"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

domingo, 31 de julio de 2011

Wind of Change


Mientras el avión surcaba la oscuridad, Ellen miró hacia abajo como hiciera un año antes, sintiéndose atraída por los tatuajes de luz que surcaban la tierra oscura de un país desconocido. Pensó en lo que le esperaba al llegar a casa, en el abrazo de su madre, la media sonrisa de su padre y en los bracitos pequeños de Carlota. Reflexionó también sobre el cada vez más cercano otoño, cuando las hojas marrones serían sus amigas y le harían llegar sus mensajes a Ian. Él se encontraría en una ciudad llena de calles donde perderse, donde guardar secretos. Ella tendría que vivir un año sin él, viéndolo de vez en cuando y echándolo de menos más que nunca, pues necesitaría sus abrazos para afrontar aquel año difícil.
Dejó que su soledad se esparciese lentamente sobre la niebla gris que en ese momento le impedían ver las ciudades lejanas. El pájaro férreo atravesó aquellas nubes que contenían el alma de tantas personas y Ellen pudo perderse otra vez en los tatuajes de luz. Parecía que el piloto lo había detenido todo a su alrededor para contemplar el mundo a sus pies.
Estando a miles de kilómetros del suelo firme no le resultó difícil evocar el pasado, y se perdió en los recuerdos. A los pocos minutos se dejó caer por el túnel que éstos formaban y sin querer se desvió, cayendo con suavidad en el mundo de los sueños.
Despertó en un campo de margaritas naranjas, que susurraban poesías inacabadas que nunca se escribieron. Caminó despacio, sintiendo el placentero roce de los pétalos en sus manos pequeñas. El cielo azul brillaba con fuerza pero, por mucho que buscó, no encontró ningún sol o estrella que produjera aquella luz. El viento del cambio mecía las flores y le revolvía el pelo, intentando atraer su atención.
De repente vio una persona diminuta sentada en una de las flores. Se acercó con curiosidad y se tropezó, asustada, cuando descubrió que aquel ser tenía su rostro. Sorprendida, descubrió que había una Ellen diminuta en cada margarita, y que algunas habían caído al suelo. Las recogió con cuidado, sujetándolas como se sujeta una caricia, y reveló así el secreto de aquellas flores: en cada una había una Ellen, distinta a las demás pero al mismo tiempo semejante, pues cada una reflejaba un momento importante en su vida.
Constató que no sólo el pasado había quedado registrado. Encontró a la Ellen del presente, dormida sobre el estigma de la flor. Fue entonces cuando se le ocurrió una idea disparatada: buscar el futuro.
Animada por el viento cambiante se dejó guiar por un instinto nuevo y apremiante que la cegó por un momento y la llevó junto a la flor que buscaba. No miró ninguna más, sólo aquella. Se descubrió a sí misma serena, madura. La soledad parcial que sin duda sufría la había curtido, le había enseñado a no depender de personas que no se preocupaban por ella, personas que la miraban con asco. Viéndose así, fuerte y segura, no tuvo ninguna duda: podría conseguir todo aquello que se propusiese.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Keith.



