El caballero desenfundó su espada, la dejó en el suelo y miró fijamente a los ojos del espejo. Eran grandes y azules, exactamente como los suyos.
Como siempre, el espejo le preguntó, intentando, con esfuerzo, descubrir los secretos que él protegía con su armadura reluciente.
El caballero respondía con monosílabos que reverberaban un momento en el interior del yelmo, multiplicando así la impotencia de la mujer del espejo, que no conseguía ni siquiera entrever las preguntas sin respuestas que el caballero escondía.
Cuando ella se rendía y, cansada, aplazaba la conversación, él recogía su espada y se marchaba con pasos decididos a la torre verde y blanca que había hecho suya.
A pesar de que no pensaba sincerarse con el espejo, siempre volvía porque, aunque se negara a reconocerlo, lo necesitaba. Necesitaba oír las palabras que salían del cristal y sentirse querido, necesitaba asegurarse de que su escudo seguía siendo infalible contra el inútil esfuerzo de ella por abrir su corazón.
Siempre volvía.
Lejos del caballero, Cristina leía, confusa. Cuando iba a terminar la primera página del libro, olvidaba todo lo anterior y tenía que volver a empezar. Cuando se cansó de aquel juego extraño se cansó también de luchar con sus párpados, que pesaban demasiado y se le caían sobre la vista.
Cristina soñó con el caballero, otra vez.
Él limpiaba con cariño su afilada hoja, la única compañera en una soledad permanente. Se quitó el yelmo y colocó la espada a la altura de sus ojos, que se reflejaron en el metal. Sí, eran los mismos ojos que los del espejo.
-¿Puedo entrar?
El caballero giró un poco la espada y descubrió el reflejo de Cristina, que permanecía en la puerta, retorciéndose las manos a causa de los nervios. Asintió, sin una palabra, y siguió limpiando la hoja, tras dirigir una mirada rápida al yelmo que yacía junto a él.
Cristina no podía creer lo que estaba viendo. Hacía semanas que él no se quitaba el pesado casco en presencia de nadie. “Es un gran paso” pensó.
Ella despertó unos segundos después, acurrucada en su cama. “¡Mierda, con lo cerca que estaba!” gimió, y apretó los párpados con fuerza, queriendo volver al sueño.
Cuando Cristina volvió a la torre, el caballero había vuelto a ocultar su rostro, y ahora observaba las montañas desde la enorme ventana, que no tenía cristales.
Sabiendo que él ya la había detectado, se acercó despacito y se colocó a su izquierda.
-El paisaje es precioso, ¿verdad?
Él no respondió, y ella aguantó las lágrimas. Se volvió hacia el caballero y, aunque no podía verle la cara, lo encontró mucho más distante que nunca. Lejos, muy lejos.
Cuando Cristina mordió las reglas y se lanzó contra la armadura para despojar al cuerpo que tanto quería de la pesada carga, el caballero cayó al suelo, y el estruendo bailó escaleras abajo con el eco siniestro que habitaba en el rincón.
La armadura estaba vacía.
Los ojos del espejo se abrieron de golpe. No necesitó preguntar su nombre a la joven que lo miraba con aprensión.
Cristina respiró hondo y esperó a que la preguntara llegara, porque sabía que llegaría.
Y así fue; pero ella no respondió con evasivas como hacía el caballero. Ella empezó por donde se ha de empezar, por el principio, y poco a poco fue abriéndole su corazón a los ojos azules del espejo, que no se apartaban de ella.
Se lo dijo todo, aún cuando creía que no podía más, siguió hablando, hasta que compartió todo lo que tenía que compartir y la sonrisa pudo volver a su rostro.
El espejo respondió, para su sorpresa, con una voz dulce que la consoló y borró de un plumazo sus miedos y pesadillas. Y el espejo siempre dice la verdad.
Cristina supo entonces que en el interior de la armadura seguía el mismo que ella había conocido y que, llegado el momento, cuando él estuviera preparado para desnudar su alma, ella estaría allí para encontrar en sus ojos azules a aquel que nunca se marchó.
"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Armadura.
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sábado, 10 de marzo de 2012
Faust.

