"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo también te echo de menos, Liss

Ahora entiendo a Liss cuando intenta explicar lo difícil que es hablar la una de la otra. ¿Cómo describirla? Me he sentado frente a una hoja de papel en blanco con la mente a rebosar de ideas, y nada más empuñar el bolígrafo, han echado a volar. Empezaré por lo mucho que la echo de menos. Echo de menos sus ricitos castaños, su sonrisa, y su forma de caminar. La echo de menos porque me encanta estar con ella, es así de simple.
¿Que por qué me encanta estar ella? Porque nos parecemos demasiado. Es increíble lo mucho que tenemos en común. Y sin embargo, son nuestras diferencias las que más nos unen. Ella nunca deja de apoyarme y me ayuda en mi camino, haciéndome razonar cuando me dejo llevar por mi cabecita loca; y es esa locura mía la que le hace cosquillas, la que hace que se ría a carcajadas hasta olvidarse de todo lo malo. Yo he crecido entre gente sencilla, cercana y supersticiosa, y en ella quedan huellas de la gran ciudad. Pero eso no importa cuando estamos juntas. Soy muy afortunada de que una misma tierra nos una, una tierra de color verde, un verde que roza el surrealismo. Qué suerte que nos conociéramos. ¿Se habrá parado a pensar en eso? Nos unieron las malas compañías, la mala vida. Y aquí estamos, viendo cómo aquellas que jugaron un papel tan importante en nuestras vidas se corrompen a sí mismas. Pero nosotras somos más inteligentes que eso. Preferimos inventar historias, fotografiar el bosque o hablar durante horas. Su imaginación y la mía encajan, pues tienen un origen común. Son dos mitades de una misma cosa, las dos caras de una moneda.
Ella es esa persona que se fija en las cosas pequeñas y que parecen insignificantes a la vista de cualquiera. Es capaz de crear un arcoíris de palabras dulces, con pequeñas nubes de algodón como resultado de sus sentimientos, blancos y puros.
Puede hacer que el mundo parezca un lugar ideal, aunque ambas sabemos que no siempre es así. Ojalá no tenga que volver a verla llorar lágrimas amargas nunca más. No, prohibido, Liss. Sólo lágrimas dulces, como su pelo y sus mejillas morenas.
Ella es diferente a los demás, y lo sabe. A veces piensa que ser diferente es malo, pero es todo lo contrario. Liss es inteligente, original. Me gusta quedarme sin palabras cuando ella explica algo, porque siempre aprendo algo a su lado.
Quiero recorrer los kilómetros que nos separan, y mirarla a los ojos, asomarme a su alma. Quiero convencerme a mí misma de algo que yo sé, cogerla de la mano y mirar juntas al cielo, a las estrellas, buscando con paciencia el lugar al que pertenecimos hace tiempo. Porque sé que, al alzar la vista, las dos vemos lo mismo, y nos sentimos igual.
Recuerdo que alguien me dijo una vez: “te imagino en un acantilado del norte, rodeada de naturaleza, escribiendo en un cuaderno, mientras el viento intenta arrancarte las páginas de la mano y sacarte a bailar.” Yo también la veo así, como una musa del arte de escribir, y nos veo juntas dentro de mucho tiempo, mayores, más maduras, pero unidas por la misma amistad.
Tengo muchas ganas de volver a verla, de narrarle el poema épico en el que se ha convertido mi vida durante estos últimos meses. Tengo ganas de compartir tardes y tardes con ella, viajando a otros lugares y conociendo culturas diferentes a la nuestra, fascinantes.
Gracias por entenderme siempre, por apoyarme aunque a veces no tenga razón, por sonreír con cariño cuando hablo sin pensar, mostrándome en tus ojos castaños que siempre estarás ahí. Gracias por crear bellas palabras, por hacer que yo misma forme parte de ellas.
Lo he intentado, Liss, pero te prometo que algún día lo mejoraré.

