Todos los años, el segundo domingo de agosto, me despertaban la banda de música y los petardos de aquellos impacientes que querían comenzar a celebrar la fiesta del pueblo cuanto antes.
Desayunaba, emocionada porque por fin había llegado aquel día, y me vestía con el complicado vestido regional: unos pololos sobre mi ropa interior, una camisa hecha a mano, la pesada falda de felpa amarilla, un corpiño bordado y las playeras de tela blanca. Sobre todo eso me colocaban dos pañuelos; uno sobre los hombros y otro en la cabeza.
Después, acompañada de toda la familia, iba al pueblo a mirar los variados puestos y, mientras yo me sentía atraída por los pendientes y las pulseras, mis padres se decantaban por los puestos de comida.
Ese día solía hacer mucho calor, y la pesada falda lo hacía aún más insoportable, pero era algo por lo que había que pasar, así que yo permanecía tal cual, encantada.
Volvíamos a casa más tarde de lo acostumbrado, y comíamos en el jardín. Por la tarde volvíamos al mercado y escuchábamos la música de las gaitas y las panderetas, que a mí me trasladaba a otro tiempo, a otro lugar. Más tarde había un desfile de carrozas y ganado autóctono, y cuando oscurecía dejábamos caer agua desde los balcones a una multitud de jóvenes que nos la pedían a gritos, y que iría disminuyendo en número con el paso del tiempo. Durante un par de años, yo me encontré entre ellos.
Cada año lo mismo. El día M se conviritó en una rutina que se desarrollaba sola.
Pero, poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. Desde que era pequeña hasta que cumplí los 13 ó 14 años, me vestí de montañesa, pero a partir de entonces, aquel día camabió de misión, no era para unir a la familia, sino para salir y pasarlo bien con las amigas.
Este año, sin embargo, todo ha sido diferente.
Liss y yo nos despertamos muy tarde, después de haber pasado toda la noche bailando y riendo, dejándonos la voz. Los petardos nos despertaron, como cada año, pero no quisimos escucharlos, no quisimos levantarnos corriendo para no perder ni un minuto de aquel día, al contrario, nos daba pereza poer un pie fuera de la cama. Nos quedamos tumbadas, hablando, hasta tarde y desayunamos tranquilamente para ducharnos a continuación.
Salimos, vimos el mercado y nos dejamos envolver sin demasiada convicción por los olores típicos que cubrían el pequeño pueblo todos los años.
La comida familiar degeneró. No hubo comida en el jardín; mientras mis padres y mis tíos tomaban unas cervezas en los bares, yo miraba el techo en mi habitación, sin hambre. Cuando ésta apareció, a las cuatro y media de la tarde, bajé a la cocina, con los auriculares en las orejas, cogí un trozo de tortilla de patatas y me preparé mi comida del día M. Comí sola en la cocina, escuchando música.
Por la tarde apenas podíamos tenernos en pie del cansancio, y decidimos volver a casa pronto.
Aquella noche no me levanté ni me asomé a la ventana para ver los bonitos fuegos artificiales que solía contemplar en silencio con mi abuela. Cuando pude oírlos, a lo lejos, subí el volumen de la música, porque el ruido de aquellas luces en el cielo me recordaban cuánto había cambiado todo.
Aquella noche no suspiré aliviada al quitarme la pesada falda, sino que una opresión mucho más fuerte que la que solía ejercer la falda, situada entre el estómago y el corazón, me acompañó lealmente hasta que me quedé dormida.
Me dormí entre jadeos, recordando vagamente el día y con los ojos pegajosos por las lágrimas.
Soñé con un águila enorme, que volaba sobre el valle y, a kilómetros de allí, en mi viejo colchón, anhelé su libertad.
¿Qué había cambiado aquel año? Todo.
"Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt" Goethe.
De la más alta euforia a la más profunda aflicción.
lunes, 15 de agosto de 2011
El día M.
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miércoles, 10 de agosto de 2011
Los primeros rayos de luz se abrieron paso a través de la ventana azul hasta los ojos cerrados de Gema, despertándola. Se incorporó despacio, pero pareció recordar algo que le hizo ponerse en pie de repente. Se asomó a la ventana y suspiró de alivio al divisar el viejo barquito que se acercaba lentamente al pequeño puerto. Se despojó del camisón celeste y se cubrió con un volátil vestido blanco. No cerró la puerta tras ella ni se calzó los zapatos. Bajó corriendo por las estrechas calles de piedra, mirando hacia el puerto, buscando con desesperación el pequeño barco de color de nube. Llevaba el pelo suelto, y tanto su aspecto enmarañado como su vestido blanco le dieron cierto aire fantasmagórico, por lo que no fue nada extraño que los somnolientos pueblerinos aseguraran, más tarde, haber visto un espíritu volando frente a su ventana.
Llegó al muelle sin aliento, con los pies sucios y una gran sonrisa, y allí la esperaba Álvaro, que acababa de llegar en el viejo barco de su abuelo. Gema saltó a sus brazos, sin darle tiempo a saludar.
-¡Álvaro, te he echado de menos!
Un gracioso hoyuelo se dibujó en la mejilla del joven cuando una dulse sonrisa cruzó su cara morena.
-Pero si estuvimos juntos anoche.
-¡Calla! Me he sentido muy sola. Mis padres no están y no tenía a nadie con quien hablar.
