"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Corría. Se abalanzaba contra el asfalto como un alma desesperada que busca una salida en la oscuridad.
Dejó atrás el centro de la ciudad y se adentró en la enorme calle que desembocaba en el barrio más afectado sin dejar de correr, sin dejar de torturarse con más preguntas que se destruían contra las paredes derruidas de la ciudad silenciosa. Todo había enmudecido, sólo algunas farolas emitían una luz débil. Aquel silencio contrastaba con el ruido ensordecedor y con los gritos de pánico, cuyo eco había desaparecido. Si él no hubiera estado allí cuando sucedió, habría creído que había sido un bombardeo. Parecía la guerra; no había gente en la calle y podía sentirse en la piel el terror que allí se había sentido apenas unas horas antes. Conforme se acercaba a su hogar había más polvo en el aire, luchando contra la oscuridad en un intento de dominar la ciudad.
La desolación lo perseguía y por eso no podía aminorar la marcha. Todo se había roto; las viviendas, las aceras, las tiendas, la esperanza. Corría tan rápido y sus pies chocaban con tanta fuerza contra el suelo sucio que cada paso hacia delante sacudía su pecho y le golpeaba en las sienes. Respiraba con rabia, tragando parte del polvo que había levantado la destrucción. En su carrera fugaz miraba a un lado y a otro, empapándose de cada hueco que había reemplazado a una vida, a cientos de ellas. Intentó no gritar cuando sus ojos enfocaron perfectamente la sombra oscura del edificio donde había vivido desde el momento de su nacimiento, intentó pensar que aquello no era real, pues parecía una película de terror. Pero el miedo fue más fuerte, y Ian gritó con todas sus fuerzas. Su joven voz viajó entre las estructuras torcidas y se coló por la ventana abierta de un dormitorio que nadie volvería a habitar. Mucha gente había huido, y los que no lo habían hecho se mantenían a cierta distancia de la ciudad del Sol.
Cuando sintió que sus piernas se habían cargado tanto de adrenalina que iban a estallar, un par de personas se cruzaron en su camino y se quedaron mirando fijamente sus ojos azules como si hubieran visto un fantasma. Ian reconoció en ellos a unos ancianos que habían vivido en el edificio contiguo al suyo desde siempre. Tenían los ojos hinchados de llorar y parpadeaban mucho, como si quisieran seguir llorando, pero sus glándulas lacrimales se habían quedado sin reservas. Ian siguió corriendo, y cuando se giró, un poco más adelante, ellos ya habían vuelto la mirada a su hogar desolado, intentado comprender cómo toda una vida puede cambiar en cuatro segundos. Revivió ese momento y sus rodillas estuvieron a punto de doblarse. El peso del dolor de todos los sobrevivientes lo presionaba desde arriba. Tanto el polvo como la mirada vacía de aquellos ancianos le picaban en los ojos. Comenzó a darse cuenta de que había algunas personas más delante de sus edificios, llorando o contemplando su pasado, toda una vida. En silencio. Nunca había visto su ciudad así. Se sentía en una pesadilla horrible en la que no podía hacer otra cosa que no fuera correr, huir… Olvidar.
Pero la realidad se cernía sobre él y el paso de los dos gigantes que asolaron la ciudad era evidente, sus huellas estaban por todas partes.

viernes, 19 de agosto de 2011

Habitación 1502.

