"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.

miércoles, 28 de julio de 2010


LLueve en la ciudad. La lluvia arrastra por la calle otra semana de silencio, así como los oscuros pensamientos de una niña, las lágrimas de un niño y las dudas de un corazón.
Las gotitas transparentes van calando poco a poco en mi alma sucia, arrancándole los restos del pasado, aquel que nadie conoce.
Me deshago de la larga semana que termina hoy, y la dejo caer en el agua que corre calle abajo. El gris del cielo me recuerda a mi alma callada, y rememoro aquellas palabras que escribí:

“Silencio. Al contrario que otras veces, no hay gritos de rabia ni lágrimas de frustración. Sólo silencio. El silencio es el único capaz de contar toda una vida en un segundo, de colocarte en tu lugar.
Temo al silencio e intento llenarlo de sonrisas, de caricias, de abrazos largos. Casi siempre lo consigo. Casi. Basta que vaciles un instante, sólo uno.
Se lanza contra ti y no te deja respirar. Poco a poco te acostumbras a esa presión oscura en tu pecho, y tu mirada sombría quita la vida a aquellos que intentan asomarse a tu alma.
Así soy yo: un muro infranqueable y triste, sin vida. Al otro lado hay trampas que devoran a todos aquellos que se deciden a cruzarlo y lo consiguen (pocos lo han hecho).
Sola, sombría, en un rincón. Abandonada por la palabra que la caracteriza.
Pero eso no importa. Nada importa. Seguiré flotando en la sucia superficie viscosa, rodeada de todos aquellos a los que hice daño. Seguiré fingiendo que puedo cambiar.”

A veces mi lado oscuro sale a la superficie, y no me molesto en ocultarlo. Cuando parece que vuelvo a ser la de antes, una pequeña luciérnaga verde se enciende en mis ojos, y me veo tal y como soy realmente.
No vale la pena tumbarte en el camino y cerrar los ojos, hay que seguir, la vida me ha demostrado que sí puedo cambiar, que puedo llegar a ser lo que yo quiera.
Lo supe cuando encontré el amor en unos labios que no me pertenecían, y cuando encontré una amiga detrás de una falsa apariencia…
Me detengo, me agacho sin preocuparme por mis zapatos o mi ropa, y me observo en un pequeño charco. Veo mi imagen, interrumpida por el goteo incesante del cielo enfurecido.
Sí, ésa soy yo. Una mezcla de todos y de nadie. Y mientras el agua fresca va borrando el pasado de mi piel, sonrío de nuevo.
Me gusta el olor a tierra mojada, el olor a dulce y a salado al mismo tiempo. Es una lluvia nueva, diferente a la caída en invierno. Se mezcla con el aire templado y refresca mi piel. El aroma húmedo del cielo me ha hecho recordar una noche de septiembre.
Septiembre… añoro septiembre. Fue el principio de un comienzo que nunca acabará.


26 de septiembre de 2009
Él la miró directamente a los ojos, provocando un escalofrío en su espalda. Ella se dejó llevar por la música que sonaba a lo lejos, olvidó sus miedos, sus principios, olvidó su anterior vida, dispuesta a comenzar una nueva junto a aquellos ojos azules.
Los abrazos, los besos en el cuello, los susurros calientes endulzados por un poco de whisky… Cambiaron su historia para siempre.
El verano se resistía a decir adiós, y la noche era perfecta. La locura quedó confirmada en un beso, y la sonrisa de él quedó para siempre en los ojos castaños de ella.



Gracias por todos vuestros comentarios :) últimamente paso poco tiempo en casa, y he recurrido a un historia que ya escribí, ya que no he tenido mucho tiempo para escribir.


Iré comentando en cuanto pueda :) Gracias por tu reconocimiento, Marina.



