"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

martes, 21 de diciembre de 2010

La biblioteca.


Deva encontró la biblioteca en la planta baja del palacio, justo debajo de su nuevo dormitorio. En la puerta de madera oscura habían tallado unas palabras extrañas que no pudo comprender, y el picaporte era de bronce.
Antes de abrir la enorme puerta, Deva intentó imaginarse el interior. Sería una sala gigantesca, con las paredes cubiertas por estanterías de madera donde descansarían libros antiguos con secretos terribles, y el suelo estaría protegido con una moqueta. ¿Habría mesas, asientos? Sólo tenía que girar el picaporte para disipar sus dudas.
La puerta se abrió con un quejido, y Deva ahogó un grito de admiración. Tal y como ella había imaginado, la biblioteca era enorme, y estaba rodeada por estanterías llenas de color debido a las diferentes y extravagantes cubiertas. Había una gran chimenea de piedra al fondo, donde el fuego crepitaba, y unas butacas oscuras. Pero se había equivocado en una cosa: no había moqueta; el suelo estaba decorado con alfombras de diferentes diseños y tamaños, dejando algunas zonas del suelo de madera al descubierto.
Estaba sola, así que arrastró con temor las zapatillas prestadas y se acercó a la estantería que había a su izquierda, donde encontró libros escritos en griego y latín. En la siguiente reposaban libros de historia, y reconoció algunos. También había una estantería con clásicos, novelas que todo el mundo conocía, y que ella había leído.
Fue entonces cuando encontró la estantería de los libros escritos en alemán. Deva escogió uno al azar y contempló el título: “Mein Kampf”.
-Has escogido el que menos me gusta.
La niña se giró y se encontró con Helle, que vestía una túnica blanca que contrastaba con su pelo. La dueña de la preciada biblioteca la observaba desde una de las butacas, con una sonrisa torcida. Al ver que Deva no respondía, continuó:
-Sin embargo, me gusta tener una copia; de todo se puede aprender algo. No te preocupes, pronto serás capaz de leerlos todos.- dijo mientras abría los brazos, abarcando toda la sala.
Deva dejó el libro en su sitio y miró con cautela a la mujer, que a la luz de las llamas parecía más siniestra que por el día. En el exterior, volvió a aullar un lobo, y Deva sintió como un escalofrío recorría su espalda.
-¿Por qué quería que viniera?
-Quiero enseñarte el Palacio, y esta es mi habitación favorita, aunque me trae demasiados recuerdos, que intento esquivar. Tienes permiso para venir cuando quieras y leer todo lo que te apetezca; puedes preguntarme cualquier duda.
Ésa era la señal que estaba esperando.
-¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?
Helle suspiró y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había lágrimas violetas en sus pestañas.
-El que haga falta. Estarás aquí hasta que dejes de estar en peligro, aún hay muchas cosas que no encajan.
-En… ¿en peligro? ¿Qué…?
Deva no terminó de hablar. Había descubierto un cuadro colgado en la pared que había a espaldas de Helle. Era una de las pocas zonas donde no había estanterías.
Deva olvidó sus modales, olvidó que sólo era una invitada, y corrió hacia la pintura, que reflejaba dolorosamente bien la realidad.
El marco era negro, con formas sinuosas, ondulantes, que sin duda imitaban el caprichoso fuego que había pintado en el cuadro.
El fondo era oscuro, como el marco, pero había una enorme llama que contenía símbolos extraños… pero lo más extraño era el portador de la llama: se había cubierto el pelo con una tela negra y llevaba el torso al descubierto. Era delgado y sus ojos marrones brillaban, enamorados del fuego, que se volvía manso en sus manos grandes. El malabarista la miraba fijamente, con las cejas levantadas y una sonrisa coloreada de rojo.
-¡Es él! ¡El malabarista!
Helle estaba a su lado, pero su mirada estaba apagada.
Deva seguía con la boca abierta, y gesticulaba como una loca.
La princesa del trono de cristal se había serenado, y miraba al vacío, con la mirada muerta.
Dentro de Palacio, en el pasillo donde se encontraba la puerta de la biblioteca, aulló un lobo, y esa vez Deva no sintió miedo, sino que se dejó envolver por la tristeza y agonía del aullido que rompió el silencio, un aullido que había escondido Helle en el fondo de su corazón violeta.
Siento mucho mi ausencia, he estado de viaje y la navidad no me deja demasiado tiempo. Espero que esta entrada esté a la altura :) Pasaré por vuestros blogs en cuanto pueda. Gracias a todos, y Feliz Navidad :)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Learning to fly around the clouds.


