
Amelie se acomodó en la repisa de su ventana, y se olvidó de todo. Tarareó una canción olvida, triste, una canción de amor.
Jim entró súbitamente y la trajo de vuelta al mundo real. Jim era el ayudante del señor Brown, el carpintero que les estaba haciendo algunos arreglos en la casa nueva.
Amelie se secó una lágrima con la mano, parpadeó un par de veces y volvió a ser la de siempre.
Joven, segura, decidida y atractiva.
Jim se había percatado especialmente de esto último.
Llevaba un par de día trabajando allí y ya estaba loco por ella. Amelie se había dado cuenta. Siempre lo hacía. Le gustaba sentirse deseada y guapa, eso atenuaba el dolor.
Bajo su máscara de serenidad y firme decisión se escondía una niña rota. Tenía el corazón cosido con tantos remiendos que no parecía latir.
Pero lo hacía. Amelie decidió que no se rendiría y comenzó a vivir cada instante al máximo, aprovechando cada segundo como si fuera el último.
-¡¡Jimbo!!
El joven la miró, y se disculpó avergonzado.
-¡Vooy!- se dirigió a Amelie.- Disculpe, el señor Brown me necesita.
Jim no era atractivo. Pero tampoco estaba tan mal. El peto vaquero era demasiado ancho para su cuerpo delgado, y tenía los ojos demasiado grandes.
Sin embargo, podría darle una oportunidad a aquel chico. ¿Quién sabe? Quizá Jim conseguiría amenizar alguna de las noches vacías que componían su vida.
Simplemente haría feliz a aquel chico, y ella… Ella no perdería nada. Tampoco tenía nada que perder.
Al día siguiente, Jim tuvo una grata sorpresa. Dibujados en el polvo que cubría la puerta que tenía que cortar, había nueve dígitos: el número de Amelie.
Firmaba A.
Jim entró súbitamente y la trajo de vuelta al mundo real. Jim era el ayudante del señor Brown, el carpintero que les estaba haciendo algunos arreglos en la casa nueva.
Amelie se secó una lágrima con la mano, parpadeó un par de veces y volvió a ser la de siempre.
Joven, segura, decidida y atractiva.
Jim se había percatado especialmente de esto último.
Llevaba un par de día trabajando allí y ya estaba loco por ella. Amelie se había dado cuenta. Siempre lo hacía. Le gustaba sentirse deseada y guapa, eso atenuaba el dolor.
Bajo su máscara de serenidad y firme decisión se escondía una niña rota. Tenía el corazón cosido con tantos remiendos que no parecía latir.
Pero lo hacía. Amelie decidió que no se rendiría y comenzó a vivir cada instante al máximo, aprovechando cada segundo como si fuera el último.
-¡¡Jimbo!!
El joven la miró, y se disculpó avergonzado.
-¡Vooy!- se dirigió a Amelie.- Disculpe, el señor Brown me necesita.
Jim no era atractivo. Pero tampoco estaba tan mal. El peto vaquero era demasiado ancho para su cuerpo delgado, y tenía los ojos demasiado grandes.
Sin embargo, podría darle una oportunidad a aquel chico. ¿Quién sabe? Quizá Jim conseguiría amenizar alguna de las noches vacías que componían su vida.
Simplemente haría feliz a aquel chico, y ella… Ella no perdería nada. Tampoco tenía nada que perder.
Al día siguiente, Jim tuvo una grata sorpresa. Dibujados en el polvo que cubría la puerta que tenía que cortar, había nueve dígitos: el número de Amelie.
Firmaba A.