Miré una vez más sus penetrantes ojos y cerré los míos, para que fueran mi escudo.
Mis párpados pesaban tanto que me hundí en mi memoria, arañando aquellos momentos que había vivido y que me frustraban, acariciando aquellos que me susurraban palabras de amor desde la oscuridad.
Cuando volví a abrirlos me encontré en nuestra habitación londinense, la 1502. Olía igual, todo estaba en su sitio. Las toallas extendidas en la litera que no utilizábamos, el escritorio de madera hasta arriba de trastos y la pila rodeada de neceseres, champús y ropa sucia. No éramos demasiado ordenados, pero nos encontrábamos bien en aquellos metros cuadrados que compartíamos, en nuestro pequeño hogar temporal, el refugio seguro en la gran ciudad que apenas conocíamos.
Allí nos mostrábamos tal y como éramos, yo lloraba de miedo por la noche y me reía como una loca hasta que me daban ganas de ir al baño y tenía que salir corriendo de la habitación para no mojar la moqueta. Como cada vez que me encuentro feliz, tarareaba canciones que yo misma me inventaba sobre la marcha en mi lugar favorito de toda la habitación: el hueco tallado en su cuello.
Allí hablábamos durante horas sobre la gran ciudad, soñábamos despiertos y planeábamos nuestra estancia allí. Utilizando los besos como arma, luchábamos durante horas hasta que nos rendíamos en un beso que fundía nuestras almas, haciéndolas inseparables. En nuestra habitación el tiempo transcurría con frenesí, sin darnos tiempo a manejar las horas a nuestro antojo. Cualquiera era un intruso.
Creo que fueron los mejores días de mi vida. Era tan feliz que murmuraba en sueños.
Todo olía a ti, a tu ropa, al gel que usabas para ducharte, al chocolate que devorábamos juntos, aunque tú comieras el doble que yo.
Era nuestra propia galaxia, y todos los cuerpos celestes giraban en torno a nosotros, ofreciéndonos luz y calor para que tú no pasaras frío y para que yo no temiera la oscuridad.
Tú eras el centro, hacías que todo aquello funcionara. Yo me dejaba atrapar por tus brazos suaves en la felicidad que me producía una ligera sensación de vértigo en la boca del estómago.
Pasábamos las veinticuatro horas juntos, sin cansarnos de estar juntos.
Por mucho que lo haga, nunca me canso de besartem de mirarte a los ojos, de decirte te quiero.
Volví de aquel cándido recuerdo y me posé en la realidad.
Pensé en lo que te necesitaba, en todo lo que había cambiado mi vida desde que tú entraste en ella por la puerta de atrás. No me arrepentía de nada.
Pensé en que nunca podríamos utilizar la frase "se ha terminado la magia", ya que a nosotros nos unía mucho más que una chispa candente. Nunca podría aburrirme de ti, de tu cabezonería.
Tus manos me hacían cosquillas como si fuera la primera vez que tocaban mi piel. Tus besos me resultaban tan familiares y a la vez tan irresistibles...
Daba igual cuántas veces discutiéramos. Yo volvía a desear abrazarte, volvía a morir por dentro por la insaciable sed de ti que sentía cada una de mis células.
Ningunos brazos podrían hacerme sentir segura, ningún otro olor me reconfortaría como el tuyo. No había nadie en el mundo que hiciera sentir tan viva, feliz y buena persona. Tú sacabas lo mejor de mí. En tus brazos había espacio suficiente para que mis defectos se despegaran de mí y pudieran, así, ser olvidados.

Pero ahí estábamos, discutiendo otra vez. De nuevo mi miedo a perderte, a quedarme sola y mi desconfianza en todo fueron la guinda del pastel.
Te miré a los ojos y éstos me lanzaron las palabras hirientes que acababas de pronunciar, para recordármelas.
Todo lo que había reflexionado sobre nosotros se camufló bajo la rabia que sentía. Te di la espalda con furia y caminé lentamente hacia la puerta, sabiendo perfectamente que me seguías con la mirada. Oí como respirabas cada vez más profundamente.
Toqué el frío pomo de la puerta con las yemas de los dedos y lo acaricié pensativamente, recapacitando.
Sabes que suelo hacer una lista de pros y contras para tomar decisiones, y eso fue lo que hice.
Me giré y, por primer vez, abrí mi corazón mientras no dejaba de mirarte.
-Prefiero estar contigo, con todo lo que eso implica, que estar sin ti.

lunes, 15 de agosto de 2011

El día M.

Todos los años, el segundo domingo de agosto, me despertaban la banda de música y los petardos de aquellos impacientes que querían comenzar a celebrar la fiesta del pueblo cuanto antes.
Desayunaba, emocionada porque por fin había llegado aquel día, y me vestía con el complicado vestido regional: unos pololos sobre mi ropa interior, una camisa hecha a mano, la pesada falda de felpa amarilla, un corpiño bordado y las playeras de tela blanca. Sobre todo eso me colocaban dos pañuelos; uno sobre los hombros y otro en la cabeza.
Después, acompañada de toda la familia, iba al pueblo a mirar los variados puestos y, mientras yo me sentía atraída por los pendientes y las pulseras, mis padres se decantaban por los puestos de comida.
Ese día solía hacer mucho calor, y la pesada falda lo hacía aún más insoportable, pero era algo por lo que había que pasar, así que yo permanecía tal cual, encantada.
Volvíamos a casa más tarde de lo acostumbrado, y comíamos en el jardín. Por la tarde volvíamos al mercado y escuchábamos la música de las gaitas y las panderetas, que a mí me trasladaba a otro tiempo, a otro lugar. Más tarde había un desfile de carrozas y ganado autóctono, y cuando oscurecía dejábamos caer agua desde los balcones a una multitud de jóvenes que nos la pedían a gritos, y que iría disminuyendo en número con el paso del tiempo. Durante un par de años, yo me encontré entre ellos.
Cada año lo mismo. El día M se conviritó en una rutina que se desarrollaba sola.
Pero, poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. Desde que era pequeña hasta que cumplí los 13 ó 14 años, me vestí de montañesa, pero a partir de entonces, aquel día camabió de misión, no era para unir a la familia, sino para salir y pasarlo bien con las amigas.