Hoy me he dado cuenta de lo viejo que es el año, y de lo poco que le queda de vida.
Si miro atrás, aún respiro el olor salado del mar, y puedo sentir las caricias furtivas de tus manos dedicadas a la música.
Este año ha tenido absolutamente de todo, y por eso me ha gustado tanto. Reconozco que han pasado cosas increíbles, en el buen y en el mal sentido, y creo que precisamente eso es lo que le da un toque mágico y especial.
Últimamente me siento algo débil, como si el tiempo transcurriera demasiado deprisa para mí, como si las piernas no me respondieran, no a tiempo. La cabeza me da vueltas por la cercanía del nuevo año. ¿Qué traerá consigo? Será difícil superar estos trescientos sesenta y cinco días, pero tengo la esperanza de que así será, pues aunque no haya empezado, tengo muchísimos planes para el 2011. Pensar en eso me obliga a reflexionar sobre el futuro en general, y me sorprendo al descubrir lo ansiosa que estoy por vivir. Quiero viajar por países nuevos, volver a visitar los que ya conozco, para descubrirlos del todo, quiero mejorar como persona, aprendiendo a pulir mis errores, a dejarlos brillantes como la plata volátil, y quiero descubrir que, aunque esté prohibido, puedo quererte más de lo que ya te quiero. Sí, me encanta ir contra el mundo, porque ir a favor es demasiado fácil, no supone ningún reto.
Estoy impaciente por ver a mi pequeña sobrina con la boquita llena de dientes blancos y perecederos, así como por oír sus palabras, que cada vez son mejores y más complejas. Nadie sabe lo mucho que la quiero. Me encanta su cara gordita, que siempre, siempre, sonríe; excepto cuando el llanto rompe sus facciones, y mis lágrimas luchan por unirse a las suyas, más puras e inocentes. Me gusta ver cómo se mantiene ella solita de pie, y cómo se tambalea al intentar andar. Aun así, lo intenta y lo vuelve a intentar, y sólo espero no perderme sus primeros pasitos de pequeña aprendiz.
Hay tanto que vivir, tanto que aprender… Leer, escribir, soñar, reír, llorar de alegría, suspirar de amor, descubrir nueva música, nuevos lugares donde el espíritu, simplemente, vuela.
Este año he aprendido muchísimas cosas, algunas me han dejado sin aire, quitándome la ilusión y la esperanza, pues la enorme cara de la hipocresía a veces lo oculta todo. No obstante, he aprendido que a veces hay que ser fuerte, mirar al frente, y retener las lágrimas, porque hay gente que no merece vislumbrarlas. Hay veces que tenemos que decir que no, y seguir adelante sin la compañía de personas que te acompañaron mucho tiempo, y que ahora rehúyen tu mirada. Todo eso vale la pena, porque, más tarde, cuando te acostumbres a tu nueva situación, valorarás muchísimo haberte deshecho de lo innecesario y dañino, porque será un impedimento menos para disfrutar al máximo de los momentos que surgen cada día, momentos que pueden convertirse en inolvidables si conoces la receta secreta, momentos que nunca volverán y que sólo acuden a ti una vez.
Hablo de esa sensación embriagadora que siento cuando vuelvo la vista hacia atrás, cuando tomo de la mano recuerdos saltarines, testigos de que el tiempo pasa sin que nos demos cuenta, de que no hay marcha atrás. No me queda más remedio que aprovecharlo al máximo, y seguir hacia delante: norte, sur, este u oeste, el tiempo lo dirá.
Seguiré mi propio camino, y giraré aquel recodo.
Sí, tengo ganas de que comience el nuevo año, porque es una oportunidad genial para hacer realidad algunos sueños que me quedan, y otros muchos que nacen en mi almohada cada noche, sueños de algodón y plumas blancas, de purpurina y color naranja, sueños de luz. Y son los sueños los que me ayudan a volar, a ascender poco a poco. Todo el mundo puede volar.

