Goethe. Dedicatoria inicial de "Fausto".

sábado, 25 de febrero de 2012

Guille.

Ni siquiera sé cómo salió el tema. Guille me apartó de los demás y comenzó a hablarme de sus inquietudes. Era increíble lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo. Yo había sido de los últimos en llegar al grupo y, sin embargo, él me había escogido como confidente. Sí, Guille, el chico más tímido y reservado que existe en todo el mundo.
Entre consejo y consejo, dejé caer una queja que pretendía ser inocente, y Guille, como era de esperar, captó el mensaje al vuelo. Me pasaba algo, él lo sabía, y no sólo eso: necesitaba contárselo.

Es extraño lo mucho que pude confesarle aquella noche. Normalmente me cuesta horrores abrir mi corazón incluso con las personas más cercanas a mí, esas que no necesitan palabras para saber lo que pienso.

Cuando empecé a hablar, simplemente no pude dejar de hacerlo.
Se lo conté todo, desde el principio, con la voz tranquila y gesticulando a mi manera. Guille escuchaba en silencio, absorbiendo cada palabra que yo pronunciaba, procesando la información como un ordenador. De vez en cuando me interrumpía para dar su opinión, pero yo hablé casi todo el tiempo.
Supongo que fue por eso por lo que le confesé cosas que no había confesado a nadie, por su facilidad para escuchar y entender a la gente.
Le dije que yo era una mimada, que lo tenía todo, que era frágil y que necesitaba madurar para poder seguir adelante.
Le conté mis dudas, mis miedos, le hablé sobre mis celos. Y él lo comprendió todo.
Le confesé mis errores, reafirmando mi culpa, sin ocultar nada, porque no tenía por qué mostrarme orgullosa en su presencia, porque ya no merecía la pena hacerlo delante de nadie. Me sinceré conmigo misma en voz alta, y aunque lo había hecho antes mentalmente, me quité un peso de encima al hacerlo a su lado.

Lo más extraño de todo fue mi forma de hablar. Estaba desmigando mi corazón pero mi voz no temblaba, ni tampoco mis piernas. Estoy segura de que aquello se debió a todo lo que había aprendido en una sola semana.

¿He dicho que no me tembló la voz? Miento. Lo hizo en un momento, de forma casi imperceptible, pero Guille lo notó. Y me “abrazó”. Lo escribo entre comillas porque para cualquiera eso no fue un abrazo, pero para Guille sí, y aquello era insólito, por lo que me sentí muy afortunada.

Hablamos durante todo el camino a casa, provocando comentarios maliciosos entre el resto de amigos, y me dio fuerzas, aunque yo ya las tenía. Me ayudó muchísimo hablar con él, de aquella forma tan súbita e inesperada, sobre algo que no pensaba tratar con nadie.

Se mostró maduro e inteligente, cosa que no me sorprendió, aunque sí lo hizo el hecho de que sabía más del amor de lo que cualquiera creía.

Gracias, Guille, por querer conocerme mejor y por ayudarme a hacerlo a mí también.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Despierta.

Siempre hay solución para todo. A veces, la solución es cerrar los ojos, poner los brazos en cruz y dejarse mecer por el agua fría.

Ellen se sorprendió al descubrir que la solución residía en el problema. La solución no era otra que crecer, por dentro y por fuera, para superar cualquier situación.
A primera vista parece fácil, pero es de ese tipo de cosas que no vemos a menos que no tengamos otra opción. Ésa era la solución: quedar arrinconada y encontrar las fuerzas para salir de allí, de aquel laberinto que tenía más salidas de las que cabría imaginar.

Cuando desvelamos nuestra fortaleza y nos sorprendemos de su magnitud, nuestra fuerza se multiplica. Es en las peores situaciones cuando más aprendemos... si despertamos a tiempo.

Por eso, cuando Ellen pensó que Ian echaba abajo su mundo, no vio que en realidad lo que hacía, de forma voluntaria, era ayudarla. Ayudarla a conocerse, a sufrir, a aprender a ser más fuerte.
Cada mariposa que batía las alas frenéticamente en su estómago daba una puntada en la herida, hasta dejarla completamente suturada.
Ellen comprendió que debía abrir los ojos al mundo tal y como era: imperfecto. Debía aprender a valerse por sí misma.

Descubrió que si reprimía las lágrimas, sus ojos siempre estarían mojados, y lo hizo en el momento en que se rindió al llanto. La primera vez lloró hasta quedar sin lágrimas, la segunda, agotó sólo la mitad de sus reservas saladas. Fue a la tercera vez, cuando relajó la cara y el corazón, cuando la sorpresa la sacudió con fuerza: una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Sólo una. Y a partir de entonces, no volvió a llorar, precisamente porque sabía que podía hacerlo cuando quisiera.