sábado, 17 de julio de 2010

Deva


Deva corría entre las sombras de la ciudad, deteniéndose a tomar aliento en cada callejón sin salida, todos vertientes de la gran calle principal. Cuando los pasos en su cabeza retumbaban demasiado fuertes, exhalaba un suspiro y corría de nuevo.
¿Quién la perseguía? No se atrevía a mirar atrás, y esconderse no parecía una opción segura. Lo único que sabía era que debía correr, huir, escapar como fuera de aquella amenaza que se arrastraba tras ella.
Cuando empezó a sentir que las piernas le fallaban, que se acabarían separando de su cuerpo, llegó a un oscuro callejón, más estrecho que el resto, e iluminado por las llamas de una pequeña hoguera.
Por el momento todo a su alrededor era silencio, excepto la suave melodía del fuego. Deva se sentó y dejó caer la cabeza sobre sus rodillas, añorando la tranquilidad de la noche anterior.
Sus padres y ella habían ido a cenar cerca del Parque de Berlín, en una terraza al aire libre. Aquella noche un malabarista había protagonizado un pequeño espectáculo en el parque, y desde entonces todo se había vuelto demasiado surrealista.
El joven malabarista iba vestido de negro, con unos pantalones anchos y un pañuelo en la cabeza, dejando el torso al descubierto. Iba descalzo. Aunque era demasiado delgado, sus brazos eran fuertes, y las facciones de su cara no dejaban de ser exóticas.
Prendió ambos extremos de una barra de madera, y bailó con el fuego durante unos minutos. Las llamas lo envolvían, lamían su cuerpo, absorbían su gran sonrisa… La soltura de sus ropas no supuso un problema, pues las llamas las respetaron, y el malabarista terminó el espectáculo sin una sola quemadura.
Deva había quedado impresionada. Una extraña magia abrazaba al extraño, que jugaba con el fuego sin quemarse. El joven pasó entre las mesas con un sombrero de arlequín para recoger algunas monedas, y cuando Deva dejó caer su dinero en el interior del sombrero, el malabarista le sonrió y pronunció en su oído unas extrañas palabras que la niña no entendió, pero que le hicieron ruborizarse.
Deva suspiró al recordar la sonrisa del malabarista. Hubiera deseado no estar en aquel callejón sola, de noche y huyendo de una sombra invisible.
Sólo dejó de sentirse observada al acercarse un poco más a la hoguera, en cuyo centro brillaba lo que parecía una esfera de cristal. Imaginó al joven malabarista otra vez… Seguro que él podría atravesar el fuego con la mano y entregarle aquella esfera.
Casi sin pensarlo, pronunció en voz alta las palabras que él había susurrado en su oído, y el fuego se apagó súbitamente.
La preciosa bola quedó sobre el suelo, desprotegida y fría como si el fuego nunca hubiera existido.

-Monique.
Una chica rubia acudió a la llamada.
-Sí, señora.
La mujer que la había llamado estaba recostada en un diván morado, y observaba con creciente interés una pequeña bola. Soltó una carcajada y miró a la chica directamente a sus ojos verdes.
-Monique, ya sabes lo que tienes que hacer.
Monique inclinó la cabeza y salió de la gran habitación.
La mujer siguió observando la bola, y en sus ojos grises se reflejaba una chica acurrucada en un callejón oscuro, mirando fijamente un punto titilante en el asfalto. La imagen de la bola se amplió y apreció una niña de grandes ojos oscuros.
-Eres bonita, sí. No tengo ninguna duda de que serías una buena aprendiz… Lástima que tenga que matarte.

Deva observó con cuidado el interior de la esfera, que le desvelaba un palacio de columnas blancas, con las paredes y el techo hechos de cristal, rodeado de árboles.
Se acercó poco a poco, hasta que su pequeña nariz tocó la superficie de la esfera, y sintió como algo tiraba de ella. Desapareció justo en el momento en el que Monique se adentró en el callejón.

