"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.
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sábado, 2 de junio de 2012

Frozen.

Era imposible apartar la mirada de aquel pequeño corazón, que latía, bombeando silencio, en una caja de hielo. Ella cerró el puño y comparó su tamaño con el del corazón. Encajaban. Sin embargo, las cosas no estaban saliendo como esperaba; aunque el corazón conseguía latir fuera de su cuerpo, congelado y aislado del mundo, en el hueco que había dejado, junto a su pulmón izquierdo, se arremolinaban palabras y sensaciones que no deberían tener cabida allí. Sístole y diástole, sístole y diástole, ... El corazón latía con normalidad encerrado en la caja, de donde pronto saldría para volver al cálido cuerpo humano. Ella seguía dudando. Al recuperar su corazón, ¿volvería a ser todo como antes? Parecía improbable. ¿Qué era exactamente “antes”?

Mientras lo observaba ensimismada, vio cómo unas pequeñas gotas de sangre manchaban el hielo que lo protegía. A veces, aquel verano que se había empeñado en adelantarse subía la temperatura de la caja con sus sofocos y el corazón sangraba levemente. Ella tenía que darse mucha prisa en cogerlo con sus manos mientras que sus pequeños ayudantes reponían el hielo, más frío, más azul. Cuando esto sucedía, los sentimientos repudiados entraban en contacto con sus manos frías y se fundían con su piel, invalidando el complicado proyecto. Al devolver el corazón a su lecho, no se sintió aliviada, sino al contrario. Añoraba los sentimientos que la hacían ser humana y que una vez la habían definido por su vivacidad. Tenía miedo de no reconocerse en su propio corazón cuando éste volviera a alojarse en su pecho, de donde había sido sacado por razones de urgencia. En la galería, desde donde se obtenía una vista perfecta de todo el quirófano, unos ojos verdes la observaban. Eran verdes porque Shakespeare así lo dijo.

Ella no se había lavado bien las manos ni llevaba guantes, porque creía que todo protocolo era innecesario. Caminaba de aquí para allá, sintiéndose observada en todo momento. Esperaba con ansiedad el día, cada vez más cercano, en el que todo su cuerpo volvería a vibrar, recorrido por sangre nueva. Muchas veces había estado a punto de transplantárselo de nuevo, pero se había contenido de alguna manera. Vacía, así debería estar. Y, sin embargo, no lo estaba, porque simplemente no podía. Sentía tantas cosas que ni el eco de los latidos helados conseguía acallar las voces de su cabeza. Los ojos verdes siempre acechaban desde la galería. ¿Qué pasaría después? Comenzaba a hacer tanto calor que ella misma se desnudó y se hundió en una bañera llena de agua fría. El verano se presentaba incierto y, a pesar de todo, maravilloso. No tenía ni pies ni cabeza. Lo único seguro era la fecha del transplante. Lo demás estaba por ver. Para dejar de pensar en todas las salidas que podría tener aquella situación sumergió también la cabeza, inmovilizando sus ideas.

 Ni el agua fría ni el monstruo de ojos verdes conseguían engañarla. No podía dejar de pensar en Ian.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Amelie se concentró en el horizonte. Le molestaban las canciones que se sucedían una tras otra en su cabeza. Una niña pequeña chapurreaba palabras sin sentido a su lado, sin dejar de sonreír. Suspiró, cerró los ojos.
Marlene la contemplaba con sus perfilados ojos marrones, miraba su cuello, el pequeño lunar que separaba su pelo corto de la piel que sus uñas rojas habían arañado noches atrás. Se mordía los labios, nerviosa, sin entrar en la acción, porque a los fantasmas no les estaba permitido tocar a la chica del precipicio. La luna sonriente mantenía alejadas las enormes nubes azules para iluminar a Amelie, que palidecía poco a poco al borde del acantilado, y a su alrededor todos eran fantasmas, reflejos de sueños inconclusos que la empujaban cada vez más cerca del abismo.
La niña pequeña lloraba.

Unas agujas se dibujaron en la luna. Tiempo. Con cada minuto transcurrido aparecía una nueva sombra junto a Marlene, que comenzaba a impacientarse. Sombras blancas que ni la oscuridad podía apagar, sombras que no hacían otra cosa que mirar a Amelie, esperando el momento adecuado para empujarla sin un solo movimiento.

Palabras. Algunas se las lleva el viento, y otras son tan pesadas que sobreviven a un huracán. Las palabras estaban prohibidas y por eso las sombras permanecían calladas, encorvadas en la noche muda, la última de todas. Ni siquiera los majestuosos búhos de plumaje castaño hicieron ruido al sobrevolar la zona, ni los lobos, que se mordieron la lengua hasta sangrar para no aullar a la luna y romper el hechizo. La sangre de los lobos se mezcló con la hierba y el cielo lloró para impedir que el riachuelo rojo rozara los pies descalzos de Amelie. No había palabras, ni ruido, pero sí dudas. Amelie dudaba porque sólo obtendría respuesta a sus preguntas lanzándose al abismo, y no estaba segura de querer conocerla. No estaba segura de nada, excepto de que la pequeña había enmudecido. Cuando se giró, buscándola, se encontró con pares y pares de ojos que se multiplicaban a su alrededor. Miró a Marlene, que estaba al lado de D. Miró sus ojos oscuros y sus labios rojos, entreabiertos. Atracción, repulsión, atracción, repulsión.

Amelie ya no era ella; era uno de los búhos. Estiró las alas y planeó sobre los fantasmas, en busca de la niña, aunque sabía que a quien realmente buscaba no lo encontraría allí. Se posó en el suelo, entre los recuerdos, y se observó a sí misma. Sus enormes ojos parecían más grandes que nunca sobre la piel, que seguía perdiendo color. Pies de bailarina, manos de pianista y cuerpo de maniquí. El tiempo se acababa. D. tocaba la guitarra un poco más allá, ignorando los labios rojos de Marlene, aunque ningún sonido era capaz de inundar el aire frío del norte. Amelie lo veía acariciar las cuerdas con los dedos y mover los labios mientras cantaba su canción, pero no podía oír nada. La lluvia tampoco hablaba. Silencio. Tica, tac. Tic, tac. Marlene se mordía el labio inferior, D. intentaba, sin conseguirlo, cantar para ella, y la frustración se abrió paso en sus ojos de color indefinido. Frustración. Frustración.

Amelie, que seguía siendo un búho, se abalanzó sobre la chica del precipicio y arañó su pecho, rompiendo su camisa blanca y despertándola del trance. Las gotas de agua se metamorfosearon en rosas negras con espinas doradas, su verdadera esencia. Amelie era una rosa de pétalos suaves y espinas punzantes que se abrazaba a sí misma para sentir algo, aunque fuera dolor. Lo único que necesitaba era un abrazo, pero ¿quién abrazaría una flor tan peligrosa? Los dientes dorados se hundirían en su carne y todo el miedo que contenía contagiaría su corazón.

Amelie cayó al abismo. No fue por Marlene, ni por D., ni por ninguno de los fantasmas que la miraban sin verla. Se dejó caer para evitar que el búho le arañase el corazón, lo único que la hacía humana. No sintió vértigo, ni miedo, sólo celos. Los celos se apoderaron de ella y la hicieron gritar, rompiendo el silencio, la calma, las normas. Gritó porque no podía más y el pecho le sangraba, porque no entendía qué hacían allí algunas sombras ni dónde estaban las que faltaban. Gritó como una loca mientras seguía cayendo, sujetándose los sentimientos con las manos llenas de sangre.