Ellen dejó de darle cien vueltas a las cosas, olvidó el futuro y se centró en el presente, que volaba con rapidez hacia el pasado. Se dejó llevar e ignoró todo aquello que no dependía de ella, pues era ridículo preocuparse por lo inevitable.

Encontró placeres pequeños, que la anestesiaban lo suficiente como para amenizar cada momento, pero sin llegar a adormecerla.
Comenzó a imaginar lo inimaginable, concibiendo ideas inconcebibles hasta entonces. Superó sus miedos paso a paso.

¿Que le daba miedo ser dependiente de Ian? Pues ella encontraba cosas que hacer para aprender a vivir sin él, sin dejar de quererlo.
¿Tenía miedo a la sangre y se mareaba con sólo oír “quirófano”? Pues comenzó a ver una serie de médicos, siendo capaz de mirar incluso en los momentos en los que operaban a un paciente, y se enganchó a la historia de amor entre la cirujana y su jefe.
¿La aterraba la idea de vivir sola? Meses antes se agobiaba con sólo imaginárselo. Pero todo cambió, y era capaz de verse viviendo sola, en cualquier parte, porque estaba segura de que podría hacerlo, y no sólo eso; se sentiría tan bien como en aquel momento, derribando muros de hormigón, superando las fronteras que ella misma se había impuesto.

Haría eso y mucho más, porque sabía que, aunque al principio le costaría demasiado, la recompensa merecería la pena.

Consiguiera o no su objetivo, el dolor la había curtido. Ni siquiera el dolor había sido para tanto. Se sentía fuerte, diferente, y feliz.
Por eso, aunque todo acabara mal, Ellen habría aprendido mucho más que si su mundo permaneciera intacto e idílico.

Comprendió que ese mundo había caído, pero los cimientos permanecían firmes, y contaba con fuerza suficiente como para construir otro, más resistente y feliz.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Muerte.

Muerte. Hablamos de la muerte todos los días, a veces nos cruzamos con ella por la calle, pero aún no hemos aprendido a distinguirla a primera vista, y pasamos de largo, ignorando la mirada de ceniza que nos haría tener pesadillas durante el resto de nuestros días.
He sentido el frío que la muerte deja al pasar, ésa es la única experiencia que he tenido en lo referente a ella. Supongo que, cuando llegue el momento de sentirla en mi piel, será demasiado tarde para dejar por escrito las sensaciones que pudieran acariciarme en el último momento.

Por eso, sé muy poco. Sé que el recuerdo de una muerte te pesa en la cabeza, te tensa todos los músculos, te seca la boca y te encoge la garganta. Dolor de cabeza, mareos... Y eso sólo de forma indirecta, a través de una huella gris.

Cuando alguien muere parece increíble al principio. Es cómo si fuera un dibujo animado que deja de ser rentable a su dibujante. Desaparece. Y casi podría pensarse que nunca existió; casi.
Aunque las sombras del recuerdo son fácilmente ignorables, están ahí para quien las busca. Leves, fugaces.
Te sientes como en una película, como en un drama. Te detienes en detalles que hasta entonces considerabas insignificantes. Empatizas con los que pasan lo mismo que tú.
Lloras hasta que te arde la cabeza porque tu cuerpo te lo pide, murmuras "¿cómo?" cuando lo que realmente quieres saber es por qué.

No dices adiós, al menos, no con el corazón, porque nadie se va del todo, no mientras se le recuerda.

martes, 22 de noviembre de 2011

Punto y final :)

Recorrí los rígidos lomos de los libros más recientes con las yemas de mis dedos.
En la biblioteca de mi memoria hay estanterías de madera que recogen todos mis recuerdos. Algunos de los libros están escritos a mano, otros, a ordenador. Los hay ligeros, pequeños, que se corresponden a momentos de menor importancia; y gruesos, enormes, de páginas pesadas: los más importantes de mi colección.
Mi biblioteca es mi lugar secreto, mi refugio, donde me oculto cuando quiero estar sola. Muchos creen que estar sola significa no tener gente alrededor, pero para mí, la soledad implica mucho más que eso. Una puede estar rodeada de gente y sentirse sola.