martes, 23 de noviembre de 2010

Copenhague


Necesito un pequeño respiro. No puedo más… Sí, hemos vuelto a discutir, otra vez. Me he dado cuenta de que hablamos idiomas totalmente diferentes. Mikel no consigue entenderme, y aunque él diga que lo intenta, no termino de creérmelo. Pero eso no es todo: mi jefe está más insoportable que nunca, mis compañeros flaquean y el trabajo se acumula. Vuelvo de la oficina con la esperanza de descansar un poco y me encuentro con esto.
¿Será capaz algún día de abrir la mente, de no ser tan cuadriculado? Ahora está en el balcón, fumándose un cigarrillo, y eso que él no fuma. Dice que no lo estoy apoyando, que no lo ayudo a buscar trabajo, y eso que estoy haciendo todo lo que puedo. ¿Qué espera, siendo guionista? Últimamente ni siquiera se sienta a escribir. Es un vago y un egoísta. Ahora empiezo a preguntarme si hice bien al precipitarme tanto, al empezar a vivir juntos. La convivencia es difícil, muy difícil.

Releo aquella página del diario de Sarah que me llevó a tomar la decisión… decisión de la que no he tardado en arrepentirme. Si lo he hecho ha sido porque realmente la quiero, porque no quiero agobiarla y nuestra relación empeoraba por momentos. No ha sido sólo eso lo que me ha llevado a hacerlo. Esta mañana me levanté temprano y fui a correr al Retiro, como cada viernes. Antes de salir, miré a Sarah, que dormía a pierna suelta sobre la colcha de su color favorito. Apretaba el entrecejo, poniendo la misma cara que se dibujaba en ella cuando discutíamos y me miraba con los ojos cerrados, escéptica. Llevamos siete años de relación y la conozco a la perfección: sé que no le gustan mucho las tonterías, y que se toma las cosas importantes en serio. Es inteligente y alegre, pero tenaz cuando algo se introduce en su mente. Es casi imposible hacer que cambie de opinión. Pero no quiero ser la causa de que su sonrisa desaparezca. La llamé desde el parque, para ver si estaba despierta.
Cuando volví al piso que compartíamos había tomado una decisión. Abrí la puerta y la encontré escribiendo, mientras desayunaba una tostada. Ella no sabía que yo había encontrado su diario, y cerró el cuaderno con disimulo.
Me costó tanto decírselo… esta mañana su melena rubia resplandecía, y aunque su cara denotaba cansancio, estaba preciosa. Sonreía con impaciencia. Se lo dije. ¿Debí hacerlo? Sus ojos marrones se cerraron de golpe, protegiendo el interior del dolor que mi voz producía en su corazón de treinta años.
Me parece increíble que todo eso haya pasado sólo hace unas horas. Sus gritos resuenan en mis oídos. Cuando Sarah se enfada… da mucho miedo, al menos, para la mayoría de la gente. A mí me encanta su carácter fuerte, tan diferente del mío. He venido con intención de hablar con ella, pedirle perdón y hacerle ver que quizá me precipité. Son las siete de la tarde, así que no tardará en volver. Me siento en el sofá y repaso nuestra colección de películas. Tenemos tanto en común…
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el teléfono.

-¡Bea! ¡Bea, abre la puerta!
Miro impaciente el reloj, al mismo tiempo que Bea, la íntima amiga de Sarah, abre la puerta blanca de su pequeño piso.
-Mikel.
Parece cansada.
-¿Dónde está Sarah? Su jefe ha llamado enfadado, esta tarde no ha ido a trabajar. He pensado que estaría aquí, contigo.
Hay súplica en mis ojos y miedo en mis manos delgadas, que se retuercen.
-No está aquí. Se ha ido, Mikel. Su avión sale esta noche, creo que a las diez en punto. Estaba hecha polvo…
-¿Avión? ¿Adónde va?
-A Copenhague.
Salgo corriendo, sin dejar que termine de hablar, aunque alcanzo a oír algo más.
-No debiste precipitarte.