Este año, sin embargo, todo ha sido diferente.
Liss y yo nos despertamos muy tarde, después de haber pasado toda la noche bailando y riendo, dejándonos la voz. Los petardos nos despertaron, como cada año, pero no quisimos escucharlos, no quisimos levantarnos corriendo para no perder ni un minuto de aquel día, al contrario, nos daba pereza poer un pie fuera de la cama. Nos quedamos tumbadas, hablando, hasta tarde y desayunamos tranquilamente para ducharnos a continuación.
Salimos, vimos el mercado y nos dejamos envolver sin demasiada convicción por los olores típicos que cubrían el pequeño pueblo todos los años.
La comida familiar degeneró. No hubo comida en el jardín; mientras mis padres y mis tíos tomaban unas cervezas en los bares, yo miraba el techo en mi habitación, sin hambre. Cuando ésta apareció, a las cuatro y media de la tarde, bajé a la cocina, con los auriculares en las orejas, cogí un trozo de tortilla de patatas y me preparé mi comida del día M. Comí sola en la cocina, escuchando música.
Por la tarde apenas podíamos tenernos en pie del cansancio, y decidimos volver a casa pronto.
Aquella noche no me levanté ni me asomé a la ventana para ver los bonitos fuegos artificiales que solía contemplar en silencio con mi abuela. Cuando pude oírlos, a lo lejos, subí el volumen de la música, porque el ruido de aquellas luces en el cielo me recordaban cuánto había cambiado todo.
Aquella noche no suspiré aliviada al quitarme la pesada falda, sino que una opresión mucho más fuerte que la que solía ejercer la falda, situada entre el estómago y el corazón, me acompañó lealmente hasta que me quedé dormida.
Me dormí entre jadeos, recordando vagamente el día y con los ojos pegajosos por las lágrimas.
Soñé con un águila enorme, que volaba sobre el valle y, a kilómetros de allí, en mi viejo colchón, anhelé su libertad.
¿Qué había cambiado aquel año? Todo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Los primeros rayos de luz se abrieron paso a través de la ventana azul hasta los ojos cerrados de Gema, despertándola. Se incorporó despacio, pero pareció recordar algo que le hizo ponerse en pie de repente. Se asomó a la ventana y suspiró de alivio al divisar el viejo barquito que se acercaba lentamente al pequeño puerto. Se despojó del camisón celeste y se cubrió con un volátil vestido blanco. No cerró la puerta tras ella ni se calzó los zapatos. Bajó corriendo por las estrechas calles de piedra, mirando hacia el puerto, buscando con desesperación el pequeño barco de color de nube. Llevaba el pelo suelto, y tanto su aspecto enmarañado como su vestido blanco le dieron cierto aire fantasmagórico, por lo que no fue nada extraño que los somnolientos pueblerinos aseguraran, más tarde, haber visto un espíritu volando frente a su ventana.
Llegó al muelle sin aliento, con los pies sucios y una gran sonrisa, y allí la esperaba Álvaro, que acababa de llegar en el viejo barco de su abuelo. Gema saltó a sus brazos, sin darle tiempo a saludar.
-¡Álvaro, te he echado de menos!
Un gracioso hoyuelo se dibujó en la mejilla del joven cuando una dulse sonrisa cruzó su cara morena.
-Pero si estuvimos juntos anoche.
-¡Calla! Me he sentido muy sola. Mis padres no están y no tenía a nadie con quien hablar.
-¿Has hablado con él?
Gema dejó de sonreír por un momento, y Álvaro advirtió las sombras rosadas que rodeaban sus ojos hinchados.
-Sí...
-¿Gema?
-Sí, pero no quiero hablar de eso. ¿Cómo va el barco? ¿Me llevarás a dar una vuelta?
Álvaro se dio por vencido, no había quien la entendiese. Con las manos en la cintura se giró y admiró la pequeña embarcación.
-Genial. Mañana dicen que va a llover, pero el sábado te llevaré a una cala muy bonita que descubrí ayer por la tarde; podríamos llevarnos la comida y hacer un picnic.
-¡Sí!
Gema volvió a sonreír con fuerza, y bailó como una niña pequeña alrededor de Álvaro. Cuando desahogó su alegría se sentó en el muelle, invitándole a que hiciera lo mismo.
-A pesar de todo, te veo contenta.
Ella desvió la mirada, perdiéndose en el horizonte azulado, y asintió con pesar.
-No voy a dejar que unas cuantas peleas me estropeen las vacaciones de verano.
-No entiendo a qué vienen tantas peleas.- suspiró él.
-Todo es por culpa de la distancia. Es muy difícil estar así, estamos acostumbrados a estar siempre juntos y...
Su blanca sonrisa se escondió de nuevo, y sus ojos se llenaron del agua salada que habían tomado del mar.
Álvaro besó con dulzura su nariz y la abrazó como un hermano mayor.
-Falta poco para que os volváis a ver.- dijo con voz extraña.
"Ése es el problema" pensó Gema. Últimamente se sentía muy confusa y asustada. Miró a Álvaro a los ojos y sintió un cosquilleo en la punta de la nariz, donde la había besado.
-Tienes la piel de gallina, ¿tienes frío?
No le dio tiempo a responder. Se quitó la chaqueta fina y la acomodó en sus hombros delgados.
El olor a Álvaro la llenó de esa sensación de culpabilidad que últimamente la acompañaba y que revolvía sus pensamientos, tornando dudosos sus sentimientos. ¿Qué pensarían si lo supieran? Se sentía vacía... Volvió a perderse en el mar, que estaba demasiado tranquilo, como a la espera de que algo ocurriese.
"Es la calma que precede a la tormenta."