Me acerqué a los libros más nuevos, a los recientes. Suelo dedicar un libro a cada persona que influye en mí, y la penúltima estantería estaba, como el resto, llena de pequeños libros personales, de colores más vivos conforme se acercaban a la estantería del presente. Durante los últimos meses me obsesioné con la penúltima estantería. Busqué en sus libros quién dijo esto y quién hizo lo otro, intentando encajar las piezas del rompecabezas que amenazaban con romperme a mí también. Quería asegurarme de que todo había sucedido como recordaba, de que yo no había hecho nada de lo que se me acusaba. Y así fue. Ni rastro de pruebas que verificaran aquellas inculpaciones. Sólo palabras transfiguradas que reptaban entre los libros y que se escondían en bajo la alfombra cuando me acercaba lo suficiente. Palabras manipuladas.
Tras repasar los libros que describían mis relaciones con esas personas que vivían en lo que acabé comparando con una enorme burbuja, había un libro entero en el que sólo escribí “¿Por qué?”. Páginas y páginas rellenas con aquella pregunta corta, directa, ¿retórica?. Me devané los sesos intentando conocer el por qué, pero escapaba a mi razón, era realmente inexplicable.
En una ocasión leí que sólo aceptamos una verdad si antes la hemos negado con firmeza. Y, de repente, sin pretenderlo, lo entendí: no había nada que buscar. Por mucho que lo hiciera no podría encontrar aquella respuesta, pues las versiones de cada persona implicada eran diferentes. No tenía sentido. Así que decidí abandonar para siempre la estantería, sólo después de colocar un punto y aparte tras el rencor y la impotencia. Sólo entonces, cuando pude oír sus nombres, ver sus caras y referirme a ellos sin que la pregunta que me había obsesionado me llenara de sal los ojos, ordené que construyeran una estantería nueva. Sólo cuando conocí la verdadera indiferencia. Cambié de capítulo, de libro, de todo. Empecé desde el principio, y abandoné la estantería. Hasta ahora.
Hoy, sin saber porqué, el libro que se refiere a Vic ha aparecido sobre la alfombra, justo encima del escondite de las serpientes. Me gusta que mis recuerdos estén ordenados y me he agachado a recogerlo, sin el mínimo temor, pues no puede hacerte daño algo que no sientes. Desconozco también la razón que me ha llevado a abrirlo. Es un libro violeta, de tamaño considerable, aunque sus páginas disminuyen de espesor conforme transcurren los diferentes episodios. El libro, como obedeciendo a una orden silenciosa, sin duda de mi subconsciente, que ejerce cierto poder entre mis recuerdos; se ha abierto por la última página, donde me mostraba una fotografía suya. Era una fotografía tomada hoy. Me he concentrado tanto en su rostro que el resto de cosas se han difuminado hasta el punto de marearme un poco. Y, de entre todas las cosas que pensaba, una idea primaba sobre el resto: no la reconozco. Nunca había visto sus ojos tan pequeños, ni su nariz tan exageradamente grande. No conocía a la chica de la foto, aunque se pareciera a alguien que fue mi mejor amiga. La foto ha comenzado a moverse, y he podido ver los gestos y movimientos que en un principio me parecieron entrañables, que más tarde me irritaron y que hoy me parecen simplemente, parte del decorado.
He cerrado el libro y le he dedicado un momento de reflexión, sin importarme las posibles criticas que pudiera tener referirme a ella, que seguramente leerá estas palabras. A diferencia de mí, que hace tiempo abandoné los libros que las trataban a ellas, pues no me aportaban nada y, como he dicho, no me ayudaban a encontrar ninguna respuesta. Leer sus palabras sólo me confundían.
Le dediqué ese momento en forma de despedida definitiva, pues hoy soy capaz de asegurar que no volverá a aparecer aquí. Aunque los recuerdos son indestructibles, podemos olvidarnos de algunos para siempre, aunque nunca desaparezcan del todo.
Y eso hice. Dejé el libro en su lugar y me alejé de la estantería para contemplarla. No hizo falta cerrarla con llave, pues algo me decía que no iba a sentir ninguna tentación de volver a abrir ninguno de aquellos tomos.

Es irónico; durante mucho tiempo me obsesioné con el pasado hasta el punto de no disfrutar al máximo el presente y, de la noche a la mañana, comprendí por qué mi mente estaba intranquila. Sorprendentemente, me di cuenta de que había aprendido a vivir sin aquel pasado que llegué a considerar esencial. Y, al contrario de lo que muchos puedan llegar a pensar, me encanta la vida que llevo ahora. Tengo todo lo que necesito. He tardado en comprender algo que todos decimos, creyendo que realmente lo sabemos, pero que no sentimos hasta que realmente maduramos y empezamos a conocernos a nosotros mismos: la amistad no es tener a mucha gente a tu alrededor, gente que miente al decirnos que somos imprescindibles, sino que se consigue teniendo a muy pocas personas contigo, personas de verdad. Para mí, madurar implica conocerse a uno mismo, escuchar su corazón, su mente. Aprender a hacer lo que queremos realmente sin preocuparnos del qué dirán.