-¿Has hablado con él?
Gema dejó de sonreír por un momento, y Álvaro advirtió las sombras rosadas que rodeaban sus ojos hinchados.
-Sí...
-¿Gema?
-Sí, pero no quiero hablar de eso. ¿Cómo va el barco? ¿Me llevarás a dar una vuelta?
Álvaro se dio por vencido, no había quien la entendiese. Con las manos en la cintura se giró y admiró la pequeña embarcación.
-Genial. Mañana dicen que va a llover, pero el sábado te llevaré a una cala muy bonita que descubrí ayer por la tarde; podríamos llevarnos la comida y hacer un picnic.
-¡Sí!
Gema volvió a sonreír con fuerza, y bailó como una niña pequeña alrededor de Álvaro. Cuando desahogó su alegría se sentó en el muelle, invitándole a que hiciera lo mismo.
-A pesar de todo, te veo contenta.
Ella desvió la mirada, perdiéndose en el horizonte azulado, y asintió con pesar.
-No voy a dejar que unas cuantas peleas me estropeen las vacaciones de verano.
-No entiendo a qué vienen tantas peleas.- suspiró él.
-Todo es por culpa de la distancia. Es muy difícil estar así, estamos acostumbrados a estar siempre juntos y...
Su blanca sonrisa se escondió de nuevo, y sus ojos se llenaron del agua salada que habían tomado del mar.
Álvaro besó con dulzura su nariz y la abrazó como un hermano mayor.
-Falta poco para que os volváis a ver.- dijo con voz extraña.
"Ése es el problema" pensó Gema. Últimamente se sentía muy confusa y asustada. Miró a Álvaro a los ojos y sintió un cosquilleo en la punta de la nariz, donde la había besado.
-Tienes la piel de gallina, ¿tienes frío?
No le dio tiempo a responder. Se quitó la chaqueta fina y la acomodó en sus hombros delgados.
El olor a Álvaro la llenó de esa sensación de culpabilidad que últimamente la acompañaba y que revolvía sus pensamientos, tornando dudosos sus sentimientos. ¿Qué pensarían si lo supieran? Se sentía vacía... Volvió a perderse en el mar, que estaba demasiado tranquilo, como a la espera de que algo ocurriese.
"Es la calma que precede a la tormenta."
Llegó al muelle sin aliento, con los pies sucios y una gran sonrisa, y allí la esperaba Álvaro, que acababa de llegar en el viejo barco de su abuelo. Gema saltó a sus brazos, sin darle tiempo a saludar.
-¡Álvaro, te he echado de menos!
Un gracioso hoyuelo se dibujó en la mejilla del joven cuando una dulse sonrisa cruzó su cara morena.
-Pero si estuvimos juntos anoche.
-¡Calla! Me he sentido muy sola. Mis padres no están y no tenía a nadie con quien hablar.
-¿Has hablado con él?
Gema dejó de sonreír por un momento, y Álvaro advirtió las sombras rosadas que rodeaban sus ojos hinchados.
-Sí...
-¿Gema?
-Sí, pero no quiero hablar de eso. ¿Cómo va el barco? ¿Me llevarás a dar una vuelta?
Álvaro se dio por vencido, no había quien la entendiese. Con las manos en la cintura se giró y admiró la pequeña embarcación.
-Genial. Mañana dicen que va a llover, pero el sábado te llevaré a una cala muy bonita que descubrí ayer por la tarde; podríamos llevarnos la comida y hacer un picnic.
-¡Sí!
Gema volvió a sonreír con fuerza, y bailó como una niña pequeña alrededor de Álvaro. Cuando desahogó su alegría se sentó en el muelle, invitándole a que hiciera lo mismo.
-A pesar de todo, te veo contenta.
Ella desvió la mirada, perdiéndose en el horizonte azulado, y asintió con pesar.
-No voy a dejar que unas cuantas peleas me estropeen las vacaciones de verano.
-No entiendo a qué vienen tantas peleas.- suspiró él.
-Todo es por culpa de la distancia. Es muy difícil estar así, estamos acostumbrados a estar siempre juntos y...
Su blanca sonrisa se escondió de nuevo, y sus ojos se llenaron del agua salada que habían tomado del mar.
Álvaro besó con dulzura su nariz y la abrazó como un hermano mayor.
-Falta poco para que os volváis a ver.- dijo con voz extraña.
"Ése es el problema" pensó Gema. Últimamente se sentía muy confusa y asustada. Miró a Álvaro a los ojos y sintió un cosquilleo en la punta de la nariz, donde la había besado.
-Tienes la piel de gallina, ¿tienes frío?
No le dio tiempo a responder. Se quitó la chaqueta fina y la acomodó en sus hombros delgados.
El olor a Álvaro la llenó de esa sensación de culpabilidad que últimamente la acompañaba y que revolvía sus pensamientos, tornando dudosos sus sentimientos. ¿Qué pensarían si lo supieran? Se sentía vacía... Volvió a perderse en el mar, que estaba demasiado tranquilo, como a la espera de que algo ocurriese.
"Es la calma que precede a la tormenta."