Las sábanas de seda me pedían a gritos que me quedara, que permaneciera en aquel sueño aparentemente bello, que no era más que una mentira.
Cubriéndome sólo con una bata final y azul, bordada con el nombre del hotel, me acerqué al pequeño balcón de mármol, como todas las noches en las que fingía ser otra persona. Ladeé la cabeza y la apoyé en la pared, fría como mis sentimientos hacia Keith.
La enorme ciudad intentaba conciliar el sueño más abajo, pero el continuo tráfico y las luces de oro se lo impedían. Miré a mi alrededor, abarcando todo lo que tenía, todo lo que cualquier mujer necesitaría para ser feliz. Sin embargo, la felicidad era una leyenda urbana en la que yo había dejado de creer para siempre.
Me giré y observé al hombre que dormía en la cama de sábanas blancas. Sus brazos fuertes abrazaban la almohada, y sus largas pestañas parecían cubrir la salida de sus sueños, impidiendo su huida al exterior. Yo sabía que sus ojos oscuros me observaban, y que él sólo fingía dormir. Conocía mi costumbre de mirar al horizonte durante cincuenta y tres minutos, cada noche de amor que compartíamos. Cuando llegaba el momento de dormir dulcemente en sus brazos, como la supuesta mujer enamorada que era, nuestro ritual era otro; no había caricias en la espalda ni un “Buenas noches” rebosante de amor. Él bostezaba y se apartaba de mí, dejándome el espacio que mis ojos le pedían en silencio, el que necesitaba para recapacitar. Cuando Keith fingía dormir, cerrando los ojos y respirando suavemente, yo me incorporaba y me acercaba a la ventana. Él no podía dejar de preguntarse qué era lo que hacía mal, y mientras desayunábamos, cada mañana en una ciudad diferente, ahogaba su mirada cansada en su café solo con una cucharada y media de azúcar, que yo preparaba antes de que se levantara. Pero no se atrevía a preguntarme sobre mi extraño comportamiento.
Desde que me descubrió sentada en el alféizar de la ventana de su piso en Nueva York, desnuda y llorando en silencio, él también había enmudecido. Solía preguntarme si le quería, a lo que yo respondía con un sí mal disfrazado.
Aun así, él me quería, y seguía a mi lado, creyendo que, si seguíamos adelante, aparentando que todo iba bien, yo cambiaría y llegaría a quererlo de verdad.
Aquella noche fue diferente. Keith se levantó silenciosamente y fijó sus ojos en mi espalda torcida, intentando traspasar mi carne y mis huesos, intentando llegar a mi corazón, que después de casi dos años seguía acordonado.
Yo tenía los ojos abiertos, pero no veía nada; toda mi energía se empleaba en recordar con intensidad el pasado que yo olvidaba durante el día. Poco a poco el recuerdo de Jesús dolía menos, no porque hubiera perdido intensidad, sino porque, después de mucho tiempo, había perdido la sensibilidad, y mis labios no sabían besar con cariño nada más que al viento, muy de vez en cuando.
Keith no entendía por qué me palpaba con insistencia mis propios brazos, y yo no sabía explicarle que intentaba sentir algo, un roce, un cosquilleo, una señal que indicara que no había perdido el sentido del tacto.
Faltaban tres minutos para que yo volviera a mi cama tras haber desahogado mi alma y mi mente durante los cincuenta restantes. No lloraba, ni susurraba palabras incomprensibles: no había nudos en mi garganta. Simplemente me permitía pensar en él durante menos de una hora, cincuenta y tres minutos, el tiempo que había tardado en comprender que Jesús no se iría de mí nunca.
Faltaban tres minutos para olvidar de nuevo otra vez y volver a la cama con Keith, dispuesta a fingir un día más, puesto que era el único camino que podía seguir para no morir del todo; cuando se acercó y me abrazó, pasando sus brazos por mis hombros.
No necesité girarme para saber que estaba llorando; sus lágrimas recorrían mi cuello y mojaban mi pelo enredado. Su aliento olía a los escasos besos que lograba robarme, un olor que encogía mi estómago y me hacía sentir culpable.
Desde el momento en que me miró, dejó ver sus sentimientos como un estanque claro y límpido y, fueron muchas las veces que me negué a quedar con él, las veces que huí de una ciudad para no verle y las que nos encontramos en mis misteriosos destinos, escogidos al azar. Finalmente, lo consiguió. ¿Qué más daba un corazón roto más? Él no se daba por vencido, y su mente se obcecaba en ser optimista, cosa que envenenaba mi sentimiento de culpabilidad, pero yo estaba segura de una cosa: me iría en cuanto me lo pidiera.
Yo no era suya, y Keith lo sabía. Yo era una mota más de polvo, un grano de arena en una playa de sueños sin cumplir, una ola en su incesante ir y venir, que no se pregunta por el mañana. No tenía metas.
Keith desistió y volvió a la cama, desde la que me observó como a un precioso sueño del que acabas de despertar: lejana, irreal, dolorosa.
Mentiría si dijera que no sentía nada por él. Sin embargo, no era amor, sino gratitud y seguridad, pues era él quien me había salvado, quien había abrazado a la rosa llena de espinas en la que me había convertido, a sabiendas de que esas espinas seguían creciendo cada día, incrustándose en su piel morena.

sábado, 30 de abril de 2011

Pétalos negros

Ángel retrocedió en la oscuridad hasta que su espalda rozó la columna morada, donde se recostó. Desde allí observó el pequeño bar, la gente, las botellas de colores que adornaban una de las paredes.
“¿Qué hago aquí?”

A veces, lo prohibido nos arrastra a su dulce guarida, utilizando promesas que arañan y satisfacen. Lo malo llama a lo bueno para fundirse en silencio, sin que nadie se inmute, y así ha sido siempre. Los extremos se unen. La inocencia se tiñe de sangre.