Desde la burbuja todo se ve de forma distinta. Recuerdo que, la primera vez que me atreví a sacar un brazo de aquella cápsula redonda sentí miedo. Era extraño sentir el aire fresco en la palma de la mano, en el antebrazo. Mucho más tarde, cuando la abandoné por completo, me sentí realmente feliz al comprobar que los valores de la gente del exterior coincidían con los míos, que no estaba equivocada. Me sentí bien.

Quiero dedicar este capítulo de mi vida a aquellos que siguen obcecados en mis errores, aquellos que no creen que haya nada más allá de la burbuja en la que viven. Sus voces, por muy altas e imponentes que quieran sonar, no llegan a mis oídos; su eco retumba en la burbuja que ellos mismos construyeron.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Nubes.

"Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son —como
el mar— siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y
todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen
eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil,
tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros.
Cuando queremos tener aprisionado el tiempo —en un momento de ventura— vemos que
van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas
en todo momento, todas los días van caminando par el cielo. Hay nubes redondas,
henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los
cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso.
Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos
inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitas
iguales o innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas
marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando
cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que
presta su encanto a los paisajes otoñales."

Azorín, "Las Nubes."

Me he visto obligada a utilizar las palabras de este autor debido a que me faltan las mías. Me ha llamado la atención la increíble descripción de las nubes, a las que tantas veces he envidiado. Espero que os guste.

martes, 27 de septiembre de 2011

No tiene sentido.


Descolgué el llavero con brusquedad y lo miré, sin verlo. Lo que veía eran palabras, palabras entonces transparentes, frágiles y olvidadas que en su momento me parecieron reales. El cangrejo rosado me miraba, pero yo no quería verlo. “No quiero volver a verlo” pensé.
Jugueteé un rato con él en mis manos, paseándome por mi pequeña habitación, sintiéndome encerrada mientras maquinaba mi sencilla liberación. Sencillo. Últimamente nada había sido sencillo y, sin embargo, en la sonrisa inocente de aquel pequeño crustáceo pude leer las instrucciones que debía seguir a continuación.
Era tan fácil como cruzar la calle.
No me despedí de él como una se despide se sus recuerdos; no besé el llavero ni me detuve a observarlo mientras los momentos que vivimos fluían en mi atolondrada cabeza. No escuché aquella canción ni intenté olvidarla. Pero mentiría si dijera que no había un pequeño nudo en mi garganta, allí donde solían estar mis cuerdas vocales, desgastadas de no decir nada. Mi mano izquierda tembló un poco cuando coloqué el pequeño cangrejo sobre sus patitas, y no pude evitar echar un vistazo a mi balcón desde allí. Pero el miedo, el dolor de las mentiras no pronunciadas y el frío interno que me acompañaba desaparecieron cuando comprendí una cosa. Me pregunté si te darías cuenta de que no había llaves colgando del llavero. Aunque no lo hicieras, para mí era un dato importante. No había llaves, ¿para qué iba a haberlas? No había llave capaz de abrir aquella sala donde nuestro pasado quedaba invisible bajo el polvo acumulado, inmutable, como nosotras. No había nada que pudiera impedir que, tras meses de abandono en aquel rincón infranqueable, éste desapareciera, sucumbiendo bajo su propio peso. Pero dudaba que tú supieras eso. Quizá en lo más profundo de ti, si es que quedaba algo. No me importaba qué podía pasar a partir del instante en que tus ojos se posaran en lo que un día, cuando el mundo era joven todavía, fue un regalo. No me importaba lo qué le pasara a él… ni a ti.