"Os aproximáis de nuevo, formas temblorosas que os mostrasteis hace ya mucho tiempo a mi turbada vista. Mas, ¿intento apresaros ahora?, ¿se siente mi corazón aún capaz de semejante locura? Os agolpáis,luego podéis reinar al igual que, saliendo del vaho y la niebla, os vais elevando a mi alrededor. Mi pecho se estremece juvenilmente al hálito mágico de vuestra procesión.
Me traéis imágenes de días felices, y algunas sombras queridas se alzan. Como a una vieja leyenda casi olvidada, os acompañan el primer amor y la amistad; el dolor se renueva; la queja vuelve a emprender el errático y laberíntico camino de la vida y pronuncia el nombre de aquellas nobles personas que, engañadas por la esperanza de días de felicidad, han desaparecido antes que yo.
Las almas a las que canté por primera vez ya no escucharán estos cantos. Se disolvió aquel amigable grupo y se extinguió el eco primero. Mi canción se entona para una multitud de extraños cuyo aplauso me provoca temor, y todo aquello que se regocijaba con mi canto, si aún vive, vaga disperso por elmundo.
Me sumo en una nostalgia, que no sentía hace mucho tiempo, de aquel reino de espíritus, sereno y grave. Mi canto susurrante flota como arpa de Eolo; un escalofrío se apodera de mí. Las lágrimas van cayendo una tras otra. El recio corazón se enternece y ablanda. Lo que poseo lo veo en la lejanía y lo quedesapareció se convierte para mí en realidad."
Goethe. Dedicatoria inicial de "Fausto".
sábado, 25 de febrero de 2012
Guille.
Ni siquiera sé cómo salió el tema. Guille me apartó de los demás y comenzó a hablarme de sus inquietudes. Era increíble lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo. Yo había sido de los últimos en llegar al grupo y, sin embargo, él me había escogido como confidente. Sí, Guille, el chico más tímido y reservado que existe en todo el mundo.
Entre consejo y consejo, dejé caer una queja que pretendía ser inocente, y Guille, como era de esperar, captó el mensaje al vuelo. Me pasaba algo, él lo sabía, y no sólo eso: necesitaba contárselo.
Es extraño lo mucho que pude confesarle aquella noche. Normalmente me cuesta horrores abrir mi corazón incluso con las personas más cercanas a mí, esas que no necesitan palabras para saber lo que pienso.
Cuando empecé a hablar, simplemente no pude dejar de hacerlo.
Se lo conté todo, desde el principio, con la voz tranquila y gesticulando a mi manera. Guille escuchaba en silencio, absorbiendo cada palabra que yo pronunciaba, procesando la información como un ordenador. De vez en cuando me interrumpía para dar su opinión, pero yo hablé casi todo el tiempo.
Supongo que fue por eso por lo que le confesé cosas que no había confesado a nadie, por su facilidad para escuchar y entender a la gente.
Le dije que yo era una mimada, que lo tenía todo, que era frágil y que necesitaba madurar para poder seguir adelante.
Le conté mis dudas, mis miedos, le hablé sobre mis celos. Y él lo comprendió todo.
Le confesé mis errores, reafirmando mi culpa, sin ocultar nada, porque no tenía por qué mostrarme orgullosa en su presencia, porque ya no merecía la pena hacerlo delante de nadie. Me sinceré conmigo misma en voz alta, y aunque lo había hecho antes mentalmente, me quité un peso de encima al hacerlo a su lado.
Lo más extraño de todo fue mi forma de hablar. Estaba desmigando mi corazón pero mi voz no temblaba, ni tampoco mis piernas. Estoy segura de que aquello se debió a todo lo que había aprendido en una sola semana.
¿He dicho que no me tembló la voz? Miento. Lo hizo en un momento, de forma casi imperceptible, pero Guille lo notó. Y me “abrazó”. Lo escribo entre comillas porque para cualquiera eso no fue un abrazo, pero para Guille sí, y aquello era insólito, por lo que me sentí muy afortunada.
Hablamos durante todo el camino a casa, provocando comentarios maliciosos entre el resto de amigos, y me dio fuerzas, aunque yo ya las tenía. Me ayudó muchísimo hablar con él, de aquella forma tan súbita e inesperada, sobre algo que no pensaba tratar con nadie.
Se mostró maduro e inteligente, cosa que no me sorprendió, aunque sí lo hizo el hecho de que sabía más del amor de lo que cualquiera creía.