No sabía exactamente la razón que lo había llevado hasta allí, pero, fuera cual fuera, no había sido lo demasiado fuerte como para conseguir que se quedara mucho tiempo entre aquellos jóvenes que, viciados al vicio, pecaban cada noche.
Se dispuso a irse, pero, de repente, la puerta del bar se abrió, dando paso a una multitud encabezada por una chica morena, con enormes ojos cambiantes, que parecían desafiar a todo aquél que se parara a mirarla.
Ángel se dirigió a la barra, guiado por un impulso, y respiró hondo.

-Me llaman Rosa.
Él se giró, y se encogió de miedo al descubrir a la hermosa chica sentada en un taburete, junto a él. Irradiaba una fuerza poco acorde a su figura esbelta y delicada.
La expectación que había causado al principio parecía haberse debido a una fantasía de Ángel, pues ahora nadie reparaba en ella.

-Ángel.
Rosa rió con fuerza, sacudiendo su cabello largo y desordenado.

-Será divertido.
Ángel no comprendía nada, pero los ojos marrones de Rosa le gritaban, pidiendo atención.
Sin avisar, la chica se levantó y tomó la mano de Ángel consigo. Lo arrastró a la tarima de madera y comenzó a bailar, moviendo su cuerpo, despacio. Llevaba un vestido corto, negro, que la camuflaba en el local oscuro, y llevaba una cinta de cuero al cuello, de la que colgaba un símbolo plateado y extraño.
Instintivamente, Ángel se llevó la mano a su propio cuello, del que colgaba una desgastada cruz de madera, que representaba su fe.
Rosa fingió no darse cuenta, y siguió bailando, como en una especie de ritual, girando alrededor de Ángel, desconcertándolo.
Se acercó súbitamente y lamió su cuello, impregnando su piel blanca de olor a almizcle. Rosa cerró los ojos, revolvió sus cabellos con las manos, y dejó escapar un suspiro, suspiro que Ángel no pudo escuchar debido a la música, pero que sintió con total nitidez en el pecho, demasiado cerca de su corazón.
Cuando ella abrió los ojos, su color había cambiado.

-Juraría que tus ojos eran marrones…

-Eso depende de la luz, angelito.
Ángel sintió un escalofrío y retrocedió un par de pasos, pero Rosa llevó sus manos temblorosas al vestido ajustado, a su cintura. Intentó liberarse de su abrazo, pero sus manos estaban adheridas a su ropa, y su nariz pecosa jugueteaba ya con su cuello oscuro.
Los ojos de Rosa se teñían de esmeralda a medida que sus labios se acercaban… Pero el beso no llegó.

Ángel, aterrorizado, la soltó con violencia y salió corriendo del bar. Nadie se dio cuenta, excepto Rosa, que sonreía.
Se detuvo en la calle contigua al bar, y apretó con fuerza la cruz que le protegía.
Rosa no tardó en aparecer a su lado, donde se detuvo. Él enmudeció al ver las pequeñas espinas negras que salpicaban la piel de aquella flor salvaje.

-¿Quién eres?- jadeó.
-Una flor marchita que florece de noche, al beber de la oscuridad los silencios que necesita. Tú luz me haces más fuerte, me completas. Sólo eres otra mitad. Necesitas a alguien como yo para poder ser un verdadero hombre.
Ángel no entendía nada. Rosa seguía mirándole, agresiva y provocadora.



-¿Qué quieres de mí?
Rosa rió entre dientes, ocultando su boca con la mano.
-Te quiero a ti.
Se inclinó sobre él, que se encontraba asqueado y maravillado a la vez. Podía huir, su fuerza oscura todavía no lo había inmovilizado del todo…
Pero los ojos verdes de Rosa lo hipnotizaban, y su silueta se adentraba en su mente, donde se fundían apasionadamente entre llamas negras.
Rosa, victoriosa, se enredó en su pelo corto y castaño, dejando una huella que nadie fue capaz de descubrir.
Le arañó el alma y le arrancó la vida lentamente, hasta que no quedó nada de luz. Lo envió al fuego del que provenía, pero lo hizo sin sangre, sin armas. Fue un beso lo que detuvo su corazón.