Tal y como había previsto llegaste a las cinco y cuarto a la parada de autobús. Hiciste bailar un pie, incómoda, y analizaste la idea de sentarte en el resbaladizo banco metálico. Te sentías observada, como siempre. Sin embargo, aquella tarde notabas una nueva amenaza, pequeña, silenciosa, inmóvil. Entonces reparaste en el llavero que descansaba sobre el banco, sin más compañía que las huellas que, apenas unos momentos antes, yo había dejado en él.
Estoy segura de que tu mano tembló más que la mía cuando lo recogiste con la mirada perdida. Y no pudiste resistirlo. Miraste hacia mi balcón, justo enfrente de la parada.
Pensaste que yo estaría cerca, observándote, y tenías razón, como ocurría a veces. Te enfadaste y tu cara hizo una mueca asqueada cuando pensaste que te había seguido. Te volviste hacia todos lados, como desafiándome a salir de mi escondite. Pero también te equivocaste, como casi siempre. No había sido un intento de provocación. Era un punto y final, tan poético y tenso como uno de esos finales de película que tanto te gustaban. Esos que no tienen sentido. Como tampoco lo tiene permanecer junto a alguien que no te quiere a su lado.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Corría. Se abalanzaba contra el asfalto como un alma desesperada que busca una salida en la oscuridad.
Dejó atrás el centro de la ciudad y se adentró en la enorme calle que desembocaba en el barrio más afectado sin dejar de correr, sin dejar de torturarse con más preguntas que se destruían contra las paredes derruidas de la ciudad silenciosa. Todo había enmudecido, sólo algunas farolas emitían una luz débil. Aquel silencio contrastaba con el ruido ensordecedor y con los gritos de pánico, cuyo eco había desaparecido. Si él no hubiera estado allí cuando sucedió, habría creído que había sido un bombardeo. Parecía la guerra; no había gente en la calle y podía sentirse en la piel el terror que allí se había sentido apenas unas horas antes. Conforme se acercaba a su hogar había más polvo en el aire, luchando contra la oscuridad en un intento de dominar la ciudad.
La desolación lo perseguía y por eso no podía aminorar la marcha. Todo se había roto; las viviendas, las aceras, las tiendas, la esperanza. Corría tan rápido y sus pies chocaban con tanta fuerza contra el suelo sucio que cada paso hacia delante sacudía su pecho y le golpeaba en las sienes. Respiraba con rabia, tragando parte del polvo que había levantado la destrucción. En su carrera fugaz miraba a un lado y a otro, empapándose de cada hueco que había reemplazado a una vida, a cientos de ellas. Intentó no gritar cuando sus ojos enfocaron perfectamente la sombra oscura del edificio donde había vivido desde el momento de su nacimiento, intentó pensar que aquello no era real, pues parecía una película de terror. Pero el miedo fue más fuerte, y Ian gritó con todas sus fuerzas. Su joven voz viajó entre las estructuras torcidas y se coló por la ventana abierta de un dormitorio que nadie volvería a habitar. Mucha gente había huido, y los que no lo habían hecho se mantenían a cierta distancia de la ciudad del Sol.
Cuando sintió que sus piernas se habían cargado tanto de adrenalina que iban a estallar, un par de personas se cruzaron en su camino y se quedaron mirando fijamente sus ojos azules como si hubieran visto un fantasma. Ian reconoció en ellos a unos ancianos que habían vivido en el edificio contiguo al suyo desde siempre. Tenían los ojos hinchados de llorar y parpadeaban mucho, como si quisieran seguir llorando, pero sus glándulas lacrimales se habían quedado sin reservas. Ian siguió corriendo, y cuando se giró, un poco más adelante, ellos ya habían vuelto la mirada a su hogar desolado, intentado comprender cómo toda una vida puede cambiar en cuatro segundos. Revivió ese momento y sus rodillas estuvieron a punto de doblarse. El peso del dolor de todos los sobrevivientes lo presionaba desde arriba. Tanto el polvo como la mirada vacía de aquellos ancianos le picaban en los ojos. Comenzó a darse cuenta de que había algunas personas más delante de sus edificios, llorando o contemplando su pasado, toda una vida. En silencio. Nunca había visto su ciudad así. Se sentía en una pesadilla horrible en la que no podía hacer otra cosa que no fuera correr, huir… Olvidar.
Pero la realidad se cernía sobre él y el paso de los dos gigantes que asolaron la ciudad era evidente, sus huellas estaban por todas partes.

viernes, 19 de agosto de 2011

Habitación 1502.