I'm learning to fly but I ain't got wings

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sólo hay una manera de saberlo


Miró fijamente mis rodillas de hueso, intentando evitar que flaquearan y me hicieran perder el equilibrio, pero no lo consiguió. Me dejé caer en el suelo que poco a poco había enfriado diciembre, y creé un plan, arriesgado, intenso, magnífico.
Me levanté con lentitud, sin dejar de mirar sus ojos claros, y comenzó la terapia.
-Sólo hay una forma de acabar con tus dudas; una prueba.
Él estaba tan asustado como yo, pero leí en sus labios las palabras antes de que las pronunciara: estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Si no superábamos la prueba, sería evidente que tendríamos dificultades para seguir adelante, pero si lo conseguíamos… dejaríamos atrás las dudas, los temores y las estupideces para siempre. Era uno de esos momentos en los que había que inspirar con fuerza, profundamente, había que seguir adelante, pues todo nuestro mundo dependía de aquello. Pero era la única solución.
Cerré sus ojos y acaricié con suavidad su cara, recorriendo una y otra vez recodos tranquilos donde se refugiaron mis besos. Mis párpados cargaron con todo el peso del momento, y cayeron. Así, ambos ciegos, me acerqué con cuidado y rocé mis labios pequeños con los suyos, sin lujuria, pero con pasión contenida. Noté cómo él se estremecía, y escuché el palpitar de su corazón, al que iba destinada la prueba.
Su boca respondió a la mía, y me besó, despacio. Me separé y palpé su frustración, pero permaneció inmóvil. Tomé su mano y la deslicé por mi muñeca, por mi brazo desnudo. Las yemas de sus dedos contenían dulces cosquillas que me hacían enloquecer, pero me contuve, y uní las palmas de nuestras manos. Las hice girar en el aire y me coloqué detrás de él, que seguía sin moverse, lo que me hizo pensar si todo aquello serviría de algo. ¿Estaba perdiendo el tiempo? ¿Me respondería con un doloroso “no”?
Respiré hondo y acaricié su espalda, poco a poco, y besé su nuca. Bailamos abrazados por la habitación, sin abrir nunca los ojos, y me refugié en su pecho. Su aroma…hacía aflorar todos mis sentimientos, exponiéndolos. Me abrazó y olió mi pelo, dejando caer besos sobre el resplandor cobrizo. Reuní fuerzas, y hablé desde allí:
-¿Lo sientes?
Rodeé su cuello y seguí la forma de sus rizos con mis dedos.
-¿Qué susurra tu corazón?
-Me está recordando momentos que hemos pasado juntos.
Y comenzó a contarme momentos, a desenterrar algunos otros, diminutos, que yo había olvidado. Aquel día que fuimos a la playa, cuando conocí a sus padres, la primera vez que nos dijimos “te quiero”, cuando se dio cuenta de que me querría siempre…
Le temblaba la voz, y supe que iba por buen camino. Lo abracé con fuerza y sus manos navegaron en mi pelo.
-No puedo vivir sin tu pelo, sin tus ojos de color cambiante.
Me abstuve a abrir los ojos y decirle que eso nunca pasaría, lo que hizo que el nudo en mi garganta se apretara un poco más.
Volví a caminar por su rostro, acariciando un paisaje que me sabía de memoria, y supe que él tampoco había abierto los ojos. Y al volver sobre mis pisadas, me di cuenta de que nunca podría saber cuánto lo quería, porque era demasiado, no podía asimilarlo, pero en ese momento mis manos me lo transmitían, y la cifra era abrumadora, infinita.
Cuando mis lágrimas resbalaron por mi cara, él abrió los ojos, y me abrazó con fuerza.
-Has conseguido romper el círculo vicioso de las dudas, ya no tengo ninguna. Sé que me quieres, tanto como yo a ti, y que superaremos cualquier obstáculo.
Seguí llorando, pero con una sonrisa de alivio, sin miedo, pues habíamos superado la prueba.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo también te echo de menos, Liss