Gracias, Guille, por querer conocerme mejor y por ayudarme a hacerlo a mí también.
Entre consejo y consejo, dejé caer una queja que pretendía ser inocente, y Guille, como era de esperar, captó el mensaje al vuelo. Me pasaba algo, él lo sabía, y no sólo eso: necesitaba contárselo.
Es extraño lo mucho que pude confesarle aquella noche. Normalmente me cuesta horrores abrir mi corazón incluso con las personas más cercanas a mí, esas que no necesitan palabras para saber lo que pienso.
Cuando empecé a hablar, simplemente no pude dejar de hacerlo.
Se lo conté todo, desde el principio, con la voz tranquila y gesticulando a mi manera. Guille escuchaba en silencio, absorbiendo cada palabra que yo pronunciaba, procesando la información como un ordenador. De vez en cuando me interrumpía para dar su opinión, pero yo hablé casi todo el tiempo.
Supongo que fue por eso por lo que le confesé cosas que no había confesado a nadie, por su facilidad para escuchar y entender a la gente.
Le dije que yo era una mimada, que lo tenía todo, que era frágil y que necesitaba madurar para poder seguir adelante.
Le conté mis dudas, mis miedos, le hablé sobre mis celos. Y él lo comprendió todo.
Le confesé mis errores, reafirmando mi culpa, sin ocultar nada, porque no tenía por qué mostrarme orgullosa en su presencia, porque ya no merecía la pena hacerlo delante de nadie. Me sinceré conmigo misma en voz alta, y aunque lo había hecho antes mentalmente, me quité un peso de encima al hacerlo a su lado.
Lo más extraño de todo fue mi forma de hablar. Estaba desmigando mi corazón pero mi voz no temblaba, ni tampoco mis piernas. Estoy segura de que aquello se debió a todo lo que había aprendido en una sola semana.
¿He dicho que no me tembló la voz? Miento. Lo hizo en un momento, de forma casi imperceptible, pero Guille lo notó. Y me “abrazó”. Lo escribo entre comillas porque para cualquiera eso no fue un abrazo, pero para Guille sí, y aquello era insólito, por lo que me sentí muy afortunada.
Hablamos durante todo el camino a casa, provocando comentarios maliciosos entre el resto de amigos, y me dio fuerzas, aunque yo ya las tenía. Me ayudó muchísimo hablar con él, de aquella forma tan súbita e inesperada, sobre algo que no pensaba tratar con nadie.
Se mostró maduro e inteligente, cosa que no me sorprendió, aunque sí lo hizo el hecho de que sabía más del amor de lo que cualquiera creía.
Gracias, Guille, por querer conocerme mejor y por ayudarme a hacerlo a mí también.
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miércoles, 22 de febrero de 2012
Despierta.
Siempre hay solución para todo. A veces, la solución es cerrar los ojos, poner los brazos en cruz y dejarse mecer por el agua fría.
Ellen se sorprendió al descubrir que la solución residía en el problema. La solución no era otra que crecer, por dentro y por fuera, para superar cualquier situación.
A primera vista parece fácil, pero es de ese tipo de cosas que no vemos a menos que no tengamos otra opción. Ésa era la solución: quedar arrinconada y encontrar las fuerzas para salir de allí, de aquel laberinto que tenía más salidas de las que cabría imaginar.
Cuando desvelamos nuestra fortaleza y nos sorprendemos de su magnitud, nuestra fuerza se multiplica. Es en las peores situaciones cuando más aprendemos... si despertamos a tiempo.
Por eso, cuando Ellen pensó que Ian echaba abajo su mundo, no vio que en realidad lo que hacía, de forma voluntaria, era ayudarla. Ayudarla a conocerse, a sufrir, a aprender a ser más fuerte.
Cada mariposa que batía las alas frenéticamente en su estómago daba una puntada en la herida, hasta dejarla completamente suturada.
Ellen comprendió que debía abrir los ojos al mundo tal y como era: imperfecto. Debía aprender a valerse por sí misma.