martes, 13 de julio de 2010

Slow dancing in a burning room


Se miraron un instante, y ella volvió a desviar la mirada, mordiéndose el pequeño labio inferior.
Se había imaginado aquel momento mil y una vez, había planeado cada detalle, cada movimiento. Ella lo sorprendería, con el alma al descubierto, por primera vez limpia de miedos y dudas. Quizá al principio él no comprendería la razón de aquel brillo especial en sus ojos oscuros, ni el calor de la llamada de su boca, pero ella haría el resto. No, mejor, él guiaría todos sus pasos, dejándole a ella la tentadora opción de, simplemente, dejarse llevar.
Había pensado la música adecuada, el lugar, la indumentaria, incluso la estación del año. Aquel encuentro debía ser inolvidable. Sí, así sería. Él aceptó todas las condiciones, solo para hacerla feliz.
Mientras pensaba todo esto, él la guiaba por la pista de mármol, lenta, muy lentamente, con pasos seguros y firmes… sin dejar de mirar su cuello. Giraban una y otra vez, abrazados, por fin juntos.
Esa pequeña parte de su ser, aquella que se ocultaba tras su sonrisa socarrona, bostezó en silencio y abrió los ojos. Se despertó.
Fue entonces cuando ella comprendió. Se dio cuenta de todo a la vez: no importaba la música, la ropa, el día ni el lugar. No importaba quién diera el primer paso… ni el último. Nada de eso importaba. Apreció su mirada azul y su pelo rebelde, y no necesitó nada más. Bajó la vista y admiró sus manos, que la hacían volar en aquel viejo salón.
Reposó su cabeza, peinada con cuidado y coronada con un tocado de plata, en el hombro que tantas veces había besado. Después bajó un poco, y dejó de mover los pies: escuchó.
El corazón de él, sorprendido por el baile interrumpido, latía con fuerza, queriendo salir de su pecho, atravesando la camisa blanca, hasta llegar al vestido violeta de ella.
Lentamente, muy lentamente, al compás de la canción, se soltó el pelo y desabrochó el incómodo corsé. Aflojó el cuello de la camisa de él y besó su barbilla.
Ésa era ella, sin miedos, sin dudas. Olvidó sus preocupaciones, olvidó el qué dirán, y bailó de nuevo. Él se fijaba en su enorme sonrisa y en aquel mechón que dividía su cara, de forma similar a la que dividía su alma. Por fin ella había elegido la correcta.
La habitación se encendió de repente, y ella se refugió en los ojos de su acompañante, dos lunas grises con reflejos amarillos, que le daban un aire salvaje. Ardían, todo estaba ardiendo.
Las enormes cortinas rojas se desplomaron sobre el mármol, y la temperatura aumentó. El chico de los ojos de luna tomó su mano, pero ella la soltó. Se abrazó a su cuello y siguió meciéndose, a un lado y a otro, mientras la música dejaba de sonar.
Él la escuchó reírse, feliz, demente, eufórica; mientras, la habitación se iba consumiendo, y el color de las llamas se apoderaba de todo. Era el momento.
La música no se había apagado, sino que el retumbar de sus latidos la ocultaba, la hacía retroceder a un segundo plano.
Ya no había lugar para los errores, ni para cualquier clase de miedo. Sólo estaban ellos dos, girando lentamente, abrazados por las llamas, abrazándose el uno al otro.
Es el momento” pensó ella, y vio en sus ojos grises azulados que él pensaba lo mismo.
No pensó, no analizó la situación, ni siquiera tomó aire antes de besarlo. Lo besó con urgencia, bebiendo de él, de las lágrimas derramadas. Lo besó una y otra vez, haciéndole perder la cabeza.
Él la apretó contra sí, ella lo miró a los ojos, y se le escapó una de esas sonrisas que hacía que las lunas se estremecieran.
-El último.- mintió ella, pues a ese beso le siguieron muchos otros.
No podía dejar de besar sus labios carnosos… al fin y al cabo, sus besos eran los únicos que avivaban las llamas de su locura.



viernes, 2 de julio de 2010

Wish you were here


Era increíble. Aquel hombre estaba tocando la canción que me gustaba escuchar cada noche en el hotel, una y otra vez, hasta dormirme, la canción que resumía toda un invierno.
A pesar del olor a cerveza, su ropa sucia y su cara demacrada, me gustaba su forma de tocar la guitarra, acariciando las cuerdas con sus sucias uñas. ¿Su voz? Estaba partida, rota por el alcohol y el tabaco, pero me conmovía. Conseguía arañar el aire y llegar hasta mi corazón, dormido por el ajetreo de la ciudad, el aroma de los Coffee Shop, las luces...

"So, so you think you can tell heaven from hell..."

Nos pidió que cantáramos con él, y negué instintivamente con la cabeza. Mi tía me miraba, como a la espera de que algo sucediera.
La letra de la canción surgía en mi cabeza, su significado, el recuerdo de él cantándola conmigo...

"How I wish, how I wish you were here..."

