
Se miraron un instante, y ella volvió a desviar la mirada, mordiéndose el pequeño labio inferior.
Se había imaginado aquel momento mil y una vez, había planeado cada detalle, cada movimiento. Ella lo sorprendería, con el alma al descubierto, por primera vez limpia de miedos y dudas. Quizá al principio él no comprendería la razón de aquel brillo especial en sus ojos oscuros, ni el calor de la llamada de su boca, pero ella haría el resto. No, mejor, él guiaría todos sus pasos, dejándole a ella la tentadora opción de, simplemente, dejarse llevar.
Había pensado la música adecuada, el lugar, la indumentaria, incluso la estación del año. Aquel encuentro debía ser inolvidable. Sí, así sería. Él aceptó todas las condiciones, solo para hacerla feliz.
Mientras pensaba todo esto, él la guiaba por la pista de mármol, lenta, muy lentamente, con pasos seguros y firmes… sin dejar de mirar su cuello. Giraban una y otra vez, abrazados, por fin juntos.
Esa pequeña parte de su ser, aquella que se ocultaba tras su sonrisa socarrona, bostezó en silencio y abrió los ojos. Se despertó.
Fue entonces cuando ella comprendió. Se dio cuenta de todo a la vez: no importaba la música, la ropa, el día ni el lugar. No importaba quién diera el primer paso… ni el último. Nada de eso importaba. Apreció su mirada azul y su pelo rebelde, y no necesitó nada más. Bajó la vista y admiró sus manos, que la hacían volar en aquel viejo salón.
Reposó su cabeza, peinada con cuidado y coronada con un tocado de plata, en el hombro que tantas veces había besado. Después bajó un poco, y dejó de mover los pies: escuchó.
El corazón de él, sorprendido por el baile interrumpido, latía con fuerza, queriendo salir de su pecho, atravesando la camisa blanca, hasta llegar al vestido violeta de ella.
Lentamente, muy lentamente, al compás de la canción, se soltó el pelo y desabrochó el incómodo corsé. Aflojó el cuello de la camisa de él y besó su barbilla.
Ésa era ella, sin miedos, sin dudas. Olvidó sus preocupaciones, olvidó el qué dirán, y bailó de nuevo. Él se fijaba en su enorme sonrisa y en aquel mechón que dividía su cara, de forma similar a la que dividía su alma. Por fin ella había elegido la correcta.
La habitación se encendió de repente, y ella se refugió en los ojos de su acompañante, dos lunas grises con reflejos amarillos, que le daban un aire salvaje. Ardían, todo estaba ardiendo.
Las enormes cortinas rojas se desplomaron sobre el mármol, y la temperatura aumentó. El chico de los ojos de luna tomó su mano, pero ella la soltó. Se abrazó a su cuello y siguió meciéndose, a un lado y a otro, mientras la música dejaba de sonar.
Él la escuchó reírse, feliz, demente, eufórica; mientras, la habitación se iba consumiendo, y el color de las llamas se apoderaba de todo. Era el momento.
La música no se había apagado, sino que el retumbar de sus latidos la ocultaba, la hacía retroceder a un segundo plano.
Ya no había lugar para los errores, ni para cualquier clase de miedo. Sólo estaban ellos dos, girando lentamente, abrazados por las llamas, abrazándose el uno al otro.
“Es el momento” pensó ella, y vio en sus ojos grises azulados que él pensaba lo mismo.
No pensó, no analizó la situación, ni siquiera tomó aire antes de besarlo. Lo besó con urgencia, bebiendo de él, de las lágrimas derramadas. Lo besó una y otra vez, haciéndole perder la cabeza.
Él la apretó contra sí, ella lo miró a los ojos, y se le escapó una de esas sonrisas que hacía que las lunas se estremecieran.
-El último.- mintió ella, pues a ese beso le siguieron muchos otros.
No podía dejar de besar sus labios carnosos… al fin y al cabo, sus besos eran los únicos que avivaban las llamas de su locura.