Descubrió que si reprimía las lágrimas, sus ojos siempre estarían mojados, y lo hizo en el momento en que se rindió al llanto. La primera vez lloró hasta quedar sin lágrimas, la segunda, agotó sólo la mitad de sus reservas saladas. Fue a la tercera vez, cuando relajó la cara y el corazón, cuando la sorpresa la sacudió con fuerza: una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Sólo una. Y a partir de entonces, no volvió a llorar, precisamente porque sabía que podía hacerlo cuando quisiera.
Ellen dejó de darle cien vueltas a las cosas, olvidó el futuro y se centró en el presente, que volaba con rapidez hacia el pasado. Se dejó llevar e ignoró todo aquello que no dependía de ella, pues era ridículo preocuparse por lo inevitable.
Encontró placeres pequeños, que la anestesiaban lo suficiente como para amenizar cada momento, pero sin llegar a adormecerla.
Comenzó a imaginar lo inimaginable, concibiendo ideas inconcebibles hasta entonces. Superó sus miedos paso a paso.
¿Que le daba miedo ser dependiente de Ian? Pues ella encontraba cosas que hacer para aprender a vivir sin él, sin dejar de quererlo.
¿Tenía miedo a la sangre y se mareaba con sólo oír “quirófano”? Pues comenzó a ver una serie de médicos, siendo capaz de mirar incluso en los momentos en los que operaban a un paciente, y se enganchó a la historia de amor entre la cirujana y su jefe.
¿La aterraba la idea de vivir sola? Meses antes se agobiaba con sólo imaginárselo. Pero todo cambió, y era capaz de verse viviendo sola, en cualquier parte, porque estaba segura de que podría hacerlo, y no sólo eso; se sentiría tan bien como en aquel momento, derribando muros de hormigón, superando las fronteras que ella misma se había impuesto.
Haría eso y mucho más, porque sabía que, aunque al principio le costaría demasiado, la recompensa merecería la pena.
Consiguiera o no su objetivo, el dolor la había curtido. Ni siquiera el dolor había sido para tanto. Se sentía fuerte, diferente, y feliz.
Por eso, aunque todo acabara mal, Ellen habría aprendido mucho más que si su mundo permaneciera intacto e idílico.
Comprendió que ese mundo había caído, pero los cimientos permanecían firmes, y contaba con fuerza suficiente como para construir otro, más resistente y feliz.
Ellen se sorprendió al descubrir que la solución residía en el problema. La solución no era otra que crecer, por dentro y por fuera, para superar cualquier situación.
A primera vista parece fácil, pero es de ese tipo de cosas que no vemos a menos que no tengamos otra opción. Ésa era la solución: quedar arrinconada y encontrar las fuerzas para salir de allí, de aquel laberinto que tenía más salidas de las que cabría imaginar.
Cuando desvelamos nuestra fortaleza y nos sorprendemos de su magnitud, nuestra fuerza se multiplica. Es en las peores situaciones cuando más aprendemos... si despertamos a tiempo.
Por eso, cuando Ellen pensó que Ian echaba abajo su mundo, no vio que en realidad lo que hacía, de forma voluntaria, era ayudarla. Ayudarla a conocerse, a sufrir, a aprender a ser más fuerte.
Cada mariposa que batía las alas frenéticamente en su estómago daba una puntada en la herida, hasta dejarla completamente suturada.
Ellen comprendió que debía abrir los ojos al mundo tal y como era: imperfecto. Debía aprender a valerse por sí misma.
Descubrió que si reprimía las lágrimas, sus ojos siempre estarían mojados, y lo hizo en el momento en que se rindió al llanto. La primera vez lloró hasta quedar sin lágrimas, la segunda, agotó sólo la mitad de sus reservas saladas. Fue a la tercera vez, cuando relajó la cara y el corazón, cuando la sorpresa la sacudió con fuerza: una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Sólo una. Y a partir de entonces, no volvió a llorar, precisamente porque sabía que podía hacerlo cuando quisiera.
Ellen dejó de darle cien vueltas a las cosas, olvidó el futuro y se centró en el presente, que volaba con rapidez hacia el pasado. Se dejó llevar e ignoró todo aquello que no dependía de ella, pues era ridículo preocuparse por lo inevitable.
Encontró placeres pequeños, que la anestesiaban lo suficiente como para amenizar cada momento, pero sin llegar a adormecerla.
Comenzó a imaginar lo inimaginable, concibiendo ideas inconcebibles hasta entonces. Superó sus miedos paso a paso.