Gritó. Pero calló cuando a lo lejos, en lo que parecía el final de la caída, comenzó a formarse una imagen. Amelie vio una habitación en una pequeña pensión que tenía nombre de ciudad. Se vio tumbada en el suelo de la habitación, haciéndose la dormida. Había una cama enorme junto a ella, pero estaba vacía.

miércoles, 11 de abril de 2012

We carry on.


Las palabras se escabullían por debajo de la puerta. Las luces se apagaron tras una orden silenciosa y la música enmudeció lentamente a medida que los ojos de Mónica se cerraban.
Intentó concentrarse para huir a su lugar favorito, recién descubierto en las sinuosas calles del barrio más mágico de Roma.


En un pequeño jardín, Mónica respiraba el aire nocturno, tumbada en el suelo, mirando hacia el cielo. No había una sola estrella, todas habían caído a la Tierra y en el firmamento reinaba, orgullosa de su victoria, la luna.
Allí las palabras no dichas no se clavaban como cristales entre las costillas, ni el miedo al fracaso reverberaba en sus oídos.
Mónica acarició la hierba, suave, fresca. Los arrullos de un pequeño búho eran los únicos que se atrevían a romper el silencio de aquel mundo mágico oculto en una gran ciudad ruidosa. No se oía el motor de los coches, ni de las motos, ni las risas de los enamorados. Los errores de los demás no destacaban sobre los de una misma, porque allí no había lugar para los errores. Ni para los aciertos.
Pequeñas mariposas fluorescentes se posaban en su cabello, pero Mónica no se inmutaba. No existía el miedo en aquella dimensión permanente, inmóvil.

Pero hay que volver a la realidad, sea lo que sea eso. Aunque sus ojos estaban abiertos, Mónica soñaba, y ningún sueño dura para siempre. Realmente no hay nada eterno, porque la vida es destrucción, cambio, desgracia, guerra. O eso decía Nietzsche. El que no es capaz de enfrentarse a la vida, a la realidad tal y como es, es un cobarde, un degenerado, y eso está bien durante un tiempo, pero tarde o temprano tenemos que enfrentarnos al mundo, a nosotros mismos, por mucho dolor que eso provoque.
Mónica había agotado su optimismo y se negaba a volver a su habitación vacía, donde el miedo la esperaba.
El miedo nace en el vientre, revienta tu estómago y luego te estrangula. Se toma su tiempo.

Mónica no sabía si era su voz la que susurraba en su mente, ni tampoco si era ella la que se miraba, ojerosa, cada mañana en el espejo.

Eres Ellen.

Pero no. Ella no era Ellen, ¿o sí? ¿Cómo saberlo? ¿Era acaso Ian el que hablaba?
Mónica ni siquiera sabía si aquel joven que había aparecido en su jardín secreto, espantando a las mariposas de luz, era realmente Ian. Se movía como él, tenía su voz y su sonrisa, pero no parecía el mismo.

La vida es destrucción, cambio, desgracia, guerra.

Con esas palabras, la paz del santuario se deshizo y Mónica sintió al miedo reptando en su interior. Miedo a él, a sus palabras, miedo al amor.
Su corazón, que dormitaba desde hacía tiempo en una pecera de cristal, se revolvió, sintiendo de nuevo un cosquilleo que lo llenó de nostalgia. Bombeó con fuerza, se estiró... y volvió a encogerse.

Tarde o temprano tendrás que decidirlo, Ellen. ¿Serás capaz de enfrentarte al mundo o serás otra degenerada más, como los santos, como los sabios, como la mayoría de la humanidad?

El miedo crece si lo ocultas, y cuanto más crece, más difícil es ocultarlo y mayor es su empeño por mostrarse. El miedo se acaba en el momento más inesperado cuando, por fin, te atreves a enfrentarte a él. El problema es que Mónica no está preparada aún.

¿Quién soy yo? ¿Qué soy para ti y cuál es mi lugar?
Tengo miedo.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Muerte.

Muerte. Hablamos de la muerte todos los días, a veces nos cruzamos con ella por la calle, pero aún no hemos aprendido a distinguirla a primera vista, y pasamos de largo, ignorando la mirada de ceniza que nos haría tener pesadillas durante el resto de nuestros días.
He sentido el frío que la muerte deja al pasar, ésa es la única experiencia que he tenido en lo referente a ella. Supongo que, cuando llegue el momento de sentirla en mi piel, será demasiado tarde para dejar por escrito las sensaciones que pudieran acariciarme en el último momento.

Por eso, sé muy poco. Sé que el recuerdo de una muerte te pesa en la cabeza, te tensa todos los músculos, te seca la boca y te encoge la garganta. Dolor de cabeza, mareos... Y eso sólo de forma indirecta, a través de una huella gris.

Cuando alguien muere parece increíble al principio. Es cómo si fuera un dibujo animado que deja de ser rentable a su dibujante. Desaparece. Y casi podría pensarse que nunca existió; casi.
Aunque las sombras del recuerdo son fácilmente ignorables, están ahí para quien las busca. Leves, fugaces.
Te sientes como en una película, como en un drama. Te detienes en detalles que hasta entonces considerabas insignificantes. Empatizas con los que pasan lo mismo que tú.
Lloras hasta que te arde la cabeza porque tu cuerpo te lo pide, murmuras "¿cómo?" cuando lo que realmente quieres saber es por qué.

No dices adiós, al menos, no con el corazón, porque nadie se va del todo, no mientras se le recuerda.

martes, 22 de noviembre de 2011

Punto y final :)

Recorrí los rígidos lomos de los libros más recientes con las yemas de mis dedos.
En la biblioteca de mi memoria hay estanterías de madera que recogen todos mis recuerdos. Algunos de los libros están escritos a mano, otros, a ordenador. Los hay ligeros, pequeños, que se corresponden a momentos de menor importancia; y gruesos, enormes, de páginas pesadas: los más importantes de mi colección.
Mi biblioteca es mi lugar secreto, mi refugio, donde me oculto cuando quiero estar sola. Muchos creen que estar sola significa no tener gente alrededor, pero para mí, la soledad implica mucho más que eso. Una puede estar rodeada de gente y sentirse sola.