Vuelvo de nuevo a nuestro piso, y cojo mi cartera, con la esperanza de que haya suficiente dinero. Ni siquiera me he llevado mis cosas al piso de mi hermano Javi, donde viviré mientras dure esta pesadilla.
Cuando me detengo en la sala de estar para tomar aliento, descubro algo que había pasado por alto: el diario de Sarah, abierto por la última página escrita. La fecha garabateada indica que es de hoy.

Esta mañana me he despertado temprano. Mikel se ha ido a correr al parque, así que he llevado a cabo mi plan antes de que vuelva. He releído las páginas anteriores, y me he decepcionado al comprobar hasta qué punto puedo llegar a decir tonterías cuando me enfado. Quiero arreglar esto, y estoy segura de que podré hacerlo. He comprado por internet dos billetes de avión para este fin de semana: voy a llevar a Mikel al festival de cine de Copenhague. He conseguido un hotel que está bastante bien de precio. En cuanto vuelva, le daré la sorpresa… Un momento, me llaman al móvil.
Era Mikel, quería asegurarse de que estaba despierta: quiere hablar conmigo. Seguro que ha reflexionado sobre todo esto, como yo, y se ha dado cuenta de que es una tontería discutir tanto. Últimamente ha sacado mucho el tema de tomarnos “un tiempo”, pero me he negado rotundamente, ésa no es una opción. No necesito tiempo para nada, lo tengo todo claro. Quiero a Mikel, más que a nadie, así que vamos a arreglarlo. Oigo el tintineo de sus llaves. Acaba de llegar.

Miro el reloj: son las nueve y cuarto. Necesito llegar a tiempo al aeropuerto.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vientos del norte


Como cada noche, se despidió de su familia con un beso y subió a su habitación. Se puso el pijama, cerró la puerta y encendió la pequeña lámpara. Caminando con cuidado, pues el suelo de madera se quejaba por los años, cogió una vieja manta de cuadros y abrió la puerta que daba al pequeño balcón.
Sus abuelos ya estaban acostados, y su tía estaría leyendo. Pero si sus padres se enteraban de que estaba allí fuera, con el frío que hacía, se enfadarían y se lo prohibirían. Quizá era eso, el secretismo con el que llevaba a cabo aquel acto cada noche, lo que le gustaba tanto.
Se sentó en el suelo de baldosas pequeñas y desgastadas, y se envolvió en la manta. Le encantaba permanecer un rato allí antes de volver a la calidez de su cuarto para dormir.
Era invierno, y hacía mucho frío. Las ramas de los árboles desnudos se balanceaban y susurraban una nana a la niña, que cerraba los ojos y dejaba que el aire frío besara su cara, sonrojando sus mejillas. En el pueblo había muy pocas luces encendidas, y todo estaba en silencio, un silencio tranquilizador que sólo se veía interrumpido muy de vez en cuando, por el rugir del motor de un coche solitario o por el ladrido de un perro inquieto.
Si miraba tras ella, veía la luz anaranjada de su habitación, y el sueño la invitaba a tumbarse sobre el mullido colchón de su cama, pero la niña se quedaba fuera un rato más, para que el frío del norte curara e insensibilizara su pequeño corazón de aprendiz.
Cuando se sentía más optimista, se apoyaba en la barandilla y se imaginaba que un príncipe la esperaba abajo, entre los árboles que plantó su abuelo, montado en su caballo, negro como la noche. Cantaba melodías inventadas por ella, muchas veces sin sentido, pero aquellas canciones hacían más acogedora la oscuridad y mitigaban el dolor. Si se sentía inspirada por las musas del bosque, bailaba por el pequeño balcón, olvidándose por completo de sus pies descalzos.
Pero cuando las musas dormían, simplemente permanecía sentada, mirando fijamente la luna, suplicándole que bajara a por ella, que la llevara lejos, muy lejos, al frondoso y conflictivo mundo de los sueños. Pero la luna permanecía colgada del cielo, observándola en silencio, sin hacer realidad su deseo.
Aquella noche, la niña no sonreía, aunque había luna llena y se podían apreciar los enormes ojos y la sonrisa del astro de plata, la reina de la noche; cosa que le fascinaba.
Olía a viento, a viento frío, y a la música de su grupo favorito: gaita triste y voz ronca; pero aun así, seguía sin sonreír. Me acerqué un poco más y me fijé en sus iris grandes del color del chocolate.
Por primera vez no había lágrimas en los ojos, lágrimas de soñadora, sólo un vacío inquietante, preñado de oscuridad.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lo mejor para mí.