No pude más. Eché unas monedas a la funda negra de su guitarra y salí corriendo, tropezando con la muchedumbre. Lo echaba tanto de menos... El olor de su piel, su pelo revuelto entre mis dedos, sus ojos...
Me detuve en medio de la carretera, y respiré hondo. Había llegado a una zona más tranquila, así que me relajé y besé mi colgante de plata. ¡Dios mío! Había huído sin una palabra, dejando a Sara junto al mendigo. Miré a mi alrededor. No sabía dónde estaba, y desconocía el camino que había seguido hasta allí. En ese momento sonó una campanilla, y a mi derecha apareció uno de los tranvías blancos y azules que recorren Amsterdam. Intenté moverme, pero no podía. Cerré los ojos. Unos brazos fuertes me levantaron en el aire, y noté el temblor del suelo allí donde hacía unos segundos estaba yo. Me sentaron en un bordillo, pero yo seguía con los ojos cerrados. A mi lado, oí como alguien me hablaba, diciéndome algo en neerlandés. Abrí los ojos y vi al chico que me había salvado, que me miraba con los ojos azules muy abiertos y se mordía el labio, preocupado. LLevaba una camiseta negra y tenía el pelo rubio, larguito, con pequeños rizos. Volví a cerrar los ojos y me tapé la cara con las manos, tras notar que se sentaba a mi lado. Olía bien, olía muy bien...
"¿Ian?"
Lo miré otra vez, con el corazón latiéndome con fuerza. Apreté con fuerza el candado que llevaba en el cuello y le sonreí. No podía ser... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué me hablaba en neerlandés?
Él sacó un refresco de naranja de su mochila gris, y el alma se me cayó a los pies. Me fijé mejor, y no vi las arrugas de la sonrisa de Ian, tampoco su olor era el mismo... Y Ian odiaba los refrescos de naranja con burbujas. El desconocido se llamaba Frans, y tras presentarse, me ofreció un trago. Negué con la cabeza y miré al suelo. ¡Me sentía tan tonta! Añoraba tanto a Ian que lo veía en todas partes, sus canciones me perseguían, así como sus ojos. Lo necesitaba, lo necesitaba...

"We`re just two lost souls swimming in a fish bowl..."

El pobre Frans seguía hablándome, pero yo no me enteraba de nada, tampoco me importaba demasiado. Entonces apareció Sara, acalorada, ya que seguramente me habría seguido corriendo, y respiró aliviada al verme allí. Miró inquisitivamente a Frans, que le sonrió, y luego me miró a mí. Intenté levantarme pero no podía, había sufrido demasiados sustos en muy poco tiempo, así que él me ayudó a ponerme en pie. Yo apreté su mano con mis dedos y le di las gracias por todo, sin una sonrisa, sin mirarle a los ojos. El pobre no tenía la culpa.

"Running over the same old ground. What have you found? The same old fears. Wish you were here."

De nuevo, mis disculpas :) He estado una semanita en Amsterdam, y no he tenido tiempo de nada! Muchísimas gracias por vuestros comentarios, los responderé en cuanto pueda :) Gracias.

viernes, 25 de junio de 2010

Amigas


Emily jugaba con una llave en la arena. La llave era dorada de día, pero de noche robaba a la luna un poquito de su color. La pequeña Emily le daba vueltas y vueltas, y miraba de reojo el astro de plata.