Me acerqué a los libros más nuevos, a los recientes. Suelo dedicar un libro a cada persona que influye en mí, y la penúltima estantería estaba, como el resto, llena de pequeños libros personales, de colores más vivos conforme se acercaban a la estantería del presente. Durante los últimos meses me obsesioné con la penúltima estantería. Busqué en sus libros quién dijo esto y quién hizo lo otro, intentando encajar las piezas del rompecabezas que amenazaban con romperme a mí también. Quería asegurarme de que todo había sucedido como recordaba, de que yo no había hecho nada de lo que se me acusaba. Y así fue. Ni rastro de pruebas que verificaran aquellas inculpaciones. Sólo palabras transfiguradas que reptaban entre los libros y que se escondían en bajo la alfombra cuando me acercaba lo suficiente. Palabras manipuladas.
Tras repasar los libros que describían mis relaciones con esas personas que vivían en lo que acabé comparando con una enorme burbuja, había un libro entero en el que sólo escribí “¿Por qué?”. Páginas y páginas rellenas con aquella pregunta corta, directa, ¿retórica?. Me devané los sesos intentando conocer el por qué, pero escapaba a mi razón, era realmente inexplicable.
En una ocasión leí que sólo aceptamos una verdad si antes la hemos negado con firmeza. Y, de repente, sin pretenderlo, lo entendí: no había nada que buscar. Por mucho que lo hiciera no podría encontrar aquella respuesta, pues las versiones de cada persona implicada eran diferentes. No tenía sentido. Así que decidí abandonar para siempre la estantería, sólo después de colocar un punto y aparte tras el rencor y la impotencia. Sólo entonces, cuando pude oír sus nombres, ver sus caras y referirme a ellos sin que la pregunta que me había obsesionado me llenara de sal los ojos, ordené que construyeran una estantería nueva. Sólo cuando conocí la verdadera indiferencia. Cambié de capítulo, de libro, de todo. Empecé desde el principio, y abandoné la estantería. Hasta ahora.
Hoy, sin saber porqué, el libro que se refiere a Vic ha aparecido sobre la alfombra, justo encima del escondite de las serpientes. Me gusta que mis recuerdos estén ordenados y me he agachado a recogerlo, sin el mínimo temor, pues no puede hacerte daño algo que no sientes. Desconozco también la razón que me ha llevado a abrirlo. Es un libro violeta, de tamaño considerable, aunque sus páginas disminuyen de espesor conforme transcurren los diferentes episodios. El libro, como obedeciendo a una orden silenciosa, sin duda de mi subconsciente, que ejerce cierto poder entre mis recuerdos; se ha abierto por la última página, donde me mostraba una fotografía suya. Era una fotografía tomada hoy. Me he concentrado tanto en su rostro que el resto de cosas se han difuminado hasta el punto de marearme un poco. Y, de entre todas las cosas que pensaba, una idea primaba sobre el resto: no la reconozco. Nunca había visto sus ojos tan pequeños, ni su nariz tan exageradamente grande. No conocía a la chica de la foto, aunque se pareciera a alguien que fue mi mejor amiga. La foto ha comenzado a moverse, y he podido ver los gestos y movimientos que en un principio me parecieron entrañables, que más tarde me irritaron y que hoy me parecen simplemente, parte del decorado.
He cerrado el libro y le he dedicado un momento de reflexión, sin importarme las posibles criticas que pudiera tener referirme a ella, que seguramente leerá estas palabras. A diferencia de mí, que hace tiempo abandoné los libros que las trataban a ellas, pues no me aportaban nada y, como he dicho, no me ayudaban a encontrar ninguna respuesta. Leer sus palabras sólo me confundían.
Le dediqué ese momento en forma de despedida definitiva, pues hoy soy capaz de asegurar que no volverá a aparecer aquí. Aunque los recuerdos son indestructibles, podemos olvidarnos de algunos para siempre, aunque nunca desaparezcan del todo.
Y eso hice. Dejé el libro en su lugar y me alejé de la estantería para contemplarla. No hizo falta cerrarla con llave, pues algo me decía que no iba a sentir ninguna tentación de volver a abrir ninguno de aquellos tomos.

Es irónico; durante mucho tiempo me obsesioné con el pasado hasta el punto de no disfrutar al máximo el presente y, de la noche a la mañana, comprendí por qué mi mente estaba intranquila. Sorprendentemente, me di cuenta de que había aprendido a vivir sin aquel pasado que llegué a considerar esencial. Y, al contrario de lo que muchos puedan llegar a pensar, me encanta la vida que llevo ahora. Tengo todo lo que necesito. He tardado en comprender algo que todos decimos, creyendo que realmente lo sabemos, pero que no sentimos hasta que realmente maduramos y empezamos a conocernos a nosotros mismos: la amistad no es tener a mucha gente a tu alrededor, gente que miente al decirnos que somos imprescindibles, sino que se consigue teniendo a muy pocas personas contigo, personas de verdad. Para mí, madurar implica conocerse a uno mismo, escuchar su corazón, su mente. Aprender a hacer lo que queremos realmente sin preocuparnos del qué dirán.

Desde la burbuja todo se ve de forma distinta. Recuerdo que, la primera vez que me atreví a sacar un brazo de aquella cápsula redonda sentí miedo. Era extraño sentir el aire fresco en la palma de la mano, en el antebrazo. Mucho más tarde, cuando la abandoné por completo, me sentí realmente feliz al comprobar que los valores de la gente del exterior coincidían con los míos, que no estaba equivocada. Me sentí bien.

Quiero dedicar este capítulo de mi vida a aquellos que siguen obcecados en mis errores, aquellos que no creen que haya nada más allá de la burbuja en la que viven. Sus voces, por muy altas e imponentes que quieran sonar, no llegan a mis oídos; su eco retumba en la burbuja que ellos mismos construyeron.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Nubes.

"Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son —como
el mar— siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y
todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen
eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil,
tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros.
Cuando queremos tener aprisionado el tiempo —en un momento de ventura— vemos que
van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas
en todo momento, todas los días van caminando par el cielo. Hay nubes redondas,
henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los
cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso.
Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos
inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitas
iguales o innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas
marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando
cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que
presta su encanto a los paisajes otoñales."

Azorín, "Las Nubes."

Me he visto obligada a utilizar las palabras de este autor debido a que me faltan las mías. Me ha llamado la atención la increíble descripción de las nubes, a las que tantas veces he envidiado. Espero que os guste.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Corría. Se abalanzaba contra el asfalto como un alma desesperada que busca una salida en la oscuridad.
Dejó atrás el centro de la ciudad y se adentró en la enorme calle que desembocaba en el barrio más afectado sin dejar de correr, sin dejar de torturarse con más preguntas que se destruían contra las paredes derruidas de la ciudad silenciosa. Todo había enmudecido, sólo algunas farolas emitían una luz débil. Aquel silencio contrastaba con el ruido ensordecedor y con los gritos de pánico, cuyo eco había desaparecido. Si él no hubiera estado allí cuando sucedió, habría creído que había sido un bombardeo. Parecía la guerra; no había gente en la calle y podía sentirse en la piel el terror que allí se había sentido apenas unas horas antes. Conforme se acercaba a su hogar había más polvo en el aire, luchando contra la oscuridad en un intento de dominar la ciudad.
La desolación lo perseguía y por eso no podía aminorar la marcha. Todo se había roto; las viviendas, las aceras, las tiendas, la esperanza. Corría tan rápido y sus pies chocaban con tanta fuerza contra el suelo sucio que cada paso hacia delante sacudía su pecho y le golpeaba en las sienes. Respiraba con rabia, tragando parte del polvo que había levantado la destrucción. En su carrera fugaz miraba a un lado y a otro, empapándose de cada hueco que había reemplazado a una vida, a cientos de ellas. Intentó no gritar cuando sus ojos enfocaron perfectamente la sombra oscura del edificio donde había vivido desde el momento de su nacimiento, intentó pensar que aquello no era real, pues parecía una película de terror. Pero el miedo fue más fuerte, y Ian gritó con todas sus fuerzas. Su joven voz viajó entre las estructuras torcidas y se coló por la ventana abierta de un dormitorio que nadie volvería a habitar. Mucha gente había huido, y los que no lo habían hecho se mantenían a cierta distancia de la ciudad del Sol.
Cuando sintió que sus piernas se habían cargado tanto de adrenalina que iban a estallar, un par de personas se cruzaron en su camino y se quedaron mirando fijamente sus ojos azules como si hubieran visto un fantasma. Ian reconoció en ellos a unos ancianos que habían vivido en el edificio contiguo al suyo desde siempre. Tenían los ojos hinchados de llorar y parpadeaban mucho, como si quisieran seguir llorando, pero sus glándulas lacrimales se habían quedado sin reservas. Ian siguió corriendo, y cuando se giró, un poco más adelante, ellos ya habían vuelto la mirada a su hogar desolado, intentado comprender cómo toda una vida puede cambiar en cuatro segundos. Revivió ese momento y sus rodillas estuvieron a punto de doblarse. El peso del dolor de todos los sobrevivientes lo presionaba desde arriba. Tanto el polvo como la mirada vacía de aquellos ancianos le picaban en los ojos. Comenzó a darse cuenta de que había algunas personas más delante de sus edificios, llorando o contemplando su pasado, toda una vida. En silencio. Nunca había visto su ciudad así. Se sentía en una pesadilla horrible en la que no podía hacer otra cosa que no fuera correr, huir… Olvidar.
Pero la realidad se cernía sobre él y el paso de los dos gigantes que asolaron la ciudad era evidente, sus huellas estaban por todas partes.