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miércoles, 3 de agosto de 2011
Ambrosía musical
Bajó al máximo la persiana, cerró la puerta de su habitación y apagó la luz. A tientas volvió a la cama, se colocó los enormes cascos y pulsó el play. El flujo lento de una canción fue apoderándose de la habitación oscura, colándose por cada rincón y envolviendo a José. El fantasma rosa lo arropó, acariciándolo con suaves palabras de una guitarra eléctrica. José cerró los ojos y se dejó llevar. La canción iba tomando forma y, simultáneamente, sus rizos oscuros palpitaron al ritmo marcado por la batería. Cuando la voz hipnótica inició su hechizo, él se encontraba muy lejos de allí.
Remember when you were young…
Apareció en una selva salvaje, rodeado de árboles serpenteantes y flores exóticas de tamaño desorbitado. Miles de diamantes brillaban, destacando entre el verde fantasmagórico de la flora sobrenatural. Guiado por la locura de aquellas joyas se puso en marcha, adentrándose en la selva de luz y sonido. Escondidas entre los troncos llenos de musgo se encontraban unas jóvenes desnudas, las hermosas ninfas. De sus cabellos pendían pétalos incandescentes que, inexplicablemente, no prendían en las hojas, ni en el suelo cubierto de hierba, sólo en su corazón acelerado por la droga intangible que gemía en sus venas. Las ninfas tenían las uñas decoradas con pequeños trozos de aquellos diamantes que poblaban toda la selva, y su piel olivácea creaba un bello matiz con sus ojos violetas. José no dudó ni un instante, y se acercó a ellas. Las abrazó, lloró en sus cabellos de pétalo, bebió la ambrosía de sus pechos y se dejó arrullar por sus palabras venenosas.
De repente todo cambió. La selva luminosa se transformó en un sombrío bosque, y las ninfas huyeron, dejando a José tirado en la hierba, con los labios dulces y el corazón dolorido.
Sin necesidad de abrir los ojos se dejó conducir por un instinto nuevo y palpitante, que lo condujo al centro de un claro. La música a su alrededor había cambiado: ya no era lenta, sugerente; sino rápida y amenazante.
De repente todo cambió. La selva luminosa se transformó en un sombrío bosque, y las ninfas huyeron, dejando a José tirado en la hierba, con los labios dulces y el corazón dolorido.
Sin necesidad de abrir los ojos se dejó conducir por un instinto nuevo y palpitante, que lo condujo al centro de un claro. La música a su alrededor había cambiado: ya no era lenta, sugerente; sino rápida y amenazante.
Threatened by shadows at night, and exposed in the light.
Al abrir los ojos descubrió el cadáver de un gran lobo gris y, sin saber por qué, le abrió la boca. Las poderosas fauces no opusieron resistencia a sus manos de guitarrista, y se abrieron para mostrarle un pequeño frasco de cristal que dormía sobre la lengua del lobo, esperando. Lo tomó y observó su contenido trasparente, sin dar crédito a sus ojos. Eran lágrimas de lobo, el elixir de la inmortalidad. Cuando se disponía a destapar el frasco, el animal comenzó a desaparecer muy poco a poco, así como los árboles milenarios y el brillante rastro de diamantes que las ninfas habían dejado en su huida. Todo desapareció, incluso el frasco.
You reached for the secret too soon, and you cried for the moon.
José despertó en su habitación, a oscuras, con el corazón en la boca y un miedo que guardaba silencio en su retina. La música se había detenido.
domingo, 31 de julio de 2011
Wind of Change

Mientras el avión surcaba la oscuridad, Ellen miró hacia abajo como hiciera un año antes, sintiéndose atraída por los tatuajes de luz que surcaban la tierra oscura de un país desconocido. Pensó en lo que le esperaba al llegar a casa, en el abrazo de su madre, la media sonrisa de su padre y en los bracitos pequeños de Carlota. Reflexionó también sobre el cada vez más cercano otoño, cuando las hojas marrones serían sus amigas y le harían llegar sus mensajes a Ian. Él se encontraría en una ciudad llena de calles donde perderse, donde guardar secretos. Ella tendría que vivir un año sin él, viéndolo de vez en cuando y echándolo de menos más que nunca, pues necesitaría sus abrazos para afrontar aquel año difícil.
Dejó que su soledad se esparciese lentamente sobre la niebla gris que en ese momento le impedían ver las ciudades lejanas. El pájaro férreo atravesó aquellas nubes que contenían el alma de tantas personas y Ellen pudo perderse otra vez en los tatuajes de luz. Parecía que el piloto lo había detenido todo a su alrededor para contemplar el mundo a sus pies.
Estando a miles de kilómetros del suelo firme no le resultó difícil evocar el pasado, y se perdió en los recuerdos. A los pocos minutos se dejó caer por el túnel que éstos formaban y sin querer se desvió, cayendo con suavidad en el mundo de los sueños.
Despertó en un campo de margaritas naranjas, que susurraban poesías inacabadas que nunca se escribieron. Caminó despacio, sintiendo el placentero roce de los pétalos en sus manos pequeñas. El cielo azul brillaba con fuerza pero, por mucho que buscó, no encontró ningún sol o estrella que produjera aquella luz. El viento del cambio mecía las flores y le revolvía el pelo, intentando atraer su atención.