Minutos antes, Emily contemplaba las estrellas, tumbada sobre la arena. Con la boca abierta y la cabeza sobre los brazos, las contaba una y otra vez. No era fácil, ya que a cada momento se encendían nuevas luces en el cielo, mientras que otras desaparecían. Se hacía tarde pero ella no tenía sueño, debía permanecer despierta.
Por fin encontró lo que buscaba: una estrella fugaz. Murmuró su mayor deseo, con los ojos cerrados y los puñitos apretados. Pasaba las noches en el jardín de su abuela, a la espera de estrellas fugaces que hicieran realidad su gran deseo. Aquélla era su estrella, seguro. El deseo se cumpliría.
De repente se quedó dormida, agotada por la intensidad del momento, y cuando despertó, no estaba sola.
Una chica rubia la miraba fijamente a los ojos, pero en cuanto la miró, desvió la mirada hacia el horizonte azul oscuro. Una pulsera de plata en su tobillo llamó su atención. Llevaba un viejo vestido e iba descalza. Su mirada perdida y su piel blanca como luz asustaron a Emily, quien se incorporó rápidamente.
-¿Quién eres?
La chica desconocida no respondió. Siguió mirando un punto fijo en la lejanía, hasta que su cuerpo sufrió una fuerte sacudida. Asustada, palpó su cuello y sonrió, aliviada. Giró lentamente la cabeza y descubrió a Emily, que la observaba con cuidado.
-Me llamo Monique.
Su voz sonó suave y tranquila. Emily sonrió. Monique era muy bonita, y sus ojos verdes brillaban de forma especial con cada palabra pronunciada. De repente, ya no parecía tan siniestra.
-Yo soy Emily.
Le dio la mano y sonrió. Monique no contestó, ni siquiera parecía haberla oído. Soltó la pequeña mano de Emily y apretó las suyas, nerviosa. La luna llena se reflejaba en sus ojos verdes, y su extraña sonrisa iba y venía.
Emily descubrió que aquello con lo que jugueteaba su nueva amiga era una llave, dorada y grande, que contrastaba con el color desvaído de su vestido rosa. Sintió como el miedo roía su corazón, su pequeño corazón.
Tenía miedo de que la estrella no hubiera escuchado bien su deseo, tenía miedo de Monique.
-Monique… esa llave… ¿Para qué es?
-Es un secreto.
-Las amigas no tienen secretos entre sí.
-¿Nosotras somos amigas?.- Monique miró a Emily, atravesándola.
-Sí.- dijo ella, temblando al principio, serena a final.
Monique se puso en pie y se alisó el vestido, dejando caer pequeños granos de arena que desaparecieron antes de volver al suelo.
Miró la llave con desconfianza, la estrujó contra su pecho, y la separó con fuerza, acercándola a Emily. Repitió los mismos gestos una vez más. Parecía dudar cuando murmuró:
-Toma, te la regalo. Ahora que es tuya, debes conocer su secreto. Esta llave abre la luna, pero sólo cuando ésta está llena. Llévala siempre, y ten cuidado, mucha gente quiere hacerse con ella.
Emily cogió la llave y pasó el dedo por sus extrañas inscripciones. ¿Abrir la luna?
-¿Qué hay dentro de la luna?
-Nadie lo sabe.
Las palabras de Monique no tenían ni pies ni cabeza. Emily se sentía como en una canción, lenta y suave, algo extraña, que la balanceaba a un lado y a otro. ¿Qué habría dentro de la luna? ¿Guardaría la verdad, la felicidad, la inmortalidad? Demasiado típico. ¿Guardaría caramelos de todos los sabores? ¿Una amiga para ella? Las diferentes notas la adormecían, su cuerpo se relajaba…
Monique se tumbó en la arena y le hizo muchas preguntas a Emily sobre la amistad.

“La amistad es aquel sentimiento que une a dos o más personas, que les enseña a compartir, a vivir, a soñar… Te mantiene viva aunque tengas ganas de morir. Nunca subestimes a un amigo, Monique. Puede dártelo todo… o quitártelo.”

Cuando Emily terminó de hablar, abrió los ojos, y se encontró sola de nuevo. Sus ojitos oscuros se deshicieron en lágrimas, mientras apretaba la llave con fuerza contra su mejilla, repitiendo una y otra vez su deseo...


“Quiero una amiga para compartir, vivir, soñar y reír.”