domingo, 31 de julio de 2011

Wind of Change


Mientras el avión surcaba la oscuridad, Ellen miró hacia abajo como hiciera un año antes, sintiéndose atraída por los tatuajes de luz que surcaban la tierra oscura de un país desconocido. Pensó en lo que le esperaba al llegar a casa, en el abrazo de su madre, la media sonrisa de su padre y en los bracitos pequeños de Carlota. Reflexionó también sobre el cada vez más cercano otoño, cuando las hojas marrones serían sus amigas y le harían llegar sus mensajes a Ian. Él se encontraría en una ciudad llena de calles donde perderse, donde guardar secretos. Ella tendría que vivir un año sin él, viéndolo de vez en cuando y echándolo de menos más que nunca, pues necesitaría sus abrazos para afrontar aquel año difícil.
Dejó que su soledad se esparciese lentamente sobre la niebla gris que en ese momento le impedían ver las ciudades lejanas. El pájaro férreo atravesó aquellas nubes que contenían el alma de tantas personas y Ellen pudo perderse otra vez en los tatuajes de luz. Parecía que el piloto lo había detenido todo a su alrededor para contemplar el mundo a sus pies.
Estando a miles de kilómetros del suelo firme no le resultó difícil evocar el pasado, y se perdió en los recuerdos. A los pocos minutos se dejó caer por el túnel que éstos formaban y sin querer se desvió, cayendo con suavidad en el mundo de los sueños.
Despertó en un campo de margaritas naranjas, que susurraban poesías inacabadas que nunca se escribieron. Caminó despacio, sintiendo el placentero roce de los pétalos en sus manos pequeñas. El cielo azul brillaba con fuerza pero, por mucho que buscó, no encontró ningún sol o estrella que produjera aquella luz. El viento del cambio mecía las flores y le revolvía el pelo, intentando atraer su atención.
De repente vio una persona diminuta sentada en una de las flores. Se acercó con curiosidad y se tropezó, asustada, cuando descubrió que aquel ser tenía su rostro. Sorprendida, descubrió que había una Ellen diminuta en cada margarita, y que algunas habían caído al suelo. Las recogió con cuidado, sujetándolas como se sujeta una caricia, y reveló así el secreto de aquellas flores: en cada una había una Ellen, distinta a las demás pero al mismo tiempo semejante, pues cada una reflejaba un momento importante en su vida.
Constató que no sólo el pasado había quedado registrado. Encontró a la Ellen del presente, dormida sobre el estigma de la flor. Fue entonces cuando se le ocurrió una idea disparatada: buscar el futuro.
Animada por el viento cambiante se dejó guiar por un instinto nuevo y apremiante que la cegó por un momento y la llevó junto a la flor que buscaba. No miró ninguna más, sólo aquella. Se descubrió a sí misma serena, madura. La soledad parcial que sin duda sufría la había curtido, le había enseñado a no depender de personas que no se preocupaban por ella, personas que la miraban con asco. Viéndose así, fuerte y segura, no tuvo ninguna duda: podría conseguir todo aquello que se propusiese.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Keith.



Las sábanas de seda me pedían a gritos que me quedara, que permaneciera en aquel sueño aparentemente bello, que no era más que una mentira.
Cubriéndome sólo con una bata final y azul, bordada con el nombre del hotel, me acerqué al pequeño balcón de mármol, como todas las noches en las que fingía ser otra persona. Ladeé la cabeza y la apoyé en la pared, fría como mis sentimientos hacia Keith.
La enorme ciudad intentaba conciliar el sueño más abajo, pero el continuo tráfico y las luces de oro se lo impedían. Miré a mi alrededor, abarcando todo lo que tenía, todo lo que cualquier mujer necesitaría para ser feliz. Sin embargo, la felicidad era una leyenda urbana en la que yo había dejado de creer para siempre.
Me giré y observé al hombre que dormía en la cama de sábanas blancas. Sus brazos fuertes abrazaban la almohada, y sus largas pestañas parecían cubrir la salida de sus sueños, impidiendo su huida al exterior. Yo sabía que sus ojos oscuros me observaban, y que él sólo fingía dormir. Conocía mi costumbre de mirar al horizonte durante cincuenta y tres minutos, cada noche de amor que compartíamos. Cuando llegaba el momento de dormir dulcemente en sus brazos, como la supuesta mujer enamorada que era, nuestro ritual era otro; no había caricias en la espalda ni un “Buenas noches” rebosante de amor. Él bostezaba y se apartaba de mí, dejándome el espacio que mis ojos le pedían en silencio, el que necesitaba para recapacitar. Cuando Keith fingía dormir, cerrando los ojos y respirando suavemente, yo me incorporaba y me acercaba a la ventana. Él no podía dejar de preguntarse qué era lo que hacía mal, y mientras desayunábamos, cada mañana en una ciudad diferente, ahogaba su mirada cansada en su café solo con una cucharada y media de azúcar, que yo preparaba antes de que se levantara. Pero no se atrevía a preguntarme sobre mi extraño comportamiento.
Desde que me descubrió sentada en el alféizar de la ventana de su piso en Nueva York, desnuda y llorando en silencio, él también había enmudecido. Solía preguntarme si le quería, a lo que yo respondía con un sí mal disfrazado.
Aun así, él me quería, y seguía a mi lado, creyendo que, si seguíamos adelante, aparentando que todo iba bien, yo cambiaría y llegaría a quererlo de verdad.
Aquella noche fue diferente. Keith se levantó silenciosamente y fijó sus ojos en mi espalda torcida, intentando traspasar mi carne y mis huesos, intentando llegar a mi corazón, que después de casi dos años seguía acordonado.
Yo tenía los ojos abiertos, pero no veía nada; toda mi energía se empleaba en recordar con intensidad el pasado que yo olvidaba durante el día. Poco a poco el recuerdo de Jesús dolía menos, no porque hubiera perdido intensidad, sino porque, después de mucho tiempo, había perdido la sensibilidad, y mis labios no sabían besar con cariño nada más que al viento, muy de vez en cuando.
Keith no entendía por qué me palpaba con insistencia mis propios brazos, y yo no sabía explicarle que intentaba sentir algo, un roce, un cosquilleo, una señal que indicara que no había perdido el sentido del tacto.
Faltaban tres minutos para que yo volviera a mi cama tras haber desahogado mi alma y mi mente durante los cincuenta restantes. No lloraba, ni susurraba palabras incomprensibles: no había nudos en mi garganta. Simplemente me permitía pensar en él durante menos de una hora, cincuenta y tres minutos, el tiempo que había tardado en comprender que Jesús no se iría de mí nunca.
Faltaban tres minutos para olvidar de nuevo otra vez y volver a la cama con Keith, dispuesta a fingir un día más, puesto que era el único camino que podía seguir para no morir del todo; cuando se acercó y me abrazó, pasando sus brazos por mis hombros.
No necesité girarme para saber que estaba llorando; sus lágrimas recorrían mi cuello y mojaban mi pelo enredado. Su aliento olía a los escasos besos que lograba robarme, un olor que encogía mi estómago y me hacía sentir culpable.
Desde el momento en que me miró, dejó ver sus sentimientos como un estanque claro y límpido y, fueron muchas las veces que me negué a quedar con él, las veces que huí de una ciudad para no verle y las que nos encontramos en mis misteriosos destinos, escogidos al azar. Finalmente, lo consiguió. ¿Qué más daba un corazón roto más? Él no se daba por vencido, y su mente se obcecaba en ser optimista, cosa que envenenaba mi sentimiento de culpabilidad, pero yo estaba segura de una cosa: me iría en cuanto me lo pidiera.
Yo no era suya, y Keith lo sabía. Yo era una mota más de polvo, un grano de arena en una playa de sueños sin cumplir, una ola en su incesante ir y venir, que no se pregunta por el mañana. No tenía metas.
Keith desistió y volvió a la cama, desde la que me observó como a un precioso sueño del que acabas de despertar: lejana, irreal, dolorosa.
Mentiría si dijera que no sentía nada por él. Sin embargo, no era amor, sino gratitud y seguridad, pues era él quien me había salvado, quien había abrazado a la rosa llena de espinas en la que me había convertido, a sabiendas de que esas espinas seguían creciendo cada día, incrustándose en su piel morena.