De repente vio una persona diminuta sentada en una de las flores. Se acercó con curiosidad y se tropezó, asustada, cuando descubrió que aquel ser tenía su rostro. Sorprendida, descubrió que había una Ellen diminuta en cada margarita, y que algunas habían caído al suelo. Las recogió con cuidado, sujetándolas como se sujeta una caricia, y reveló así el secreto de aquellas flores: en cada una había una Ellen, distinta a las demás pero al mismo tiempo semejante, pues cada una reflejaba un momento importante en su vida.
Constató que no sólo el pasado había quedado registrado. Encontró a la Ellen del presente, dormida sobre el estigma de la flor. Fue entonces cuando se le ocurrió una idea disparatada: buscar el futuro.
Animada por el viento cambiante se dejó guiar por un instinto nuevo y apremiante que la cegó por un momento y la llevó junto a la flor que buscaba. No miró ninguna más, sólo aquella. Se descubrió a sí misma serena, madura. La soledad parcial que sin duda sufría la había curtido, le había enseñado a no depender de personas que no se preocupaban por ella, personas que la miraban con asco. Viéndose así, fuerte y segura, no tuvo ninguna duda: podría conseguir todo aquello que se propusiese.
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miércoles, 18 de mayo de 2011
Keith.
Las sábanas de seda me pedían a gritos que me quedara, que permaneciera en aquel sueño aparentemente bello, que no era más que una mentira.
Cubriéndome sólo con una bata final y azul, bordada con el nombre del hotel, me acerqué al pequeño balcón de mármol, como todas las noches en las que fingía ser otra persona. Ladeé la cabeza y la apoyé en la pared, fría como mis sentimientos hacia Keith.
La enorme ciudad intentaba conciliar el sueño más abajo, pero el continuo tráfico y las luces de oro se lo impedían. Miré a mi alrededor, abarcando todo lo que tenía, todo lo que cualquier mujer necesitaría para ser feliz. Sin embargo, la felicidad era una leyenda urbana en la que yo había dejado de creer para siempre.
Me giré y observé al hombre que dormía en la cama de sábanas blancas. Sus brazos fuertes abrazaban la almohada, y sus largas pestañas parecían cubrir la salida de sus sueños, impidiendo su huida al exterior. Yo sabía que sus ojos oscuros me observaban, y que él sólo fingía dormir. Conocía mi costumbre de mirar al horizonte durante cincuenta y tres minutos, cada noche de amor que compartíamos. Cuando llegaba el momento de dormir dulcemente en sus brazos, como la supuesta mujer enamorada que era, nuestro ritual era otro; no había caricias en la espalda ni un “Buenas noches” rebosante de amor. Él bostezaba y se apartaba de mí, dejándome el espacio que mis ojos le pedían en silencio, el que necesitaba para recapacitar. Cuando Keith fingía dormir, cerrando los ojos y respirando suavemente, yo me incorporaba y me acercaba a la ventana. Él no podía dejar de preguntarse qué era lo que hacía mal, y mientras desayunábamos, cada mañana en una ciudad diferente, ahogaba su mirada cansada en su café solo con una cucharada y media de azúcar, que yo preparaba antes de que se levantara. Pero no se atrevía a preguntarme sobre mi extraño comportamiento.
Desde que me descubrió sentada en el alféizar de la ventana de su piso en Nueva York, desnuda y llorando en silencio, él también había enmudecido. Solía preguntarme si le quería, a lo que yo respondía con un sí mal disfrazado.
Aun así, él me quería, y seguía a mi lado, creyendo que, si seguíamos adelante, aparentando que todo iba bien, yo cambiaría y llegaría a quererlo de verdad.
Aquella noche fue diferente. Keith se levantó silenciosamente y fijó sus ojos en mi espalda torcida, intentando traspasar mi carne y mis huesos, intentando llegar a mi corazón, que después de casi dos años seguía acordonado.
Yo tenía los ojos abiertos, pero no veía nada; toda mi energía se empleaba en recordar con intensidad el pasado que yo olvidaba durante el día. Poco a poco el recuerdo de Jesús dolía menos, no porque hubiera perdido intensidad, sino porque, después de mucho tiempo, había perdido la sensibilidad, y mis labios no sabían besar con cariño nada más que al viento, muy de vez en cuando.
Keith no entendía por qué me palpaba con insistencia mis propios brazos, y yo no sabía explicarle que intentaba sentir algo, un roce, un cosquilleo, una señal que indicara que no había perdido el sentido del tacto.
Faltaban tres minutos para que yo volviera a mi cama tras haber desahogado mi alma y mi mente durante los cincuenta restantes. No lloraba, ni susurraba palabras incomprensibles: no había nudos en mi garganta. Simplemente me permitía pensar en él durante menos de una hora, cincuenta y tres minutos, el tiempo que había tardado en comprender que Jesús no se iría de mí nunca.
Faltaban tres minutos para olvidar de nuevo otra vez y volver a la cama con Keith, dispuesta a fingir un día más, puesto que era el único camino que podía seguir para no morir del todo; cuando se acercó y me abrazó, pasando sus brazos por mis hombros.
No necesité girarme para saber que estaba llorando; sus lágrimas recorrían mi cuello y mojaban mi pelo enredado. Su aliento olía a los escasos besos que lograba robarme, un olor que encogía mi estómago y me hacía sentir culpable.