¿Que le daba miedo ser dependiente de Ian? Pues ella encontraba cosas que hacer para aprender a vivir sin él, sin dejar de quererlo.
¿Tenía miedo a la sangre y se mareaba con sólo oír “quirófano”? Pues comenzó a ver una serie de médicos, siendo capaz de mirar incluso en los momentos en los que operaban a un paciente, y se enganchó a la historia de amor entre la cirujana y su jefe.
¿La aterraba la idea de vivir sola? Meses antes se agobiaba con sólo imaginárselo. Pero todo cambió, y era capaz de verse viviendo sola, en cualquier parte, porque estaba segura de que podría hacerlo, y no sólo eso; se sentiría tan bien como en aquel momento, derribando muros de hormigón, superando las fronteras que ella misma se había impuesto.
Haría eso y mucho más, porque sabía que, aunque al principio le costaría demasiado, la recompensa merecería la pena.
Consiguiera o no su objetivo, el dolor la había curtido. Ni siquiera el dolor había sido para tanto. Se sentía fuerte, diferente, y feliz.
Por eso, aunque todo acabara mal, Ellen habría aprendido mucho más que si su mundo permaneciera intacto e idílico.
Comprendió que ese mundo había caído, pero los cimientos permanecían firmes, y contaba con fuerza suficiente como para construir otro, más resistente y feliz.
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lunes, 12 de diciembre de 2011
Muerte.
Muerte. Hablamos de la muerte todos los días, a veces nos cruzamos con ella por la calle, pero aún no hemos aprendido a distinguirla a primera vista, y pasamos de largo, ignorando la mirada de ceniza que nos haría tener pesadillas durante el resto de nuestros días.
He sentido el frío que la muerte deja al pasar, ésa es la única experiencia que he tenido en lo referente a ella. Supongo que, cuando llegue el momento de sentirla en mi piel, será demasiado tarde para dejar por escrito las sensaciones que pudieran acariciarme en el último momento.
Por eso, sé muy poco. Sé que el recuerdo de una muerte te pesa en la cabeza, te tensa todos los músculos, te seca la boca y te encoge la garganta. Dolor de cabeza, mareos... Y eso sólo de forma indirecta, a través de una huella gris.
Cuando alguien muere parece increíble al principio. Es cómo si fuera un dibujo animado que deja de ser rentable a su dibujante. Desaparece. Y casi podría pensarse que nunca existió; casi.
Aunque las sombras del recuerdo son fácilmente ignorables, están ahí para quien las busca. Leves, fugaces.
Te sientes como en una película, como en un drama. Te detienes en detalles que hasta entonces considerabas insignificantes. Empatizas con los que pasan lo mismo que tú.
Lloras hasta que te arde la cabeza porque tu cuerpo te lo pide, murmuras "¿cómo?" cuando lo que realmente quieres saber es por qué.
No dices adiós, al menos, no con el corazón, porque nadie se va del todo, no mientras se le recuerda.
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martes, 22 de noviembre de 2011
Punto y final :)
Recorrí los rígidos lomos de los libros más recientes con las yemas de mis dedos.
En la biblioteca de mi memoria hay estanterías de madera que recogen todos mis recuerdos. Algunos de los libros están escritos a mano, otros, a ordenador. Los hay ligeros, pequeños, que se corresponden a momentos de menor importancia; y gruesos, enormes, de páginas pesadas: los más importantes de mi colección.
Mi biblioteca es mi lugar secreto, mi refugio, donde me oculto cuando quiero estar sola. Muchos creen que estar sola significa no tener gente alrededor, pero para mí, la soledad implica mucho más que eso. Una puede estar rodeada de gente y sentirse sola.
Me acerqué a los libros más nuevos, a los recientes. Suelo dedicar un libro a cada persona que influye en mí, y la penúltima estantería estaba, como el resto, llena de pequeños libros personales, de colores más vivos conforme se acercaban a la estantería del presente. Durante los últimos meses me obsesioné con la penúltima estantería. Busqué en sus libros quién dijo esto y quién hizo lo otro, intentando encajar las piezas del rompecabezas que amenazaban con romperme a mí también. Quería asegurarme de que todo había sucedido como recordaba, de que yo no había hecho nada de lo que se me acusaba. Y así fue. Ni rastro de pruebas que verificaran aquellas inculpaciones. Sólo palabras transfiguradas que reptaban entre los libros y que se escondían en bajo la alfombra cuando me acercaba lo suficiente. Palabras manipuladas.