Miré una vez más sus penetrantes ojos y cerré los míos, para que fueran mi escudo.
Mis párpados pesaban tanto que me hundí en mi memoria, arañando aquellos momentos que había vivido y que me frustraban, acariciando aquellos que me susurraban palabras de amor desde la oscuridad.
Cuando volví a abrirlos me encontré en nuestra habitación londinense, la 1502. Olía igual, todo estaba en su sitio. Las toallas extendidas en la litera que no utilizábamos, el escritorio de madera hasta arriba de trastos y la pila rodeada de neceseres, champús y ropa sucia. No éramos demasiado ordenados, pero nos encontrábamos bien en aquellos metros cuadrados que compartíamos, en nuestro pequeño hogar temporal, el refugio seguro en la gran ciudad que apenas conocíamos.
Allí nos mostrábamos tal y como éramos, yo lloraba de miedo por la noche y me reía como una loca hasta que me daban ganas de ir al baño y tenía que salir corriendo de la habitación para no mojar la moqueta. Como cada vez que me encuentro feliz, tarareaba canciones que yo misma me inventaba sobre la marcha en mi lugar favorito de toda la habitación: el hueco tallado en su cuello.
Allí hablábamos durante horas sobre la gran ciudad, soñábamos despiertos y planeábamos nuestra estancia allí. Utilizando los besos como arma, luchábamos durante horas hasta que nos rendíamos en un beso que fundía nuestras almas, haciéndolas inseparables. En nuestra habitación el tiempo transcurría con frenesí, sin darnos tiempo a manejar las horas a nuestro antojo. Cualquiera era un intruso.
Creo que fueron los mejores días de mi vida. Era tan feliz que murmuraba en sueños.
Todo olía a ti, a tu ropa, al gel que usabas para ducharte, al chocolate que devorábamos juntos, aunque tú comieras el doble que yo.
Era nuestra propia galaxia, y todos los cuerpos celestes giraban en torno a nosotros, ofreciéndonos luz y calor para que tú no pasaras frío y para que yo no temiera la oscuridad.
Tú eras el centro, hacías que todo aquello funcionara. Yo me dejaba atrapar por tus brazos suaves en la felicidad que me producía una ligera sensación de vértigo en la boca del estómago.
Pasábamos las veinticuatro horas juntos, sin cansarnos de estar juntos.
Por mucho que lo haga, nunca me canso de besartem de mirarte a los ojos, de decirte te quiero.
Volví de aquel cándido recuerdo y me posé en la realidad.
Pensé en lo que te necesitaba, en todo lo que había cambiado mi vida desde que tú entraste en ella por la puerta de atrás. No me arrepentía de nada.
Pensé en que nunca podríamos utilizar la frase "se ha terminado la magia", ya que a nosotros nos unía mucho más que una chispa candente. Nunca podría aburrirme de ti, de tu cabezonería.
Tus manos me hacían cosquillas como si fuera la primera vez que tocaban mi piel. Tus besos me resultaban tan familiares y a la vez tan irresistibles...
Daba igual cuántas veces discutiéramos. Yo volvía a desear abrazarte, volvía a morir por dentro por la insaciable sed de ti que sentía cada una de mis células.
Ningunos brazos podrían hacerme sentir segura, ningún otro olor me reconfortaría como el tuyo. No había nadie en el mundo que hiciera sentir tan viva, feliz y buena persona. Tú sacabas lo mejor de mí. En tus brazos había espacio suficiente para que mis defectos se despegaran de mí y pudieran, así, ser olvidados.

Pero ahí estábamos, discutiendo otra vez. De nuevo mi miedo a perderte, a quedarme sola y mi desconfianza en todo fueron la guinda del pastel.
Te miré a los ojos y éstos me lanzaron las palabras hirientes que acababas de pronunciar, para recordármelas.
Todo lo que había reflexionado sobre nosotros se camufló bajo la rabia que sentía. Te di la espalda con furia y caminé lentamente hacia la puerta, sabiendo perfectamente que me seguías con la mirada. Oí como respirabas cada vez más profundamente.
Toqué el frío pomo de la puerta con las yemas de los dedos y lo acaricié pensativamente, recapacitando.
Sabes que suelo hacer una lista de pros y contras para tomar decisiones, y eso fue lo que hice.
Me giré y, por primer vez, abrí mi corazón mientras no dejaba de mirarte.
-Prefiero estar contigo, con todo lo que eso implica, que estar sin ti.

lunes, 15 de agosto de 2011

El día M.

Todos los años, el segundo domingo de agosto, me despertaban la banda de música y los petardos de aquellos impacientes que querían comenzar a celebrar la fiesta del pueblo cuanto antes.
Desayunaba, emocionada porque por fin había llegado aquel día, y me vestía con el complicado vestido regional: unos pololos sobre mi ropa interior, una camisa hecha a mano, la pesada falda de felpa amarilla, un corpiño bordado y las playeras de tela blanca. Sobre todo eso me colocaban dos pañuelos; uno sobre los hombros y otro en la cabeza.
Después, acompañada de toda la familia, iba al pueblo a mirar los variados puestos y, mientras yo me sentía atraída por los pendientes y las pulseras, mis padres se decantaban por los puestos de comida.
Ese día solía hacer mucho calor, y la pesada falda lo hacía aún más insoportable, pero era algo por lo que había que pasar, así que yo permanecía tal cual, encantada.
Volvíamos a casa más tarde de lo acostumbrado, y comíamos en el jardín. Por la tarde volvíamos al mercado y escuchábamos la música de las gaitas y las panderetas, que a mí me trasladaba a otro tiempo, a otro lugar. Más tarde había un desfile de carrozas y ganado autóctono, y cuando oscurecía dejábamos caer agua desde los balcones a una multitud de jóvenes que nos la pedían a gritos, y que iría disminuyendo en número con el paso del tiempo. Durante un par de años, yo me encontré entre ellos.
Cada año lo mismo. El día M se conviritó en una rutina que se desarrollaba sola.
Pero, poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. Desde que era pequeña hasta que cumplí los 13 ó 14 años, me vestí de montañesa, pero a partir de entonces, aquel día camabió de misión, no era para unir a la familia, sino para salir y pasarlo bien con las amigas.