Ahora entiendo a Liss cuando intenta explicar lo difícil que es hablar la una de la otra. ¿Cómo describirla? Me he sentado frente a una hoja de papel en blanco con la mente a rebosar de ideas, y nada más empuñar el bolígrafo, han echado a volar. Empezaré por lo mucho que la echo de menos. Echo de menos sus ricitos castaños, su sonrisa, y su forma de caminar. La echo de menos porque me encanta estar con ella, es así de simple.
¿Que por qué me encanta estar ella? Porque nos parecemos demasiado. Es increíble lo mucho que tenemos en común. Y sin embargo, son nuestras diferencias las que más nos unen. Ella nunca deja de apoyarme y me ayuda en mi camino, haciéndome razonar cuando me dejo llevar por mi cabecita loca; y es esa locura mía la que le hace cosquillas, la que hace que se ría a carcajadas hasta olvidarse de todo lo malo. Yo he crecido entre gente sencilla, cercana y supersticiosa, y en ella quedan huellas de la gran ciudad. Pero eso no importa cuando estamos juntas. Soy muy afortunada de que una misma tierra nos una, una tierra de color verde, un verde que roza el surrealismo. Qué suerte que nos conociéramos. ¿Se habrá parado a pensar en eso? Nos unieron las malas compañías, la mala vida. Y aquí estamos, viendo cómo aquellas que jugaron un papel tan importante en nuestras vidas se corrompen a sí mismas. Pero nosotras somos más inteligentes que eso. Preferimos inventar historias, fotografiar el bosque o hablar durante horas. Su imaginación y la mía encajan, pues tienen un origen común. Son dos mitades de una misma cosa, las dos caras de una moneda.
Ella es esa persona que se fija en las cosas pequeñas y que parecen insignificantes a la vista de cualquiera. Es capaz de crear un arcoíris de palabras dulces, con pequeñas nubes de algodón como resultado de sus sentimientos, blancos y puros.
Puede hacer que el mundo parezca un lugar ideal, aunque ambas sabemos que no siempre es así. Ojalá no tenga que volver a verla llorar lágrimas amargas nunca más. No, prohibido, Liss. Sólo lágrimas dulces, como su pelo y sus mejillas morenas.
Ella es diferente a los demás, y lo sabe. A veces piensa que ser diferente es malo, pero es todo lo contrario. Liss es inteligente, original. Me gusta quedarme sin palabras cuando ella explica algo, porque siempre aprendo algo a su lado.
Quiero recorrer los kilómetros que nos separan, y mirarla a los ojos, asomarme a su alma. Quiero convencerme a mí misma de algo que yo sé, cogerla de la mano y mirar juntas al cielo, a las estrellas, buscando con paciencia el lugar al que pertenecimos hace tiempo. Porque sé que, al alzar la vista, las dos vemos lo mismo, y nos sentimos igual.
Recuerdo que alguien me dijo una vez: “te imagino en un acantilado del norte, rodeada de naturaleza, escribiendo en un cuaderno, mientras el viento intenta arrancarte las páginas de la mano y sacarte a bailar.” Yo también la veo así, como una musa del arte de escribir, y nos veo juntas dentro de mucho tiempo, mayores, más maduras, pero unidas por la misma amistad.
Tengo muchas ganas de volver a verla, de narrarle el poema épico en el que se ha convertido mi vida durante estos últimos meses. Tengo ganas de compartir tardes y tardes con ella, viajando a otros lugares y conociendo culturas diferentes a la nuestra, fascinantes.
Gracias por entenderme siempre, por apoyarme aunque a veces no tenga razón, por sonreír con cariño cuando hablo sin pensar, mostrándome en tus ojos castaños que siempre estarás ahí. Gracias por crear bellas palabras, por hacer que yo misma forme parte de ellas.
Lo he intentado, Liss, pero te prometo que algún día lo mejoraré.