Tras repasar los libros que describían mis relaciones con esas personas que vivían en lo que acabé comparando con una enorme burbuja, había un libro entero en el que sólo escribí “¿Por qué?”. Páginas y páginas rellenas con aquella pregunta corta, directa, ¿retórica?. Me devané los sesos intentando conocer el por qué, pero escapaba a mi razón, era realmente inexplicable.
En una ocasión leí que sólo aceptamos una verdad si antes la hemos negado con firmeza. Y, de repente, sin pretenderlo, lo entendí: no había nada que buscar. Por mucho que lo hiciera no podría encontrar aquella respuesta, pues las versiones de cada persona implicada eran diferentes. No tenía sentido. Así que decidí abandonar para siempre la estantería, sólo después de colocar un punto y aparte tras el rencor y la impotencia. Sólo entonces, cuando pude oír sus nombres, ver sus caras y referirme a ellos sin que la pregunta que me había obsesionado me llenara de sal los ojos, ordené que construyeran una estantería nueva. Sólo cuando conocí la verdadera indiferencia. Cambié de capítulo, de libro, de todo. Empecé desde el principio, y abandoné la estantería. Hasta ahora.
Hoy, sin saber porqué, el libro que se refiere a Vic ha aparecido sobre la alfombra, justo encima del escondite de las serpientes. Me gusta que mis recuerdos estén ordenados y me he agachado a recogerlo, sin el mínimo temor, pues no puede hacerte daño algo que no sientes. Desconozco también la razón que me ha llevado a abrirlo. Es un libro violeta, de tamaño considerable, aunque sus páginas disminuyen de espesor conforme transcurren los diferentes episodios. El libro, como obedeciendo a una orden silenciosa, sin duda de mi subconsciente, que ejerce cierto poder entre mis recuerdos; se ha abierto por la última página, donde me mostraba una fotografía suya. Era una fotografía tomada hoy. Me he concentrado tanto en su rostro que el resto de cosas se han difuminado hasta el punto de marearme un poco. Y, de entre todas las cosas que pensaba, una idea primaba sobre el resto: no la reconozco. Nunca había visto sus ojos tan pequeños, ni su nariz tan exageradamente grande. No conocía a la chica de la foto, aunque se pareciera a alguien que fue mi mejor amiga. La foto ha comenzado a moverse, y he podido ver los gestos y movimientos que en un principio me parecieron entrañables, que más tarde me irritaron y que hoy me parecen simplemente, parte del decorado.
He cerrado el libro y le he dedicado un momento de reflexión, sin importarme las posibles criticas que pudiera tener referirme a ella, que seguramente leerá estas palabras. A diferencia de mí, que hace tiempo abandoné los libros que las trataban a ellas, pues no me aportaban nada y, como he dicho, no me ayudaban a encontrar ninguna respuesta. Leer sus palabras sólo me confundían.
Le dediqué ese momento en forma de despedida definitiva, pues hoy soy capaz de asegurar que no volverá a aparecer aquí. Aunque los recuerdos son indestructibles, podemos olvidarnos de algunos para siempre, aunque nunca desaparezcan del todo.
Y eso hice. Dejé el libro en su lugar y me alejé de la estantería para contemplarla. No hizo falta cerrarla con llave, pues algo me decía que no iba a sentir ninguna tentación de volver a abrir ninguno de aquellos tomos.
Es irónico; durante mucho tiempo me obsesioné con el pasado hasta el punto de no disfrutar al máximo el presente y, de la noche a la mañana, comprendí por qué mi mente estaba intranquila. Sorprendentemente, me di cuenta de que había aprendido a vivir sin aquel pasado que llegué a considerar esencial. Y, al contrario de lo que muchos puedan llegar a pensar, me encanta la vida que llevo ahora. Tengo todo lo que necesito. He tardado en comprender algo que todos decimos, creyendo que realmente lo sabemos, pero que no sentimos hasta que realmente maduramos y empezamos a conocernos a nosotros mismos: la amistad no es tener a mucha gente a tu alrededor, gente que miente al decirnos que somos imprescindibles, sino que se consigue teniendo a muy pocas personas contigo, personas de verdad. Para mí, madurar implica conocerse a uno mismo, escuchar su corazón, su mente. Aprender a hacer lo que queremos realmente sin preocuparnos del qué dirán.