Desde el momento en que me miró, dejó ver sus sentimientos como un estanque claro y límpido y, fueron muchas las veces que me negué a quedar con él, las veces que huí de una ciudad para no verle y las que nos encontramos en mis misteriosos destinos, escogidos al azar. Finalmente, lo consiguió. ¿Qué más daba un corazón roto más? Él no se daba por vencido, y su mente se obcecaba en ser optimista, cosa que envenenaba mi sentimiento de culpabilidad, pero yo estaba segura de una cosa: me iría en cuanto me lo pidiera.
Yo no era suya, y Keith lo sabía. Yo era una mota más de polvo, un grano de arena en una playa de sueños sin cumplir, una ola en su incesante ir y venir, que no se pregunta por el mañana. No tenía metas.
Keith desistió y volvió a la cama, desde la que me observó como a un precioso sueño del que acabas de despertar: lejana, irreal, dolorosa.
Mentiría si dijera que no sentía nada por él. Sin embargo, no era amor, sino gratitud y seguridad, pues era él quien me había salvado, quien había abrazado a la rosa llena de espinas en la que me había convertido, a sabiendas de que esas espinas seguían creciendo cada día, incrustándose en su piel morena.
Cubriéndome sólo con una bata final y azul, bordada con el nombre del hotel, me acerqué al pequeño balcón de mármol, como todas las noches en las que fingía ser otra persona. Ladeé la cabeza y la apoyé en la pared, fría como mis sentimientos hacia Keith.
La enorme ciudad intentaba conciliar el sueño más abajo, pero el continuo tráfico y las luces de oro se lo impedían. Miré a mi alrededor, abarcando todo lo que tenía, todo lo que cualquier mujer necesitaría para ser feliz. Sin embargo, la felicidad era una leyenda urbana en la que yo había dejado de creer para siempre.
Me giré y observé al hombre que dormía en la cama de sábanas blancas. Sus brazos fuertes abrazaban la almohada, y sus largas pestañas parecían cubrir la salida de sus sueños, impidiendo su huida al exterior. Yo sabía que sus ojos oscuros me observaban, y que él sólo fingía dormir. Conocía mi costumbre de mirar al horizonte durante cincuenta y tres minutos, cada noche de amor que compartíamos. Cuando llegaba el momento de dormir dulcemente en sus brazos, como la supuesta mujer enamorada que era, nuestro ritual era otro; no había caricias en la espalda ni un “Buenas noches” rebosante de amor. Él bostezaba y se apartaba de mí, dejándome el espacio que mis ojos le pedían en silencio, el que necesitaba para recapacitar. Cuando Keith fingía dormir, cerrando los ojos y respirando suavemente, yo me incorporaba y me acercaba a la ventana. Él no podía dejar de preguntarse qué era lo que hacía mal, y mientras desayunábamos, cada mañana en una ciudad diferente, ahogaba su mirada cansada en su café solo con una cucharada y media de azúcar, que yo preparaba antes de que se levantara. Pero no se atrevía a preguntarme sobre mi extraño comportamiento.
Desde que me descubrió sentada en el alféizar de la ventana de su piso en Nueva York, desnuda y llorando en silencio, él también había enmudecido. Solía preguntarme si le quería, a lo que yo respondía con un sí mal disfrazado.
Aun así, él me quería, y seguía a mi lado, creyendo que, si seguíamos adelante, aparentando que todo iba bien, yo cambiaría y llegaría a quererlo de verdad.
Aquella noche fue diferente. Keith se levantó silenciosamente y fijó sus ojos en mi espalda torcida, intentando traspasar mi carne y mis huesos, intentando llegar a mi corazón, que después de casi dos años seguía acordonado.
Yo tenía los ojos abiertos, pero no veía nada; toda mi energía se empleaba en recordar con intensidad el pasado que yo olvidaba durante el día. Poco a poco el recuerdo de Jesús dolía menos, no porque hubiera perdido intensidad, sino porque, después de mucho tiempo, había perdido la sensibilidad, y mis labios no sabían besar con cariño nada más que al viento, muy de vez en cuando.
Keith no entendía por qué me palpaba con insistencia mis propios brazos, y yo no sabía explicarle que intentaba sentir algo, un roce, un cosquilleo, una señal que indicara que no había perdido el sentido del tacto.
Faltaban tres minutos para que yo volviera a mi cama tras haber desahogado mi alma y mi mente durante los cincuenta restantes. No lloraba, ni susurraba palabras incomprensibles: no había nudos en mi garganta. Simplemente me permitía pensar en él durante menos de una hora, cincuenta y tres minutos, el tiempo que había tardado en comprender que Jesús no se iría de mí nunca.
Faltaban tres minutos para olvidar de nuevo otra vez y volver a la cama con Keith, dispuesta a fingir un día más, puesto que era el único camino que podía seguir para no morir del todo; cuando se acercó y me abrazó, pasando sus brazos por mis hombros.
No necesité girarme para saber que estaba llorando; sus lágrimas recorrían mi cuello y mojaban mi pelo enredado. Su aliento olía a los escasos besos que lograba robarme, un olor que encogía mi estómago y me hacía sentir culpable.
Desde el momento en que me miró, dejó ver sus sentimientos como un estanque claro y límpido y, fueron muchas las veces que me negué a quedar con él, las veces que huí de una ciudad para no verle y las que nos encontramos en mis misteriosos destinos, escogidos al azar. Finalmente, lo consiguió. ¿Qué más daba un corazón roto más? Él no se daba por vencido, y su mente se obcecaba en ser optimista, cosa que envenenaba mi sentimiento de culpabilidad, pero yo estaba segura de una cosa: me iría en cuanto me lo pidiera.