martes, 23 de noviembre de 2010

Copenhague


Necesito un pequeño respiro. No puedo más… Sí, hemos vuelto a discutir, otra vez. Me he dado cuenta de que hablamos idiomas totalmente diferentes. Mikel no consigue entenderme, y aunque él diga que lo intenta, no termino de creérmelo. Pero eso no es todo: mi jefe está más insoportable que nunca, mis compañeros flaquean y el trabajo se acumula. Vuelvo de la oficina con la esperanza de descansar un poco y me encuentro con esto.
¿Será capaz algún día de abrir la mente, de no ser tan cuadriculado? Ahora está en el balcón, fumándose un cigarrillo, y eso que él no fuma. Dice que no lo estoy apoyando, que no lo ayudo a buscar trabajo, y eso que estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Qué espera, siendo guionista? Últimamente ni siquiera se sienta a escribir. Es un vago y un egoísta. Ahora empiezo a preguntarme si hice bien al precipitarme tanto, al empezar a vivir juntos. La convivencia es difícil, muy difícil.

Releo aquella página del diario de Sarah que me llevó a tomar la decisión… decisión de la que no he tardado en arrepentirme. Si lo he hecho ha sido porque realmente la quiero, porque no quiero agobiarla y nuestra relación empeoraba por momentos. No ha sido sólo eso lo que me ha llevado a hacerlo. Esta mañana me levanté temprano y fui a correr al Retiro, como cada viernes. Antes de salir, miré a Sarah, que dormía a pierna suelta sobre la colcha de su color favorito. Apretaba el entrecejo, poniendo la misma cara que se dibujaba en ella cuando discutíamos y me miraba con los ojos cerrados, escéptica. Llevamos siete años de relación y la conozco a la perfección: sé que no le gustan mucho las tonterías, y que se toma las cosas importantes en serio. Es inteligente y alegre, pero tenaz cuando algo se introduce en su mente. Es casi imposible hacer que cambie de opinión. Pero no quiero ser la causa de que su sonrisa desaparezca. La llamé desde el parque, para ver si estaba despierta.
Cuando volví al piso que compartíamos había tomado una decisión. Abrí la puerta y la encontré escribiendo, mientras desayunaba una tostada. Ella no sabía que yo había encontrado su diario, y cerró el cuaderno con disimulo.
Me costó tanto decírselo… esta mañana su melena rubia resplandecía, y aunque su cara denotaba cansancio, estaba preciosa. Sonreía con impaciencia. Se lo dije. ¿Debí hacerlo? Sus ojos marrones se cerraron de golpe, protegiendo el interior del dolor que mi voz producía en su corazón de treinta años.
Me parece increíble que todo eso haya pasado sólo hace unas horas. Sus gritos resuenan en mis oídos. Cuando Sarah se enfada… da mucho miedo, al menos, para la mayoría de la gente. A mí me encanta su carácter fuerte, tan diferente del mío. He venido con intención de hablar con ella, pedirle perdón y hacerle ver que quizá me precipité. Son las siete de la tarde, así que no tardará en volver. Me siento en el sofá y repaso nuestra colección de películas. Tenemos tanto en común…
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el teléfono.

-¡Bea! ¡Bea, abre la puerta!
Miro impaciente el reloj, al mismo tiempo que Bea, la íntima amiga de Sarah, abre la puerta blanca de su pequeño piso.
-Mikel.
Parece cansada.
-¿Dónde está Sarah? Su jefe ha llamado enfadado, esta tarde no ha ido a trabajar. He pensado que estaría aquí, contigo.
Hay súplica en mis ojos y miedo en mis manos delgadas, que se retuercen.
-No está aquí. Se ha ido, Mikel. Su avión sale esta noche, creo que a las diez en punto. Estaba hecha polvo…
-¿Avión? ¿Adónde va?
-A Copenhague.
Salgo corriendo, sin dejar que termine de hablar, aunque alcanzo a oír algo más.
-No debiste precipitarte.

Vuelvo de nuevo a nuestro piso, y cojo mi cartera, con la esperanza de que haya suficiente dinero. Ni siquiera me he llevado mis cosas al piso de mi hermano Javi, donde viviré mientras dure esta pesadilla.
Cuando me detengo en la sala de estar para tomar aliento, descubro algo que había pasado por alto: el diario de Sarah, abierto por la última página escrita. La fecha garabateada indica que es de hoy.