Desde la burbuja todo se ve de forma distinta. Recuerdo que, la primera vez que me atreví a sacar un brazo de aquella cápsula redonda sentí miedo. Era extraño sentir el aire fresco en la palma de la mano, en el antebrazo. Mucho más tarde, cuando la abandoné por completo, me sentí realmente feliz al comprobar que los valores de la gente del exterior coincidían con los míos, que no estaba equivocada. Me sentí bien.
Quiero dedicar este capítulo de mi vida a aquellos que siguen obcecados en mis errores, aquellos que no creen que haya nada más allá de la burbuja en la que viven. Sus voces, por muy altas e imponentes que quieran sonar, no llegan a mis oídos; su eco retumba en la burbuja que ellos mismos construyeron.
En la biblioteca de mi memoria hay estanterías de madera que recogen todos mis recuerdos. Algunos de los libros están escritos a mano, otros, a ordenador. Los hay ligeros, pequeños, que se corresponden a momentos de menor importancia; y gruesos, enormes, de páginas pesadas: los más importantes de mi colección.
Mi biblioteca es mi lugar secreto, mi refugio, donde me oculto cuando quiero estar sola. Muchos creen que estar sola significa no tener gente alrededor, pero para mí, la soledad implica mucho más que eso. Una puede estar rodeada de gente y sentirse sola.
Me acerqué a los libros más nuevos, a los recientes. Suelo dedicar un libro a cada persona que influye en mí, y la penúltima estantería estaba, como el resto, llena de pequeños libros personales, de colores más vivos conforme se acercaban a la estantería del presente. Durante los últimos meses me obsesioné con la penúltima estantería. Busqué en sus libros quién dijo esto y quién hizo lo otro, intentando encajar las piezas del rompecabezas que amenazaban con romperme a mí también. Quería asegurarme de que todo había sucedido como recordaba, de que yo no había hecho nada de lo que se me acusaba. Y así fue. Ni rastro de pruebas que verificaran aquellas inculpaciones. Sólo palabras transfiguradas que reptaban entre los libros y que se escondían en bajo la alfombra cuando me acercaba lo suficiente. Palabras manipuladas.
Tras repasar los libros que describían mis relaciones con esas personas que vivían en lo que acabé comparando con una enorme burbuja, había un libro entero en el que sólo escribí “¿Por qué?”. Páginas y páginas rellenas con aquella pregunta corta, directa, ¿retórica?. Me devané los sesos intentando conocer el por qué, pero escapaba a mi razón, era realmente inexplicable.
En una ocasión leí que sólo aceptamos una verdad si antes la hemos negado con firmeza. Y, de repente, sin pretenderlo, lo entendí: no había nada que buscar. Por mucho que lo hiciera no podría encontrar aquella respuesta, pues las versiones de cada persona implicada eran diferentes. No tenía sentido. Así que decidí abandonar para siempre la estantería, sólo después de colocar un punto y aparte tras el rencor y la impotencia. Sólo entonces, cuando pude oír sus nombres, ver sus caras y referirme a ellos sin que la pregunta que me había obsesionado me llenara de sal los ojos, ordené que construyeran una estantería nueva. Sólo cuando conocí la verdadera indiferencia. Cambié de capítulo, de libro, de todo. Empecé desde el principio, y abandoné la estantería. Hasta ahora.
Hoy, sin saber porqué, el libro que se refiere a Vic ha aparecido sobre la alfombra, justo encima del escondite de las serpientes. Me gusta que mis recuerdos estén ordenados y me he agachado a recogerlo, sin el mínimo temor, pues no puede hacerte daño algo que no sientes. Desconozco también la razón que me ha llevado a abrirlo. Es un libro violeta, de tamaño considerable, aunque sus páginas disminuyen de espesor conforme transcurren los diferentes episodios. El libro, como obedeciendo a una orden silenciosa, sin duda de mi subconsciente, que ejerce cierto poder entre mis recuerdos; se ha abierto por la última página, donde me mostraba una fotografía suya. Era una fotografía tomada hoy. Me he concentrado tanto en su rostro que el resto de cosas se han difuminado hasta el punto de marearme un poco. Y, de entre todas las cosas que pensaba, una idea primaba sobre el resto: no la reconozco. Nunca había visto sus ojos tan pequeños, ni su nariz tan exageradamente grande. No conocía a la chica de la foto, aunque se pareciera a alguien que fue mi mejor amiga. La foto ha comenzado a moverse, y he podido ver los gestos y movimientos que en un principio me parecieron entrañables, que más tarde me irritaron y que hoy me parecen simplemente, parte del decorado.