domingo, 20 de febrero de 2011


Últimamente tengo tantas ideas en la cabeza que las palabras tropiezan conmigo, y acaban no diciendo nada. Me he dado cuenta de las cosas cambian demasiado rápido, sin darte tiempo para acostumbrarte a una situación o a otra. Sin embargo, me parece emocionante tener miles de aventuras cada día, positivas o negativas, pues de todas aprendo algo, y todas tejen con hilo lento mi vida. Que todo suceda deprisa me hace pensar que no soy libre, pero, como siempre, me salgo con la mía, y consigo momentos en los que el tiempo se detiene y permanece en un lugar concreto del mundo. A veces, el azar acompaña, y, cuando menos lo espero, sucede aquello que tanto esperaba. Tengo que evolucionar, cambiar al compás de los acontecimientos, para no quedarme atrás. Si quiero algo, llegará, y encontraré esa delicada magia en personas asombrosas que tienen mucho en común conmigo. No importa que el resto permanezca estancado en el pasado, ni tampoco que me ofrezcan su mano cuando paso cerca. Decidí cerrar los ojos y seguir adelante según mi camino… lo que resulta difícil cuando no conozco su ruta exacta. Ni siquiera yo comprendo mis locuras ni mis pensamientos, contradictorios y huidizos. Todo eso me ayuda a saber quién permanece a mi lado a pesar de mis errores, y quien se rinde sin más. Aunque el tiempo se lance contra mí, seguiré adelantando el pie correspondiente, para no desviarme de lo que soy. ¿Quién descifrará los anhelos de mi alma escurridiza? Nada más y nada menos que tú, descifrador de sueños, ladrón de besos, músico de caricias. Porque, a pesar de todo, sigues ahí.

Las cartas están bocabajo… sólo yo decidiré qué hacer a continuación.

lunes, 10 de enero de 2011

Iván.

Mamá nos despidió en la puerta, y me inquietó lo apagada que encontré su mirada, aún más que de costumbre, y lo arrugadas y pequeñas que parecían sus manos.
Comprobé que Iván estaba bien abrigado y agarré su mano diminuta, que temblaba.
Era sábado, día en el que mercaderes y juglares se reunían en la plaza del pueblo, y desde nuestra casita, alejada del bullicio, se respiraban aromas que sugerían suculentas comidas que nunca probaríamos y melodías impacientes que me ponían nerviosa.
Acostumbrada al silencio, el pueblo me asustaba, así que aceleré el paso y me dispuse a terminarlo todo lo antes posible. Ese día compraríamos menos alimentos que de costumbre, porque habíamos reservado gran parte de nuestro escaso dinero a la enfermedad de mi hermano Iván.
El pequeño caminaba a mi lado, ajeno a todo, con la cabeza gacha. Sonreía muy poco, sólo cuando veía un pájaro o una mariposa, y buscaba algo en el cielo, con añoranza. Mi abuela decía que era un ángel al que le habían cortado las alas al nacer, haciendo imposible que algún día pudiera ver cumplido su sueño: volar lejos de la tristeza y del color sepia de nuestro mundo.
Últimamente la fiebre le subía cada noche, y se despertaba llorando, entre pesadillas de ceniza. Sudaba copiosamente, y los paños húmedos no surtían efecto, por lo que mamá decidió pedir ayuda a una anciana del pueblo, que hablaba con los espíritus y éstos la ayudaban a curar todo tipo de males, que los mortales desconocíamos.
No pronunciamos ni una palabra hasta llegar a la taberna, a la entrada del pueblo, donde los hombres bebían y cuchicheaban, supersticiosos.

-¿Estás cansado, Iván?

No contestó, sino que alzó la vista y la dejó caer en el cielo marrón, que oscurecía por momentos.
Llegamos al primer puesto, el de las verduras, y, de repente, todo comenzó a ir mal. Había un hombre enorme bajo las telas raídas del puesto, y sus ojos negros nos miraron con asco. Señaló a Iván con el dedo, y se acercó a nosotros, amenazador, mientras un fuerte viento de origen desconocido arrojaba a la gente al suelo, nublando su vista y su razón.

-Tú…

Ese hombre me asustó aún más que los juglares y sus miradas, que activaban un tambor en mi pecho. Sin saber lo que hacía, cogí a Iván de la mano y corrí hasta la casita más próxima, que era, casualmente, la de la anciana bruja.
La mujer dormía sobre un camastro. A Iván le costaba mucho respirar, así que me acerqué a ella.

-Disculpe…

Sus ojos arrugados se abrieron de golpe y sus enorme uñas sucias se hundieron en mi pelo despeinado y lleno de polvo.

-¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?- chilló.

Nuestra abuela siempre nos previno, y nos repitió muchas veces que no debíamos decir nuestro nombre a desconocidos, pues había brujas que, sabiendo el secreto de tu nombre, entregaban tu alma al diablo. Sólo tu nombre; no necesitaban nada más.