Este año, sin embargo, todo ha sido diferente.
Liss y yo nos despertamos muy tarde, después de haber pasado toda la noche bailando y riendo, dejándonos la voz. Los petardos nos despertaron, como cada año, pero no quisimos escucharlos, no quisimos levantarnos corriendo para no perder ni un minuto de aquel día, al contrario, nos daba pereza poer un pie fuera de la cama. Nos quedamos tumbadas, hablando, hasta tarde y desayunamos tranquilamente para ducharnos a continuación.
Salimos, vimos el mercado y nos dejamos envolver sin demasiada convicción por los olores típicos que cubrían el pequeño pueblo todos los años.
La comida familiar degeneró. No hubo comida en el jardín; mientras mis padres y mis tíos tomaban unas cervezas en los bares, yo miraba el techo en mi habitación, sin hambre. Cuando ésta apareció, a las cuatro y media de la tarde, bajé a la cocina, con los auriculares en las orejas, cogí un trozo de tortilla de patatas y me preparé mi comida del día M. Comí sola en la cocina, escuchando música.
Por la tarde apenas podíamos tenernos en pie del cansancio, y decidimos volver a casa pronto.
Aquella noche no me levanté ni me asomé a la ventana para ver los bonitos fuegos artificiales que solía contemplar en silencio con mi abuela. Cuando pude oírlos, a lo lejos, subí el volumen de la música, porque el ruido de aquellas luces en el cielo me recordaban cuánto había cambiado todo.
Aquella noche no suspiré aliviada al quitarme la pesada falda, sino que una opresión mucho más fuerte que la que solía ejercer la falda, situada entre el estómago y el corazón, me acompañó lealmente hasta que me quedé dormida.
Me dormí entre jadeos, recordando vagamente el día y con los ojos pegajosos por las lágrimas.
Soñé con un águila enorme, que volaba sobre el valle y, a kilómetros de allí, en mi viejo colchón, anhelé su libertad.
¿Qué había cambiado aquel año? Todo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Los primeros rayos de luz se abrieron paso a través de la ventana azul hasta los ojos cerrados de Gema, despertándola. Se incorporó despacio, pero pareció recordar algo que le hizo ponerse en pie de repente. Se asomó a la ventana y suspiró de alivio al divisar el viejo barquito que se acercaba lentamente al pequeño puerto. Se despojó del camisón celeste y se cubrió con un volátil vestido blanco. No cerró la puerta tras ella ni se calzó los zapatos. Bajó corriendo por las estrechas calles de piedra, mirando hacia el puerto, buscando con desesperación el pequeño barco de color de nube. Llevaba el pelo suelto, y tanto su aspecto enmarañado como su vestido blanco le dieron cierto aire fantasmagórico, por lo que no fue nada extraño que los somnolientos pueblerinos aseguraran, más tarde, haber visto un espíritu volando frente a su ventana.
Llegó al muelle sin aliento, con los pies sucios y una gran sonrisa, y allí la esperaba Álvaro, que acababa de llegar en el viejo barco de su abuelo. Gema saltó a sus brazos, sin darle tiempo a saludar.
-¡Álvaro, te he echado de menos!
Un gracioso hoyuelo se dibujó en la mejilla del joven cuando una dulse sonrisa cruzó su cara morena.
-Pero si estuvimos juntos anoche.
-¡Calla! Me he sentido muy sola. Mis padres no están y no tenía a nadie con quien hablar.
-¿Has hablado con él?
Gema dejó de sonreír por un momento, y Álvaro advirtió las sombras rosadas que rodeaban sus ojos hinchados.
-Sí...
-¿Gema?
-Sí, pero no quiero hablar de eso. ¿Cómo va el barco? ¿Me llevarás a dar una vuelta?
Álvaro se dio por vencido, no había quien la entendiese. Con las manos en la cintura se giró y admiró la pequeña embarcación.
-Genial. Mañana dicen que va a llover, pero el sábado te llevaré a una cala muy bonita que descubrí ayer por la tarde; podríamos llevarnos la comida y hacer un picnic.
-¡Sí!
Gema volvió a sonreír con fuerza, y bailó como una niña pequeña alrededor de Álvaro. Cuando desahogó su alegría se sentó en el muelle, invitándole a que hiciera lo mismo.
-A pesar de todo, te veo contenta.
Ella desvió la mirada, perdiéndose en el horizonte azulado, y asintió con pesar.
-No voy a dejar que unas cuantas peleas me estropeen las vacaciones de verano.
-No entiendo a qué vienen tantas peleas.- suspiró él.
-Todo es por culpa de la distancia. Es muy difícil estar así, estamos acostumbrados a estar siempre juntos y...
Su blanca sonrisa se escondió de nuevo, y sus ojos se llenaron del agua salada que habían tomado del mar.
Álvaro besó con dulzura su nariz y la abrazó como un hermano mayor.
-Falta poco para que os volváis a ver.- dijo con voz extraña.
"Ése es el problema" pensó Gema. Últimamente se sentía muy confusa y asustada. Miró a Álvaro a los ojos y sintió un cosquilleo en la punta de la nariz, donde la había besado.
-Tienes la piel de gallina, ¿tienes frío?
No le dio tiempo a responder. Se quitó la chaqueta fina y la acomodó en sus hombros delgados.
El olor a Álvaro la llenó de esa sensación de culpabilidad que últimamente la acompañaba y que revolvía sus pensamientos, tornando dudosos sus sentimientos. ¿Qué pensarían si lo supieran? Se sentía vacía... Volvió a perderse en el mar, que estaba demasiado tranquilo, como a la espera de que algo ocurriese.
"Es la calma que precede a la tormenta."