Mi hermana se asomaba con cautela a la taza de café que tenía entre las manos, pero su voz queda no era dulce, no sabía a capuccino, sino a incomprensión.
Yo notaba cómo las lágrimas que durante tanto tiempo se habían ido acumulando tras mis ojos, produciéndome dolor de cabeza, corrían hacia delante, buscando la salida de emergencia.
Miré fijamente mi plato de comida, aún intacto, y me esforcé en retenerlas. Ella seguramente ya se habría dado cuenta de mis ojos vidriosos, pero afortunadamente no me miraba, y yo no sabía si por miedo a leer la vergüenza en mis ojos o porque era ella la que se sentía avergonzada.
Tomé mi vaso de agua y bebí, con labios temblorosos. Pero no funcionó: el nudo en mi garganta no se deshizo, pues yo sabía que no lo haría hasta que mis lágrimas saltaran al vacío y murieran en mi barbilla. Era imposible dar marcha atrás: tenía que aflojar la presión y dejar que fluyeran.

-¿Me entiendes, Amelie?

Cuando por fin se giró hacia mí y me vio (yo no podía verla porque tenía los ojos anegados de lágrimas) se asustó muchísimo.

-¿Qué te pasa? ¡No llores!

Esas palabras fueron totalmente contraproducentes, pues hicieron que llorara aún más.
Me tapé la cara con las dos manos mientras mi cara se inundaba por momentos, y fue entonces cuando hizo la pregunta que me dejaba sin palabras:

-¿Por qué lloras?

Como yo no respondía, siguió hablando, agobiada:

-Tranquila, tonta. ¿Crees que con la confianza que hay entre nosotras puedes ponerte a llorar así? - me acarició el brazo con su mano libre.- ¿Seguro que no pasa nada más?

Yo negué con la cabeza, y decía la verdad. Pero no podía hablar. Parecía que mi cabeza iba a explotar del todo y me temblaba todo el cuerpo.
Me daban ganas de huir de todo, de huir de la realidad, huir hasta mi infancia, mi niñez perdida, cuando todo era más fácil y las lágrimas no escocían. Quería conocerme a mí misma lo suficiente como para saber… Un momento. ¿Para saber qué? ¿Acaso ella y yo no éramos personas diferentes, completamente diferentes? Mi hermana mayor, más madura, buscaba lo mejor para mí, pero ella no pasó por lo que yo estaba pasando. Ella siempre tuvo un gran grupo de amigos, personas que compartían sus intereses y que tenían un punto de vista similar.
Definitivamente no podía ser igual. Las circunstancias a veces hacen que vivas la vida más deprisa, que te olvides del momento adecuado.
Cuando conseguí calmarme, restos de sal brillaban cerca de mis ojos enrojecidos.
Nos sentamos juntas en el sofá y volví a llorar como una niña pequeña. Al fin y al cabo yo no era más que una chiquilla perdida, que buscaba hacer lo correcto y no se daba cuenta de que lo que lo es para unos, deja de serlo para otros. Mi hermana y yo, dos mundos totalmente diferentes que se miraban a la cara por primera vez en mucho tiempo.
En la televisión apareció el que fue mi cantante favorito cuando era pequeña. A mi hermana seguía encantándole, pero me sorprendí a mí misma cuando me pareció entrever un rastro de chulería en su sonrisa de chico guapo. Ya no escuchaba su música, ni miraba sus pósters. Incluso me caía regular. Para mí no era más que un popero, pero aun así yo guardaba alguna de sus canciones, porque despertaban en mi memoria recuerdos que protagonizábamos mi hermana y yo, cantando en la cocina. Otra diferencia más que nos situaba a miles de años luz.
Y sin embargo, me sentía protegida, cerca, no podía dejar de pensar que mi hermana tenía gran parte de razón, pues ella sólo buscaba lo mejor para mí. Pero, ¿cómo aprender a elegir?
Ella mismo me había dicho “Yo no puedo decidir por ti, cariño. Tendrás que equivocarte como hemos hecho todos. Sólo te aconsejo. Hazme un poquito de caso.”
Pero yo sabía que no era tan fácil, que los obstáculos no cambiarían de lugar y que me quedaba enfrentarme a alguien más importante.
El tiempo corría demasiado rápido para mí, me estrangulaba.