martes, 22 de junio de 2010

Victoria


Querida Vic, cada uno de los segundos que nos separan me han arrancado las ganas de marchar, pero las ganas vuelven en cuanto pienso en ti.
No puedo quedarme, y lo sabes. Esto es lo mejor que podría haber hecho. Quizá el tiempo nos una de nuevo, en otra ciudad, donde podamos ser felices juntos. Hasta entonces, vagaré solo, escribiendo mis canciones, acompañándolas con el recuerdo de tu voz.
Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo, pero como bien sabes, de los errores se aprende. He aprendido a no dejarme llevar, a no dejar que nadie piense y decida por mí, a ser yo mismo.
Dirás que debí darme cuenta antes, y tendrás razón. Pero no podía quedarme, no podía ver como tus esfuerzos por hacerme feliz se deshacían en nada. Quítatelo de la cabeza: no es culpa tuya. Yo no podía ser feliz allí, tú acabarías por dejar de serlo a mi lado.
No preguntes a Annie, ella no sabe dónde estoy. No me arrepiento del tiempo que compartí con ella, ni de aquello que hice, aunque he tardado en darme cuenta.
Ahora, mientras el tren coge velocidad, estarás abriendo tus bonitos ojos. Es como si te estuviera viendo: te despertarás acurrucada, como siempre duermes, aunque haga calor. Tu pelo color miel sobre las sábanas azules brillará más que nunca, como para recordarme lo suave y perfecto que es. Te añoro tanto… Añoro tus ojos grandes, expresivos, y las comisuras de tu boca, que se inclinan hacia abajo cuando sonríes.
Añoro tus abrazos, tus mirada perdida, el rubor de tus mejillas aquella noche.
Nunca olvidaré aquella única noche. Victoria, esto no funciona, acordarme de ti me lo pone más difícil. Pero haga lo que haga, mi mente te evoca una y otra vez… Aunque me dirijo al norte, el paisaje se me presenta cada vez más muerto, a medida que me alejo de ti. No entiendes por qué me voy, ¿verdad? Yo a veces tampoco.
Sólo sé que no puedo ser la causa de tu infelicidad. Huir es de cobardes, y yo soy el más cobarde de todos. Tendría que habértelo dicho, haber secado tus lágrimas todas las noches que llorabas pensando en mí, y haberte besado cuando quería hacerlo.
Lo importante es que te quiero, y tú también a mí. Eso no cambiará nunca.
La vida es demasiado complicada, y el nuestro no es un cuento de hadas. Si lo fuera, Annie sería la bruja, ¿verdad? Vic… no puedo ni sonreír. Necesito tus palabras para eso, y aunque sé que nunca sabrás todo esto, que nunca leerás esta carta, quiero que sepas que te quiero, que siempre lo hice. No fue un error, ni un mar de dudas. Fue la indecisión de un cobarde, un cobarde que te quiere y que no quiere que sufras por él.
Algún día volveremos a vernos, pequeña, y estoy seguro de que no me saldrá la voz, como ahora.
Algún día… espero que sea cuanto antes. No podré ir muy lejos, no seré capaz, pero… me gustaría verte pronto. Búscame… yo buscaré tu pelo en cada gran ciudad, en cada colina verde, en cada bar oscuro… buscaré tus párpados cerrados y tu sonrisa hacia abajo.


Franccesco besó la nota, que se había mojado con una sola lágrima, la arrugó y la lanzó al aire desde el tren, que se alejó a toda velocidad.

jueves, 17 de junio de 2010

Distancia


-Tenía miedo de que te enfadaras conmigo, de que me reprocharas mi actitud.
-Ellen… Últimamente estás muy rara, y sabes que me molesta, pero yo nunca me enfadaría por una de tus historias.
-Siento estar así, Ian…- reprimí una lágrima.- Pero es que no sé lo que me pasa.
-Sí lo sabes. Pero no quieres contármelo.
-Tienes razón. Es que creo que si lo digo en voz alta, se acabará cumpliendo.
-Soy yo.- Me miró profundamente a los ojos.- Puedes confiar en mí.
-Es que… no quiero que llegue el verano. No quiero separarme de ti, es demasiado tiempo. Y si… ¿y si la distancia es más fuerte que nosotros? ¿y si las noches de verano, pegajosas, infinitas, nos traicionan?
Lo había dicho. Ahora vendría un sermón sobre la confianza. Mojé su hombro con mis lágrimas, guardadas demasiado tiempo, y lo abracé con fuerza.
“No quiero perderte nunca” susurré en su oído.
Ian me miró, muy serio, y me dijo:
-Nada, absolutamente nada es más fuerte que nosotros. La distancia no podrá con nosotros, tus dudas, sí.
Cogió mi cabeza entre sus manos, y me acercó a él. Así, sobre los labios del otro, ambos pronunciamos a la vez unas palabras sacadas de un libro muy especial.
“Prefiero estar contigo, con todo lo que eso implica, a estar sin ti.”



Una azafata me pregunta si quiero algo de beber, y le respondo en inglés, educadamente.
Como estoy junto a la ventanilla, me pongo los auriculares y me sumerjo en el cielo nocturno.
Allí abajo, las grandes ciudades no son más que tatuajes de luz en una piel oscura, dibujados al azar, sin orden, formando historias en mi cabeza. Algún día las relataré todas.
Ahora, aquí sentada, me doy cuenta de que no tengo dudas, ni grandes ni pequeñas, y de que todo es posible si estamos juntos. Conseguiremos vencer a la dura distancia, y seguiremos escribiendo nuestra historia.
Recorreremos todo el mundo, que se despliega ante nosotros, y desharemos las partes oscuras, dejando tan sólo las de luz.


Disculpad el retraso. He estado una semanita en Londres, y no he podido escribir. Ha sido genial, y me ha dado muchas ideas nuevas :) Responderé todos vuestros comentarios en cuanto pueda. Un beso a todos, gracias por esperar.