He cerrado el libro y le he dedicado un momento de reflexión, sin importarme las posibles criticas que pudiera tener referirme a ella, que seguramente leerá estas palabras. A diferencia de mí, que hace tiempo abandoné los libros que las trataban a ellas, pues no me aportaban nada y, como he dicho, no me ayudaban a encontrar ninguna respuesta. Leer sus palabras sólo me confundían.
Le dediqué ese momento en forma de despedida definitiva, pues hoy soy capaz de asegurar que no volverá a aparecer aquí. Aunque los recuerdos son indestructibles, podemos olvidarnos de algunos para siempre, aunque nunca desaparezcan del todo.
Y eso hice. Dejé el libro en su lugar y me alejé de la estantería para contemplarla. No hizo falta cerrarla con llave, pues algo me decía que no iba a sentir ninguna tentación de volver a abrir ninguno de aquellos tomos.
Es irónico; durante mucho tiempo me obsesioné con el pasado hasta el punto de no disfrutar al máximo el presente y, de la noche a la mañana, comprendí por qué mi mente estaba intranquila. Sorprendentemente, me di cuenta de que había aprendido a vivir sin aquel pasado que llegué a considerar esencial. Y, al contrario de lo que muchos puedan llegar a pensar, me encanta la vida que llevo ahora. Tengo todo lo que necesito. He tardado en comprender algo que todos decimos, creyendo que realmente lo sabemos, pero que no sentimos hasta que realmente maduramos y empezamos a conocernos a nosotros mismos: la amistad no es tener a mucha gente a tu alrededor, gente que miente al decirnos que somos imprescindibles, sino que se consigue teniendo a muy pocas personas contigo, personas de verdad. Para mí, madurar implica conocerse a uno mismo, escuchar su corazón, su mente. Aprender a hacer lo que queremos realmente sin preocuparnos del qué dirán.
Desde la burbuja todo se ve de forma distinta. Recuerdo que, la primera vez que me atreví a sacar un brazo de aquella cápsula redonda sentí miedo. Era extraño sentir el aire fresco en la palma de la mano, en el antebrazo. Mucho más tarde, cuando la abandoné por completo, me sentí realmente feliz al comprobar que los valores de la gente del exterior coincidían con los míos, que no estaba equivocada. Me sentí bien.
Quiero dedicar este capítulo de mi vida a aquellos que siguen obcecados en mis errores, aquellos que no creen que haya nada más allá de la burbuja en la que viven. Sus voces, por muy altas e imponentes que quieran sonar, no llegan a mis oídos; su eco retumba en la burbuja que ellos mismos construyeron.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Nubes.
"Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son —como
el mar— siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y
todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen
eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil,
tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros.
Cuando queremos tener aprisionado el tiempo —en un momento de ventura— vemos que
van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas
en todo momento, todas los días van caminando par el cielo. Hay nubes redondas,
henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los
cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso.
Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos
inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitas
iguales o innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas
marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando
cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que
presta su encanto a los paisajes otoñales."
Azorín, "Las Nubes."
el mar— siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y
todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen
eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil,
tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros.
Cuando queremos tener aprisionado el tiempo —en un momento de ventura— vemos que
van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas
en todo momento, todas los días van caminando par el cielo. Hay nubes redondas,
henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los
cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso.
Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos
inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitas
iguales o innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas
marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando
cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que
presta su encanto a los paisajes otoñales."
Azorín, "Las Nubes."
Me he visto obligada a utilizar las palabras de este autor debido a que me faltan las mías. Me ha llamado la atención la increíble descripción de las nubes, a las que tantas veces he envidiado. Espero que os guste.
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