Yo no era suya, y Keith lo sabía. Yo era una mota más de polvo, un grano de arena en una playa de sueños sin cumplir, una ola en su incesante ir y venir, que no se pregunta por el mañana. No tenía metas.
Keith desistió y volvió a la cama, desde la que me observó como a un precioso sueño del que acabas de despertar: lejana, irreal, dolorosa.
Mentiría si dijera que no sentía nada por él. Sin embargo, no era amor, sino gratitud y seguridad, pues era él quien me había salvado, quien había abrazado a la rosa llena de espinas en la que me había convertido, a sabiendas de que esas espinas seguían creciendo cada día, incrustándose en su piel morena.
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sábado, 30 de abril de 2011
Pétalos negros
Ángel retrocedió en la oscuridad hasta que su espalda rozó la columna morada, donde se recostó. Desde allí observó el pequeño bar, la gente, las botellas de colores que adornaban una de las paredes.
“¿Qué hago aquí?”
A veces, lo prohibido nos arrastra a su dulce guarida, utilizando promesas que arañan y satisfacen. Lo malo llama a lo bueno para fundirse en silencio, sin que nadie se inmute, y así ha sido siempre. Los extremos se unen. La inocencia se tiñe de sangre.
No sabía exactamente la razón que lo había llevado hasta allí, pero, fuera cual fuera, no había sido lo demasiado fuerte como para conseguir que se quedara mucho tiempo entre aquellos jóvenes que, viciados al vicio, pecaban cada noche.
Se dispuso a irse, pero, de repente, la puerta del bar se abrió, dando paso a una multitud encabezada por una chica morena, con enormes ojos cambiantes, que parecían desafiar a todo aquél que se parara a mirarla.
Ángel se dirigió a la barra, guiado por un impulso, y respiró hondo.
-Me llaman Rosa.
Él se giró, y se encogió de miedo al descubrir a la hermosa chica sentada en un taburete, junto a él. Irradiaba una fuerza poco acorde a su figura esbelta y delicada.
La expectación que había causado al principio parecía haberse debido a una fantasía de Ángel, pues ahora nadie reparaba en ella.
-Ángel.
Rosa rió con fuerza, sacudiendo su cabello largo y desordenado.
-Será divertido.
Ángel no comprendía nada, pero los ojos marrones de Rosa le gritaban, pidiendo atención.
Sin avisar, la chica se levantó y tomó la mano de Ángel consigo. Lo arrastró a la tarima de madera y comenzó a bailar, moviendo su cuerpo, despacio. Llevaba un vestido corto, negro, que la camuflaba en el local oscuro, y llevaba una cinta de cuero al cuello, de la que colgaba un símbolo plateado y extraño.
Instintivamente, Ángel se llevó la mano a su propio cuello, del que colgaba una desgastada cruz de madera, que representaba su fe.
Rosa fingió no darse cuenta, y siguió bailando, como en una especie de ritual, girando alrededor de Ángel, desconcertándolo.
Se acercó súbitamente y lamió su cuello, impregnando su piel blanca de olor a almizcle. Rosa cerró los ojos, revolvió sus cabellos con las manos, y dejó escapar un suspiro, suspiro que Ángel no pudo escuchar debido a la música, pero que sintió con total nitidez en el pecho, demasiado cerca de su corazón.
Cuando ella abrió los ojos, su color había cambiado.
-Juraría que tus ojos eran marrones…
-Eso depende de la luz, angelito.
Ángel sintió un escalofrío y retrocedió un par de pasos, pero Rosa llevó sus manos temblorosas al vestido ajustado, a su cintura. Intentó liberarse de su abrazo, pero sus manos estaban adheridas a su ropa, y su nariz pecosa jugueteaba ya con su cuello oscuro.
Los ojos de Rosa se teñían de esmeralda a medida que sus labios se acercaban… Pero el beso no llegó.
Ángel, aterrorizado, la soltó con violencia y salió corriendo del bar. Nadie se dio cuenta, excepto Rosa, que sonreía.
Se detuvo en la calle contigua al bar, y apretó con fuerza la cruz que le protegía.
Rosa no tardó en aparecer a su lado, donde se detuvo. Él enmudeció al ver las pequeñas espinas negras que salpicaban la piel de aquella flor salvaje.
-¿Quién eres?- jadeó.
-Una flor marchita que florece de noche, al beber de la oscuridad los silencios que necesita. Tú luz me haces más fuerte, me completas. Sólo eres otra mitad. Necesitas a alguien como yo para poder ser un verdadero hombre.
Ángel no entendía nada. Rosa seguía mirándole, agresiva y provocadora.
Su madre lloraba, desconsolada, y rezaba por el alma de su hijo. Era en vano: Rosa le había reservado un lugar en el infierno, y él no había querido rechazarlo.
“¿Qué hago aquí?”
A veces, lo prohibido nos arrastra a su dulce guarida, utilizando promesas que arañan y satisfacen. Lo malo llama a lo bueno para fundirse en silencio, sin que nadie se inmute, y así ha sido siempre. Los extremos se unen. La inocencia se tiñe de sangre.