sábado, 30 de octubre de 2010

Palacio.

Tumbada de lado sobre el enorme colchón, recordé mi llegada a Palacio.

El búho me miraba con sus enormes ojos naranjas, impaciente. Sus plumas negras y marrones cambiaban de tono a la vez que su mullido pecho subía y bajaba.
Parecía señalar la gran puerta de dos hojas de madera con el pico, así que supuse que debía entrar. Apreté con fuerza la llave que llevaba colgada del cuello y empujé la puerta con cuidado.
Acto seguido aparecí en una enorme sala cristalina. En el suelo estaba mi hermana gemela, recién descubierta.
“Qué raro, ¿por qué está boca abajo?” pensé.
Mi gemela arqueó las cejas y se encogió de hombros, imitándome. Una voz clara me habló e hizo que mirara hacia delante, al fondo de la sala.
-Bienvenida.
Al final de una alfombra plateada de forma alargada había un pequeño trono transparente sobre el que descansa una mujer. Se dejaba caer sobre el cristal con gracia, y junto al trono había una pila de libros viejos de diversos colores y tamaños.
-Gracias.- acerté a decir.
La mujer tenía los ojos de un color extraño, violeta apagado, casi rosa. Yo nunca había visto unos ojos parecidos, y al principio creí que llevaba lentillas. Sus iris parecían sonreírme con hospitalidad. Tenía el pelo largo, que caía por su nuca y descendía hasta sus omoplatos, de color castaño oscuro, y contrastaba demasiado con su piel clara y sus ojos extraños. Iba vestida como yo solía imaginarme a la Julieta de Shakespeare, con un vestido largo, pasado de moda, de color morado. Aun así, me pareció bonita, muy bonita. Sin duda, ella resolvería mis preguntas.
-Perdone…
La mujer del trono sonrió, mostrándome una hilera de dientes perfectos, blancos, relucientes.
-Puedes llamarme Helle.
-Helle, ¿dónde estoy?
Helle me miró fijamente, desconcertada. Mi pregunta parecía haberla tomado por sorpresa, como si yo debiera saber la respuesta. A pesar de que se encontraba sentada en un trono, algo que significaba realeza, me miraba como a una igual, casi con cariño.
-En mi palacio de cristal. ¿No sabes cómo has llegado hasta aquí? ¿No me buscabas?
Intenté recordar. El malabarista, el miedo, mi huida, el callejón, el fuego, la bola reluciente, la mano de tinieblas que llegó demasiado tarde y no pudo aferrarse a mi tobillo. Las imágenes se sucedieron en mi mente a la velocidad de la luz.
-Estaba huyendo de… algo. Había una bola de cristal dentro de una hoguera, yo la toqué y… apareció un búho.
-Entonces… ¿Realmente no lo sabes?
-¿Qué debería saber?
Comenzaba a impacientarme. Tenía miedo. Miré hacia abajo, pero la alfombra me impedía ver a mi gemela; me deslicé hacia la derecha y suspiré con alivio: ahí estaba. Me miraba con asombro, como yo a ella. Me agaché y su figura se redujo, alargué una mano y ella acercó la suya a la mía.
-¿Quién es?.- preguntó Helle.
Nunca le había contado a nadie lo de mi gemela. Mis padres creían que yo no lo sabía, y además yo lo había descubierto hacía poco. La primera vez que la vi fue mientras el malabarista hacía sus juegos. En el centro de una llama vi mi rostro, es decir, el suyo. Y desde entonces, la idea me obsesionaba. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Sólo sabía que estaba cansada y perdida. Lo más sorprendente de todo era que no añoraba Madrid, ni a mis padres. Me sentía genial allí, y entonces yo aún no sabía que no me había ido de la gran ciudad. Helle seguía mirándome, así que decidí mentir, pero las palabras se escaparon de mi boca, haciéndome daño en los labios, cortándomelos.
-Mi gemela.
Me llevé la mano a la boca con disgusto, y traté de tranquilizarme. De repente, en el suelo de cristal comenzaron a escribirse palabras en un idioma extraño que no comprendí.
Pero la mirada clara de Helle estaba fija en las palabras, que aumentaron su tamaño y giraron despacio.
Se levantó del trono y me miró fijamente.
-¿Sabes alemán, Deva?
Ah, era alemán. ¿Cómo iba a saber yo eso? A mis padres no les gustaba mucho viajar y yo nunca había visto nada escrito en alemán.
-No. ¿Qué pone?
Helle asintió con la cabeza pero no respondió a mi pregunta, sino que me indicó el camino que debía seguir para encontrar un baño y un dormitorio y me dejó allí, en la enorme sala, con miles de interrogaciones flotando sobre mi cabeza.

