
Conozco muy bien a mi padre, y sé que le pasa algo. La enfermedad de mi abuelo le hace sentir impotente y furioso.
Si viviéramos más cerca... Pero nos encontramos a muchos kilómetros y hasta las vacaciones de Semana Santa no podremos ir a verle.
También sé que me mienten. Lo hacen para que no me preocupe, pero está claro que algo no va bien. En mi casa la tensión es palpable, sobre todo cuando mis padres discuten. Últimamente discuten con mucha frecuencia.
Por eso intento no darles muchos problemas, ayudo más que nunca en casa y les regalo el máximo de sonrisas posible.
Mi padre no quiere saber nada del mundo y, como cada vez que quiere evadirse del resto, se encierra en su habitación y pone música.
Se sube a la bicicleta estática y pedalea con fuerza, casi con furia.
El agotamiento físico es una de las mejores medicinas, hace que te olvides de tus problemas. Con los músculos entumecidos y el corazón desbocado, puedes alcanzar un poco de paz.
Sé que no debo molestarle, así que le dejo inmerso en el esfuerzo, porque sé que está bien. No está solo: el Rock and Roll es la mejor compañía para mi padre, sobre todo en estos momentos.
Es su fiel amigo, el Rock. No pregunta el porqué de tu rabia, o de tus ojos mojados.
Te abraza como un padre y te mece con fuerza, envolviéndote en sus ritmos.
Es otra de las mejores medicinas para olvidar. Pero si escucho con atención puedo oír algo, más allá de la guitarra eléctrica y el pedaleo frenético. Y eso hace que mi pequeño corazón se encoja.
Es la primera vez que oigo a mi padre llorar.