***
A la mañana siguiente, sus familiares y la policía rodeaban el cuerpo pálido de Ángel, rodeado de pétalos negros, que desaparecería unos minutos después.
Su madre lloraba, desconsolada, y rezaba por el alma de su hijo. Era en vano: Rosa le había reservado un lugar en el infierno, y él no había querido rechazarlo.

lunes, 4 de abril de 2011

"Tatá"

Cuando nació era una persona diminuta, con mucho pelo y dos ojos claros que más tarde decidieron ser marrones. Al principio tuve miedo de que no me aceptara, de que llorara al sentir mis brazos delgados e inexpertos en torno a su cuerpo débil. Al mirar su rostro frágil me preguntaba una y otra vez cómo era posible aquello; el milagro de la vida seguía dibujando interrogaciones que bailaban alrededor de mi cabeza. Unos pocos meses antes había acompañado a mi hermana al ginecólogo, y fue allí donde la vi por primera vez. Era extraño verla moviéndose en el interior de una bolsa, me gustó ver sus manos arrugadas y su cara redondita, que parecía sonreír para nosotros, como si algo dentro de su pequeño corazón le hubiera dicho que estábamos allí. Pero ya había abandonado el cuerpo de su madre, su cálido refugio, la seguridad de su primer hogar, y se encontraba en mis brazos, con las manos pegadas a su carita y con los ojos entreabiertos, intentando verlo todo. Ahora, más de un año después, nos da la mano para andar e intenta caminar lo mejor posible, aunque su impaciencia e ímpetu tropiezan con ella, haciéndola caer. Sus primeras palabras fueron música para nuestros oídos, y su risa traviesa, un sonido más hermoso aún. Es imposible no derretirse cuando la pequeña de la familia me mira y sonríe, haciendo más pequeños esos ojos achinados, que parecen sonreír también. Le gustan mucho las canciones, y me hace repetirlas una y otra vez, pues le encanta bailar, moviendo la cabeza y doblando sus pequeñas rodillas, aplaudiendo y gritando, todo a la vez. Su cabello corto, castaño, se resbala entre mis dedos, pero sus deditos se agarran con fuerza a mi mano, y tira de ella, para pasearse una vez más por el apartamento. Es curiosa y quiere tocarlo todo, sabe que, con un pucherito, conseguirá casi cualquier cosa. Mientras ella se inventa palabras y tararea canciones infantiles por el pasillo, me imagino cómo será en el futuro, y, casi sin darme cuenta, expongo mis pensamientos en voz alta.

-Debes ser, ante todo, lo que tú quieras ser, Carlota. Intentaré contagiarte mi pasión por los libros y por la naturaleza, y juntas aprenderemos muchas cosas nuevas cada día.

Sonrío al pensar que yo seré “la tía chachi”, con la que compartirá sus secretos sobre chicos, amigas, y la que recibirá las quejas que ella tenga de sus padres, a sabiendas de que yo le proporcionaré ese capricho que ellos le hayan negado. Como la diferencia de edad no es muy grande, pasaremos mucho tiempo juntas y lo aprovecharemos bien. La llevaré de viaje a grandes ciudades y a pueblos apartados, le enseñaré inglés y alemán, y ella me enseñará algo de música, si esta mente negada se lo permite. ¿Nos gustará la misma música? Podríamos ir a conciertos y cantar juntas aquellas canciones que nos hagan perder la cabeza. No olvidaré su educación, e intentaré que ni se deje influenciar fácilmente ni sea una de esas personas de mente muy cerrada. La mente abierta, que los sueños vuelen y las ideas fluyan. Sí, eso es. Quizá sea demasiado. La pequeña se gira, me mira y sonríe como sólo ella sabe hacerlo.

-Tatá.

Esa soy yo.

Mientras mi padre y David, el marido de mi hermana, veían un partido de tenis, mi madre y yo recogíamos la mesa, y mi hermana mayor, inquieta, revoloteaba a nuestro alrededor. Cuando todo estuvo recogido nos sentamos en la sala de estar, y mi hermana comenzó a hablarme de esto y de aquello, pero yo no le prestaba mucha atención, hasta que tomó aire, miró a los demás y chilló:


-¡Estoy embarazada!

Yo no sabía cómo reaccionar, y el clásico “¿¡Qué!?” salió disparado de mis labios.

-¡Vas a ser tía!