Me levanté de la cama y me puse unas zapatillas un poco incómodas que encontré junto a la cama. Sobre la colcha había una nota que yo había pasado por alto.
“El silencio no es el entorno natural para las historias. Las historias necesitan palabras. Sin ellas palidecen, enferman y mueren. Y luego te persiguen.”
Más abajo ponía el título de la obra de la que había sacado aquella amenaza “El cuento número 13”, y al final había una pregunta: ¿Te gusta leer, Deva?
Me envolví en una manta, pues hacía demasiado frío para ser verano, y decidí buscar la biblioteca. ¿Que cómo sabía que había biblioteca? Porque en un sitio así debía haber una biblioteca, sin más. Eso sin añadir que Helle parecía una lectora bastante apasionada. Me gustaba adelantarme a los acontecimientos, así que hice mis conjeturas.
“Quiere contarme una historia” pensé. Lo que no sabía era que no se trataba de una historia cualquiera, sino de la mía propia.
Un lobo aulló en la noche, afuera, pero demasiado cerca.





lunes, 25 de octubre de 2010

Wicked Game (II)

El recuerdo rojo me abandonó de repente. Se marchó, como cuando alguien sube con fuerza la persiana, alumbrando tu sueño con demasiada claridad, interrumpiéndolo. Me encontré de rodillas en el suelo, cegada por la realidad.
Había sido el peor error de mi vida. ¿De verdad creía que separándome de él viviría una vida completa? Sí, lo creía. Pero no fue así.
Su ausencia me había dolido desde el principio, y poco a poco dejé de hablar con mis amigos, dejé de salir a la calle.
Me concentraba en los idiomas y estudiaba muchas más horas de las necesarias. Los profesores de la universidad se habían preocupado un poco por mí, pero no podían dejar de felicitarme por mis buenas notas.
¿Y todo para qué? Me sentía completamente vacía. Podía describir perfectamente cómo me sentía en cuatro idiomas diferentes, pero eso no lo hacía más llevadero.
Me levanté lenta, pesadamente, y recogí mis dudas. Ahora ya no quedaba ninguna: me había equivocado. Dejarle había sido lo peor que podría haberlo hecho. Buscaba evadirme del amor y tener una vida social más amplia y había conseguido lo contrario. Nadie quería acercarse a esa chica paliducha y sabelotodo.
Decidí volver a casa por el camino más largo. De camino al paso de cebra, saqué el móvil y marqué su número. No lo había olvidado. No… mejor no: él ya me habría rehecho su vida. No se lo reprochaba. Él podría encontrar a quien quisiera, y seguramente a estas alturas volvía a estar enamorado.
Esperé a que el semáforo se pusiera en verde y el muñequito comenzara su caminar frenético hacia ningún lugar.
Por esa acera solíamos volver a casa después de cenar en el otro extremo de la ciudad… Allí nos sentamos aquella vez, riendo como locos. La risa que solía caracterizarme se había roto, y solo quedaba el reflejo de lo que algún día fue; solo quedaba una triste sonrisa torcida. No había vuelto a tener aquellos ataques de risa que me dejaban sin aliento y con las costillas doloridas.