Esta mañana me he despertado temprano. Mikel se ha ido a correr al parque, así que he llevado a cabo mi plan antes de que vuelva. He releído las páginas anteriores, y me he decepcionado al comprobar hasta qué punto puedo llegar a decir tonterías cuando me enfado. Quiero arreglar esto, y estoy segura de que podré hacerlo. He comprado por internet dos billetes de avión para este fin de semana: voy a llevar a Mikel al festival de cine de Copenhague. He conseguido un hotel que está bastante bien de precio. En cuanto vuelva, le daré la sorpresa… Un momento, me llaman al móvil.
Era Mikel, quería asegurarse de que estaba despierta: quiere hablar conmigo. Seguro que ha reflexionado sobre todo esto, como yo, y se ha dado cuenta de que es una tontería discutir tanto. Últimamente ha sacado mucho el tema de tomarnos “un tiempo”, pero me he negado rotundamente, ésa no es una opción. No necesito tiempo para nada, lo tengo todo claro. Quiero a Mikel, más que a nadie, así que vamos a arreglarlo. Oigo el tintineo de sus llaves. Acaba de llegar.

Miro el reloj: son las nueve y cuarto. Necesito llegar a tiempo al aeropuerto.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vientos del norte


Como cada noche, se despidió de su familia con un beso y subió a su habitación. Se puso el pijama, cerró la puerta y encendió la pequeña lámpara. Caminando con cuidado, pues el suelo de madera se quejaba por los años, cogió una vieja manta de cuadros y abrió la puerta que daba al pequeño balcón.
Sus abuelos ya estaban acostados, y su tía estaría leyendo. Pero si sus padres se enteraban de que estaba allí fuera, con el frío que hacía, se enfadarían y se lo prohibirían. Quizá era eso, el secretismo con el que llevaba a cabo aquel acto cada noche, lo que le gustaba tanto.
Se sentó en el suelo de baldosas pequeñas y desgastadas, y se envolvió en la manta. Le encantaba permanecer un rato allí antes de volver a la calidez de su cuarto para dormir.
Era invierno, y hacía mucho frío. Las ramas de los árboles desnudos se balanceaban y susurraban una nana a la niña, que cerraba los ojos y dejaba que el aire frío besara su cara, sonrojando sus mejillas. En el pueblo había muy pocas luces encendidas, y todo estaba en silencio, un silencio tranquilizador que sólo se veía interrumpido muy de vez en cuando, por el rugir del motor de un coche solitario o por el ladrido de un perro inquieto.
Si miraba tras ella, veía la luz anaranjada de su habitación, y el sueño la invitaba a tumbarse sobre el mullido colchón de su cama, pero la niña se quedaba fuera un rato más, para que el frío del norte curara e insensibilizara su pequeño corazón de aprendiz.
Cuando se sentía más optimista, se apoyaba en la barandilla y se imaginaba que un príncipe la esperaba abajo, entre los árboles que plantó su abuelo, montado en su caballo, negro como la noche. Cantaba melodías inventadas por ella, muchas veces sin sentido, pero aquellas canciones hacían más acogedora la oscuridad y mitigaban el dolor. Si se sentía inspirada por las musas del bosque, bailaba por el pequeño balcón, olvidándose por completo de sus pies descalzos.
Pero cuando las musas dormían, simplemente permanecía sentada, mirando fijamente la luna, suplicándole que bajara a por ella, que la llevara lejos, muy lejos, al frondoso y conflictivo mundo de los sueños. Pero la luna permanecía colgada del cielo, observándola en silencio, sin hacer realidad su deseo.
Aquella noche, la niña no sonreía, aunque había luna llena y se podían apreciar los enormes ojos y la sonrisa del astro de plata, la reina de la noche; cosa que le fascinaba.
Olía a viento, a viento frío, y a la música de su grupo favorito: gaita triste y voz ronca; pero aun así, seguía sin sonreír. Me acerqué un poco más y me fijé en sus iris grandes del color del chocolate.
Por primera vez no había lágrimas en los ojos, lágrimas de soñadora, sólo un vacío inquietante, preñado de oscuridad.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lo mejor para mí.