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ambrosía musical

Bajó al máximo la persiana, cerró la puerta de su habitación y apagó la luz. A tientas volvió a la cama, se colocó los enormes cascos y pulsó el play. El flujo lento de una canción fue apoderándose de la habitación oscura, colándose por cada rincón y envolviendo a José. El fantasma rosa lo arropó, acariciándolo con suaves palabras de una guitarra eléctrica. José cerró los ojos y se dejó llevar. La canción iba tomando forma y, simultáneamente, sus rizos oscuros palpitaron al ritmo marcado por la batería. Cuando la voz hipnótica inició su hechizo, él se encontraba muy lejos de allí.

Remember when you were young…

Apareció en una selva salvaje, rodeado de árboles serpenteantes y flores exóticas de tamaño desorbitado. Miles de diamantes brillaban, destacando entre el verde fantasmagórico de la flora sobrenatural. Guiado por la locura de aquellas joyas se puso en marcha, adentrándose en la selva de luz y sonido. Escondidas entre los troncos llenos de musgo se encontraban unas jóvenes desnudas, las hermosas ninfas. De sus cabellos pendían pétalos incandescentes que, inexplicablemente, no prendían en las hojas, ni en el suelo cubierto de hierba, sólo en su corazón acelerado por la droga intangible que gemía en sus venas. Las ninfas tenían las uñas decoradas con pequeños trozos de aquellos diamantes que poblaban toda la selva, y su piel olivácea creaba un bello matiz con sus ojos violetas. José no dudó ni un instante, y se acercó a ellas. Las abrazó, lloró en sus cabellos de pétalo, bebió la ambrosía de sus pechos y se dejó arrullar por sus palabras venenosas.
De repente todo cambió. La selva luminosa se transformó en un sombrío bosque, y las ninfas huyeron, dejando a José tirado en la hierba, con los labios dulces y el corazón dolorido.
Sin necesidad de abrir los ojos se dejó conducir por un instinto nuevo y palpitante, que lo condujo al centro de un claro. La música a su alrededor había cambiado: ya no era lenta, sugerente; sino rápida y amenazante.

Threatened by shadows at night, and exposed in the light.

Al abrir los ojos descubrió el cadáver de un gran lobo gris y, sin saber por qué, le abrió la boca. Las poderosas fauces no opusieron resistencia a sus manos de guitarrista, y se abrieron para mostrarle un pequeño frasco de cristal que dormía sobre la lengua del lobo, esperando. Lo tomó y observó su contenido trasparente, sin dar crédito a sus ojos. Eran lágrimas de lobo, el elixir de la inmortalidad. Cuando se disponía a destapar el frasco, el animal comenzó a desaparecer muy poco a poco, así como los árboles milenarios y el brillante rastro de diamantes que las ninfas habían dejado en su huida. Todo desapareció, incluso el frasco.

You reached for the secret too soon, and you cried for the moon.

José despertó en su habitación, a oscuras, con el corazón en la boca y un miedo que guardaba silencio en su retina. La música se había detenido.