
El coche de mi padre olía como siempre. Me acomodé entre las cajas de dulces navideños y los abrigos, y me cubrí con una manta de viaje.
“Allá vamos”.
Diciembre se había apoderado de nuestra ciudad, que nos despidió totalmente envuelta en una niebla densa y amarilla. Era muy temprano y había muy poca gente en la calle, tan sólo pequeños grupos de inmigrantes que comienzan a trabajar antes y terminan más tarde que el resto de ciudadanos.
Yo no sabía estar sentada en el asiento de un coche sin escuchar música, así que encendí mi pequeño Ipod. Giré la ruletita y fui saltando de canción en canción: nada, ninguna canción era la suficientemente buena.
Cerré los ojos, en un intento fallido de no recordar. Y casi a la vez que yo dejaba la mente en blanco, el cielo se abrió y dejó resbalar agua fría por su trampilla gris, haciendo mucho más difícil el viaje.
Mis padres escuchaban la radio, y la voz del locutor y el ronroneo del motor me adormecían, así que miré por la ventanilla nublada.
Me gustaba observar las efímeras carreras que las gotas de lluvia hacían en la ventanilla del coche. Una gota más grande se dividía en muchas más pequeñas, que luchaban por ser las primeras en llegar al otro extremo; sólo una era la ganadora.
Me recordaba a la vida misma, e imaginaba que algo parecido ocurría en el interior de una mujer.
A un ritmo constante, las farolas que vigilaban la carretera a ambos lados dibujaban mi cara somnolienta en el cristal, que rápidamente volvía a desaparecer.
La niebla opaca se condensó en mi vista y formó una imagen: tres paredes y una puerta, las cuatro fronteras de mi pequeño país de las maravillas, donde no hay botecitos con un letrero de “Bébeme” ni pastelitos con palabras escritas en azúcar glas, “Cómeme”.
Hay juguetes, muchas cajas que ignoran los recuerdos que contienen, un ventilador roto y un par de esterillas de playa. Allí nunca sale el sol: sus habitantes encienden velas cuando la oscuridad se despierta, velas pequeñas y grandes, blancas y también de colorines; velas de muchos olores.
No existe el tiempo y las preocupaciones están prohibidas. Si te atreves a dudar, eres hombre muerto. Y sin embargo, cuánto ansiaba volver, echaba en falta las lágrimas de sabor a mango y las risas que me dejaban sin aire, haciéndome caer en tus brazos para recuperarme, así como el olor a cereza de la felicidad. Quería volver y escalar hasta tu hombro derecho, para saltar al vacío y volar por un instante, despertándome en tus pestañas. Tú cerrarías los ojos, y resbalaría hasta tu barbilla, donde tu barba de color claro me haría cosquillas y me robaría la fuerza. Finalmente te aburrirías de mis juegos infantiles y me recogerías con tus manos, aunque yo seguiría riendo entre dientes, porque sé que te gusta.
Imaginé todo aquello para no pensar en el exterior, en el mundo real, y, sobre todo, para olvidarme de que el año estaba a punto de morir, y el 2011 me daba mucho muchísimo miedo. Ese año todo cambiaría, y yo quería estar segura de que mi cuerpo soportaría los cambios. De repente te sentaste a mi lado y me abrazaste con fuerza, como un segundo cinturón de seguridad, recordándome que me iba y pasaría dos semanas fuera, sin verte… Sin poder abrazarte como en ese momento.
Súbitamente volví a la realidad, y al prestar atención a la canción que golpeaba mis oídos supe por qué. Era el típico momento en el que, casualmente, sonaba la canción indicada.
Oh please, please stay just a little bit longer.
Pero nadie podía obligar a nuestro cansado año a quedarse, y no quedaba más remedio que seguir hacia delante.