No sabía exactamente la razón que lo había llevado hasta allí, pero, fuera cual fuera, no había sido lo demasiado fuerte como para conseguir que se quedara mucho tiempo entre aquellos jóvenes que, viciados al vicio, pecaban cada noche.
Se dispuso a irse, pero, de repente, la puerta del bar se abrió, dando paso a una multitud encabezada por una chica morena, con enormes ojos cambiantes, que parecían desafiar a todo aquél que se parara a mirarla.
Ángel se dirigió a la barra, guiado por un impulso, y respiró hondo.
-Me llaman Rosa.
Él se giró, y se encogió de miedo al descubrir a la hermosa chica sentada en un taburete, junto a él. Irradiaba una fuerza poco acorde a su figura esbelta y delicada.
La expectación que había causado al principio parecía haberse debido a una fantasía de Ángel, pues ahora nadie reparaba en ella.
-Ángel.
Rosa rió con fuerza, sacudiendo su cabello largo y desordenado.
-Será divertido.
Ángel no comprendía nada, pero los ojos marrones de Rosa le gritaban, pidiendo atención.
Sin avisar, la chica se levantó y tomó la mano de Ángel consigo. Lo arrastró a la tarima de madera y comenzó a bailar, moviendo su cuerpo, despacio. Llevaba un vestido corto, negro, que la camuflaba en el local oscuro, y llevaba una cinta de cuero al cuello, de la que colgaba un símbolo plateado y extraño.
Instintivamente, Ángel se llevó la mano a su propio cuello, del que colgaba una desgastada cruz de madera, que representaba su fe.
Rosa fingió no darse cuenta, y siguió bailando, como en una especie de ritual, girando alrededor de Ángel, desconcertándolo.
Se acercó súbitamente y lamió su cuello, impregnando su piel blanca de olor a almizcle. Rosa cerró los ojos, revolvió sus cabellos con las manos, y dejó escapar un suspiro, suspiro que Ángel no pudo escuchar debido a la música, pero que sintió con total nitidez en el pecho, demasiado cerca de su corazón.
Cuando ella abrió los ojos, su color había cambiado.
-Juraría que tus ojos eran marrones…
-Eso depende de la luz, angelito.
Ángel sintió un escalofrío y retrocedió un par de pasos, pero Rosa llevó sus manos temblorosas al vestido ajustado, a su cintura. Intentó liberarse de su abrazo, pero sus manos estaban adheridas a su ropa, y su nariz pecosa jugueteaba ya con su cuello oscuro.
Los ojos de Rosa se teñían de esmeralda a medida que sus labios se acercaban… Pero el beso no llegó.
Ángel, aterrorizado, la soltó con violencia y salió corriendo del bar. Nadie se dio cuenta, excepto Rosa, que sonreía.
Se detuvo en la calle contigua al bar, y apretó con fuerza la cruz que le protegía.
Rosa no tardó en aparecer a su lado, donde se detuvo. Él enmudeció al ver las pequeñas espinas negras que salpicaban la piel de aquella flor salvaje.
-¿Quién eres?- jadeó.
-Una flor marchita que florece de noche, al beber de la oscuridad los silencios que necesita. Tú luz me haces más fuerte, me completas. Sólo eres otra mitad. Necesitas a alguien como yo para poder ser un verdadero hombre.
Ángel no entendía nada. Rosa seguía mirándole, agresiva y provocadora.
-¿Qué quieres de mí?
Rosa rió entre dientes, ocultando su boca con la mano.
-Te quiero a ti.
Se inclinó sobre él, que se encontraba asqueado y maravillado a la vez. Podía huir, su fuerza oscura todavía no lo había inmovilizado del todo…
Pero los ojos verdes de Rosa lo hipnotizaban, y su silueta se adentraba en su mente, donde se fundían apasionadamente entre llamas negras.
Rosa, victoriosa, se enredó en su pelo corto y castaño, dejando una huella que nadie fue capaz de descubrir.
Le arañó el alma y le arrancó la vida lentamente, hasta que no quedó nada de luz. Lo envió al fuego del que provenía, pero lo hizo sin sangre, sin armas. Fue un beso lo que detuvo su corazón.
Rosa rió entre dientes, ocultando su boca con la mano.
-Te quiero a ti.
Se inclinó sobre él, que se encontraba asqueado y maravillado a la vez. Podía huir, su fuerza oscura todavía no lo había inmovilizado del todo…
Pero los ojos verdes de Rosa lo hipnotizaban, y su silueta se adentraba en su mente, donde se fundían apasionadamente entre llamas negras.
Rosa, victoriosa, se enredó en su pelo corto y castaño, dejando una huella que nadie fue capaz de descubrir.
Le arañó el alma y le arrancó la vida lentamente, hasta que no quedó nada de luz. Lo envió al fuego del que provenía, pero lo hizo sin sangre, sin armas. Fue un beso lo que detuvo su corazón.