Se había imaginado aquel momento mil y una vez, había planeado cada detalle, cada movimiento. Ella lo sorprendería, con el alma al descubierto, por primera vez limpia de miedos y dudas. Quizá al principio él no comprendería la razón de aquel brillo especial en sus ojos oscuros, ni el calor de la llamada de su boca, pero ella haría el resto. No, mejor, él guiaría todos sus pasos, dejándole a ella la tentadora opción de, simplemente, dejarse llevar.
Había pensado la música adecuada, el lugar, la indumentaria, incluso la estación del año. Aquel encuentro debía ser inolvidable. Sí, así sería. Él aceptó todas las condiciones, solo para hacerla feliz.
Mientras pensaba todo esto, él la guiaba por la pista de mármol, lenta, muy lentamente, con pasos seguros y firmes… sin dejar de mirar su cuello. Giraban una y otra vez, abrazados, por fin juntos.
Esa pequeña parte de su ser, aquella que se ocultaba tras su sonrisa socarrona, bostezó en silencio y abrió los ojos. Se despertó.
Fue entonces cuando ella comprendió. Se dio cuenta de todo a la vez: no importaba la música, la ropa, el día ni el lugar. No importaba quién diera el primer paso… ni el último. Nada de eso importaba. Apreció su mirada azul y su pelo rebelde, y no necesitó nada más. Bajó la vista y admiró sus manos, que la hacían volar en aquel viejo salón.
Reposó su cabeza, peinada con cuidado y coronada con un tocado de plata, en el hombro que tantas veces había besado. Después bajó un poco, y dejó de mover los pies: escuchó.
El corazón de él, sorprendido por el baile interrumpido, latía con fuerza, queriendo salir de su pecho, atravesando la camisa blanca, hasta llegar al vestido violeta de ella.
Lentamente, muy lentamente, al compás de la canción, se soltó el pelo y desabrochó el incómodo corsé. Aflojó el cuello de la camisa de él y besó su barbilla.
Ésa era ella, sin miedos, sin dudas. Olvidó sus preocupaciones, olvidó el qué dirán, y bailó de nuevo. Él se fijaba en su enorme sonrisa y en aquel mechón que dividía su cara, de forma similar a la que dividía su alma. Por fin ella había elegido la correcta.
La habitación se encendió de repente, y ella se refugió en los ojos de su acompañante, dos lunas grises con reflejos amarillos, que le daban un aire salvaje. Ardían, todo estaba ardiendo.
Las enormes cortinas rojas se desplomaron sobre el mármol, y la temperatura aumentó. El chico de los ojos de luna tomó su mano, pero ella la soltó. Se abrazó a su cuello y siguió meciéndose, a un lado y a otro, mientras la música dejaba de sonar.
Él la escuchó reírse, feliz, demente, eufórica; mientras, la habitación se iba consumiendo, y el color de las llamas se apoderaba de todo. Era el momento.
La música no se había apagado, sino que el retumbar de sus latidos la ocultaba, la hacía retroceder a un segundo plano.
Ya no había lugar para los errores, ni para cualquier clase de miedo. Sólo estaban ellos dos, girando lentamente, abrazados por las llamas, abrazándose el uno al otro.
“Es el momento” pensó ella, y vio en sus ojos grises azulados que él pensaba lo mismo.
No pensó, no analizó la situación, ni siquiera tomó aire antes de besarlo. Lo besó con urgencia, bebiendo de él, de las lágrimas derramadas. Lo besó una y otra vez, haciéndole perder la cabeza.
Él la apretó contra sí, ella lo miró a los ojos, y se le escapó una de esas sonrisas que hacía que las lunas se estremecieran.
-El último.- mintió ella, pues a ese beso le siguieron muchos otros.
No podía dejar de besar sus labios carnosos… al fin y al cabo, sus besos eran los únicos que avivaban las llamas de su locura.