El rojo pasó a ser verde y la sangre se congeló en mis venas. Ian estaba frente a mí, sólo nos separaba una carretera gris, tan gris como los seiscientos cincuenta y tres días en los que le había echado tanto de menos.
Me quedé paralizada, la cabeza me daba vueltas, las letras de una canción resonaban con fuerza… Simplemente esperé a que él cruzara y me viera.
Sus ojos azules se oscurecieron al verme, como cuando escondían algo. ¿Rencor, quizá?
Susurró un "Hola". Intenté responder, pero no pude. Estaba tan guapo como siempre. Sobre el viento fresco resbalaba su olor, el que quedaba impregnado en mi ropa cada fin de semana. Inhalé, como se inhala la sustancia a la que estás irrevocablemente enganchado, entregando cada fibra de mi ser.
Murmuró una palabra, sólo una.
-Ellen.
-…Ian.
Ian no pudo evitar sonreír, aunque con tristeza, y yo lo imité sin darme cuenta.
Abrió los brazos y me preguntó, avergonzado:
-¿Puedo?
¿Qué si podía qué? Me daba igual. Tenía toda la razón del mundo cuando me dijo que volveríamos a encontrarnos, que no sería tan fácil olvidarle. ¿Él lo habría hecho? Ajeno a mis pensamientos, tradujo mi silencio como un “sí” y me abrazó con timidez. Dios mío… Había olvidado lo bien que me sentía cuando me refugiaba en mi lugar favorito. ¿Cómo había podido olvidarlo? Cuando pasó el primer año, intentaba recordarlo cada noche, pero la sensación se alejaba cada vez más, como cuando caminas hacia un arcoíris.
Él respiraba entrecortadamente. Cuando se separó de mí, vislumbré un destello plateado en su cuello. ¿Una alianza de su nuevo amor? Mi corazón ahogó un grito. Ian se dio cuenta de que lo miraba fijamente; siempre se daba cuenta de esas cosas.
Sostuvo el colgante en alto y mis rodillas flaquearon, débiles antes el peso que debían soportar. Era el símbolo celta que yo le había regalado en nuestro primer aniversario. Uno igual que el mío, que reflejaba mi afición por el mundo celta.
No pude más. Todas las preguntas que me recorrían de arriba abajo se transformaron en una, la más importante:

-¿Por qué lo llevas puesto?

No tenía sentido.
Ian soltó el colgante de plata, me miró directamente a los ojos, y confesó aquello que llevaba guardado desde hacía casi dos años. Pronunció las palabras que resquebrajaron el muro que yo había construido alrededor de mi corazón, sin miedo, seguro de sí mismo.

-Porque nunca he dejado de quererte.

Gracias a todos los que habéis estado ahí. Con esta segunda parte intento volver casi del todo a Palacio, dejando atrás todo lo malo. Gracias a Ian me dejaré llevar por la euforia, y olvidaré aquello que me quitaba energía y tiempo. A veces la amistad, como el amor, se acaba.

martes, 19 de octubre de 2010

La diosa de la discordia.