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ambrosía musical

Bajó al máximo la persiana, cerró la puerta de su habitación y apagó la luz. A tientas volvió a la cama, se colocó los enormes cascos y pulsó el play. El flujo lento de una canción fue apoderándose de la habitación oscura, colándose por cada rincón y envolviendo a José. El fantasma rosa lo arropó, acariciándolo con suaves palabras de una guitarra eléctrica. José cerró los ojos y se dejó llevar. La canción iba tomando forma y, simultáneamente, sus rizos oscuros palpitaron al ritmo marcado por la batería. Cuando la voz hipnótica inició su hechizo, él se encontraba muy lejos de allí.

Remember when you were young…

Apareció en una selva salvaje, rodeado de árboles serpenteantes y flores exóticas de tamaño desorbitado. Miles de diamantes brillaban, destacando entre el verde fantasmagórico de la flora sobrenatural. Guiado por la locura de aquellas joyas se puso en marcha, adentrándose en la selva de luz y sonido. Escondidas entre los troncos llenos de musgo se encontraban unas jóvenes desnudas, las hermosas ninfas. De sus cabellos pendían pétalos incandescentes que, inexplicablemente, no prendían en las hojas, ni en el suelo cubierto de hierba, sólo en su corazón acelerado por la droga intangible que gemía en sus venas. Las ninfas tenían las uñas decoradas con pequeños trozos de aquellos diamantes que poblaban toda la selva, y su piel olivácea creaba un bello matiz con sus ojos violetas. José no dudó ni un instante, y se acercó a ellas. Las abrazó, lloró en sus cabellos de pétalo, bebió la ambrosía de sus pechos y se dejó arrullar por sus palabras venenosas.
De repente todo cambió. La selva luminosa se transformó en un sombrío bosque, y las ninfas huyeron, dejando a José tirado en la hierba, con los labios dulces y el corazón dolorido.
Sin necesidad de abrir los ojos se dejó conducir por un instinto nuevo y palpitante, que lo condujo al centro de un claro. La música a su alrededor había cambiado: ya no era lenta, sugerente; sino rápida y amenazante.

Threatened by shadows at night, and exposed in the light.

Al abrir los ojos descubrió el cadáver de un gran lobo gris y, sin saber por qué, le abrió la boca. Las poderosas fauces no opusieron resistencia a sus manos de guitarrista, y se abrieron para mostrarle un pequeño frasco de cristal que dormía sobre la lengua del lobo, esperando. Lo tomó y observó su contenido trasparente, sin dar crédito a sus ojos. Eran lágrimas de lobo, el elixir de la inmortalidad. Cuando se disponía a destapar el frasco, el animal comenzó a desaparecer muy poco a poco, así como los árboles milenarios y el brillante rastro de diamantes que las ninfas habían dejado en su huida. Todo desapareció, incluso el frasco.