***
A la mañana siguiente, sus familiares y la policía rodeaban el cuerpo pálido de Ángel, rodeado de pétalos negros, que desaparecería unos minutos después.Su madre lloraba, desconsolada, y rezaba por el alma de su hijo. Era en vano: Rosa le había reservado un lugar en el infierno, y él no había querido rechazarlo.
lunes, 4 de abril de 2011
"Tatá"
Cuando nació era una persona diminuta, con mucho pelo y dos ojos claros que más tarde decidieron ser marrones. Al principio tuve miedo de que no me aceptara, de que llorara al sentir mis brazos delgados e inexpertos en torno a su cuerpo débil. Al mirar su rostro frágil me preguntaba una y otra vez cómo era posible aquello; el milagro de la vida seguía dibujando interrogaciones que bailaban alrededor de mi cabeza. Unos pocos meses antes había acompañado a mi hermana al ginecólogo, y fue allí donde la vi por primera vez. Era extraño verla moviéndose en el interior de una bolsa, me gustó ver sus manos arrugadas y su cara redondita, que parecía sonreír para nosotros, como si algo dentro de su pequeño corazón le hubiera dicho que estábamos allí. Pero ya había abandonado el cuerpo de su madre, su cálido refugio, la seguridad de su primer hogar, y se encontraba en mis brazos, con las manos pegadas a su carita y con los ojos entreabiertos, intentando verlo todo. Ahora, más de un año después, nos da la mano para andar e intenta caminar lo mejor posible, aunque su impaciencia e ímpetu tropiezan con ella, haciéndola caer. Sus primeras palabras fueron música para nuestros oídos, y su risa traviesa, un sonido más hermoso aún. Es imposible no derretirse cuando la pequeña de la familia me mira y sonríe, haciendo más pequeños esos ojos achinados, que parecen sonreír también. Le gustan mucho las canciones, y me hace repetirlas una y otra vez, pues le encanta bailar, moviendo la cabeza y doblando sus pequeñas rodillas, aplaudiendo y gritando, todo a la vez. Su cabello corto, castaño, se resbala entre mis dedos, pero sus deditos se agarran con fuerza a mi mano, y tira de ella, para pasearse una vez más por el apartamento. Es curiosa y quiere tocarlo todo, sabe que, con un pucherito, conseguirá casi cualquier cosa. Mientras ella se inventa palabras y tararea canciones infantiles por el pasillo, me imagino cómo será en el futuro, y, casi sin darme cuenta, expongo mis pensamientos en voz alta.
-Debes ser, ante todo, lo que tú quieras ser, Carlota. Intentaré contagiarte mi pasión por los libros y por la naturaleza, y juntas aprenderemos muchas cosas nuevas cada día.
Sonrío al pensar que yo seré “la tía chachi”, con la que compartirá sus secretos sobre chicos, amigas, y la que recibirá las quejas que ella tenga de sus padres, a sabiendas de que yo le proporcionaré ese capricho que ellos le hayan negado. Como la diferencia de edad no es muy grande, pasaremos mucho tiempo juntas y lo aprovecharemos bien. La llevaré de viaje a grandes ciudades y a pueblos apartados, le enseñaré inglés y alemán, y ella me enseñará algo de música, si esta mente negada se lo permite. ¿Nos gustará la misma música? Podríamos ir a conciertos y cantar juntas aquellas canciones que nos hagan perder la cabeza. No olvidaré su educación, e intentaré que ni se deje influenciar fácilmente ni sea una de esas personas de mente muy cerrada. La mente abierta, que los sueños vuelen y las ideas fluyan. Sí, eso es. Quizá sea demasiado. La pequeña se gira, me mira y sonríe como sólo ella sabe hacerlo.-Tatá.
Esa soy yo.Mientras mi padre y David, el marido de mi hermana, veían un partido de tenis, mi madre y yo recogíamos la mesa, y mi hermana mayor, inquieta, revoloteaba a nuestro alrededor. Cuando todo estuvo recogido nos sentamos en la sala de estar, y mi hermana comenzó a hablarme de esto y de aquello, pero yo no le prestaba mucha atención, hasta que tomó aire, miró a los demás y chilló:
-¡Estoy embarazada!
Yo no sabía cómo reaccionar, y el clásico “¿¡Qué!?” salió disparado de mis labios.-¡Vas a ser tía!
Mi hermana me abrazó con fuerza, y todas las miradas estaban fijas en mi espalda, que comenzó a temblar. Desde que mi hermana se casó, no hacía más que preguntarle que cuándo tendría un sobrino, pues estaba deseando que llegara ese momento. No obstante, me pilló totalmente por sorpresa, y tuve que huir a mi habitación, avergonzada, para llorar litros contenidos de alegría. Por fin. Sería tía, y mi sobrino (pues imaginábamos que sería un niño) me querría muchísimo, como yo a él. Intenté imaginármelo, pero no supe hacerlo; además mi hermana vino a por mí y me abrazó repetidas veces, emocionada. Volvimos al salón y felicité a mi cuñado por una de las mejores noticias que había recibido en mi vida, por uno de los mejores momentos de mi vida, que no olvidaré jamás. Todavía hoy no puedo explicar con palabras lo mucho que quiero a esa criatura regordeta y caprichosa. Es uno de los mejores regalos que el mundo me ha hecho, y disfrutará de él a lo largo de toda mi vida, sin olvidar nunca la primera vez que su pequeño puño se cerró en torno a mi dedo. Me agacho y la abrazo con fuerza, acariciando su encantadora mejilla con mi mano, que ella coge y aprieta contra su rostro, sonriendo y mirándome con cariño.-Tatá.
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