Mi hermana me abrazó con fuerza, y todas las miradas estaban fijas en mi espalda, que comenzó a temblar. Desde que mi hermana se casó, no hacía más que preguntarle que cuándo tendría un sobrino, pues estaba deseando que llegara ese momento. No obstante, me pilló totalmente por sorpresa, y tuve que huir a mi habitación, avergonzada, para llorar litros contenidos de alegría. Por fin. Sería tía, y mi sobrino (pues imaginábamos que sería un niño) me querría muchísimo, como yo a él. Intenté imaginármelo, pero no supe hacerlo; además mi hermana vino a por mí y me abrazó repetidas veces, emocionada. Volvimos al salón y felicité a mi cuñado por una de las mejores noticias que había recibido en mi vida, por uno de los mejores momentos de mi vida, que no olvidaré jamás. Todavía hoy no puedo explicar con palabras lo mucho que quiero a esa criatura regordeta y caprichosa. Es uno de los mejores regalos que el mundo me ha hecho, y disfrutará de él a lo largo de toda mi vida, sin olvidar nunca la primera vez que su pequeño puño se cerró en torno a mi dedo. Me agacho y la abrazo con fuerza, acariciando su encantadora mejilla con mi mano, que ella coge y aprieta contra su rostro, sonriendo y mirándome con cariño.

-Tatá.

martes, 22 de marzo de 2011

Érase una vez...


Como en una rápida secuencia de fotogramas, nuestras vidas danzaron, fugaces, ante nuestros ojos, hasta entrelazarse con fiereza una noche de septiembre.

No sabría decirte cuándo lo supe exactamente. ¿Quizá dos días después, cuando mi joven corazón, al verte, me traicionó, desbocándose como un loco? Aquella fue la primera señal, una de tantas que intenté reprimir, sin éxito.
Pero nuestras miradas no se comprendían del todo aún, y no supimos verlo todo. ¡Qué fácil hubiera sido ir directamente al grano! Eso nos hubiera ahorrado unas pequeñas dosis de sufrimiento. Pero en esta vida hay que sentir de todo un poco, y creo que no nos perjudicó tanto. ¿Me habría parado a pensar en tus ojos cristalinos tanto tiempo si no provocaras en mí una especie de pinchazo en el alma cada vez que sonreías?
No podía dejar de preguntarme por qué tú, por qué yo, y no me daba cuenta de lo insulso de aquellas preguntas. El tejido de los sueños nos ofreció ese momento de magia, donde el bien y el mal se apartan a un lado, aunque por poco tiempo. Nos dejamos envolver por su tela suave y desnudé mi alma salvaje por primera vez y sin saber que lo hacía. Besarte fue el mejor de los pecados.
Ahora todo eso nos parece lejano, como el comienzo de un cuento maravilloso con su correspondiente moraleja. “Érase una vez…”

Las lágrimas desbordan mis ojos marrones, pues soy incapaz de retenerlas. Como no quiero preocuparte, les ordeno en silencio que no se desvíen hacia tu jersey azul, y me obedecen en el último momento, resbalando por mi cuello y apagándose en el cuello de mi camisa como las últimas notas de una canción.
Tú tienes los ojos cerrados y no pareces percatarte del ritmo surrealista de mi corazón, que se encoge para acallar su ruido, sin conseguirlo. Pero sí me notas temblar, y me abrazas con mucha fuerza, como tú sabes, hasta dejarme casi sin aire.
Mi cara, seca, se acurruca en la curva de tu cuello, su lugar favorito. Ese olor que me volvió loca desde el primer momento me empapa y mis labios no pueden evitar estirarse perezosamente para rozar tu piel.
Me miras, y no llegas a comprender qué hay de raro en mis ojos. No te das cuenta que no estoy aquí, sino muy lejos… allí donde todo comenzó.
“… y aquella historia que en un principio sólo duraría hasta media noche, acabó durando toda una vida.”
***
Como esta entrada habla de una persona muy importante, y hoy cumple años otra de esas personitas imprescindibles para mí, le dedico un pequeño espacio.
Felicidades, Liss :) ¡Que cumplas muchísimos más!