You reached for the secret too soon, and you cried for the moon.

José despertó en su habitación, a oscuras, con el corazón en la boca y un miedo que guardaba silencio en su retina. La música se había detenido.

domingo, 31 de julio de 2011

Wind of Change


Mientras el avión surcaba la oscuridad, Ellen miró hacia abajo como hiciera un año antes, sintiéndose atraída por los tatuajes de luz que surcaban la tierra oscura de un país desconocido. Pensó en lo que le esperaba al llegar a casa, en el abrazo de su madre, la media sonrisa de su padre y en los bracitos pequeños de Carlota. Reflexionó también sobre el cada vez más cercano otoño, cuando las hojas marrones serían sus amigas y le harían llegar sus mensajes a Ian. Él se encontraría en una ciudad llena de calles donde perderse, donde guardar secretos. Ella tendría que vivir un año sin él, viéndolo de vez en cuando y echándolo de menos más que nunca, pues necesitaría sus abrazos para afrontar aquel año difícil.
Dejó que su soledad se esparciese lentamente sobre la niebla gris que en ese momento le impedían ver las ciudades lejanas. El pájaro férreo atravesó aquellas nubes que contenían el alma de tantas personas y Ellen pudo perderse otra vez en los tatuajes de luz. Parecía que el piloto lo había detenido todo a su alrededor para contemplar el mundo a sus pies.
Estando a miles de kilómetros del suelo firme no le resultó difícil evocar el pasado, y se perdió en los recuerdos. A los pocos minutos se dejó caer por el túnel que éstos formaban y sin querer se desvió, cayendo con suavidad en el mundo de los sueños.
Despertó en un campo de margaritas naranjas, que susurraban poesías inacabadas que nunca se escribieron. Caminó despacio, sintiendo el placentero roce de los pétalos en sus manos pequeñas. El cielo azul brillaba con fuerza pero, por mucho que buscó, no encontró ningún sol o estrella que produjera aquella luz. El viento del cambio mecía las flores y le revolvía el pelo, intentando atraer su atención.
De repente vio una persona diminuta sentada en una de las flores. Se acercó con curiosidad y se tropezó, asustada, cuando descubrió que aquel ser tenía su rostro. Sorprendida, descubrió que había una Ellen diminuta en cada margarita, y que algunas habían caído al suelo. Las recogió con cuidado, sujetándolas como se sujeta una caricia, y reveló así el secreto de aquellas flores: en cada una había una Ellen, distinta a las demás pero al mismo tiempo semejante, pues cada una reflejaba un momento importante en su vida.
Constató que no sólo el pasado había quedado registrado. Encontró a la Ellen del presente, dormida sobre el estigma de la flor. Fue entonces cuando se le ocurrió una idea disparatada: buscar el futuro.
Animada por el viento cambiante se dejó guiar por un instinto nuevo y apremiante que la cegó por un momento y la llevó junto a la flor que buscaba. No miró ninguna más, sólo aquella. Se descubrió a sí misma serena, madura. La soledad parcial que sin duda sufría la había curtido, le había enseñado a no depender de personas que no se preocupaban por ella, personas que la miraban con asco. Viéndose así, fuerte y segura, no tuvo ninguna duda: podría conseguir todo aquello que se propusiese.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Keith.