¿Qué hacía allí? Había sido una tontería. Suspiré, y avancé entre la multitud hasta llegar a la puerta, donde Melissa y su novio comprobaban si todos estaban apuntados en la lista.
Ambos se sorprendieron mucho al verme, y enseguida Melissa sacó a la luz aquella enorme sonrisa, algo falsa en mi opinión.
-¡Sofía! ¡No me puedo creer que hayas venido!.- Miró a mi alrededor.- ¿Dónde está Mónica?
Mierda. No le había contado a nadie excepto a la familia de M lo que había pasado. No tenía ganas ni fuerzas para pasar por aquello otra vez, así que decidí mentir. Esa noche olvidaría todo lo malo.
-Eh…No ha podido venir… Ha ido a pasar el fin de semana a casa de sus padres, en Valladolid.
-¡No pasa nada! Mira el lado bueno: más chicos guapos para ti.- y me guiñó un ojo.
¿Es que no sabía pensar en otra cosa? M e e x a s p e r a b a. En fin, no tenía ninguna intención de ligar esa noche, al menos, no de entrada. Melissa tachó nuestros nombres, el de Mónica y el mío y entré al local. La música se oía desde fuera, pero una vez dentro era imposible hablar sin alzar la voz. Mis oídos no estaban acostumbrados, y me costó sentirme bien al principio. Observé la pista de baile, que era la zona mejor iluminada.
Yo llevaba un vestido azul marino de tirantes anchos, y había encontrado unos zapatos con un poco de tacón que no usaba desde hacía tiempo. Me había maquillado un poco. Nada de carmín rojo en los labios, era demasiado típico y no me favorecía en absoluto. Un poco de brillo discreto y una fina raya negra sobre mis ojos marrones.
Al salir de nuestro piso me había sentido incluso guapa, pero allí, rodeada de chicas con cuñas enormes y vestidos demasiado cortos, me sentía un cero a la izquierda.
Me quité la chaquetita y la dejé en el guardarropa. Tras guardar en mi bolso diminuto el ticket para poder recuperar mi chaqueta más tarde, me dirigí a la barra.
No solía beber muy a menudo, y cuando lo hacía, pedía siempre lo mismo. Pero decidí innovar. Junto a mí había una chica guapísima, de cabello dorado y ojos grandes. Su vestido apretado y su sonrisa pícara recogían todas las miradas de alrededor. Pidió algo al camarero, aunque no pude oírlo porque la música estaba demasiado alta. El chico le sirvió un vaso con un líquido transparente, y, acto seguido, me miró, esperando a que me decidiera.
Me acerqué y, sin saber muy bien lo que hacía, señalé con la cabeza a la rubia y le dije:
-Sírveme lo mismo que a esa chica.
Le enseñé mi entrada y asintió con la cabeza. Algo bueno tenía que tener todo aquello: la copa me salía gratis.
Miré el vaso alargado, indecisa. Una, dos, y tres. Le di un sorbito.
“No está mal” pensé. No era demasiado dulce, pero estaba un poco fuerte.
El local se había ido llenando poco a poco, y las luces de colores barrían la habitación, en busca de alguien. Saboreé la copa lentamente, y, sin darme cuenta, empecé a marcar el compás de aquella canción con mi pie derecho.
En el centro de la pista de baile bailaba una mujer rubia, algo mayor que yo. Al principio pensé que era la misma de la barra, pero me equivoqué. Llevaba un vestido negro, largo, de esos con cortes a ambos lados para dejar asomar las piernas. Su pelo era más largo y estaba más cuidado. Bailaba con un chico, y con otro. Bailaba frenéticamente, como si supiera que era la diosa de todo el caos que reinaba en el bar.
Yo no pude evitarlo. El simple hecho de mirar a aquella mujer te daba ganas de cometer una imprudencia. Acabé la bebida de un trago y dejé el vaso en la barra. Me introduje entre los bailarines y comencé a moverme al ritmo de la música. El alcohol estaba haciendo su efecto.

Gracias a todos por vuestra paciencia No dispongo de tiempo y fuerzas suficientes para publicar algo mejor. Contestaré vuestros comentarios cuanto antes... Ni el sentimiento de euforia consigue apagar este dolor en el pecho.