domingo, 20 de febrero de 2011


Últimamente tengo tantas ideas en la cabeza que las palabras tropiezan conmigo, y acaban no diciendo nada. Me he dado cuenta de las cosas cambian demasiado rápido, sin darte tiempo para acostumbrarte a una situación o a otra. Sin embargo, me parece emocionante tener miles de aventuras cada día, positivas o negativas, pues de todas aprendo algo, y todas tejen con hilo lento mi vida. Que todo suceda deprisa me hace pensar que no soy libre, pero, como siempre, me salgo con la mía, y consigo momentos en los que el tiempo se detiene y permanece en un lugar concreto del mundo. A veces, el azar acompaña, y, cuando menos lo espero, sucede aquello que tanto esperaba. Tengo que evolucionar, cambiar al compás de los acontecimientos, para no quedarme atrás. Si quiero algo, llegará, y encontraré esa delicada magia en personas asombrosas que tienen mucho en común conmigo. No importa que el resto permanezca estancado en el pasado, ni tampoco que me ofrezcan su mano cuando paso cerca. Decidí cerrar los ojos y seguir adelante según mi camino… lo que resulta difícil cuando no conozco su ruta exacta. Ni siquiera yo comprendo mis locuras ni mis pensamientos, contradictorios y huidizos. Todo eso me ayuda a saber quién permanece a mi lado a pesar de mis errores, y quien se rinde sin más. Aunque el tiempo se lance contra mí, seguiré adelantando el pie correspondiente, para no desviarme de lo que soy. ¿Quién descifrará los anhelos de mi alma escurridiza? Nada más y nada menos que tú, descifrador de sueños, ladrón de besos, músico de caricias. Porque, a pesar de todo, sigues ahí.

Las cartas están bocabajo… sólo yo decidiré qué hacer a continuación.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Sal en los ojos.


Ian descendió con cuidado, agarrándose a la roca resbaladiza, hasta tocar la arena con los pies. Había visto aquella cala en los ojos de Ellen, pero una cosa era ver su reflejo, y otra muy diferente era estar allí.
Inspiró. Cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos, había un pequeño libro en la orilla, totalmente seco. Ni rastro de Ellen.
Empleó casi toda su fuerza para levantarlo, debido al peso de los sentimientos allí escritos. Las palabras olvidadas volvían ahora con la fuerza de un h u r a c á n furioso.
Ian acarició la cubierta, y el libro se abrió de golpe. Reconoció la letra irregular y redonda de Ellen, y su corazón se desbocó como un caballo salvaje en pleno galope.

“Hoy, mi úlcera ha vuelto a sangrar. Lo más gracioso de todo es que he sido yo la causante de mi propio dolor, como casi siempre. Sarah se ha quedado durmiendo en su cama, y cuando se despierte volveremos a salir, para seguir descubriendo esta ciudad tan bonita y diferente a la mía. El maldito hotel tiene Wifi, y he vagado por páginas y páginas, hasta caer en un blog. Su nombre me llamaba, me atraía como el imán opuesto que era. Nunca me había atrevido a leer aquello que ella escribía, porque sus letras rodeaban mi corazón, sádicas, y lo mordían con fiereza; siempre me detenía el título. Quizá ha sido por el hecho de encontrarme en otro país, y, por una vez en mi vida, no me he sentido observada por nadie. Click. He entrado. Sabía perfectamente lo que estaba buscando, y lo he encontrado. Con un frenazo, mi corazón ha salido despedido hacia mi espalda, pero el cinturón de seguridad lo ha mantenido en su sitio. O eso creo. No quería seguir leyendo, pero lo hacía. He leído sus sentimientos plasmados en la pequeña pantalla de mi móvil, y los he vuelto a leer, hasta que las lágrimas han anegado mis ojos cambiantes. ¿Qué esperaba? Aun así, nunca se lo contaré a Ian, porque hay cosas que guardo para mí, y así será siempre. Él se preocuparía y me repetiría que no tengo razones para estar celosa o llorar por tonterías. Y tiene razón. ¿Por qué me afecta, entonces? No conozco todas las causas ni los efectos, y no sé responder a esa pregunta que me martillea la cabeza. Es una respuesta involuntaria a un estímulo masoquista. Con el tiempo, supongo que… Sarah se ha despertado; tengo que dejar de escribir. Cuando llegue a España, pasaré mis notas desordenadas al libro que contiene mis secretos, los que sólo conocen los personajes de mis sueños. Los canales, las barcas de colores y el olor a verano fresco de la Venecia del norte me ayudarán a sonreír.”

Con el corazón en un puño, leyó lo que Ellen había escrito unas horas después.

“Aunque Sarah no llegó a ver mis lágrimas, se ha dado cuenta de que me pasa algo. Hemos cenado en una pequeña pizzería ruidosa que olía a aceite (odio el olor a aceite) y me ha dado el bajón. He puesto la típica excusa de que hacía mucho calor y me agobiaba el lugar y el ruido. Se lo ha creído a medias. Sólo necesito dormir, mañana me olvidaré de todo: no pienso fastidiar estas estupendas vacaciones. Todas las úlceras dejan de sangrar algún día.”

Ian cerró el libro, y hundió la cabeza en las manos. El susurrar de las olas humedeció sus sollozos, y apagó sus palabras ígneas: “¿Cómo voy a encontrarte ahora?”