-Mi hermano está enfermo… Usted… Mi madre me dijo que nos ayudaría.

-Inocentes criaturas… ¿O s l o h a b é i s c r e í d o ?

Con esas palabras me atrapó en su mirada, y caí en picado hasta visualizar el mismísimo infierno.
Empujé a Iván fuera de la casa, donde la lluvia caía con fuerza. El pueblo estaba vacío.
El hombre de los ojos negros apareció detrás de mí, y nos alejó entre el ruido, por lo que no pudimos oír la risa de la bruja, que apareció, empapada, junto a nosotros, y mordió a Iván en los labios.
Mi hermano pequeño se sujetaba el pecho y escupía sangre, que resbalaba hasta su ropa desgastada, y manchaba la tierra que nos había visto nacer. Se estaba muriendo, yo lo sabía. Intenté correr hacia él, pero el hombre me había inmovilizado. Lloré de impotencia en los enormes brazos poblados de vello, y mi mente revivió el infierno acre de aquellos ojos endemoniados, imagen que se interpuso sobre la de mi hermano de cuatro años, que cayó de rodillas. El comerciante me soltó, y corrió hacia mi hermano.
Olvidé la advertencia de mi abuela, y grité el nombre que nunca había pronunciado fuera de la habitación que compartíamos, el nombre que sólo había pronunciado de noche, en su diminuto oído. Mi grito rasgó el aire, y secó la lluvia.

-¡Iván!

El viento se detuvo, su sangre no volvió a coagularse. Una serpiente de luz cayó sobre mi hermano… se lo llevó.
Mis lágrimas ardían. Si mi hermano estaba en el infierno… yo iría a buscarlo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Copenhague


Necesito un pequeño respiro. No puedo más… Sí, hemos vuelto a discutir, otra vez. Me he dado cuenta de que hablamos idiomas totalmente diferentes. Mikel no consigue entenderme, y aunque él diga que lo intenta, no termino de creérmelo. Pero eso no es todo: mi jefe está más insoportable que nunca, mis compañeros flaquean y el trabajo se acumula. Vuelvo de la oficina con la esperanza de descansar un poco y me encuentro con esto.
¿Será capaz algún día de abrir la mente, de no ser tan cuadriculado? Ahora está en el balcón, fumándose un cigarrillo, y eso que él no fuma. Dice que no lo estoy apoyando, que no lo ayudo a buscar trabajo, y eso que estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Qué espera, siendo guionista? Últimamente ni siquiera se sienta a escribir. Es un vago y un egoísta. Ahora empiezo a preguntarme si hice bien al precipitarme tanto, al empezar a vivir juntos. La convivencia es difícil, muy difícil.

Releo aquella página del diario de Sarah que me llevó a tomar la decisión… decisión de la que no he tardado en arrepentirme. Si lo he hecho ha sido porque realmente la quiero, porque no quiero agobiarla y nuestra relación empeoraba por momentos. No ha sido sólo eso lo que me ha llevado a hacerlo. Esta mañana me levanté temprano y fui a correr al Retiro, como cada viernes. Antes de salir, miré a Sarah, que dormía a pierna suelta sobre la colcha de su color favorito. Apretaba el entrecejo, poniendo la misma cara que se dibujaba en ella cuando discutíamos y me miraba con los ojos cerrados, escéptica. Llevamos siete años de relación y la conozco a la perfección: sé que no le gustan mucho las tonterías, y que se toma las cosas importantes en serio. Es inteligente y alegre, pero tenaz cuando algo se introduce en su mente. Es casi imposible hacer que cambie de opinión. Pero no quiero ser la causa de que su sonrisa desaparezca. La llamé desde el parque, para ver si estaba despierta.
Cuando volví al piso que compartíamos había tomado una decisión. Abrí la puerta y la encontré escribiendo, mientras desayunaba una tostada. Ella no sabía que yo había encontrado su diario, y cerró el cuaderno con disimulo.
Me costó tanto decírselo… esta mañana su melena rubia resplandecía, y aunque su cara denotaba cansancio, estaba preciosa. Sonreía con impaciencia. Se lo dije. ¿Debí hacerlo? Sus ojos marrones se cerraron de golpe, protegiendo el interior del dolor que mi voz producía en su corazón de treinta años.
Me parece increíble que todo eso haya pasado sólo hace unas horas. Sus gritos resuenan en mis oídos. Cuando Sarah se enfada… da mucho miedo, al menos, para la mayoría de la gente. A mí me encanta su carácter fuerte, tan diferente del mío. He venido con intención de hablar con ella, pedirle perdón y hacerle ver que quizá me precipité. Son las siete de la tarde, así que no tardará en volver. Me siento en el sofá y repaso nuestra colección de películas. Tenemos tanto en común…
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el teléfono.

-¡Bea! ¡Bea, abre la puerta!
Miro impaciente el reloj, al mismo tiempo que Bea, la íntima amiga de Sarah, abre la puerta blanca de su pequeño piso.
-Mikel.
Parece cansada.
-¿Dónde está Sarah? Su jefe ha llamado enfadado, esta tarde no ha ido a trabajar. He pensado que estaría aquí, contigo.
Hay súplica en mis ojos y miedo en mis manos delgadas, que se retuercen.
-No está aquí. Se ha ido, Mikel. Su avión sale esta noche, creo que a las diez en punto. Estaba hecha polvo…
-¿Avión? ¿Adónde va?
-A Copenhague.
Salgo corriendo, sin dejar que termine de hablar, aunque alcanzo a oír algo más.
-No debiste precipitarte.

Vuelvo de nuevo a nuestro piso, y cojo mi cartera, con la esperanza de que haya suficiente dinero. Ni siquiera me he llevado mis cosas al piso de mi hermano Javi, donde viviré mientras dure esta pesadilla.
Cuando me detengo en la sala de estar para tomar aliento, descubro algo que había pasado por alto: el diario de Sarah, abierto por la última página escrita. La fecha garabateada indica que es de hoy.

Esta mañana me he despertado temprano. Mikel se ha ido a correr al parque, así que he llevado a cabo mi plan antes de que vuelva. He releído las páginas anteriores, y me he decepcionado al comprobar hasta qué punto puedo llegar a decir tonterías cuando me enfado. Quiero arreglar esto, y estoy segura de que podré hacerlo. He comprado por internet dos billetes de avión para este fin de semana: voy a llevar a Mikel al festival de cine de Copenhague. He conseguido un hotel que está bastante bien de precio. En cuanto vuelva, le daré la sorpresa… Un momento, me llaman al móvil.
Era Mikel, quería asegurarse de que estaba despierta: quiere hablar conmigo. Seguro que ha reflexionado sobre todo esto, como yo, y se ha dado cuenta de que es una tontería discutir tanto. Últimamente ha sacado mucho el tema de tomarnos “un tiempo”, pero me he negado rotundamente, ésa no es una opción. No necesito tiempo para nada, lo tengo todo claro. Quiero a Mikel, más que a nadie, así que vamos a arreglarlo. Oigo el tintineo de sus llaves. Acaba de llegar.