Mi hermana se asomaba con cautela a la taza de café que tenía entre las manos, pero su voz queda no era dulce, no sabía a capuccino, sino a incomprensión.
Yo notaba cómo las lágrimas que durante tanto tiempo se habían ido acumulando tras mis ojos, produciéndome dolor de cabeza, corrían hacia delante, buscando la salida de emergencia.
Miré fijamente mi plato de comida, aún intacto, y me esforcé en retenerlas. Ella seguramente ya se habría dado cuenta de mis ojos vidriosos, pero afortunadamente no me miraba, y yo no sabía si por miedo a leer la vergüenza en mis ojos o porque era ella la que se sentía avergonzada.
Tomé mi vaso de agua y bebí, con labios temblorosos. Pero no funcionó: el nudo en mi garganta no se deshizo, pues yo sabía que no lo haría hasta que mis lágrimas saltaran al vacío y murieran en mi barbilla. Era imposible dar marcha atrás: tenía que aflojar la presión y dejar que fluyeran.

-¿Me entiendes, Amelie?

Cuando por fin se giró hacia mí y me vio (yo no podía verla porque tenía los ojos anegados de lágrimas) se asustó muchísimo.

-¿Qué te pasa? ¡No llores!

Esas palabras fueron totalmente contraproducentes, pues hicieron que llorara aún más.
Me tapé la cara con las dos manos mientras mi cara se inundaba por momentos, y fue entonces cuando hizo la pregunta que me dejaba sin palabras:

-¿Por qué lloras?

Como yo no respondía, siguió hablando, agobiada:

-Tranquila, tonta. ¿Crees que con la confianza que hay entre nosotras puedes ponerte a llorar así? - me acarició el brazo con su mano libre.- ¿Seguro que no pasa nada más?

Yo negué con la cabeza, y decía la verdad. Pero no podía hablar. Parecía que mi cabeza iba a explotar del todo y me temblaba todo el cuerpo.
Me daban ganas de huir de todo, de huir de la realidad, huir hasta mi infancia, mi niñez perdida, cuando todo era más fácil y las lágrimas no escocían. Quería conocerme a mí misma lo suficiente como para saber… Un momento. ¿Para saber qué? ¿Acaso ella y yo no éramos personas diferentes, completamente diferentes? Mi hermana mayor, más madura, buscaba lo mejor para mí, pero ella no pasó por lo que yo estaba pasando. Ella siempre tuvo un gran grupo de amigos, personas que compartían sus intereses y que tenían un punto de vista similar.
Definitivamente no podía ser igual. Las circunstancias a veces hacen que vivas la vida más deprisa, que te olvides del momento adecuado.
Cuando conseguí calmarme, restos de sal brillaban cerca de mis ojos enrojecidos.
Nos sentamos juntas en el sofá y volví a llorar como una niña pequeña. Al fin y al cabo yo no era más que una chiquilla perdida, que buscaba hacer lo correcto y no se daba cuenta de que lo que lo es para unos, deja de serlo para otros. Mi hermana y yo, dos mundos totalmente diferentes que se miraban a la cara por primera vez en mucho tiempo.
En la televisión apareció el que fue mi cantante favorito cuando era pequeña. A mi hermana seguía encantándole, pero me sorprendí a mí misma cuando me pareció entrever un rastro de chulería en su sonrisa de chico guapo. Ya no escuchaba su música, ni miraba sus pósters. Incluso me caía regular. Para mí no era más que un popero, pero aun así yo guardaba alguna de sus canciones, porque despertaban en mi memoria recuerdos que protagonizábamos mi hermana y yo, cantando en la cocina. Otra diferencia más que nos situaba a miles de años luz.
Y sin embargo, me sentía protegida, cerca, no podía dejar de pensar que mi hermana tenía gran parte de razón, pues ella sólo buscaba lo mejor para mí. Pero, ¿cómo aprender a elegir?
Ella mismo me había dicho “Yo no puedo decidir por ti, cariño. Tendrás que equivocarte como hemos hecho todos. Sólo te aconsejo. Hazme un poquito de caso.”
Pero yo sabía que no era tan fácil, que los obstáculos no cambiarían de lugar y que me quedaba enfrentarme a alguien más importante.
El tiempo corría demasiado rápido para mí, me estrangulaba.