Las sábanas de seda me pedían a gritos que me quedara, que permaneciera en aquel sueño aparentemente bello, que no era más que una mentira.
Cubriéndome sólo con una bata final y azul, bordada con el nombre del hotel, me acerqué al pequeño balcón de mármol, como todas las noches en las que fingía ser otra persona. Ladeé la cabeza y la apoyé en la pared, fría como mis sentimientos hacia Keith.
La enorme ciudad intentaba conciliar el sueño más abajo, pero el continuo tráfico y las luces de oro se lo impedían. Miré a mi alrededor, abarcando todo lo que tenía, todo lo que cualquier mujer necesitaría para ser feliz. Sin embargo, la felicidad era una leyenda urbana en la que yo había dejado de creer para siempre.
Me giré y observé al hombre que dormía en la cama de sábanas blancas. Sus brazos fuertes abrazaban la almohada, y sus largas pestañas parecían cubrir la salida de sus sueños, impidiendo su huida al exterior. Yo sabía que sus ojos oscuros me observaban, y que él sólo fingía dormir. Conocía mi costumbre de mirar al horizonte durante cincuenta y tres minutos, cada noche de amor que compartíamos. Cuando llegaba el momento de dormir dulcemente en sus brazos, como la supuesta mujer enamorada que era, nuestro ritual era otro; no había caricias en la espalda ni un “Buenas noches” rebosante de amor. Él bostezaba y se apartaba de mí, dejándome el espacio que mis ojos le pedían en silencio, el que necesitaba para recapacitar. Cuando Keith fingía dormir, cerrando los ojos y respirando suavemente, yo me incorporaba y me acercaba a la ventana. Él no podía dejar de preguntarse qué era lo que hacía mal, y mientras desayunábamos, cada mañana en una ciudad diferente, ahogaba su mirada cansada en su café solo con una cucharada y media de azúcar, que yo preparaba antes de que se levantara. Pero no se atrevía a preguntarme sobre mi extraño comportamiento.
Desde que me descubrió sentada en el alféizar de la ventana de su piso en Nueva York, desnuda y llorando en silencio, él también había enmudecido. Solía preguntarme si le quería, a lo que yo respondía con un sí mal disfrazado.
Aun así, él me quería, y seguía a mi lado, creyendo que, si seguíamos adelante, aparentando que todo iba bien, yo cambiaría y llegaría a quererlo de verdad.
Aquella noche fue diferente. Keith se levantó silenciosamente y fijó sus ojos en mi espalda torcida, intentando traspasar mi carne y mis huesos, intentando llegar a mi corazón, que después de casi dos años seguía acordonado.
Yo tenía los ojos abiertos, pero no veía nada; toda mi energía se empleaba en recordar con intensidad el pasado que yo olvidaba durante el día. Poco a poco el recuerdo de Jesús dolía menos, no porque hubiera perdido intensidad, sino porque, después de mucho tiempo, había perdido la sensibilidad, y mis labios no sabían besar con cariño nada más que al viento, muy de vez en cuando.
Keith no entendía por qué me palpaba con insistencia mis propios brazos, y yo no sabía explicarle que intentaba sentir algo, un roce, un cosquilleo, una señal que indicara que no había perdido el sentido del tacto.
Faltaban tres minutos para que yo volviera a mi cama tras haber desahogado mi alma y mi mente durante los cincuenta restantes. No lloraba, ni susurraba palabras incomprensibles: no había nudos en mi garganta. Simplemente me permitía pensar en él durante menos de una hora, cincuenta y tres minutos, el tiempo que había tardado en comprender que Jesús no se iría de mí nunca.
Faltaban tres minutos para olvidar de nuevo otra vez y volver a la cama con Keith, dispuesta a fingir un día más, puesto que era el único camino que podía seguir para no morir del todo; cuando se acercó y me abrazó, pasando sus brazos por mis hombros.
No necesité girarme para saber que estaba llorando; sus lágrimas recorrían mi cuello y mojaban mi pelo enredado. Su aliento olía a los escasos besos que lograba robarme, un olor que encogía mi estómago y me hacía sentir culpable.
Desde el momento en que me miró, dejó ver sus sentimientos como un estanque claro y límpido y, fueron muchas las veces que me negué a quedar con él, las veces que huí de una ciudad para no verle y las que nos encontramos en mis misteriosos destinos, escogidos al azar. Finalmente, lo consiguió. ¿Qué más daba un corazón roto más? Él no se daba por vencido, y su mente se obcecaba en ser optimista, cosa que envenenaba mi sentimiento de culpabilidad, pero yo estaba segura de una cosa: me iría en cuanto me lo pidiera.
Yo no era suya, y Keith lo sabía. Yo era una mota más de polvo, un grano de arena en una playa de sueños sin cumplir, una ola en su incesante ir y venir, que no se pregunta por el mañana. No tenía metas.
Keith desistió y volvió a la cama, desde la que me observó como a un precioso sueño del que acabas de despertar: lejana, irreal, dolorosa.
Mentiría si dijera que no sentía nada por él. Sin embargo, no era amor, sino gratitud y seguridad, pues era él quien me había salvado, quien había abrazado a la rosa llena de espinas en la que me había convertido, a sabiendas de que esas espinas seguían creciendo cada día, incrustándose en su piel morena.