Miro el reloj: son las nueve y cuarto. Necesito llegar a tiempo al aeropuerto.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vientos del norte


Como cada noche, se despidió de su familia con un beso y subió a su habitación. Se puso el pijama, cerró la puerta y encendió la pequeña lámpara. Caminando con cuidado, pues el suelo de madera se quejaba por los años, cogió una vieja manta de cuadros y abrió la puerta que daba al pequeño balcón.
Sus abuelos ya estaban acostados, y su tía estaría leyendo. Pero si sus padres se enteraban de que estaba allí fuera, con el frío que hacía, se enfadarían y se lo prohibirían. Quizá era eso, el secretismo con el que llevaba a cabo aquel acto cada noche, lo que le gustaba tanto.
Se sentó en el suelo de baldosas pequeñas y desgastadas, y se envolvió en la manta. Le encantaba permanecer un rato allí antes de volver a la calidez de su cuarto para dormir.
Era invierno, y hacía mucho frío. Las ramas de los árboles desnudos se balanceaban y susurraban una nana a la niña, que cerraba los ojos y dejaba que el aire frío besara su cara, sonrojando sus mejillas. En el pueblo había muy pocas luces encendidas, y todo estaba en silencio, un silencio tranquilizador que sólo se veía interrumpido muy de vez en cuando, por el rugir del motor de un coche solitario o por el ladrido de un perro inquieto.
Si miraba tras ella, veía la luz anaranjada de su habitación, y el sueño la invitaba a tumbarse sobre el mullido colchón de su cama, pero la niña se quedaba fuera un rato más, para que el frío del norte curara e insensibilizara su pequeño corazón de aprendiz.
Cuando se sentía más optimista, se apoyaba en la barandilla y se imaginaba que un príncipe la esperaba abajo, entre los árboles que plantó su abuelo, montado en su caballo, negro como la noche. Cantaba melodías inventadas por ella, muchas veces sin sentido, pero aquellas canciones hacían más acogedora la oscuridad y mitigaban el dolor. Si se sentía inspirada por las musas del bosque, bailaba por el pequeño balcón, olvidándose por completo de sus pies descalzos.
Pero cuando las musas dormían, simplemente permanecía sentada, mirando fijamente la luna, suplicándole que bajara a por ella, que la llevara lejos, muy lejos, al frondoso y conflictivo mundo de los sueños. Pero la luna permanecía colgada del cielo, observándola en silencio, sin hacer realidad su deseo.
Aquella noche, la niña no sonreía, aunque había luna llena y se podían apreciar los enormes ojos y la sonrisa del astro de plata, la reina de la noche; cosa que le fascinaba.
Olía a viento, a viento frío, y a la música de su grupo favorito: gaita triste y voz ronca; pero aun así, seguía sin sonreír. Me acerqué un poco más y me fijé en sus iris grandes del color del chocolate.
Por primera vez no había lágrimas en los ojos, lágrimas de soñadora, sólo un vacío inquietante, preñado de oscuridad.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lo mejor para mí.


Mi hermana se asomaba con cautela a la taza de café que tenía entre las manos, pero su voz queda no era dulce, no sabía a capuccino, sino a incomprensión.
Yo notaba cómo las lágrimas que durante tanto tiempo se habían ido acumulando tras mis ojos, produciéndome dolor de cabeza, corrían hacia delante, buscando la salida de emergencia.
Miré fijamente mi plato de comida, aún intacto, y me esforcé en retenerlas. Ella seguramente ya se habría dado cuenta de mis ojos vidriosos, pero afortunadamente no me miraba, y yo no sabía si por miedo a leer la vergüenza en mis ojos o porque era ella la que se sentía avergonzada.
Tomé mi vaso de agua y bebí, con labios temblorosos. Pero no funcionó: el nudo en mi garganta no se deshizo, pues yo sabía que no lo haría hasta que mis lágrimas saltaran al vacío y murieran en mi barbilla. Era imposible dar marcha atrás: tenía que aflojar la presión y dejar que fluyeran.

-¿Me entiendes, Amelie?

Cuando por fin se giró hacia mí y me vio (yo no podía verla porque tenía los ojos anegados de lágrimas) se asustó muchísimo.

-¿Qué te pasa? ¡No llores!

Esas palabras fueron totalmente contraproducentes, pues hicieron que llorara aún más.
Me tapé la cara con las dos manos mientras mi cara se inundaba por momentos, y fue entonces cuando hizo la pregunta que me dejaba sin palabras:

-¿Por qué lloras?

Como yo no respondía, siguió hablando, agobiada:

-Tranquila, tonta. ¿Crees que con la confianza que hay entre nosotras puedes ponerte a llorar así? - me acarició el brazo con su mano libre.- ¿Seguro que no pasa nada más?

Yo negué con la cabeza, y decía la verdad. Pero no podía hablar. Parecía que mi cabeza iba a explotar del todo y me temblaba todo el cuerpo.
Me daban ganas de huir de todo, de huir de la realidad, huir hasta mi infancia, mi niñez perdida, cuando todo era más fácil y las lágrimas no escocían. Quería conocerme a mí misma lo suficiente como para saber… Un momento. ¿Para saber qué? ¿Acaso ella y yo no éramos personas diferentes, completamente diferentes? Mi hermana mayor, más madura, buscaba lo mejor para mí, pero ella no pasó por lo que yo estaba pasando. Ella siempre tuvo un gran grupo de amigos, personas que compartían sus intereses y que tenían un punto de vista similar.
Definitivamente no podía ser igual. Las circunstancias a veces hacen que vivas la vida más deprisa, que te olvides del momento adecuado.
Cuando conseguí calmarme, restos de sal brillaban cerca de mis ojos enrojecidos.
Nos sentamos juntas en el sofá y volví a llorar como una niña pequeña. Al fin y al cabo yo no era más que una chiquilla perdida, que buscaba hacer lo correcto y no se daba cuenta de que lo que lo es para unos, deja de serlo para otros. Mi hermana y yo, dos mundos totalmente diferentes que se miraban a la cara por primera vez en mucho tiempo.
En la televisión apareció el que fue mi cantante favorito cuando era pequeña. A mi hermana seguía encantándole, pero me sorprendí a mí misma cuando me pareció entrever un rastro de chulería en su sonrisa de chico guapo. Ya no escuchaba su música, ni miraba sus pósters. Incluso me caía regular. Para mí no era más que un popero, pero aun así yo guardaba alguna de sus canciones, porque despertaban en mi memoria recuerdos que protagonizábamos mi hermana y yo, cantando en la cocina. Otra diferencia más que nos situaba a miles de años luz.
Y sin embargo, me sentía protegida, cerca, no podía dejar de pensar que mi hermana tenía gran parte de razón, pues ella sólo buscaba lo mejor para mí. Pero, ¿cómo aprender a elegir?
Ella mismo me había dicho “Yo no puedo decidir por ti, cariño. Tendrás que equivocarte como hemos hecho todos. Sólo te aconsejo. Hazme un poquito de caso.”
Pero yo sabía que no era tan fácil, que los obstáculos no cambiarían de lugar y que me quedaba enfrentarme a alguien más importante.
El tiempo corría demasiado rápido para mí, me estrangulaba.

lunes, 4 de octubre de 2010

"¿Por qué?"


Nina, a sus siete años de edad, no era una chica corriente. Vivía con sus padres en una casa estrecha y alta, con grandes ventanales que carecían de persianas y cortinas. Le gustaba salir a la acera que separaba su casa de la calzada, donde había un banco de madera, para pensar en el origen de las cosas. Veía pasar a la gente en bicicleta, y observaba los barcos que navegaban por el canal… pero lo que más le gustaba era ver a otros niños como ella. Entonces caminaba junto a ellos y buscaba esa chispa en sus ojos, ese indicio de que no estaba sola. Pero pronto se cansaba y daba media vuelta: no encontraba en ellos lo que buscaba.
A menudo se hacía preguntas, preguntas difíciles que no tenían respuesta y que la hacían llorar. ¿Por qué existía? ¿Por qué el mundo le había dado la oportunidad de vivir, y, sin preguntárselo siquiera, la había enviado al mundo? Solía preguntar todas sus dudas a su padre, pues él lo sabía todo. Pero cuando Nina le preguntaba el por qué de su existencia, él no sabía responder.

-Papá, ¿por qué vivimos?

-Porque también morimos.

-Pero… ¿y por qué morimos?

-Porque vivimos.

-Ya, pero… ¿para qué sirve vivir y morir?

-Una cosa va de la mano de la otra, Nina; no se puede vivir sin morir, ni tampoco morir sin vivir.

-¿Por qué?

-Porque es así.

Nina no entendía nada. Se sentía pequeña, diminuta, una hoja marrón de las tantas que cubrían el canal en otoño. Años más tarde descubriría que a eso que ella sentía se le daba el nombre de angustia existencial.
Y tan pronto como se sentía pequeñita, se sentía enorme, única. Era Nina Cohen y no había nadie más como ella. Y, sin embargo, ¿por qué no podía dejar de pensar en la razón de su ser? Simplemente quería entenderlo todo, o, al menos, algo tan importante como la razón que le permitía respirar. A la niña se le ocurrió una idea: escribió en una hoja de papel cada pregunta que se le ocurría, e iba pegando las hojas sobre la pared de su habitación. Una noche su madre, al darle el beso acostumbrado y desearle dulces sueños, le preguntó a Nina si había ido al centro de la ciudad últimamente.
Sí, era lo que la niña sospechaba: su madre creía que su pequeña había inhalado un poco de aquel humo que hacía a la gente alucinar. Pues no. Ella no necesitaba ningún tipo de sustancia para flotar, para imaginar… para llorar.

¿Acaso era tan poco corriente? ¿Nadie más se hacía aquellas preguntas? Alguien sabría por qué existían, ¿no? Nina no podía creer que de los miles de millones de personas que había sobre el planeta, ninguna supiera qué hacía allí.
Poco a poco la pared violeta tomó el color blanco del papel y gris oscuro del lápiz con el que escribía Nina.
Eran más y más las preguntas que se colaban por las grandes ventanas de su habitación.
Tras mucho reflexionar, decidió arriesgarse, y volvió a preguntar a su padre:

-Papá, ¿nadie sabe por qué existimos?

-¿Crees en Dios?

-No lo sé.

-Quizá él lo sepa.

-Eso es injusto. ¿Nadie más que yo se hace estas preguntas?

-Te puedo asegurar que ninguna niña de siete años pierde el tiempo con eso.

-Yo soy mucho más que una niña de siete años.

Su padre asintió con la cabeza y respondió sin levantar la vista del periódico.

-Cierto. Eres Nina Cohen.

-¿Y quién es Nina Cohen?

Otra pregunta sin respuesta. ¿Qué o quién era ella? Nina corrió hasta el espejo del pasillo y observó su reflejo con detenimiento. Medía aproximadamente un metro de alto y no estaba ni muy gordita ni muy delgada. “Perfecta”, solía decir su madre. Era rubia y tenía unos bonitos ojos castaños. Al menos a ella le gustaban, le parecían expresivos, y, como los ojos son el espejo del alma, creía que su alma tampoco tendría miedo a expresarse.
Ella era Nina Cohen, y por muchas otras niñas que se llamaran igual que ella, ella era única. Otro humano más, un diminuto grano de arena rubio. Pero incluso un grano de arena podía cambiar el mundo.

¿Por qué no podía dejarse de preguntarse cosas? Pensándolo bien, ¿para qué servía reflexionar hasta tener dolor de cabeza? Por más que meditara, el mundo seguiría caminando a pasos lentos de gigante.
Nina no sabía por qué existía, ni por qué el sol salía por el este cada mañana, aunque lloviera mucho o la niebla lo cubriera todo. No alcanzaba a entender cómo podían moverse sus manos y cómo su boca sonreía de esa manera especial, pero tenía clara una cosa: ella no seguiría al pastor como el resto del rebaño. Seguiría preguntándose “¿Por qué?” y algún día reuniría todas las respuestas a las preguntas que decoraban su habitación.
Y si no había nadie más como ella, sería única. ¿Por qué? Porque ella no quería hacer todo lo que los demás hiciesen. Quizá no tenía que dejarse llevar por la corriente como las casas-barco del canal. Quizá su destino fuera otro.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Desesperación.

Yacía de costado, con el pelo rizado hacia atrás y las manos entrelazadas sobre la hierba. Sus ojos parecían sellados y su respiración se confundía con el susurro cansado del viento.
La hierba brillaba con más plata que nunca, pero ella no quiso darse cuenta. Ropas de niebla cubrían su cuerpo de luz, creando allá en el cielo una peligrosa tormenta eléctrica. Reflexionaba en silencio, y una pregunta yacía a su lado. “¿Por qué?”
¿Por qué tanta mentira y tanta hipocresía? ¿Para eso había sido enviada allí? Qué difícil era sentirse sola cuando estaba rodeada de los suyos, o de los que algún día lo fueron.
¿Les diría alguna vez lo que sentía? No, ni siquiera podía mirarlos a los ojos.
Un sentimiento demasiado humano se filtraba a través del aire en sus pulmones, pasando a la sangre y trasladándose así a todo su cuerpo.

Desesperación.

Hubiera dado cualquier cosa por que el mundo volviera a ser como antes, o por sentirse bien con el presente. Pero no podía. El presente se negaba a aceptarla tal y como era, y había sido ella misma demasiado tiempo; era tarde para cambiar.
Cada vez que recordaba sus voces calladas y sus ojos ciegos por la prepotencia, la brecha en su espalda se abría un poco más.
¿Qué más daba? Nadie lloraría por ella si muriese, nadie le agradecería toda su consideración y todo su dolor. Nadie se daría cuenta de que el mundo estaba equivocado, porque ellos lo estaban.
Nadie pediría perdón, porque el orgullo se lo impediría.
Se encogió aún más, abrazando sus rodillas con los brazos delgados, hasta sentir el eco de su corazón en las piernas.
Comenzó a oscurecer, pero no se veían las estrellas: el cielo era de color marrón. La tormenta esperaba, impaciente.
La luz nocturna, demasiado intensa para llamarse así, cambió la plata de lugar y la hierba se tiñó de cobre.
La plata voló a sus ojos, y empezaron a picarle.
¿Por qué seguía abrazando aquella rosa sucia, fea, llena de espinas? Le hacía daño, mucho daño. Las pequeñas espinas se clavaban en su piel morena y era imposible olvidar su mordisco. ¿Por qué no podía alejarse de allí y abandonarlos a su suerte? ¿Formaba parte de su naturaleza ser tan estúpida?
Comenzó a llorar en silencio, y al caer la primera lágrima, la tormenta soltó un aullido triunfal.
Llovió fuertemente sobre el ángel que yacía en la hierba.